En el entorno del Estado.
Pierre Bordieu: Usted se ha referido a los intelectuales que,
para huir del desencanto frente al hundimiento de los regímenes
digamos socialistas (y ésta es una hipótesis optimista: hay
también una ambición de poder que busca ejercer por otros
medios la influencia que no se puede ejercer por las solas armas intelectuales),
se han pasado a la gestión. Desde los años 60, ciertos intelectuales
-sobre todo sociólogos y economistas influidos por el modelo americano-
han exaltado la figura del experto responsable o del tecnócrata
gestor contra la imagen hasta entonces dominante -particularmente con Sartre-
del intelectual crítico. Sorprendentemente, es sin duda la llegada
al poder de los socialistas la que le otorga a esta figura su baza decisiva.
El poder socialista ha suscitado sus pequeños intelectuales de corte
que, de coloquio en comisión, han ocupado el primer plano de la
escena, ocultando -si es que no combatiendo- el trabajo de aquellos que
han continuado resistiendo en sus búsquedas en todos los órdenes.
Hans Haacke: Puede que haya ahí un conflicto irresoluble.
Ningún organismo, y seguramente ni siquiera una sociedad compleja
como la nuestra, puede existir sin un dispositivo gestor. No dudo en absoluto
que ganamos con la presencia de intelectuales en los órganos de
gestión. Pero también tengo clao que el objetivo de la gestión
es sobre todo asegurar el funcionamiento antes que la reflexión
o la crítica. Son responsabilidades contradictorias. Conozco, porque
lo he observado personalmente, el cambio radical -seguramente inevitable-
que sufren los personajes del mundo del arte cuando se pasan de la crítica
a la gestión de las instituciones o la organización de exposiciones.
Pierre Bordieu: Mediante la puesta en rebajas, si es que no la
demolición, del intelectual crítico, lo que está en
juego es la neutralización de todo contrapoder. Estamos de más
todos los que tenemos la pretensión de oponernos, individual o colectivamente,
a los imperativos sagrados de la gestión. Es algo insoportable.
Y ahí reencontramos otra antinomia, o cuando menos una contradicción
muy difícil de superar. Las actividades de investigación,
tanto en el dominio del arte como en el de la ciencia, necesitan del Estado
para existir. En la medida en que, grosso modo, el valor de las
obras es proporcionalmente inverso a lo extendido de su mercado, las empresas
culturales no pueden existir y subsistir sino gracias a los fondos públicos.
Las radios y las televisiones culturales, los museos, todas las instituciones
que ofrecen «high culture», conocimientos nuevos, no
existen sino por los fondos públicos, como excepciones a la ley
del mercado hechas posibles por la acción del Estado, el único
capaz de asegurar la existencia de una cultura sin mercado. No se puede
abandonar la producción cultural a la suerte del mercado o a la
graciosa complacencia de un mecenas.
Hans Haacke: A título de anécdota: en el Museo
Busch-Reisinger de la Universidad de Harvard, un museo que se especializa
en arte alemán, hay hoy por hoy un «curator Daimler-Benz».
Es un conservador que ocupa un puesto pagado por Mercedes. Simplemente,
es impensable que ese museo llegue un día a presentar mi trabajo.
Pierre Bordieu: Por definición, el estado es el único
que puede representar la paradoja del «corredor libre» -tan
querida por los economistas neoclásicos-: una solución no
lógica, que no la hay, pero sí sociológica. Sólo
el estado está en condiciones de decir -con alguna posibilidad de
ser escuchado y obedecido-: cojas o no cojas el autobús, vayas o
no vayas al hospital, seas negro o blanco, cristiano o musulmán,
debes pagar para que haya autobuses, escuelas, hospitales abiertos a negros
y blancos, cristianos y musulmanes. El liberalismo radical es evidentemente
la muerte de la producción cultural libre, porque la censura se
ejerce a través del dinero. Si por ejemplo yo tuviera que encontrar
esponsors para financiar mi investigación, mal iría. Un poco
como usted, si tuviera que buscarse la ayuda con Mercedes o Cartier. Evidentemente
estos ejemplos son un poco burdos, pero creo que son importantes porque
es en los casos límite donde pueden verse con claridad los enjuagues,
los compromisos.
