División y conflicto como carácter constitutivo de lo
social
«Redefinir el proyecto socialista en términos de una radicalización
de la democracia; es decir, como articulación de las luchas contra
las diferentes formas de subordinación -de clase, de sexo, de raza,
así como de aquellas otras a las que se oponen los movimientos ecológicos,
antinucleares y antiinstitucionales. Esta democracia radicalizada y plural,
que proponemos como objetivo de una nueva izquierda, se inscribe en la
tradición del proyecto político «moderno» formulado
a partir de Iluminismo, e intenta prolongar y profundizar la revolución
democrática iniciada en el siglo XVIII, continuada en los discursos
socialistas en el siglo XIX, y que debe ser extendida hoy a esferas cada
vez más numerosas de la sociedad y del Estado. Nuestra tesis es
que para llevar a su conclusión un proyecto tal, es necesario abandonar
un cierto número de tesis epistemológicas del Iluminismo,
ya que es sólo a través de una crítica del racionalismo
y del esencialismo como es posible dar cuenta, de una manera adecuada,
de la multiplicidad y diversidad de las luchas políticas contemporáneas.»1
Marcelo Expósito: Uno de los aspectos más interesantes,
y quizá incluso podríamos decir desafiantes, de su propuesta
programática para una redefinición de las políticas
de la izquierda en tanto que prácticas de radicalización
de la democracia -expuesta originalmente en sus escritos desarrollados
en colaboración con Ernesto Laclau-, es su afirmación sobre
la necesidad de comprender, según sus propias palabras, «el
carácter constitutivo de la división social y del antagonismo».
Esto es, su proyecto difiere y mantiene con toda claridad una distancia
crítica frente a otros proyectos de redefinición de las políticas
de la izquierda (en concreto, aquéllos que Vd. identifica dentro
del marco de la problemática habermasiana), que «vislumbran
la posibilidad de un marco político en el cual el antagonismo y
la división han desaparecido»; podemos de hecho continuar
la línea de su argumentación hasta el punto donde se afirma
que la existencia de la multiplicidad, la pluralidad y el conflicto, en
tanto que «raison dêtre» de la política, es la
garantía de su propia preservación, 2 y
que cualquier proyecto político de la izquierda que no dé
cuenta de esta perspectiva aspira en definitiva a una clausura que finalizaría
en la «eliminación totalitaria de lo político y en
la negación de la democracia.» 3 Desde su
punto de vista, en lo que se refiere a la cultura, la religión o
la moral ha de defenderse el más amplio pluralismo posible en numerosas
áreas; empero, es imposible concebir dentro de una misma entidad
«política» el absoluto pluralismo, la coexistencia de
principios antagónicos de legitimidad. En otras palabras: «el
máximo de pluralismo ha de ser defendido, con el fin de respetar
los derechos del mayor número posible de grupos, sin destruir el
propio marco de la comunidad política constituido por las instituciones
y prácticas que comprende la democracia moderna y que definen nuestra
identidad como ciudadanas y ciudadanos.» Ésta es la razón
por la cual, según argumenta, «debemos aceptar que nuestra
participación como ciudadanos y ciudadanas en la asociación
política no puede situarse al mismo nivel que nuestras otras inserciones
en las relaciones sociales.»4
Nos gustaría pedirle ahora una mayor elaboración sobre
estos aspectos. En tanto en cuanto pretendemos tratar en este momento acerca
de cuestiones relativas a la cultura y las prácticas artísticas,
se hace necesario antes de nada comprender de forma apropiada su proposición,
porque parece derivarse de sus reflexiones que su concepción de
las prácticas hegemónicas, el modo en que en términos
de democracia radical el antagonismo, el conflicto, las diferencias o la
pluralidad son negociadas al nivel de lo político, no puede sencillamente
traducirse, proyectarse al nivel de las relaciones sociales en el campo
cultural. ¿Por qué es necesario aceptar aquí el absoluto
pluralismo y posible concebir, al contrario que en el campo de lo político,
la coexistencia de principios de legitimidad antagónicos?
Pluralismo en la cultura y en lo político
Chantal Mouffe: Argumento a favor de un pluralismo más
amplio en el campo cultural que al nivel de «lo político».
