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I
Existe una asunción peligrosa y derrotista de que la teoría
es necesariamente el lenguaje elitista de los social y culturalmente privilegiados.
Se dice que el lugar del crítico académico está inevitablemente
en los archivos eurocéntricos de un occidente imperialista o neocolonial.
El reino olímpico de lo que erróneamente se califica de «pura
teoría» se asume que está eternamente aislado de las
exigencias históricas y de las tragedias de los condenados de la
tierra. ¿Tenemos siempre que polarizar para poder polemizar? ¿Estamos
atrapados en una política de la lucha donde la representación
de los antagonismos sociales y las contradicciones históricas no
puede tomar otra forma que la de un binarismo teoría vs. política?
¿Puede ser la aspiración a la libertad del saber la simple
inversión de la relación entre opresor y oprimido, centro
y periferia, imagen positiva y negativa? ¿Es la aceptación
de una implacable oposicionalidad o la invención de un contra-mito
original de purez radical la única salida para tales dualismos?
¿Debe el proyecto de nuestra estética liberacionista formar
parte para siempre de una visión utópica, totalizadora del
Ser y de la Historia, que busca trascender las contradicciones y ambivalencias
que constituyen la estructura misma de la subjetividad humana y sus sistemas
de representación cultural?
Entre lo que se representa como la «lacra» y distorsión
de la «meta-teoría» europea y la experiencia radical,
activista y comprometida de la creatividad del Tercer Mundo1,
uno puede ver la imagen en espejo (aunque invertida en contenido e intención)
de aquella polaridad ahistórica del XIX entre Oriente y Occidente
que, en nombre del progreso, liberó las excluyentes ideologías
imperialistas del yo y el otro. En esta ocasión, en cambio, el término
«teoría crítica», a menudo sin teorizar ni discutir,
es con seguridad el Otro, una otredad que se identifica insistentemente
con los caprichos del crítico eurocéntrico despolitizado.
¿Se sirve mejor a la causa del arte o de la crítica radical,
por ejemplo, si un fantástico profesor de cine anuncia, en un punto
álgido de la argumentación, «No somos artistas, somos
activistas políticos»? Al oscurecer el poder de su propia
práctica con la retórica de la militancia, no consigue llamar
la atención sobre el valor específico de la política
de la producción cultural; puesto que convierte las superficies
de significación cinemática en la base de la intervención
cultural, le da profundidad al lenguaje de la crítica y extiende
el dominio de la «política» en una dirección
que no estará enteramente dominada por las fuerzas de control económico
y social. Las formas de rebelión popular y movilización son
a menudo más subversivas y transgresoras cuando se crean a través
de prácticas culturales oposicionales.
Antes de ser acusado de voluntarismo burgués, pragmatismo liberal,
pluralismo academicista y todos los otros «ismos» que son libremente
bandeados por aquellos que hacen la más severa excepción
al teorismo «eurocéntrico» (derridismo, lacanismo,
postestructuralismo...), desearía aclarar los objetivos de las preguntas
con que comenzaba. Estoy convencido de que en el lenguaje de la economía
política es legítimo representar las relaciones de explotación
y dominio mediante la división discursiva entre el Primer y el Tercer
Mundo, Norte y Sur. A pesar de la afirmación de una retórica
espúrea del «internacionalismo» por parte de las multinacionales
establecidas y de las redes de las nuevas industrias de la tecnología
de la comunicación, estas circulaciones de signos y productos, tal
como son, están atrapadas en los circuitos viciosos de la plusvalía
que conecta el capital del Primer Mundo con los mercados de trabajo del
Tercer Mundo vía las cadenas de división internacional del
trabajo, y las clases nacionales compradoras. Gayatri Spivak tiene razón
al concluir que es «en interés del capital que se preserva
el teatro comprador en un estado de legislación laboral y regulación
ambiental relativamente primitivo»2.
Igualmente estoy convencido de que, en el lenguaje de la diplomacia
internacional, existe un acentuado crecimiento de un nuevo nacionalismo
anglo-americano que progresivamente articula su poder económico
y militar en actos políticos que expresan un rechazo neo-imperialista
a la independencia y autonomía de los pueblos y lugares del Tercer
Mundo. Piénsese en la política norteamericana de bajo
mano hacia la América Latina y Caribeña, en el morbo
patriótico y glamour patricio de la campaña británica
en las Malvinas o, más recientemente, en el triunfalismo de las
fuerzas británicas y americanas durante la Guerra del Golfo. Estoy
además convencido de que tal dominación política y
económica tiene una profunda influencia hegemónica sobre
los órdenes de información del mundo occidental, sus medios
de comunicación populares y sus instituciones y academias especializadas.
Hasta aquí no hay duda.
Peo lo que sí requiere mayor discusión es si los «nuevos»
lenguajes de la crítica teórica (semiótica, postestructuralista,
deconstruccionista y el resto de ellas) reflejan simplemente aquellas divisiones
geopolíticas y sus esferas de influencia. ¿Están los
intereses de la teoría «occidental» necesariamente enfrentados
con el papel hegemónico de Occidente como bloque de poder? ¿Es
el lenguaje de la teoría tan sólo otra estratagema de poder
de la élite del Occidente culturalmente privilegiado para producir
un discurso del Otro que refuerza su propia ecuación de poder-saber?
Un importante festival de cine en Occidente incluso un evento alternativo
o contracultural como la «Third Cinema Conference» de
Edimburgo- nunca deja de revelar la influencia desproporcionada de Occidente
como forum cultural, en los tres sentidos de la palabra: como lugar de
exhibición y discusión pública, como lugar de juicio,
y como mercado. Una película india sobre el sufrimiento de los que
viven sobre las aceras de Bombai gana el Festival de Newcastle, lo cual
abre entonces las posibilidades de distribución en India. El primer
informe polémico del desastre de Bhopal se realizó para Channel
Four. El primer debate en extensión sobre la política
y la teoría del Tercer Cine aparece por vez primera en Screen,
publicada por el British Film Institute. Un artículo de archivo
sobre la importante historia del neo-tradicionalismo y lo «popular»
en el cine indio ve la luz en Framework3. Entre los principales
protagonistas del desarrollo del Tercer Cine como práctica y precepto
figuran una serie de cineastas y críticos del Tercer Mundo que
son emigrados o exiliados en Occidente y viven con dificultades, a menudo
peligrosamente, en los márgenes «izquierdos» de una
cultura burguesa liberal eurocéntrica. Pienso que no es preciso
añadir nombres de lugares o personas, ni detallar las razones históricas
por las que Occidente explota y carga con lo que Bourdieu llamaría
su capital simbólico. La condición es demasiado familiar,
y no es mi propósito incidir aquí de nuevo en aquellas importantes
distinciones entre situaciones nacionales diferentes y las dispares causas
políticas e historias colectivas para el exilio cultural. Me gustaría
tomar partido a favor de los márgenes cambiantes del desplazamiento
cultural eso confunde cualquier sentido «auténtico»
o profundo de lo que son una cultura «nacional» o un intelectual
«orgánico» e interrogar cuál podría
ser la función de una perspectiva teórica comprometida, una
vez hayamos admitido como lugar de partida paradigmático el hibridismo
cultural e histórico del mundo postcolonial.