Hans Haacke: En los Estados Unidos hay una tradición muy
distinta, toda vez que todas las instituciones culturales son privadas
y dependen de la generosidad de los patronos y, más recientemente,
de los esponsors. Lo que resulta escalofriante es que en Europa se comienza
a aplicar el modelo americano. Las instituciones que se han liberado de
su servidumbre al príncipe y la iglesia se colocan más y
más cada vez bajo el control de las empresas privadas. Esas empresas
están obligadas a tener en cuenta los intereses de su accionariado,
es su razón de ser. La privatización de hecho de las instituciones
culturales tiene entonces un coste terrible. En la práctica, la
res-publica, lo público, desaparece. Incluso aunque los esponsors
sólo financien una parte del programa, en la práctica lo
condicionan por entero. Philip M. de Montebello, experto en estos temas,
ha llegado a admitir que «es una forma inherente de censura, insidiosa
y oculta»1. Es difícil restablecer la situación
una vez que el estado ha abdicado y las instituciones se convierten en
dependientes, en el sentido más fuerte, de sus esponsors. Mientras
que, a fin de cuentas y a nivel de presupuesto nacional, os contribuyentes
continúan pagando la factura, las instituciones, cada una en su
sector, no ven más que la reducción resultante. Cada vez
más, se acostumbran a imponer limitaciones de contenido a sus programas.
La gestión lo impone. De hecho, el patrón de Cartier nos
ha advertido implícitamente que el entusiasmo de los esponsors no
está garantizado eternamente. En una entrevista declaraba: «La
cultura está de moda. Estupendo. Mientras eso ocurra hay que aprovecharse»2.
Es ingenuo pensar que el Estado va a retomar su responsabilidad en materia
de cultura cuando los Cartier del mundo ya no se interesen en ella.
Pierre Bordieu: De hecho es ahí donde volvemos a encontrar
la antinomia. Hay un cierto número de condiciones de existencia
de una cultura crítica que no pueden ser aseguradas sino por el
estado. En breve: debemos esperar -e incluso exigir- del Estado instrumentos
de libertad frente a los poderes económicos, pero también
frente a los políticos: es decir, frente al estado mismo. En cuanto
el Estado se pone a pensar y actuar desde la lógica del rendimiento
y la rentabilidad, -en materia de hospitales, escuelas, radios, televisiones,
museos o laboratorios-, entonces todas las más altas conquistas
de la humanidad se ven amenazadas: todo aquello que se refiere al orden
de lo universal, del interés general, del que el Estado, quiéralo
o no, es el garante oficial.
Por eso es necesario que los artistas, los escritores e intelectuales,
que tienen a su cargo algunos de los más singulares hallazgos de
la humanidad, aprendan a servirse, contra el Estado, de la libertad que
el propio Estado asegura. Es preciso que trabajen, sin escrúpulo
ni mala conciencia, para impulsar el crecimiento del compromiso del estado
y a la vez a mantenerse vigilantes frente a la propia empresa del Estado.
Por ejemplo, y si nos referimos a la ayuda del Estado a la creación
cultural, hay que luchar a la vez por el aumento de dicha ayuda a las empresas
culturales no comerciales y por el aumento del control social sobre el
empleo de dicha ayuda. Por el aumento de la ayuda, contra la tendencia
más y más asentada a medir el valor de los productos culturales
en función de lo extenso de su público, y a condenar pura
y simplemente, como hace la televisión, las obras sin público.
Y por el aumento del control ejercido sobre dicha ayuda porque si el éxito
comercial no garantiza el valor científico o artístico la
falta de tal éxito tampoco, y no cabe excluir por principio. Por
ejemplo, entre los libros difíciles de publicar sin subvención
puede haberlos que no merezcan ser publicados.
De manera más general, me parece obligado esforzarse en evitar
que el mecenazgo de estado, que obedece a una lógica muy parecida
a la del mecenazgo privado, pueda permitir a los detentadores del poder
oficial construirse una clientela -como hemos visto ha ocurrido recientemente
con las compras a pintores y anticipos sobre la taquilla para el mundo
del cine- o incluso una verdadera corte de «escritores», «artistas»
e «investigadores». Sólo reforzando a la vez la ayuda
del estado y los controles sobre el empleo de dicha ayuda -y en particular
sobre las derivas privadas de los fondos públicos- conseguiremos
escapar en la práctica a la alternativa de «estatalismo»
o «liberalismo» en la que los ideólogos del nuevo liberalismo
intentan atraparnos.
Hans Haacke: Sí: es seguramente ahí donde reside
nuestra responsabilidad.