Tomo en cuenta la especificidad de la democracia moderna en tanto que nuevo
régimen político que se constituye por el reconocimiento
del pluralismo. Por pluralismo quiero significar en este contexto el fin
de una idea sustantiva de la vida buena, lo que Claude Lefort llama «la
disolución de los indicadores de certidumbre» [the dissolution
of the markers of certainty].5 El pluralismo apunta a una profunda
transformación del ordenamiento simbólico de las relaciones
sociales. Éste es un aspecto absolutamente ignorado por liberales
como John Rawls cuando se refieren al hecho del pluralismo. Existe
por supuesto esta realidad que es la diversidad de concepciones del bien
común, pero la diferencia relevante no es de tipo empírico
sino que atañe a la legitimación de la división y
del conflicto, y concierne al nivel de lo simbólico. De lo
que se trata es de la emergencia de la libertad individual y de la afirmación
de la libertad equitativa para todas y todos.
Desde el momento en que se percibe la democracia pluralista como un
régimen cuyos principios ético-políticos son la libertad
y la igualdad para todos y todas, podemos comprender el serio error que
supone el principio liberal de la neutralidad del Estado. No cabe duda
de que, con el fin de respetar la libertad individual y el pluralismo,
un estado democrático liberal moderno no debería intentar
imponer una única concepción del bien común en asuntos
concernientes a los valores políticos, dado que por definición
postula ciertos valores ético-políticos que constituyen sus
principios de legitimidad. Lejos de ser neutral, el Estado democrático
liberal es la afirmación de valores específicos, libertad
e igualdad, que informan su particular ordenamiento simbólico de
las relaciones sociales. Es por ello que no puede aceptarse el pluralismo
en lo que respecta a los principios de legitimidad. Esto significa que
quienes se oponen a la libertad y a la igualdad y desearían reinstaurar
una concepción holística y jerárquica de la sociedad
no pueden esperar ver sus demandas legitimadas en nombre del pluralismo.
Marcelo Expósito: ¿No considera que la perspectiva
de un «pluralismo absoluto» en el campo de la cultura y de
las prácticas artísticas acaso nos acercaría a la
versión liberal del «pluralismo» en tanto que mera coexistencia
de una pluralidad de voces -idea que Vd. ha criticado asimismo de forma
concienzuda, por cierto, a través de esos mismos escritos? 6
Chantal Mouffe: La defensa del pluralismo por medio de
la defensa de la libertad individual requiere que se establezcan límites
a la pluralidad de demandas que se consideran legítimas en una sociedad
pluralista. Un ejemplo de esto nos lo ofrece el caso de algunos fundamentalistas
islámicos quienes en nombre del pluralismo pidieron que el
Estado Británico reconociese su derecho de asesinar a Salman Rushdie
puesto que su religión así lo ordenaba. Podemos ver claramente
en este caso dónde residen los límites del pluralismo. Esto
es lo que yo llamo un caso de antagonismo entre principios de legitimidad.
No creo que podamos encontrar una situación comparable en el campo
de las prácticas artísticas y considero que la noción
de antagonismo no es aplicable en ese terreno.
Antagonismo
Marcelo Expósito: ¿Acaso la diferencia estriba en la
naturaleza diversa de las formas de «antagonismo» según
se trate de cada uno de los diferentes campos propuestos? ¿Es posible
concebir, en términos de cultura y prácticas artísticas,
un equivalente del «antagonismo» según Vd. lo concibe
en lo que concierne a lo político?
Chantal Mouffe: La manera en que yo utilizo la noción
de antagonismo tiene que ver con la relación amigo/enemigo, pertenece
al nivel de lo que yo llamo «lo político».7
Esto no quiere decir que los conflictos en el campo cultural no puedan
adoptar la forma de una relación amigo/enemigo, pero en ese caso
dejan de ser culturales y se convierten en relaciones políticas.
Las prácticas artísticas en una perspectiva antiesencialista:
una contribución a la hegemonía de los valores democráticos.
«Necesitamos que se implante la hegemonía de los valores
democráticos, para lo cual las prácticas democráticas
tendrán que multiplicarse e institucionalizarse dando lugar a relaciones
sociales aún más diversas, de manera que mediante una matriz
democrática puedan conformarse múltiples posiciones de sujeto.