¿Comprometidos con qué? A estas alturas de la argumentación,
no quisiera identificar ningún «objeto» de alianza política
específico el Tercer Mundo, la clase trabajadora, la lucha
feminista. Aunque tal objetificación de la actividad política
es crucial y debe informar el debate político de forma significativa,
no constituye la única opción para aquellos críticos
o intelectuales que están comprometidos con un cambio político
progresista en la dirección de una sociedad socialista. Es un signo
de madurez política aceptar que hay muchas formas de escritura política
cuyos diferentes efectos quedan oscurecidos si las dividimos entre lo «teórico»
y lo «activista». No se trata de si al folleto que organiza
una huelga le falta teoría, mientras que el artículo especulativo
sobre la teoría de la ideología debiera tener más
ejemplos o aplicaciones prácticas. Ambos son formas del discurso
y en tal medida producen más que reflejan sus propios objetos de
referencia. La diferencia entre ellos radica en sus cualidades operacionales.
El folleto tiene un propósito expositivo y organizativo específico,
ligado temporalmente al evento; la teoría de la ideología
hace su contribución a aquellas ideas y principios políticos
implícitos que informan el derecho a la huelga. El segundo no justifica
al primero; ni neesariamente lo precede. Existen uno junto a otro el
uno como la parte que hace posible al otro como la cara y el revés
de una hoja de papel, por utilizar una analogía semiótica
común, en el contexto poco común de la política.
Lo que me interesa aquí es el proceso de «intervención
ideológica», tal y como lo describe Stuart Hall cuando habla
del papel de la «imaginación» o representación
en la práctica política en su respuesta a las elecciones
británicas de 19874. Para Hall, la noción de hegemonía
implica una política de identificación del imaginario.
Este ocupa un lugar discursivo que no está exclusivamente delimitado
por la historia de la izquierda o de la derecha. De alguna manera existe
entre estas polaridades políticas, y también en las
familiares divisiones entre la práctica y la teoría política.
Esta aproximación, tal y como yo la entiendo, nos presenta un excitante
y a menudo olvidado momento, o movimiento, propio del «reconocimiento»
de la relación entre la política y la teoría, y confunde
la tradicional división entre éstas. El movimiento se inicia
si observamos que la relación política/teoría está
determinada por la regla de la materialidad repetible, lo que Foucault
describe cómo el proceso por el cual los enunciados de una institución
pueden transcribirse en el discurso de otra5. A pesar del esquema
de uso y aplicación que constituye el campo de estabilización
de tales enunciados, cualquier cambio en las condiciones de uso y reinversión
del enunciado, cualquier alteración de su campo de experiencia o
verificación o, de hecho, cualquier diferencia en los problemas
a resolver pueden conducir a la emergencia de un nuevo enunciado: la diferencia
de lo mismo.
¿Con qué formas híbridas puede emerger, pues, una
política del enunciado teórico? ¿Qué tensiones
y ambivalencias marcan ese lugar enigmático desde el que habla la
teoría? Al hablar en nombre de alguna especie de contrautoridad
u horizonte de «lo verdadero» (en el sentido foucaultiano de
los efectos estratégicos de un aparato cualquiera o dispositif),
la empresa teórica tiene que representar aquella autoridad adversaria
(de poder y/o saber) que, en un movimiento doblemente inscrito, busca simultáneamente
subvertir y reemplazar. Con esta complicada formulación he intentado
indicar de alguna manera los límites y el lugar del acontecimiento
de la crítica teórica que no contiene la verdad (en
oposición polar al totalitarismo, al «liberalismo burgués»
o a cualquier otra cosa que se suponga la reprime). Lo «verdadero»
está siempre marcado e informado por la ambivalencia del proceso
de emergencia en sí, por la productividad de los significados que
construyen conocimientos alternativos in media res, en el propio
acto de agonismo, en el marco de una negociación (más que
en una negación) de elementos oposicionales o antagonistas. Las
posiciones políticas no son simplemente identificables como progresistas
o reaccionarias, burguesas o radicales, antes del acto de la critique
engagée, o fuera de los términos y condiciones de su
apelación discursiva. Es en este sentido que el momento histórico
de acción política debe ser pensado como parte de la historia
de la forma de su escritura. Esto no supone afirmar lo obvio: que no hay
conocimiento político o de otro tipo fuera de la representación.
Significa sugerir que la dinámica de la escritura y la textualidad
nos exige repensar la lógica de la causalidad y la determinación
a través de las cuales reconocemos lo «político»
como una forma de cálculo y acción estratégica dedicada
a la transformación social.
«¿Qué es preciso hacer?» supone reconocer
la fuerza de la escritura, su metaforicidad y su discurso retórico,
como matriz productiva que define lo «social» y lo hace posible
como objetivo de y para la acción. La textualidad no es simplemente
una expresión ideológica de segundo orden o un síntoma
verbal de un sujeto político dadocon anterioridad. Que el sujeto
político [political subject] como, en efecto, el objeto
y sujeto de la política [subject of politics] sea un
acontecimiento discursivo no hay lugar donde este más claro que
en un texto que ha supuesto una influencia formativa para el discurso occidental
democrático y socialista el ensayo de Mill «De la Libertad».
Su capítulo crucial, «De la libertad de pensamiento y discusión»,
es un intento de definir el juicio político como el problema de
encontrar una forma de retórica pública capaz de representar
«contenidos» políticos diferentes y opuestos no como
principios pre-constituidos a priori, sino como un intercambio dialógico
discursivo, una negociación de términos en el continuo presente
de la enunciación del enunciado político. Pero lo sorprendente
aquí es la sugerencia de que, en el acontecimiento textual, se inicia
una crisis de identificación, que despliega una cierta «diferencia»
dentro de la significación de cualquier sistema político
individual, anterior al establecimiento de las diferencias substanciales
entre creencias políticas. Un saber sólo puede volverse
político mediante un proceso agnóstico: la disensión,
la alteridad y la otredad son las condiciones discursivas para la circulación
y el reconocimiento de un sujeto politizado y una «verdad»
pública:
[Si] los que se oponen a toda verdad importante no existen, es indispensable
que los imaginemos... [Un hombre] debe sentir con toda su fuerza la dificultad
a la que una verdadera visión del asunto debe enfrentarse y de la
cual debe librarse; o sino nunca poseerá realmente la parte de
la verdad necesaria para afrontar y vencer aquella dificultad... Sus
conclusiones [las de ellos] pueden ser ciertas, pero lo mismo podrían
ser falsas por lo que ellos saben: nunca se han situado en la posición
mental de aquellos que piensan de otra manera que ellos ... y, por
consiguiente, no conocen, en un sentido verdadero de la palabra, la
doctrina que ellos mismos profesan. 6 [Las cursivas son
mías].
Es verdad que la «racionalidad» de Mill permite, o requiere,
tales formas de contención y contradicción para realzar su
visión del curso inherentemente progresista y evolutivo del juicio
humano. (Esto hace posible que se resuelvan las contradicciones
y también genera un sentido de la «verdad total» que
refleja la inclinación natural, orgánica, de la mente humana).