Pierre Bordieu: Desgraciadamente, los ciudadanos y los intelectuales
no están preparados para ejercer esa libertad frente al Estado,
sin duda porque esperan demasiado a título personal: carreras, condecoraciones,
la ridícula clase de cosas por las que tienen Estado y son tenidos
por él. Y luego está la ley -que podemos llamar ley Jdanov-
que hace que cuanto más débil y poco reconocido sea un productor
cultural según las leyes específicas de su propio universo
y entorno, tanto más tenga necesidad de la intervención de
poderes exteriores, tanto más esté dispuesto a apelar a esos
poderes (sea la Iglesia, el partido, el dinero o el Estado, según
lo momentos y lugares) para imponerse en su propio campo. Robert Dranton
ha hecho una contribución importante al pensamiento realmente crítico
recordándonos que buena parte de los revolucionarios franceses eran
descendientes de la bohemia de los escritores y los intelectuales fracasados3.
Marat era un intelectual malvado que envió a la guillotina a más
de un buen intelectual. El mecenazgo de Estado corre siempre el riesgo
de favorecer a los mediocres, siempre más dóciles. En 1848
había un gobierno de izquierda, el hermano de Louis Blanc era el
ministro de Cultura, y era un pintor pompier el que se encargaba de hacer
el retrato de la República... Y sabemos bien que, más globalmente,
el progresismo en materia de política no va necesariamente aparejado
con ningún radicalismo estético -y ello por razones sociológicas
más que evidentes. Un pensamiento verdaderamente crítico
debe comenzar con una crítica de los fundamentos económicos
y sociales del propio pensamiento crítico. Es muy frecuente que,
como Vd. mismo ha recalcado en todo momento, un pensamiento verdaderamente
crítico deba realmente oponerse también a aquellos que administran
justificaciones críticas de pensamientos y prácticas realmente
conservadoras, o que no se adhieren a las posiciones críticas sino
porque no dan la talla (falta de competencia, en realidad) para ocupar
las posiciones normalmente asociadas al conservadurismo.
Hans Haacke: No hay duda de que los fondos públicos siempre
pueden ser usados para sostener a los pompiers o alimentar un arte oficial.
Si hablamos del encargo público -un sector extremadamente expuesto
a las presiones políticas- hay en efecto muchos ejemplos espantosos.
Pero si comparamos esos encargos públicos y las compras privadas,
veremos que la situación no mejora, sino que va a peor. Lo que cuenta
es, siempre, la inteligencia y la independencia de los responsables. Las
obras de la exposición de «Arte degenerado» de los nazis
venían todas exclusivamente de colecciones públicas. Eso
quiere decir que pese a la oposición del emperador y las autoridades
que, desde 1918 y como él, no entendían nada de arte, los
directores de los museos alemanes habían adquirido un buen número
de importantes obras de la vanguardia de aquel tiempo. Otro ejemplo: la
comparación entre las adquisiciones de arte contemporáneo
del MoMA de Nueva York, institución privada que depende en primer
lugar de las donaciones, y las del Centro Pompidou demuestra que los funcionarios
franceses han podido ser más audaces y han reunido con fondos públicos
una colección más importante en el sector más «arriesgado»,
desde el punto de vista del mercado, la moral o la ideología.
Pierre Bordieu: Un sistema público concede más
margen de libertad; pero en todo caso esa libertad hay que saber utilizarla...
Los filósofos adoran plantear la cuestión de la libertad
del filósofo profesor-funcionario. De hecho, es muy importante que
existan profesores de filosofía sostenidos por el Estado. Pero a
condición de que ellos sepan utilizar verdaderamente esa libertad
ligada al hecho de que son titulares de una posición garantizada
por el Estado, y que incluye la libertad de, eventualmente, pronunciarse
contra el Estado, contra el pensamiento del Estado. Pero esas opiniones
en realidad no le debilitan, o no menos que lo alimentan ... Y los poderes
estatales hábiles saben muy bien cómo pueden manipular a
los artistas, invitarlos a los partis del Elíseo, etc. Dicho lo
cual, sigue siendo cierto que siempre que haya un curator arriesgado, él
puede elegir con riesgo. Mientras que si está financiado por empresas
privadas entonces no puede.
Hans Haacke: Puede que por ejemplo falte más coraje al
nuevo conservador de las galerías de contemporáneo del Centro
Pompidou -que tiene menos que sus colegas de antaño. Antes de su
designación, fue conservador de la Foundación Cartier ...
Pierre Bordieu: ¿Y cuál es el estatuto del curator
en Graz? ¿Es funcionario estatal?
Hans Haacke: La situación en Graz es un poco compleja.
Cada otoño desde el 68 se organiza un fesival cultural, el Otoño
Estirio. Está financiado por el ayuntamiento de Graz, la provincia
Estiria y el gobierno austríaco de Viena.
Pierre Bordieu: O sea, que es una manifestación ocasional.
No tiene una estructura permanente.
Hans Haacke: Werner Fenz, el curator encargado de organizar la
sección de artes plásticas del festival en el que yo participé,
es el conservador de la Neue Galerie, el pequeño museo de arte contemporáneo
de la ciudad de Graz.