[]
«Si la tarea de la democracia radical es realmente la profundización
en la revolución democrática y la vinculación de diversas
luchas democráticas, una tarea de esa índole requiere que
se creen nuevas posiciones de sujeto que permitan una articulación
común de, pongamos por caso, el antirracismo, el antisexismo y el
anticapitalismo. Puesto que estas luchas no convergen espontáneamente,
para establecer equivalencias democráticas se requiere un nuevo
sentido común que permita transformar la identidad de los
diferentes grupos de manera que sus reivindicaciones puedan articularse
entre sí de acuerdo con el principio de la equivalencia democrática.
Pues no se trata de establecer una mera alianza entre determinados intereses,
sino de modificar la propia identidad de esas fuerzas. Con objeto de que
la defensa de los intereses de las personas trabajadoras no se realice
a costa de los derechos de las mujeres, las personas inmigrantes y las
consumidoras, es necesario establecer una equivalencia entre las distintas
luchas. Sólo en esas circunstancias se vuelven verdaderamente democráticas
las luchas contra el poder.»8
Marcelo Expósito: Si no es posible sencillamente trasladar,
proyectar al campo cultural la forma en que el antagonismo, el conflicto,
las diferencias o la pluralidad de formas de legitimidad son negociadas
al nivel de lo político en su concepción de una democracia
radical, ¿cuál es entonces la perspectiva de la articulación
de prácticas hegemónicas en el campo cultural y a través
de las prácticas artísticas? Y en definitiva, ¿cómo
contribuir dese las especificidades de este campo y de estas prácticas
a la construcción de esa hegemonía de los valores democráticos
que Vd. reclama?
Chantal Mouffe: Comenzaré diciendo que con el fin de comprender
el modo en que las prácticas artísticas pueden contribuir
a la hegemonía de los valores democráticos es necesario situarse
en el marco de una perspectiva antiesencialista que reconoce el hecho de
que las identidades no se dan de forma esencial y que se constituyen siempre
mediante procesos de identificación.9 Estos procesos
-en tanto que son el resultado de prácticas hegemónicas-
siempre implican un elemento de exclusión. Una perspectiva hegemónica
antiesencialista afirma que la objetividad social se constituye a través
de actos de poder, y que posee necesariamente por lo tanto una dimensión
política.
Esto tiene importantes consecuencias en el campo de la cultura y para
las prácticas artísticas. El mayor equívoco del marco
esencialista liberal tradicional en este dominio es en efecto concebir
a los individuos como dotados de antemano de una identidad completamente
definida antes de introducirse en distintos tipos de prácticas,
culturales, políticas y otras. Por lo tanto no puede reconocer que
es a través de la inserción en las diferentes prácticas
como las formas de individualidad particulares se constituyen. Los liberales
presentan a los individuos en tanto que actores racionales movidos por
la búsqueda de la maximización de sus intereses particulares.
Esto es, se observa su actuación en el campo político de
un modo básicamente instrumental. La política se percibe
de acuerdo con un modelo elaborado para el estudio de la economía,
como un mercado destinado a la distribución de recursos donde se
alcanzan acuerdos entre intereses definidos independientemente de su articulación
político-cultural. Todo aquello que tiene que ver con el papel que
juegan las pasiones en la creación de las identidades colectivas,
todo aquello que tiene que ver con el deseo, con el inconsciente, y de
forma más general con la cultura, se oculta. Los individuos son
abstraídos de las relaciones sociales y de poder. Lo que se evita
de tal forma es abordar la cuestión de cuáles son las condiciones
de existencia de las formas de identidad democráticas y de las prácticas
a través de las cuales tales identidades pueden construirse.