También es cierto que Mill siempre reserva, en la sociedad tanto
como en el argumento, el irreal espacio neutral de la Tercera Persona para
la representación del «pueblo», que es testimonio del
debate desde una «distancia epistemológica» y extrae
una conclusión razonable. Aún así, en su intento de
describir lo político como una forma de debate y diálogo
como proceso de retórica pública condicionados
de manera crucial por esa ambivalente y antagónica facultad que
es la «imaginación» política, Mill excede el
sentido normalmente mimético de la batalla de ideas. Sugiere algo
mucho más dialógico: el reconocimiento y la realización
[realization] de la idea política en el ambivalente punto
de la apelación textual, su emergencia a través de una forma
de proyección política.
Releer a Mill a través de las estrategias de «escritura»
que he sugerido revela que uno no puede seguir pasivamente la línea
de argumentación que atraviesa la lógica de la ideología
contraria. El proceso textual de antagonismo político inicia un
proceso contradictorio de lectura entre líneas; el agente del discurso,
en el mismo momento de su enunciación, es convertido en el objeto
inverso, proyectado del argumento, vuelto contra sí mismo. La politizada
«porción de verdad» es solamente producida, insiste
Mill, al asumir la posición mental del antagonista y trabajar a
través de la fuerza desplazante y descentradora de esa dificultad
discursiva. Ésta es una dinámica diferente de la ética
de la tolerancia en la ideología liberal, donde se imagina la oposición
para poder contenerla y demostrar un relativismo o humanismo ilustrados.
Leer a Mill a contrapelo sugiere que la política sólo
puede ser representativa de un discurso verdaderamente público mediante
una escisión en la significación del sujeto de la representación,
mediante una ambivalencia que se produce en el punto de enunciación
de una política.
He querido demostrar la importancia del espacio de escritura y la problemática
de la enunciación en el corazón mismo de la tradición
liberal, porque es ahí donde se afirman con mayor fuerza el mito
de la «transparencia» del agente humano y lo razonable de la
acción política. A pesar de las más radicales alternativas
políticas de la derecha y la izquierda, todavía se piensa
y se vive substancialmente con la imagen popular, llena de sentido común,
del lugar del individuo en relación a lo social en los términos
éticos modelados por las creencias liberales. Lo que revela la atención
prestada a la retórica y la escritura es la ambivalencia discursiva
que hace «lo político» posible. Desde tal perspectiva,
la problemática del juicio político no puede ser representada
como un problema epistemológico de apariencia y realidad, o práctica
y teoría, o palabra y cosa. Tampoco puede ser representado lo político
como un problema dialéctico o como una contradicción sintomática
constitutiva de la materialidad de lo «real». Por el contrario,
nos hace terriblemente conscientes de la yuxtaposición ambivalente,
de la peligrosa relación intersticial, de lo factual y lo proyectivo
y, más allá de todo esto, de la función crucial de
lo textual y lo retórico. Son esas vicisitudes del movimiento del
significante, en la fijación de lo factual y la clausura de lo real,
las que aseguran la eficacia del pensamiento estratégico en los
discursos de la Realpolitik. Es este de-aquí-a-allá,
este fort/da del proceso simbólico de la negociación
política lo que constituye una política de la apelación.
Su importancia va más allá de desmoronamiento del
esencialismo o logocentrismo de una tradición política recibida
en nombre del libre juego abstracto del significante.
Un discurso crítico no produce un objeto, u objetivo, o saber,
político nuevo que sea simplemente el reflejo mimético
de un principio político a priori o compromiso teórico. No
podemos exigirle al discurso crítico una pura teleología
de análisis por la cual el principio primero se vea simplemente
aumentado, su racionalidad fácilmente desarrollada, su identidad
como socialista o materialista (por oposición a la neo-imperialista
o humanista) consistentemente confirmada en cada fase opositiva de la argumentación.
Tal kit identificador del idealismo político puede ser un gesto
de gran fervor individual, pero carece del sentido profundo, aunque peligroso,
de lo que está implicado en el passage de la historia por
el discurso teórico. El lenguaje de la crítica es efectivo
no porque mantenga siempre separados los términos del amo y el esclavo,
el mercantilista y el marxista, sino en la medida que supera las bases
ya dadas de la oposición y abre un espacio de traducción:
un lugar de hibridismo, hablando figuradamente, donde la construcción
del objeto político que es nuevo, ni el uno ni el otro, aliena
apropiadamente nuestras expectativas políticas, y cambia, como debe,
las formas mismas de nuestro reconocimiento del momento de lo político.
El reto radica en concebir el momento de la acción política
y entender que abre un espacio que puede aceptar y regular la estructura
diferencial del momento de intervención sin apresurarse a producir
una unidad del antagonismo o la contradicción social. Esto es señal
de que la historia está ocurriendo en las páginas
de la teoría, o en los sistemas y estructuras que construimos para
figurar el paso de lo histórico.
Cuando hablo de negociación en lugar de negación
es para convocar una temporalidad que hace posible concebir la articulación
de los elementos antagónicos o contradictorios: una dialéctica
sin la emergencia de una Historia teleológica o trascendente y más
allá de la forma prescriptiva de la lectura sintomática,
donde los tics nerviosos sobre la superficie de la ideología revelan
la «real contradicción materialista» que la Historia
representa. En tal temporalidad discursiva, el acto teórico se convierte
en la negociación de instancias contradictorias y antagónicas
que abren espacios híbridos y objetivos para la lucha, destruyendo
aquellas polaridades negativas entre el saber y sus objetos, entre la teoría
y la razón práctico-política7. Si he argumentado
en contra de una división primordial y previsionaria de la derecha
o la izquierda, lo progresista y lo reaccionario, ha sido sólo para
destacar la différance absolutamente histórica y discursiva
entre ambos extremos. No quisiera que mi noción de la negociación
fuera confundida con algún sentido sindicalista del reformismo,
porque ese no es el nivel político que estamos tratando de explorar.
Con el término negociación intento llamar la atención
sobre la estructura de iteración que informa los movimientos
políticos que intentan articular los elementos antagónicos
y oposicionales sin la racionalidad redentiva de la sublimación
o la trascendencia8.
La temporalidad de la negociación o traducción, tal y
como la he esbozado, tiene dos ventajas principales. En primer lugar, admite
la conectividad histórica entre el sujeto y el objeto de la crítica
de manera que no pueda existir una oposición simplista, esencialista
entre una cognición errónea y la verdad revolucionaria. La
lectura progresista viene determinada de forma crucial por la situación
agonista o de enfrentamiento; es efectiva porque utiliza la sucia máscara
subversiva del camuflaje y no se presenta como un mero ángel
vengador hablando la verdad de una historicidad radical y pura oposicionalidad.
Si uno es consciente de esta emergencia (y no origen) heterogénea
de la crítica radical, entonces y este sería mi segundo
argumento la función de la teoría dentro del proceso
político tendría un doble filo. Nos hace conscientes de que
nuestros referentes y prioridades políticas el pueblo, la comunidad,
la lucha de clase, el anti-racismo, la diferencia de géneros, la
afirmación de una tercera perspectiva, de una perspectiva negra,
o de una anti-imperialista no están ahí en un sentido
primordial, naturalista. Tampoco reflejan un objeto político unitario
u homogéneo. Sólo toman sentido en la medida en que vienen
a ser construidos por los discursos del feminismo, o del marxismo, o del
Third Cinema o de cualquier otra cosa, cuyos objetos de prioridad
clase o sexualidad o la «nueva etnicidad» están
siempre en tensión histórica y filosófica, en referencia
cruzada con otros objetivos.