Pierre Bordieu: Parece muy audaz ...
Hans Haacke: Lo es. Y afortunadamente, no está solo. Para
el veinte aniversario del festival, los organizadores han decidido conmemorar
otro aniversario, el de la «Anschluss», la anexión de
Austria por Hitler en 1938. Dieciséis artistas han sido invitados
a crear obras destinadas a ser instaladas temporalmente en lugares públicos
que jugaron un papel importante en el régimen nazi. Werner Fenz
ha explicado su programa con una claridad admirable: «Puntos de
referencia -que es el título de la exposición- intenta
incitar a los artistas a tratar con la historia, la política y lo
social, para así reivindicar un espacio intelectual hoy por hoy
abandonado a la indiferencia cotidiana, en una regresión progresiva,
desconsiderada y manipulada». Mi propuesta fue disimular una estatua
de la Virgen en el centro del pueblo, como hicieron los nazis en el 38,
bajo un obelisco cuajado de insignias hitlerianas y añadir un balance
de los muertos asesinados por los nazis en la provincia Estiria. Cuando
lo propuse pensaba que ese proyecto iba a ser imposible de realizar. Pero
no quería participar en la exposición sino con él.
Los funcionarios podían haber dicho que mi proyecto resultaba demasiado
caro. O podían haberlo rechazado aludiendo a razones de seguridad,
en una región que todavía cuenta con demasiados simpatizantes
nazis. También podían haber invocado el respeto a la virgen,
como hizo un periódico local cuando mi memorial a los muertos del
nazismo recibió una bomba incendiaria. Pero, y pese a todos esos
posibles argumentos, el proyecto se realizó. El ayuntamiento, dirigido
por los socialistas, y la provincia -gobernada por conservadores-, colaboraron.
Y como esperaba, el memorial jugó un papel de catalizador de la
conciencia histórica entre las gentes de Graz. Creemos que la censura
y la autocensura están por todas partes -y es verdad, existe. Pero
si probamos sus límites, podemos encontrarnos de cuando en cuando
que hay agujeros en el muro, que podemos perforar. Puede ocurrir que las
cosas puedan hacerse, pese a que las imaginemos imposibles.
Pierre Bordieu: Los universos sociales se han vuelto muy complicados:
son el resultado de combinaciones de juegos muy complejos y separados.
Y nadie puede controlarlos. Puede ocurrir, por la concurrencia de un ministerio
contra otro, de una oficina contra otra, en un mismo universo, o entre
distintos universos... todo puede ocurrir. Depende muy frecuentemente de
una sola persona, pero si sabe sacar partido del «juego» que
comportan siempre las estructuras.
Hans Haacke: O es una persona o es una constelación anómala
de circunstancias, como la que conocí en Berlín tras la caída
del muro y la reunificación. Si no se intenta, nunca ocurre. Y si
se consigue, ello constituye un precedente en el que podemos apoyarnos
para ir más allá.
Pierre Bordieu: Para retomar de nuevo lo que decíamos
a propósito del «clima» intelectual, podemos proponer
que, teniendo en cuenta que se tiene tendencia a renunciar a emprender
una actuación determinada en función de sus pocas posibilidades
de éxito, el clima que tiende a desacreditar a los intelectuales
críticos, que tiende a rebajar la estimación de posibilidades
de hacer las cosas y triunfar en ellas, contribuye a favorecer una forma
de autocensura; o peor, un sentimiento de desmoralización y desmovilización.
Es por eso que actuaciones como las suyas tienen, en los tiempos que corren,
mucho valor. Tienen, como diría Max Weber, el valor de «profecías
ejemplares».
Hans Haacke: En la obra de Graz, como en la de Berlín
o Königsplatz de Munich no aporto realmente informaciones nuevas.
Pero sí en otras, como la que se refiere a los vínculos entre
Philip Morris y el senador Helms, que contienen una parte de información
hasta ese momento desconocida, y que en consecuencia producen un efecto
de revelación. A partir de mis investigaciones sobre las maniobras
de fabricación de cigarrillos, que hizo saber a todo el mundo que
«el desarrollo de la empresa pasa por el arte», me encontré
con una pequeña bomba informativa: el espónsor de la Declaración
de Derechos no sólo subvencionaba las campañas electorales
de Helms, como yo suponía, sino que también los cowboys
de Philip Morris habían donado 200,000 dólares para abrir
un museo en su honor, destinado a difundir los «valores americanos»
que él representaba. Incorporé esa noticia dentro de un collage
facsímil de otro de Picasso que había formado parte de la
exposición Braque-Picasso que Phiplip Morris esponsorizó
en el MoMA, reemplazando los fragmentos de periódicos originales
por extractos de la prensa actual. El New York Times y otros periódicos
hicieron amplios informes de mi descubrimiento y recogieron también
las embarazosas declaraciones de los portavoces de la empresa. En protesta
contra la ayuda prestada por Philip Morris al enemigo del arte y los gays,
muchos artistas se retiraron de eventos esponsorizados por Philip Morris.