Rol de las prácticas artísticas en un modelo de pluralismo
agonístico
Chantal Mouffe: Me parece que es el dominio del modelo esencialista
lo que explica la escasa teorización acerca de los vínculos
importantes, constitutivos entre la política y la cultura. Considero
que una perspectiva antiesencialista informada por la noción de
hegemonía nos permite un modo de pensar completamente diferente
acerca de la democracia y del papel de las prácticas artísticas
en las luchas democráticas. De acuerdo con el modelo de democracia
que he venido intentando delinear bajo el nombre de «pluralismo agonístico»
[agonistic pluralism] la finalidad de la democracia no es ni negociar un
acuerdo entre intereses ni crear un consenso racional, sino crear las condiciones
de posibilidad para la expresión de una confrontación «agonística»
entre puntos de vista en conflicto.10 Este modelo agonístico
puede resultar por lo tanto más receptivo a la multiplicidad de
voces que una democracia pluralista comprende y a la complejidad de la
estructura de poder que este sistema de diferencias implica. Mediante el
reconocimiento de la naturaleza real de sus fronteras y de las formas de
exclusión que éstas representan,en lugar de pretender presentarlas
como una necesidad para el «libre ejercicio de la razón pública»,
este pluralismo agonístico evita toda tentativa de clausura del
espacio democrático mediante apelaciones a la racionalidad o a la
moral. En lugar de intentar eliminar las pasiones o de relegarlas a la
esfera privada con el fin de alcanzar un consenso supuestamente racional
en la esfera pública, afirma que las políticas democráticas
deberían tener como finalidad movilizar estas pasiones hacia designios
democráticos. En este esfuerzo, las prácticas artísticas
tienen un papel muy importante que jugar porque el arte se dirige a la
dimensión de la existencia humana que tiene que ver con aquello
a lo que yo me he referido como «pasiones». Más aún,
es un modo poderoso de politizar asuntos privados convirtiéndolos
en públicos.
Desde tal perspectiva, todas las prácticas artísticas
tienen una dimensión política porque contribuyen bien a reproducir
un «sentido común» establecido, bien a subvertirlo.
En otras palabras, en tanto que las prácticas artísticas
y culturales son un terreno importante donde se construye una cierta definición
de la realidad y donde se establecen formas específicas de subjetividad
no hay posibilidad de que una o un artista sea apolítico o de que
su arte no tenga alguna forma de eficacia política.
«Con objeto de llevar a cabo y profundizar en este aspecto de
la revolución democrática, debemos garantizar que el proyecto
democrático tenga en cuenta las luchas democráticas de nuestro
tiempo en toda su amplitud y especificidad. Es entonces cuando cobra verdadero
sentido la contribución de la denominada crítica posmoderna.
En efecto, ¿cómo podemos aspirar a comprender la naturaleza
de estos nuevos antagonismos si nos aferramos a una imagen del sujeto unitario
como fuente última de la inteligibilidad de sus acciones? ¿Cómo
podemos captar la multiplicidad de relaciones de subordinación que
afectan a un individuo si concebimos a los actores sociales como entidades
homogéneas y unificadas? Lo que caracteriza a las luchas de los
nuevos movimientos sociales es precisamente la multiplicidad de posiciones
de sujeto que constituyen un único actor, así como la posibilidad
de que esa multiplicidad se convierta en el espacio de antagonismos y,
de tal manera, se politice. De ahí la importancia de la crítica
del concepto racionalista de sujeto unitario, que se encuentra no sólo
en el postestructuralismo, sino también en el psicoanálisis,
en la filosofía del lenguaje del último Wittgenstein y en
la hermenéutica de Gadamer.
Para pensar en términos políticos hoy día, y para
comprender la naturaleza de las nuevas luchas y la diversidad de relaciones
sociales que la revolución democrática aún tendrá
que abarcar, es indispensable desarrollar una teoría del sujeto
como actor descentrado y destotalizado, un sujeto construido en el punto
de intersección de una multiplicidad de posiciones de sujeto entre
las que no existe una relación apriorística ni necesaria,
y cuya articulación es el resultado de las prácticas hegemónicas.
Así pues, ninguna identidad llega a establecerse de modo definitivo,
pues siempre hay un cierto grado de apertura y ambigüedad en la manera
en que se articulan las diferentes posiciones de sujeto. De aquí
emergen perspectivas enteramente nuevas para la acción política,
que ni el liberalismo, con su noción del individuo que sólo
persigue su propio interés, ni el marxismo, con su reducción
de todas las posiciones de sujeto a la clase, pueden sancionar, ni tan
siquiera imaginar.»11
Arte / cultura y crítica de la hegemonía presente
Marcelo Expósito: Documenta X se construyó de forma
explícita sobre la pretensión de «indicar un contexto
político para la interpretación de las actividades artísticas,
suponiendo un intento polémico de aislar líneas específicas
de producción artística y de actividad política que
puedan tomarse como referencias en el debate contemporáneo sobre
la evolución de nuestras sociedades, y de adoptar respuestas culturales
complejas frente los procesos unificadores de modernización global.»