De hecho, la historia entera del pensamiento socialista que persigue
hacerlo «nuevo y mejor» parece ser un proceso diferente de
articular prioridades cuyos objetos políticos pueden ser recalcitrantes
y contradictorios. En el marxismo contemporáneo, por ejemplo, contemplamos
la continua tensión entre la facción laborista, inglesa,
humanista y las tendencias «teoréticas» y estructuralistas
de la nueva izquerda. En el feminismo existe igualmente una marcada diferencia
de énfasis entre la tradición psicoanalítica/semiótica
y la articulación marxista del género y la clase a través
de una teoría de la interpelación ideológica y cultural.
He presentado estas diferencias a grandes trazos, usando a menudo el lenguaje
de la polémica para sugerir que cada posición es siempre
un proceso de traducción y transferencia. Cada objetivo se construye
sobre el rastro de aquella perspectiva que propone borrar; cada objeto
político se determina en función del otro, y es desplazado
en tal acto crítico. Muy a menudo estas cuestiones teóricas
son imperiosamente traspasadas a términos organizativos y representadas
como sectarias. Sugiero que estas contradicciones y conflictos, que a menudo
desbaratan las intenciones políticas y hacen la cuestión
del compromiso compleja y difícil, están arraigadas en el
proceso de traducción y desplazamiento en que se inscribe el objeto
de la política. El efecto no es una estasis o agotamiento de la
voluntad. Es, por el contrario, el aguijón de la negociación
de la política y las políticas socialdemócratas, las
cuales requieren que las cuestiones de organización sean teorizadas
y la teoría socialista «organizada», porque no hay
comunidad alguna ni cuerpo del pueblo cuya inherente historicidad radical
emita los signos adecuados.
Este énfasis en la representación de lo político,
en la construcción del discurso, es la contribución radical
de la traducción de la teoría. Su vigilancia conceptual nunca
permite una simple identidad entre el objetivo político y sus medios
de representación. El énfasis en la necesidad de heterogeneidad
y la doble inscripción del objetivo político no es simplemente
la repetición de una verdad general sobre el discurso traspasada
al campo de lo político. Negar una lógica esencialista y
un referente mimético a la representación política
es un argumento fuerte y fundamentado contra el separatismo político
de cualquier signo, y se abre paso frente al moralismo que normalmente
acompaña tales afirmaciones. No hay espacio, literal ni figuradamente,
para el objetivo político unitario u orgánico que iría
en contra del sentido de una comunidad socialista de interés
y articulación.
En Gran Bretaña, en los 80, ninguna lucha política fue
más poderosa y agudamente sostenida en base a los valores y tradiciones
de una comunidad socialista que la huelga de mineros de 1984-85. Los batallones
de cifras y predicciones monetaristas sobre la rentabilidad de las minas
fueron enérgicamente alineados contra los más ilustres estandars
del movimiento laborista británico, las comunidades culturales más
cohesionadas de la clase trabajadora. La elección se planteaba claramente
entre el mundo naciente del gentilicio de la nueva ciudad thatcherista
y la larga historia del obrero, o al menos así les parecía
a la izquierda tradicional y a la nueva derecha. En estos términos
de clase, las mujeres mineras implicadas en la huelga fueron aplaudidas
por el heroico papel de apoyo que jugaron, por su aguante e iniciativa.
Pero el impulso revolucionario parecía también que pertenecía
con toda seguridad al macho de clase trabajadora. Entonces, para conmemorar
el primer aniversario de la huelga, Beatrix Campbell, en el Guardian,
entrevistó a un grupo de mujeres que había participado en
la huelga. Estaba claro que su experiencia del enfrentamiento histórico,
su comprensión de la elección histórica que se estaba
tomando, era increíblemente diferente y más compleja. Sus
testimonios no estarían contenidos de forma simple o única
entre las prioridades de la política de clase o en las historias
de la lucha industrial. Muchas de las mujeres empezaron a cuestionar su
papel dentro de la familia y la comunidad las dos instituciones centrales
que articulaban los significados y la moral de la tradición
de las clases trabajadoras alrededor de la cual se planteaba la batalla
ideológica. Algunas de ellas amenazaban los símbolos y autoridades
de la cultura que deendían con su lucha. Otras dieron al traste
con los hogares que habían luchado por defender. Para la mayoría
de ellas no había vuelta atrás, no había manera de
volver a los «viejos buenos tiempos». Sería simplista
sugerir que este considerable cambio social era un desprendimiento tangencial
de la lucha de clase o que se trataba de un repudio de la política
de clase desde una perspectiva socialista-feminista. No hay una simple
verdad política o social a aprender, porque no hay una representación
unitaria de la agencia política, ni una jerarquía fija de
los valores y efectos políticos.
Mi ilustración trata de exponer la importancia del momento híbrido
del cambio político. Aquí el valor transformacional del cambio
radica en la rearticulación, o traducción, de elementos que
no son ni lo Uno (una clase trabajadora unitaria) ni lo Otro
(la política del género) sino algo más,
que contesta los términos y territorios de ambos. Hay una negociación
entre el género y la clase, donde cada formación encuentra
los márgenes desplazados, diferenciados de representación
de su grupo y los lugares enunciativos en que los límites y limitaciones
del poder se encuentran en una relación agonista. Cuando se sugiere
que el Partido Laborista británico debiera aspirar a producir una
alianza entre las fuerzas progresistas que están ampliamente dispersas
y distribuidas entre todo un conjunto de fuerzas de clase, cultura u ocupación
sin ningún sentido unificador de clase de por sí
el tipo de hibridismo que he intentado identificar se reconoce como una
necesidad histórica. Necesitamos una articulación un poco
menos pietista del principio político (alrededor de la clase y la
nación); precisamos algo más que un principio de negociación
política.
Esta parece ser la cuestión teórica crucial en los argumentos
de Stuart Hall a favor de la construcción de un bloque de poder
contra-hegemónico mediante el cual el partido socialista pudiera
construir su mayoría, su demarcación electoral; y con el
que el Partido Laborista pudiera (in)concebiblemente mejorar su imagen.
Los trabajadores a tiempo parcial en paro, cualificados y semi-cualificados,
hombres y mujeres, las clases marginales de gente de color con bajos salarios:
estos signos de la fragmentación del consenso de clase y cultural
representan tanto la experiencia histórica de las divisiones sociales
contemporáneas, como una estructura de heterogeneidad sobre la que
construir una alternativa teórica y política. Para Hall,
el imperativo es construir un nuevo bloque social de diferentes demarcaciones
electorales, a través de la producción de una forma de identificación
simbólica que resultase en una voluntad colectiva. El Partido Laborista,
con su deseo de reinstaurar su imagen tradicionalista basada en la
clase trabajadora, sindical, blanca, masculina no es suficientemente
hegemónico, escribe Hall. Tiene razón; lo que queda por responder
es si el racionalismo y la intencionalidad que propelen la voluntad colectiva
son compatibles con el lenguaje de la imagen simbólica y la identificación
fragmentaria que representan, para Hall y para la «hegemonía/contra-hegemonía»,
la cuestión política fundamental. ¿Puede haber entonces,
alguna vez, hegemonía suficiente, excepto en el sentido que dos
tercios de la mayoría nos elegirán como gobierno socialista?