Hubo ecos de ese boicot hasta en Berlín. Finalmente, el espónsor
de Helms dedició donar dinero para la lucha contra el sida, y hacerlo
público.
Pierre Bordieu: Demostró que un hombre prácticamente
solo puede producir efectos inmensos rompiendo la baraja, transgrediendo
la ley y exponiéndola al escándalo, el instrumento de acción
simbólica por excelencia. O por lo menos, que no es preciso optar
entre la acción colectiva, la manifestación en masa o el
refugio en un partido, y la apatía individual, la renuncia y la
resignación.
Hans Haacke: Lo que nos ayudó, seguramente, fue que Jesse
Helms tenía muy pocos amigos en la prensa neoyorkina. Y también
que esa revelación coincidió con el gran debate en los Estados
Unidos sobre los riesgos de fumar. Incluso el ministerio de sanidad acusó
a Philip Morris de ser un «mercader de muerte». La impertinencia
que cometió al presentarse como aval de los Derechos Humanos, se
volvió en su contra.
Una política de la forma.
Pierre Bordieu: En el punto en que nos encontramos, me parece
que convendría reflexionar sobre el hecho de que el proceso de autonomización
del mundo artístico -con respecto a mecenas, academias, al Estado...-
ha venido acompañado de una renuncia a determinadas funciones, en
particular políticas. Y que uno de los efectos que su trabajo produce
es el de reintroducir esa función. Dicho de otra forma: la libertad
que los artistas han ido conquistando a lo largo de la historia, y que
se limita a las formas, usted la extiende tambien a la función.
Lo que lleva al problema de la percepción de sus obras: los hay
que se interesan en la forma y son incapaces de percibir su función
crítica, los hay que se interesan en la función crítica
y no perciben la forma, mientras que en realidad la necesidad estética
de la obra se refiere al hecho de que se dicen ciertas cosas, pero en la
forma precisa, necesaria y subversiva, en que son dichas.
Hans Haacke: Creo que el público de lo que llamamos arte
raramente es homogéneo. Siempre hay una tensión entre los
que se interesan sobre todo en aquello que es contado y aquellos que privilegian
la manera. Ni los unos ni los otros pueden apreciar la obra de arte en
todo su valor. Las «formas» hablan y el contenido se inscribe
en las formas. El conjunto está inevitablemente impregnado de significaciones
ideológicas. Y no es distinto en el caso de mi trabajo. Los hay
que se interesan por el tema y la información...
Pierre Bordieu: El mensaje.
Hans Haacke: ...implícita o explícita. Puede que
se sientan reforzados en sus opiniones cuando se dan cuenta que no son
los únicos en pensar así. Nos place encontrar cualquier cosa
que nos ayude a articular nuestras ideas difusas y darles una forma más
nítida. Así que predicar la conversión -como se suele
decir- no es del todo una pérdida de tiempo. Buena parte de la publicidad
y todos los candidatos a una elección lo hacen, y no les falta razón.
Frente a los simpatizantes hay gente en desacuerdo, entre ellos los que
intentan eliminar mi obra -hay muchos ejemplos espectaculares. Las tentativas
de censura demuestran, cuando menos, que los censores piensan que la exposición
de mis obras puede traer consecuencias. Entre esos dos extremos, hay un
público curioso, pero sin una opinión fija. Y entre ellos
mi obra encuentra gente dispuesta a reexaminar sus posiciones. Correspoden,
grosso modo, con ese público flotante que los expertos en
marketing o relaciones públicas consideran el encargado de aumentar
el mercado de un producto o de una opinión. Es también en
ese sector «flou» donde se sitúa buena parte
de la prensa. Aunque evidentemente se trata de un esquema muy general.
En el grupo de los que se interesan prioritariamente por eso que hemos
venido llamando «forma» -y cada vez que empleo esta dicotomía,
para mí tramposa, me siento mal-, hay un grupo importante de estetas
que piensan que toda referencia política contamina el arte, introduciendo
aquello que Clement Greenberg llamaba ingredientes «extra-artísticos».