12 Tratando cuestiones de «cultura», «distancias»
o «diferencias culturales», Etienne Balibar -en el transcurso
de una entrevista incluída en el libro que acompaña a documenta
X- considera necesario distinguir «cultura» de «arte»,
con el siguiente propósito y consecuencias (que citaremos de forma
extensa): «el tratamiento que cada grupo dé a estos problemas
tanto a nivel político como intelectual debe operar a través
del arte y no a través de la cultura, en el sentido de que el arte
es siempre irreductible a la cultura: el arte es un acontecimiento indigerible,
en ruptura con todas las tendencias culturales e institucionales Lo importante
en el arte es presentar o representar aquello que es irreconciliable en
el conflicto Miro a las Antígonas de nuestra época, que buscan
aproximarse a los puntos verdaderamente irreconciliables en la representación
del hombre o de lo humano, las cosas que separan a unas civilizaciones
de otras creando al tiempo divisiones en el seno de las mismas Tales obras
son indispensables y constituyen una dimensión de lo político
-una dimensión que no puede ser reducida a las políticas
sociales, ni a las políticas económicas, ni a la cuestión
de la ciudadanía.» 13 ¿Es posible reconciliar esta
propuesta de Balibar -«el arte como un acontecimiento indigerible,
una ruptura con todas las tendencias culturales e institucionales»,
«lo importante en el arte es representar lo que es irreconciliable
en el conflicto»- con la aceptación de la absoluta pluralidad
en el campo de la cultura y en relación a las prácticas artísticas?
Chantal Mouffe: En relación al asunto de qué tipo
de arte podría contribuir a poner en cuestión la hegemonía
presente, quiero argumentar en favor de una respuesta decididamente pluralista.
Por mi parte no creo que haya un sólo modo en el que las prácticas
artísticas puedan contribuir a cuestionar una hegemonía dada.
Hay maneras múltiples y muy diversas por las cuales las identidades
se constituyen mediante identificaciones. Si de lo que se trata en la dimensión
política del arte es de la cuestión de la identificación,
de la transformación de la subjetividad, está claro que ésta
puede tener lugar en una variedad de formas. Las pasiones, las emociones,
los deseos pueden ser movilizados de muchas maneras. A veces mediante el
anhelo de algo que aún está por venir, otras veces mediante
la crítica del presente haciendo tomar consciencia de la injusticia
que implica y el rechazo de un status quo opresivo. Creo firmemente
que en una sociedad pluralista es muy peligroso intentar imponer un único
modelo de lo que constituye una práctica artística progresista
comprometida.
Crítica del universalismo humanista: actividad cultural y universalismo
particularizado
Marcelo Expósito: Bajo la perspectiva de su filosofía
política, en la nueva fase de la revolución democrática
las nuevas luchas democráticas que se derivan de una pluralización
de los antagonismos y de la proliferación de espacios políticos,
a través su cuestionamiento del Universalismo democrático
del Iluminismo, renuncian a cualquier pretensión de universalidad;
el Universalismo, sin embargo, no es desde su punto de vista estrictamente
«rechazado», sino «particularizado». Esto es: «los
nuevos derechos que son reclamados hoy son la expresión de diferencias
cuya importancia tan sólo ahora comienza a ser reivindicada, y no
se trata ya de derechos que puedan ser universalizados. La democracia radical
exige un reconocimiento de la diferencia -lo particular, lo múltiple,
lo heterogéneo-, en efecto, todo lo que ha sido excluído
del concepto de Hombre en abstracto.» Pero por otro lado esta crítica
del Universalismo ha de distinguirse necesariamente, según Vd. precisa
con claridad, «de otras formas de políticas «postmodernas»
que enfatizan la heterogeneidad, la diseminación y la inconmensurabilidad,
y para las cuales el pluralismo, entendido como una valorización
de todas las diferencias, debería ser total.» 14 Vd.