Es al intervenir en el argumento de Hall que se revelan las necesidades
de negociación. El interés de la posición de Hall
radica en su reconocimiento, destacable para la izquierda británica,
de que, aunque influyentes, «los intereses materiales por sí
mismos no tienen necesariamente una pertenencia de clase»9.
Esto tiene dos efectos significativos. Le permite a Hall ver a los agentes
del cambio político como sujetos discontinuos, divididos, atrapados
entre identidades e intereses en conflicto. Igualmente, en el nivel histórico
de una población thatcherista, Hall constata que son norma las formas
de identificación divisoria más que las solidarias, lo cual
reslta en la aporía e indecidibilidad del juicio político.
¿Qué es lo que pone por delante una mujer trabajadora? ¿Cuál
de sus identidades es la que determina sus opciones políticas? La
respuesta a estas preguntas viene definida, según Hall, por la definición
ideológica de los intereses materialistas; un proceso de identificación
simbólica alcanzado mediante una tecnología política
de la imaginación que hegemónicamente produce un bloque social
de derecha o de izquierda. No sólo es heterogéneo el bloque
social, sino que, tal como lo veo, el trabajo de la hegemonía es
en sí mismo un proceso de iteración y diferenciación.
Depende de la producción de imágenes alternativas o antagonistas
que son siempre producidas una junto a otra y una en competición
con la otra. Son esta naturaleza de lo-uno-junto-a-lo-otro, esta presencia
parcial, o metonímica del antagonismo, y sus significaciones efectivas
las que dan significado (en un sentido bastante literal) a la política
de la lucha como una lucha de identificaciones y a la guerra de
posiciones. Por tanto es problemático pensar en ello como subsumido
en una imagen de la voluntad colectiva.
La hegemonía requiere iteración y alteridad para ser efectiva,
para ser productiva de pueblos humanos politizados: el bloque socio-simbólico
(no-homogéneo) necesita de sí representarse en una voluntad
colectiva solidaria una imagen moderna del futuro si tales colectivos
han de producir un gobierno progresista. Ambas cosas pueden ser necesarias
pero no necesariamente se derivan una de otra, puesto que en cada caso
el modo de representación y su temporalidad son diferentes. La contribución
de la negociación consiste en exponer el «entremedio»
[in-between] de este argumento crucial; no se autocontradice,
sino que realiza de forma significativa, en el proceso de su discusión,
los problemas de juicio e identificación que informan el espacio
político de su enunciación.
Por el momento, el acto de negociación no sólo será
interrogativo. ¿Pueden esos sujetos divididos y movimientos sociales
diferenciados, que despliegan formas de identificación ambivalentes
y divididas, ser representados en una voluntad colectiva que se hace eco
de forma distintiva de la herencia ilustrada de Gramsci y su racionalismo10?
¿Cómo debe acomodarse el lenguaje de la voluntad a las vicisitudes
de su representación, de su construcción mediante una mayoría
simbólica donde los desposeídos se identifican a sí
mismos desde la posición de los que tienen? ¿Cómo
construir una política basada en un desplazamiento tal del afecto
o la elaboración estratégica (Foucault), donde el posicionamiento
político se basa ambivalentemente en una representación de
las fantasías políticas que requieren repetidos recorridos
a través de las fronteras diferenciales entre un bloque simbólico
y el otro, así como a través de las posiciones al
alcance de cada uno? Si tal es el caso, entonces ¿cómo fijaremos
la contra-imagen de hegemonía socialista para que refleje la voluntad
dividida, al pueblo fragmentado? Si la política de la hegemonía
es, de manera bastante literal, insignificable sin la representación
metonímica de su estructura de articulación agonista y ambivalente,
entonces ¿cómo estabiliza y unifica su apelación la
voluntad colectiva como una agencia de representación, en
tanto que representante de un pueblo? ¿Como evitar la confusión
o superposición de imágenes, la pantalla dividida, la imposibilidad
de sintonizar imagen y sonido? Quizás necesitemos cambiar el lenguaje
ocular de la imagen para poder hablar de las identificaciones o representaciones
sociales y políticas de un pueblo. Cabe destacar que Laclau y Mouffe
se han acercado al lenguaje de la textualidad y el discurso, a la différance
y a las modalidades enunciativas, al intentar entender la estructura de
la hegemonía11. Paul Gilroy se refiere también
a la teoría de la novela en Bajtín cuando describe el papel
de la performance en las culturas negas expresivas como un intento
de transformar la relación entre el performer y la muchedumbre
«en rituales dialógicos para que los espectadores adopten
un papel activo en los procesos colectivos que a veces son catartícos
y que pueden simbolizar o incluso llegar a crear una comunidad»12
[la cursiva es mía].
Estas negociaciones entre la política y la teoría hacen
imposible pensar el lugar de lo teórico como una meta-narrativa
que aspire a una forma más total de generalidad. Tampoco se puede
proclamar una cierta distancia epistemológica, más o menos
familiar, entre el tiempo y el lugar del intelectual y el activista,
como sugiere Fanon cuando observa que «mientras que los políticos
inscriben su acción en la realidad cotidiana, los hombres de cultura
se sitúan en el marco de la historia13. Es precisamente
ese binarismo popular entre la teoría y la política, cuya
base fundacional es una visión del conocimiento como generalidad
totalizadora y de la vida cotidiana como experiencia, subjetividad o falsa
consciencia, lo que he tratado de eliminar. Se trata de una distinción
incluso suscrita por Sartre cuando describe al intelectual comprometido
como un teórico del conocimiento práctico cuyo criterio de
definición es la racionalidad y cuyo primer proyecto es combatir
la irracionalidad de la ideología14. Desde el punto de
vista de la negociación y la traducción, contra Fanon
y Sartre, no puede haber una clausura discursiva final de la teoría.
La teoría no se extingue en lo político, incluso si las batallas
por el poder-saber puedan estar ganadas o perdidas con grandes consecuencias.
El corolario es que no hay ningún acto inicial ni final de transformación
social (o socialista) revolucionaria.
Espero que esté claro que borrar el límite tradicional
entre teoría/política, y mi resistencia al en-cierro
de lo teórico, bien sea leída negativamente como elitismo
o positivamente como supraracionalidad radical, no afectan la buena o mala
fe del agente activista o del intelectual agent provocateur. Me
interesa esencialmente la estructuración conceptual de los términos
lo teórico/lo político que informan una serie de
debates relacionados con el tiempo y el lugar del intelectual comprometido.
Por tanto, he defendido una cierta relación para con el saber que
creo es crucial para la estructuración de nuestro sentido de lo
que puede ser el objeto de la teoría en el acto de determinar
nuestros objetivos políticos específicos.