Para estos estetas, esto es periodismo, o peor: propaganda, comparable
a la propaganda estalinista o a la de los nazis. Ignoran, entre otras cosas,
que mi trabajo está muy lejos de ser apreciado por el poder. En
el origen de su argumento está la hipótesis de que los objetos
que constituyen la historia de arte han sido producidos en un vacío
social, y consecuentemente no revelan nada sobre el entorno de su nacimiento.
La verdad es en cambio que los artistas son muy conscientes de las determinaciones
sociopolíticas de su tiempo. Muy frecuentemente, ellos producen
sus obras para servir a objetivos muy específicos. La situación
en Occidente se ha vuelto muy compleja desde el siglo XIX, con la desaparición
de los encargos eclesiales y la realeza. Pero ya el arte de la burguesía
de los países bajos en el XVII demostró que continuaba siendo
una manifestación de ideas, actitudes y los valores del clima social
colectivo y de los personajes específicos de su tiempo. Y nada ha
cambiado en eso. Las obras de arte -y quiéranlo o no los artistas-
son siempre expresiones ideológicas: incluso si no están
hechas para clientes identificables en un momento dado. En tanto marcas
de poder y capital simbólico -espero que la utilización de
sus términos sea correcta- esas obras cumplen un papel político.
Muchos de los movimientos del arte de este siglo -pienso en fracciones
importantes de los constructivistas, dadaistas y del surrealismo- tenían
objetivos explícitamente políticos. Me parece que una insistencia
específica sobre la «forma» o el «mensaje»
supondría una especie de separatismo. Tanto una como otro son altamente
políticas. Por lo que se refiere a la función de propaganda
de todo arte, me gustaría añadir que la significación
y el impacto de un objeto nunca está fijado a perpetuidad. Depende
siempre del contexto en el que se analiza. Afortunadamente, la mayoría
de la gente no se conforma con la presunta pureza del arte. Es evidente
que en el mundillo del arte se interesan muy particularmente por las cualidades
específicamente visuales de mi trabajo: se preguntan cómo
ellas se inscriben en la historia del arte y si desarrollo formas nuevas,
procedimientos nuevos. Se es más hábil para descifrar las
formas en tanto que significantes, y hay una apreciación mlara de
las técnicas. De modo que las gentes que son capaces de identificar
las alusiones políticas, los simpatizantes de mi mundillo, gustan
de encontrar las referencias a la historia del arte, inaccesibles a los
profanos. Creo que una de las razones por las que mi trabajo es reconocido
por un público tan diverso es que ya dos fracciones que yo he distinguido
tan groseramente -evidentemente, la cosa es más compleja- tienen
pese a todo la certeza de que las «formas» expresan un «mensaje»;
y que el «mensaje» no se transmitiría sino a través
de una «forma» adecuada. La integración de ambos elementos
es lo que cuenta.
Pierre Bordieu: ¿Quiere Vd. decir que, incluso cuando
privilegian uno de los dos aspectos, intuyen confusamente la presencia
del otro?
Hans Haacke: Sí, eso creo.
Pierre Bordieu: ¿Y que perciben que sus obras son doblemente
necesarias: desde el punto de vista del mensaje y desde el de la forma,
y de la relación entre ambos?
Hans Haacke: Lo que también cumple un papel importante
es el contexto. El contexto en el que el público se encuentra con
mi obra. Hay una diferencia entre encontrarlo en lugares públicos,
como en Graz, Munich o Berlín, y encontrarlo en museos o, incluso
para audiencias más especializadas, en las galerías de arte.
Las dos últimas categorías de audiencia consideran sin duda
mi obra como arte, aunque discutan su calidad artística -como hace
Hilton Kramer. En cambio, los peatones que se lo encuentran en la calle
lo miran de otra manera.
A menudo yo trabajo deliberadamente para un contexto específico.
Así que el entorno social y político del lugar de exposición
cumple un papel, tanto o más que la propia arquitectura del espacio.
Las circunstancias simbólicas del contexto son muy frecuentemente
mi material esencial. Un trabajo realizado específicamente para
un lugar dado, por tanto, no puede ser desplazado y mostrado igualmente
en cualquier otro. Por lo mismo, la significación de los elementos
físicos dependen a menudo de su contexto. Que no es necesariamente
estable. Por ejemplo, la estrella de neón de Mercedes girando sobre
un gran edificio que nos encontramos entrando en París por el Norte
en tren no significa lo mismo que esa misma estrella en lo alto del Europa
Center de Berlín (sobre todo, depués de la caída del
Muro), o esa misma estrella colocada por mí en uno de los miradores
de las fortificaciones del mismo muro.