llama nuestra atención en definitiva sobre la necesidad de desarrollar
«un nuevo tipo de articulación entre lo universal y lo particular»,
una deconstrucción de la dialéctica entre estos términos.15
Un número importante de eventos artísticos que tratan
de cuestiones relativas a la globalización y el multiculturalismo
están implícitamente informados bien por el «paradigma
universalista» -vale decir, un humanismo liberal eurocéntrico,
modelo «Family of Man»- que tiende en definitiva a nivelar,
diluir, colapsar las diferencias culturales, bien por algún tipo
de lo que Vd. llama formas recientes de exaltación «postmoderna»
de las diferencias. ¿Considera que en la era de la globalización
y de la homogeneización cultural es posible desarrollar de forma
eficaz un proyecto cultural a escala global, a modo de intervención
cultural de izquierdas en conflicto con las perspectivas anteriores, que
pueda también por lo tanto responder a lo que Vd. considera un «Universalismo
particularizado»?
Chantal Mouffe: Hay que ser conscientes de que este debate tiene
lugar dentro de un marco específicamente occidental y de que éste
excluye muchos tipos de prácticas artísticas. Es por esto
que yo creo que debemos ir más lejos y argumentar a favor de un
pluralismo más radical. El pluralismo en una sociedad multicultural
debería también reflejarse en el modo en que el arte se concibe.
En otras palabras, el pluralismo en el arte debería dar cabida a
prácticas artísticas que han sido marginadas por el modelo
hegemónico dominante con su intento de dar una única respuesta
legítima a la cuestión de qué es el Arte. Muchos artistas
implicados en luchas multiculturales en EE.UU. han insistido en la necesidad
de romper con el punto de vista eurocéntrico sobre el arte que no
reconoce las diversas formas que no siguen el canon aceptado. No deberíamos
olvidar que la concepción del arte que hoy se da por garantizada
sólo emergió en Europa durante el siglo XVIII en un contexto
social y cultural muy específico. No hay razón por la cual
debamos verla como la única universal y legítima. Los artistas
y las artistas multiculturales acertadamente se resisten a tal imposición.
Afirman que eliminar el racismo en las artes no sólo significa dar
la bienvenida a los artistas de color en los museos tradicionales. También
requiere que se reconozca y valorice a aquellas y aquellos artistas que
han decidido seguir parones artísticos diferentes. Esto indica la
necesidad de romper con la hegemonía eurocéntrica dominante.
De lo que se trata es de establecer una nueva hegemonía, una
hegemonía democrática radical. Se han de crear formas de
unidad pero debería ser una unidad que diese cabida a la diversidad.
En lo que concierne a las prácticas artísticas, un proyecto
radical democrático significa pluralizar el modo en que el arte
se concibe y legitimar una multiplicidad de formas artísticas. Una
democracia radical y pluralista debería reconocer la heterogeneidad
de las prácticas artísticas y celebrar esa diversidad en
lugar de pretender reemplazar un canon unificado por otro. Hay espacio
en las luchas artísticas multiculturales para perspectivas muy diferentes
dentro del marco de un verdadero «pluralismo agonístico».
Tal pluralismo concede valor a la diversidad y al disenso, reconociendo
en ellos la verdadera condición de posibilidad de una vida democrática
vigorosa.
París/Londres, Junio/Julio de 1997.
Notas
Este texto es una versión corregida y ampliada de «Pluralisme
artistique et démocratie radicale / Artistic pluralism and Radical
Democracy», entrevista con Chantal Mouffe publicada en inglés
y francés en Omnibus/documenta X, hors série, Jean-Christophe
Royoux (ed.), París, Octubre 1997, pp. 21-23. Agradezco la colaboración
de Brian Holmes, Giulia Colaizzi y Carmen Navarrete, a Jean-Christophe
Royoux el haberme empujado amistosamente a acometer la tarea, y principalmente
a Chantal Mouffe su cortesía y dedicación a pesar de los
numerosos inconvenientes [ME]. Omnibus: 51, rue Planchat, 75020
Paris, Francia, tf: (33 1) 40 24 29 78, fx: (33 1) 40 24 29 77.
1 Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: Prefacio a la Edición
Española de Hegemonía y Estrategia Socialista. Hacia una
Radicalización de la Democracia, México y Madrid, Siglo
XXI, 1989, p. ix; se trata de la versión castellana de Hegemony
and Socialist Strategy. Towards a Radical Democratic Politics, London,
Verso, 1985.