II
¿Qué es lo que esá en juego cuando se califica
de «occidental» la teoría crítica? Se trata,
obviamente, de una designación de poder institucional y eurocentricidad
ideológica. La teoría crítica a menudo se ocupa de
textos que están dentro de las familiares condiciones y tradiciones
de la antropología colonial, bien para universalizar su significado
con su propio discurso cultural y académico, o bien para agudizar
su crítica interna al signo occidental logocéntrico, al sujeto
idealista o, en efecto, a las ilusiones y engaños de la sociedad
civil. Esta es una maniobra familiar de saber teórico, donde, habiendo
abierto el cisma de la diferencia cultural, se hace preciso encontrar un
mediador o metáfora de la otredad que contenga los efectos de la
diferencia. Para ser institucionalmente efectivo como disciplina, hay que
hacer que el saber sobre la diferencia cultural se extinga en el Otro;
la diferencia y la otredad se convierten así en la fantasía
de un cierto espacio cultural o, efectivamente, se convierten en la certeza
de una forma de conocimiento teórico que deconstruye el «margen»
epistemológico de Occidente.
Más importante todavía, el lugar de la diferencia cultural
puede convertirse en el mero fantasma de una lucha disciplinar despiadada
donde no tenga espacio ni poder. El déspota turco de Montesquieu,
el Japón de Barthes, la China de Kristeva, los indios nambikwara
de Derrida, los paganos cashinahua de Lyotard son parte de esta estrategia
de contención por la cual el Otro texto es para siempre el horizonte
exegético de la diferencia, nunca el agente activo de la articulación.
El Otro es citado, reseñado, enmarcado, iluminado, encajado en el
positivo/negativo de una estrategia de ilustración en serie. Las
narraciones y la política cultural de la diferencia se convierten
en el círculo cerrado de la interpretación. El Otro pierde
su poder de significar, negar, iniciar su propio deseo histórico,
de establecer su propio discurso institucional y oposicional. Por muy impecablemente
que se conozca el contenido de cualquier cultura «otra», por
muy anti-etnocéntricamente que se la represente, es su localización
como clausura de las grandes teorías, la exigencia de que, en términos
analíticos, sea siempre el buen objeto de conocimiento, el cuerpo
dócil de la diferencia, lo que reproduce una relación de
dominación y es la acusación más seria que se le puede
hacer a los poderes institucionales de la teoría crítica.
Sin embargo, hay que hacer una distinción entre la historia institucional
de la teoría crítica y su potencial conceptual para el cambio
y la innovación. La crítica de Althusser a la estructura
temporal de la totalidad expresiva marxista-hegeliana, a pesar de sus limitaciones
funcionalistas, se abre a las posibilidades de pensar las relaciones de
producción en un tiempo de historias diferenciales. La ubicación
por Lacan del significante del deseo en la cima del lenguaje y de la ley
permite la elaboración de una forma de representación social
que está viva en la ambivalente estructura de subjetividad y socialidad.
La arqueología foucaultiana de la emergencia del hombre moderno
y occidental como un problema de finitud, inextricable de sus propios albores,
su Otro, permite que los objetivos lineales, progresistas de las ciencias
sociales principal discurso imperialista se vean confrontados
por sus propias limitaciones historicistas. Estos argumentos y modos de
análisis pueden ser descartados como escaramuzas internas acerca
de la causalidad hegeliana, la representación psíquica o
la teoría sociológica. Alternativamente, pueden estar sujetos
a una traducción, a una transformación de valor como parte
del cuestionamiento del proyecto de la modernidad en la gran tradición
revolucionaria de C.L.R. James contra Trosky o Fanon, contra
la fenomenología y el psicoanálisis existencialista. En 1952,
era Fanon quien sugirió que una lectura oposicional, diferencial
del Otro de Lacan podía ser más relevante para la condición
colonial que una lectura «marxistizante» de la dialéctica
del amo el esclavo.
Podría ser posible producir esa traducción o transformación
si entendemos la tensión que se produce en el seno de la teoría
crítica entre su contención institucional y su fuerza revolucionaria.
La continua referencia al horizonte de culturas otras que he mencionado
más arriba es ambivalente. Es un lugar de citación, pero
también es el signo de que tal teoría crítica no puede
para siempre sostener su posición en la academia como el filo adversarista
del idealismo occidental. Lo que es preciso es demostrar otro territorio
de traducción, otro testimonio del argumento analítico, una
implicación distinta en la política de y sobre la dominación
cultural. Lo que este otro lugar de la teoría podría ser
resultará más claro si vemos primero que muchas ideas postestructuralistas
se oponen por sí mismas al humanismo y la estética ilustrados.
Constituyen nada menos que una deconstrucción del momento de lo
moderno, de sus valores legales, de sus gustos literarios, de sus imperativos
categóricos políticos y filosóficos. En segundo lugar,
y lo que es más importante, debemos rehistorizar el momento de «la
emergencia del signo», o «la cuestión del sujeto»,
o la «construcción discursiva de la realidad social»,
por nombrar tan sólo unos pocos temas populares de la teoría
contemporánea. Esto sólo puede ocurrir si reubicamos los
requisitos referenciales e institucionales de tal trabajo teórico
en el campo de la diferencia cultural y no en el de la diversidad
cultural.
Este tipo de reorientación puede encontrarse en los textos históricos
del momento colonial de finales del dieciocho y principios del diecinueve.
Porque a la vez que emergía la cuestión de la diferencia
cultural en el texto colonial, los discursos de la urbanidad estaban definiendo
el momento dúplice de emergencia de la modernidad occidental. Por
eso la genealogía política y teórica de la modernidad
no radica tan sólo en los orígenes de la idea de la
urbanidad, sino en esta historia del momento colonial. Se puede encontrar
en la resistencia de los pueblos colonizados en nombre de la Palabra de
Dios y del Hombre, la Cristiandad y la lengua inglesa. Las transmutaciones
y traducciones de las tradiciones indígenas en su oposición
a la autoridad colonial demuestran cómo el deseo del significante,
la indeterminación de la intertextualidad, pueden estar profundamente
implicados en la lucha postcolonial contra las relaciones dominantes de
poder y saber. En las siguientes palabras del amo misionero podemos escuchar,
con bastante claridad, las voces oposicionales de una cultura de resistencia;
pero también oímos el proceso incierto y amenazador de la
transformación cultural. Cito del influyente libro India and
India Missions (1839) de A. Duff:
Venid a una doctrina que creáis que es peculiar de la Revelación;
decidle a la gente que deben ser regenerados o que deben volver a nacer,
o si no nunca podrán «ver a Dios». Antes de que os deis
cuenta, se marcharan diciendo «Oh, no hay nada nuevo, ni extraño
en esto; nuestros shastras nos dicen lo mismo; sabemos y creemos que debemos
volver a nacer; es nuestro destino que sea así.» Pero ¿qué
es lo que entienden por esa expresión? Lo que entienden es que deben
volver a nacer una y otra vez, en formas distintas, de acuerdo con su propio
sistema de transmigración o nacimientos reiterados. Para evitar
la apariencia de aprobar una doctrina tan absurda y perniciosa, cambiáis
vuestro lenguaje y les decís que debe haber un segundo nacimiento
que deben nacer dos veces. Entonces lo que pasa es que ésta,
y otras terminologías similares, están ocupadas ya. Los hijos
de Brahman tienen que llevar a cabo varios ritos purificadores y de iniciación
antes de alcanzar la brahmanidad total. El último de estos rios
es la investidura con la cuerda sagrada; seguida de la comunicación
del Gayatri, el verso más sagrado de los Vedas. Este ceremonial
constituye «religiosa y metafóricamente, su segundo nacimiento»;
de ahí entonces que en adelante su denominación distintiva
y peculiar sea la de los nacidos dos veces, u hombres regenerados. De
ahí que vuestro lenguaje mejorado pueda solamente convocar la impresión
de que todos deben convertirse en perfectos brahmanes, antes de poder «ver
a Dios».15 [La cursiva es mía].