Pierre Bordieu: Ese es uno de los tópicos que la autonomización
del arte ha roto: el efecto museo arranca la obra de cualquier contexto,
reclamando la mirada «pura». Es también ese reencuentro
con el contexto lo que su obra restablece. Lo que Vd. dice tiene en cuenta
la circunstancia en que se dice. El buen lenguaje es el que cumple a un
propósito y lo alcanza eficazmente. Es eso lo que hace del ejemplo
de Graz un caso extraordinario, justamente el tratamiento que el público
da a la obra; es un poco como si Vd. hubiera provocado a las gentes a quemar
la obra. ¿Había Vd. previsto algo así?
Hans Haacke: No desde luego la bomba incendiaria. Pero habíamos
tomado precauciones, por supuesto. Había guardianes durante la noche.
Sea cual sea el carácter de una escultura contemporánea,
tenemos suficiente experiencia como para saber que por el mero hecho de
estar en el espacio público invita al vandalismo.
Por lo que se refiere al trabajo para un contexto dado, me gustaría
añadir que, como ocurre con múltiples otras cuestiones que
atañen a la teoría y sociología del arte, tiene un
precedente en la obra de Duchamp. Cuando presentó su «Fuente»
en la exposición de los Independientes anónimamente, la planteó
deliberadamente para un contexto específico. Lo sabía bien,
porque era miembro de esa sociedad neoyorquina y podía imaginarse
las reacciones de sus colegas. Y jugó con ellas...
Pierre Bordieu: Sí, pero paradójicamente hacía
un poco lo contrario de lo que Vd. hace. Se servía del museo como
contexto descontextualizador, si se puede decir. Es decir: tomamos un urinario
y, por el hecho de colocarlo en e museo, alteramos su naturaleza en tanto
el museo va a operar sobre él el efecto que produce sobre todos
los objetos expuestos. Ya no es un tríptico o un crucifijo ante
el que se va a orar, sino una obra de arte que vamos a contemplar.
Hans Haacke: Hoy por hoy es una reliquia, pero en 1917 fue un
escándalo. Para empezar, Duchamp logró desenmascarar los
criterios de sus colegas, que pedían que ese objeto fuera excluido
del universo artístico. Cuando su amigo Arensberg lo compró,
los criterios cambiaron. De golpe, ese urinario fue contemplado como diferente
a todos los otros cientos de urinarios que podían comprarse -seguramenente
más baratos- en cualquier tienda de sanitarios de Nueva York. Pero
su significación había cambiado. De esa forma Duchamp había
desvelado para la historia las reglas del juego, el poder simbólico
del contexto...
Pierre Bordieu: Pero Vd. minimiza la novedad de lo que Vd. hace
en comparación a aquello. Por supuesto que participa de la misma
lógica. Pero usted reintroduce un contexto que ya no es únicamente
el museo, sino la Villa de Graz, sus habitantes, los nazis, ...
Hans Haacke: Creo que la mayoría de los que pasean por
Graz se relacionan con mi trabajo no tanto como arte, sino como manifestación
política. De tal forma que su incendio también tuvo que ser
contemplado como una acción política. Sólo en el contexto
del mundillo cultural se interpretó también como un atentado
contra el arte. Si un artista sale de su medio, como yo hice en Graz -y
no fuí el único- entonces implica simultáneamente
varias esferas sociales diferentes. Las categorías de clasificación
a las que estamos acostumbrados saltan por los aires.
Me parece que la «guetización» del arte es un fenómeno
reciente. Hubo tentativas de salir por parte de Tatlin, Heartfield y otros.
Rodchenko concebía la propaganda como fusión del arte y la
acción social. Pero esas tentativas pasaron ya a formar parte de
la historia del arte. Los museos, las galerías y las colecciones
privadas acuerdan los valores simbólicos -y por supuesto también
económicos- de ciertos objetos, y les ofrecen un espacio protegido
importante e incluso una tribuna. Pero después de todo este tiempo,
queda un cierto malestar. Me pregunto si ese sentimiento no tiene su origen
en una cierta comprensión romántica de la situación
del arte, y en un malentendido profundo a propósito del papel que
cumple ese gueto separado de lo artístico en la práctica
contemporánea -y pienso si no hay una contradicción entre
los términos «gueto» y «tribuna» que he
utilizado. ¿Qué interés tendrían las empresas
en esponsorizar un enclave cerrado? ¿Por qué el senador Helms
y los neoconservadores se afanan tanto en lo que ocurre por aquí?
¿Y cómo se explica que el puesto de director del Beaubourg
o del Whitney de NY no sean concebidos como meros puestos administrativos,
que podrían ser cubiertos por cualquier antiguo alumno de la escuela
de arte o la Academia del Louvre y sus equivalentes en los Estados Unidos?