2 Cf. Mouffe: «Democracia Radical: ¿Moderna
o Postmoderna?», en Leviatán, nº 55, Primavera
1994, pp. 81-94. Se trata de la versión castellana de «Radical
Democracy: Modern or Postmodern?», en Andrew Ross (ed.): Universal
Abandon? The Politics of Postmodernism, Edinburg, Edinburg University
Press, 1989, pp. 31-45; reimpreso en The Return of the Political,
London, Verso, 1993, pp. 9-22; de este volumen existe asimismo una versión
francesa con algunos cambios: Le Politique et ses Enjeux. Pour une Démocratie
Plurielle, Paris, La Découvert, 1994. A partir de ahora se citará
por la versión castellana mencionada, que no obstante he modificado
ligeramente en algunas ocasiones, principalmente en lo que se refiere a
su utilización del genérico masculino. El resto de las traducciones
castellanas de textos originales en inglés son mías [ME].
3 Mouffe: «Democratic Politics Today», en Mouffe
(ed.): Dimensions of Radical Democracy. Pluralism, Citizenship, Community,
London, Verso, 1992, p. 13.
4 El enfoque sobre las «diferencias», el «pluralismo»
y la «igualdad» ha sido uno de los principales temas de controversia
alrededor de esta propuesta de políticas de radicalización
de la democracia, notoriamente acerca del criterio que habría de
ser aplicado a la hora de discriminar entre diferencias «aceptables»
y «no aceptables» al nivel de lo político. Véase
a este respecto el intercambio entre Judith Butler y Ernesto Laclau: «Los
Usos de la Igualdad/The Uses of Equality», coordinado por Reinaldo
Laddaga, en TRANS, vol. 1 nº 1, Noviembre 1995, pp. 39-55.
5 Cf. Mouffe: «Democratic Citizenship and the Political
Community», en Dimensions, p. 229; eimpreso en the Return
of the Political, p. 64.
6 Cf. Louise Marcil-Lacoste: «The Paradoxes of Pluralism»,
en Dimensions, pp. 128-142; véase infra, nota 14.
7 Esta proposición parte, obviamente, de Carl Schmitt.
En relación a Mouffe y su declarado «objetivo de pensar con
y contra Schmitt, y utilizar sus percepciones con el fin de fortalecer
la democracia liberal en contra de sus críticas», véase
«Pluralism and Modern Democracy: Around Carl Schmitt», en New
Formations, nº 14, Verano 1991; reimpreso en The Return of
the Political, pp. 117-134.
8 «Democracia Radical...», pp. 91-92.
9 Cf. «Democratic Politics Today», pp. 10-11.
10 Cf. Mouffe: «Introduction: For an Agonistic Pluralism»,
The Return of the Political, pp. 1-8. Aunque sea un aspecto ajeno
a este hilo argumental, es interesante comprobar, llegados a este punto,
en qué medida este modelo de pluralismo agonístico conecta
con la interesante relectura que Paul Hirst ha realizado de la tradición
del socialismo asociativo con el fin de profundizar y extender los valores
democráticos mediante una propuesta concreta de articulación
del socialismo y del liberalismo político en la coyuntura histórica
presente; Mouffe: «Towards a Liberal Socialism», en The
Return of the Political, especialmente pp. 98-100.
11 «Democracia Radical», pp. 84-85.
12 The Editors: «Summary», Politics/Poetics.
documenta X - the book, p. 24.
13 Etienne Balibar: «Globalization/Civilization (part
2)», ibid., pp. 788-789.
14 «Tal extremo de pluralismo, de acuerdo con el cual
todos los intereses, todas las opiniones, todas las diferencias se ven
como legítimas, nunca podría proveer el marco para un régimen
político. Para que el reconocimiento de la pluralidad no conduzca
a una absoluta indiferenciación e indiferencia, deben
existir criterios para decidir qué es admisible y qué no
lo es. Además, como indica Marcil-Lacoste, para que el pluralismo
sea compatible con la lucha contra la desigualdad, se debe saber discriminar
entre diferencias que existen pero no deberían existir, y diferencias
que no existen pero deberían existir.» «Democratic Politics
Today», p. 13.
15 «Democracia Radical», pp. 85-86. |