Los argumentos para la certeza evangélica se ven confrontados
no sólo por la simple aserción de una tradición cultural
antagónica. El proceso de traducción supone la apertura de
un lugar otro de confrontación política y cultural en el
seno de la representación colonial. Aquí la palabra de la
autoridad divina se ve profundamente socavada por la constatación
del signo indígena; y en la práctica misma de dominación
el lenguaje del amo se vuelve híbrido ni lo uno ni lo otro.
El incalculable sujeto colonizado medio aquiescente, medio oposicional,
siempre poco de fiar produce un problema irresoluble de diferencia
cultural para el propio mensaje de la autoridad cultural colonial. El «sutil
sistema del hinduismo», como lo llamaban los misioneros a principios
del diecinueve, generó tremendas implicaciones de política
para las instituciones de conversión cristiana. La autoridad escrita
de la Biblia se vio amenazada y con ella una noción post-ilustrada
de la «evidencia de la Cristiandad» y su prioridad histórica,
que era central para el colonialismo evangélico. Ya no se podía
confiar en que la Palabra llevase la verdad al ser escrita o hablada por
el misionero europeo en el mundo colonial. Por tanto había que encontrar
catequistas nativos, que llevaran consigo sus propias ambivalencias y contradicciones
políticas y culturales, a menudo bajo una enorme presión
por parte de sus familias y comunidades.
Esta revisión de la historia de la teoría crítica
se sustenta, he dicho, en la noción de diferencia cultural, no en
la diversidad cultural. La diversidad cultural es un objeto epistemológico
la cultura como objeto del saber/conocimiento empírico
mientras que la diferencia cultural es el proceso de enunciación
de la cultura como «portadora de conocimiento», autoritativa,
adecuada para la construcción de sistemas de identificación
cultural. Si la diversidad cultural es una categoría de ética,
estética o etnología comparativa, la diferencia cultural
es un proceso de significación por el que los enunciados de
cultura o sobre una cultura diferencian, discriminan o autorizan
la producción de campos de fuerza, referencia, aplicabilidad y capacidad.
La diversidad cultural es el reconocimiento de contenidos y costumbres
culturales ya dados; suspendida en el marco temporal del relativismo da
lugar a las nociones liberales del multiculturalismo, el intercambio cultural
o la cultura de la humanidad. La diversidad cultural es también
la representación de una retórica radical de separación
de las culturas totalizadas que viven incorruptas por la intertextualidad
de su localización histórica, a salvo en la Utopía
de una memoria mítica de una identidad colectiva única. La
diversidad cultural puede incluso emerger como un sistema de articulación
e intercambio de signos culturales en ciertas versiones tempranas de la
antropología estructuralista.
Mediante el concepto de diferencia cultural quiero llamar la atención
sobre la base común y el territorio perdido de los debates críticos
contemporáneos. Porque todos ellos reconocen que el problema de
la interacción cultural sólo emerge en los límites
significatorios de las culturas, donde los significados y valores son (mal)
leídos y los sinos incorrectamente apropiados. La cultura emerge
sólo como un problema, o como una problemática, en el punto
en que hay una pérdida de significado en la contestación
o articulación de la vida cotidiana, entre clases, géneros,
razas, naciones. Y aún así, la realidad del límite
o del texto-límite de la cultura raramente es teorizada fuera de
las polémicas moralistas bienintencionadas contra el prejuicio y
el estereotipo, o en la afirmación global de un racismo individual
o institucional que describe más el efecto que la estructura
del problema. La necesidad de pensar el límite de una cultura como
un problema de enunciación de la diferencia cultural queda desautorizada.
El concepto de diferencia cultural ilumina el problema de la ambivalencia
de la autoridad cultural: el intento de dominar en nombre de una
supremacía cultural que es en sí misma producida tan sólo
en el momento de diferenciación. Y es la autoridad misma de la cultura
como un saber de verdad referencial lo que está en juego en el momento
y el concepto de enunciación. El proceso enunciativo introduce
una escisión en el presente performativo de la identificación
cultural; una escisión entre la tradicional demanda culturalista
de un modelo, tradición, comunidad o sistema estable de referencias,
y la necesaria negación de la certeza en la articulación
de nuevas exigencias, significados, estrategias en el presente político
como práctica de dominación, o de resistencia. La lucha a
menudo se plantea entre el tiempo y la narración míticos
o teleológicamente historicistas del tradicionalismo de derecha
o izquierda y el tiempo cambiante, estratégicamente desplazado
de articulación de una política histórica de la negociación
tal y como sugería más arriba. El tiempo de la liberación
es, como evoca Fanon con fuerza, un tiempo de incerteza cultural y, lo
que es crucial, de indecidibilidad significatoria y representacional.
Pero [los intelectuales nativos] olvidan que las formas de pensamiento,
la alimentación, las técnicas modernas de información,
de lenguaje y de vestido han reorganizado dialécticamente el cerebro
del pueblo y que las constantes (del arte nacional) que fueron las
alambradas durante el periodo colonial están sufriendo mutaciones
terriblemente radicales... [Debemos unirnos] al pueblo en ese movimiento
oscilante que acaba de esbozar y a partir del cual ... todo va a
ser impugnado. A ese sitio de oculto desequilibrio, donde se encuentra
el pueblo, es adonde debemos dirigirnos.16 [Las cursivas son
mías].
La enunciación de la diferencia cultural problematiza la división
binaria entre pasado y presente, tradición y modernidad, a nivel
de la representación cultural y su apelación autoritativa.
Es el problema de cómo, en el presente significativo, algo llega
a ser repetido, reubicado y traducido en nombre de la tradición,
en la guisa de una preterición que no es necesariamente un signo
fiel de la memoria histórica, sino una estrategia para representar
la autoridad en términos de un artificio de lo acaico. Esa iteración
niega nuestro sentido de los orígenes de la lucha. Socava nuestro
sentido de los efectos homogeneizantes de los símbolos e iconos
culturales, en la medida que cuestiona nuestro sentido de la autoridad
de la síntesis cultural en general.
Esto exige que repensemos nuestra perspectiva sobre la identidad de
la cultura. Aquí el pasaje de Fanon -algo reinterpretado puede
ser de ayuda. ¿Qué es lo que implica su yuxtaposición
de los principios nacionales constantes con una visión de la cultura-como-lucha-política,
tan hermosa y enigmáticamente descrita como la «zona de oculta
inestabilidad donde el pueblo habita»? Estas ideas no solamente ayudan
a explicar la naturaleza de la lucha colonial; también sugieren
una crítica posible de los valores positivos, estéticos y
políticos, que adscribimos a la unidad o totalidad de las culturas,
especialmente a aquellas que han conocido largas y tiránicas historias
de dominación e incomprensión. Las culturas no son nunca
unitarias en sí mismas, ni tampoco simplemente dualistas en la relación
de Uno a Otro. Esto no es así a causa de ningún nostrum
humanista por el cual más allá de las culturas individuales
pertenezcamos todos a la cultura humana de la humanidad; ni se debe tampoco
a ningún relativismo ético que sugiera que, en nuestra capacidad
cultural de hablar y juzgar a los otros, necesariamente nos «pongamos
en su posición», un tipo de relativismo de la distancia del
que Bernard Williams ha escrito en extensión17.