Pierre Bordieu: ¿Puede extenderse sobre estas alusiones?
Hans Haacke: Hay un debate sobre la dirección de los museos
que va más allá de lo que se dice cuando se les acusa de
ser sucursales de los marchantes de NY u otros lugares. Quienes hablan
del contexto en que las obras son creadas suelen ser acusados de marxistas,
etiqueta altamente estigmatizante. La práctica más habitual
consiste en descontextualizar los objetos, como si se tratara de presentar
colecciones de mariposas exóticas. Esa forma de concebir los museos
elude toda consideración del campo social del que provienen las
obras -y aunque los creadores aludan a él. Sin duda es una práctica
políticamente prudente. Pero conlleva la neutralización del
arte.
Las instituciones artísticas, un poco como las escuelas, son
lugares de formación. Influyen en nuestra forma de vernos a nosotros
mismos y de considerar las relaciones sociales. Y como en otras sucursales
de la industria de la conciencia, nuestros valores se negocian en ella
de modo sutil. Si se quiere, es un campode batalla en que se enfrentan
distintas concepciones ideológicas de lo social. El mundo del arte,
contrariamente a lo que se cree, no es un mundo aparte. Lo que en él
sucede expresa la sociedad global y sus repercusiones. En tanto las relaciones
no son mecánicas y la complejidad de los frentes no permite una
identificación inequívoca, no es fácil demostrar esa
interdependencia arte-sociedad. Funciona menos en los detalles que a nivel
del clima social. Pero como ya la metáfora metereológica
sugiere, lo que ocurre en las geografías particulares no puede olvidarse.
El concepto de clima es débil, pero estoy seguro de que es así,
de un modo casi imperceptible, como se deciden las direcciones globales
que adopta nuestra sociedad.
Pierre Bordieu: Dicho lo cual se entiende que, según las
formas del arte, el corte, la separación entre arte y sociedad,
sea mayor o menor. De hecho hay formas artísticas que instituyen
ese corte, que viven de él.
Hans Haacke: Pero incluso ésas tienen una influencia sobre
eso que hemos llamado el clima...
Pierre Bordieu: Al menos negativamente. No haciendo lo que podrían
hacer...
Hans Haacke: A comienzos de los años 80, una docena de
años más tarde de la revolución cultural de los 60,
hubo un resurgir de la pintura neo-expresionista. La llegada de esa moda,
acompañada del retorno de la pintura tradicional al primer plano
de la escena artística, señaló al mismo tiempo el
declive de un período rico de experimentación, análisis
y compromiso social. Siguiendo la moda, la Documenta de 1982 postuló,
grosso modo, la restauración del mundo mítico, del
individuo contra lo social, del artista semi-dios que plantea su desafío
al mundo, del Rambo. Eso se correspondió con la llegada en los Estados
Unidos de Reagan a la Casa Blanca y poco después de Kohl a la cancillería
alemana. Margaret Thatcher ya estaba desmantelando el estado del bienestar
en beneficio de la libre empresa, mientras su amigo americano se preparaba
para defenderse del Imperio del Mal en la Guerra de las Galaxias. Charles
Saatchi, el patron del emporio publicista que hacía las campañas
de Maggie compró masivamente la nueva pintura, contribuyendo así
a elevar su cotización. Por supuesto que el trabajo «no chic»
continuó haciéndose subterráneamente, en la oscuridad,
y hubo jóvenes que se implicaron en nuevas tentativas críticas
que no serían reconocidas hasta mucho más tarde. Sería
injusto acusar a los artistas o al entorno que hizo fortuna en esas circunstancias
de, conscientemente, haber apoyado la política de los conservadores
en el poder. Pero por lo menos a nivel de clima, creo que hubo una colaboración4
de mutuo beneficio.
Notas
Este texto recoge dos epígrafes de una larga conversación
entre Haacke y Bordieu publicada originalmente en Libre-echange,
Seuil, Paris, 1994.
1 «A word from our sponsor», Newsweek, 25 Nov
85, p. 98. (HH).
2 Alaijn-Dominique Perrin, «Le mécénat
français: la fin dun préjugé» interview de Sandra
d'Aboville,Galeries Magazine, num. 15, Paris, Oct-nov, 1986, p.
74 (HH).
3 Robert Dranton, Bohème littéraire et Revolution.
Le monde des livres au xviii siecle, Gallimard-Seuil, 1983.
4 Diez años más tarde, Jan Hoet, el director
de la Documenta de 1992, excluyó formalmente toda obra con alusiones
políticas explícitas. En cambio, optó por lo que llamaba
el misterio, lo infamiliar... (HH). |