La razón por la que un texto cultural o sistema de significado
no puede ser suficiente para sí mismo es que el acto de enunciación
cultural el lugar de la enunciación está
atravesado por la différance de la escritura. Esto tiene
menos que ver con lo que los antropólogos podrían describir
como actitudes diversas hacia los sistemas simbólicos en diferentes
culturas, que con la estructura de representación simbólica
en sí misma no con el contenido del símbolo y su función
social, sino con la estructura de la simbolización. Es esta diferencia
en el proceso del lenguaje la que es crucial para la producción
de significado y asegura, a la vez, que el significado no sea simplemente
mimético y transparente.
La diferencia lingüística que informa cualquier enunciación
cultural se dramatiza en la explicación semiótica común
de la disyunción entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la
enunciación, que no está representado en el enunciado pero
que significa el reconocimiento de su subyacencia y apelación discursivas,
su posicionalidad cultural, su referencia a un tiempo presente en un espacio
específico. El pacto de interpretación no es nunca un simple
acto de comunicación entre el Yo y el Tu designados por el enunciado.
La producción de significado requiere que estos dos lugares sean
movilizados en el tránsito a través de un Tercer Espacio,
que representa tanto las condiciones generales de lenguaje como la implicación
específica de la frase en una estrategia performativa e institucional
de la cual no puede «en sí misma» ser consciente. Lo
que introduce esta relación inconsciente es una ambivalencia en
el acto de interpretación. Al yo pronominal de la proposición
no se le puede pedir que se dirija en sus propias palabras al
sujeto de la enunciación, porque éste no es personable, sino
que se mantiene en una relación espacial con el esquema y las estrategias
del discurso. Se puede decir que el significado de la frase es, de una
forma bastante literal, ni lo uno ni lo otro. Esta ambivalencia toma importancia
cuando nos damos cuenta de que no hay manera de que el contenido de la
proposición revele la estructura de su posicionalidad; no hay manera
de que el contexto pueda ser miméticamente sustraído del
contenido.
Para el análisis cultural, la implicación de esta escisión
enunciativa que quisiera destacar es especialmente su dimensión
temporal. La escisión del sujeto de la enunciación destruye
la lógica de la sincronicidad y la evolución que traicionalmente
autorizan al sujeto de saber cultural. En la problemática materialista
e idealista a menudo se da por supuesto que el valor de la cultura como
objeto de estudio, y el valor de cualquier actividad analítica que
se considere cultural, radican en la capacidad de producir una unidad de
referencias cruzadas generalizable, que signifique una progresión
o evolución de las ideas-en-el-tiempo, así como una auto-reflexión
crítica sobre sus premisas o determinantes. No sería relevante
desarrollar este argumento en detalle si no fuera para demostrar -con el
libro de Marshal Sahlins Culture and Practical Reason la validez
de mi caracterización general de la expectativa occidental de la
cultura como una práctica disciplinar de escritura. Cito a Sahlins
en el punto en que intenta definir la diferencia de la cultura burguesa
occidental:
Tenemos menos que ver con la dominación funcional que con la
estructural con diferentes estructuras de integración
simbólica. Y a esta enorme diferencia de intención
le corresponden diferencias en la realización simbólica:
entre un código abierto, en expansión, útil
por la continua permutación de los acontecimientos que él
mismo ha representado, y otro aparentemente estático que
no parece conocer los acontecimientos, sino sólo sus propias preconcepciones.
De ahí la burda distinción entre sociedades frías
y «temperamentales», desarrollo y subdesarrollo, sociedades
con o sin historia y lo mismo entre sociedades amplias o estrechas,
expansivas o endogámicas, colonizadoras y colonizadas.18
[Las cursivas son mías].
La intervención del Tercer Espacio de enunciación, que
convierte la estructura de significado y referencia en un proceso ambivalente,
destruye su espejo de representación en que el conocimiento es,
por regla general, revelado como un código integrado, abierto, en
expansión. Tal intervención amenaza más que adecúa
nuestro sentido de la identidad histórica de la cultura como una
fuerza unificante, homogeneizadora, autentificada por el Pasado original
y viva todavía en la tradición nacional del Pueblo. En otras
palabras, la temporalidad disruptiva de la enunciación desplaza
la narración de la nación occidental descrita de forma tan
preceptiva por Benedict Anderson como algo escrito en un tiempo homogéneo
y seriado19.
Es solamente cuando entendemos que todos los enunciados y sistemas culturales
se construyen en este espacio contradictorio y ambivalente de enunciación,
que empezamos a entender por qué las aspiraciones jerárquicas
a la originalidad o «pureza» inherentes de las culturas son
inalcanzables, incluso antes de que recurramos a instancias históricas
empíricas que demuestren su hibridismo. La visión de Fanon
del cambio revolucionario, político y cultural, como «movimiento
fluctuante» de oculta inestabilidad no podría ser articulada
como práctica cultural sin un reconocimiento de este espacio
indeterminado del(los) sujeto(s) de enunciación. Es ese Tercer Espacio,
aunque irrepresentable en sí mismo, lo que constituye las condiciones
discursivas de enunciación que aseguran que el significado y los
símbolos de cultura no tengan una unidad o fijación primordiales;
lo que asegura que incluso los mismos signos puedan ser apropiados, traducidos,
rehistorizados y leídos de forma nueva.
La conmovedora metáfora de Fanon reinterpretada para una
teoría de la cultura nos permite ver no solamente la necesidad
de la teoría, sino tambi)n las restrictivas nociones de la identidad
cultural con que cargan nuestras visiones del cambio político. Para
Fanon, el pueblo liberador que iniciará la inestabilidad productiva
del cambio cultural revolucionario es en sí mismo portador de una
identidad híbrida. Están atrapados en el tiempo discontinuo
de la traducción y la negociación, en el sentido en que he
intentado refundir estas palabras. En el momento de la lucha liberadora,
el pueblo argelino destruye las constancias y continuidades de la tradición
nacionalista que proporcionó una salvaguarda contra la imposición
cultural colonial. Ahora son libres de negociar y traducir sus identidades
culturales en una temporalidad intertextual discontinua de la diferencia
cultural. El intelectual nativo que identifica al pueblo con la verdadera
cultura nacional se sentirá decepcionado. El pueblo es en estos
momentos el principio mismo de «reorganización dialéctica»
y construye su cultura a partir del texto nacional traducido a formas modernas
y occidentales de tecnología de la información, lenguaje,
moda. El cambiado lugar de enunciación política e histórica
transforma los significados de la herencia colonial en los signos liberatorios
del pueblo libre del futuro.
He estado enfatizando un cierto vacío o incógnita atendiendo
a cada asimilación de contrarios; he estado destacando esto con
el objeto de exponer lo que me parece ser una fantástica congruencia
mitológica de elementos Y si en efecto hay que deducir algún
sentido real del cambio material sólo puede ocurrir con la aceptación
del vacío concomitante y con la disposición a descender a
ese vacío donde, como si dijéramos, uno puede empezar a entrar
en conflicto con un espectro de invocación cuya libertad de participar
en una zona ajena y un páramo se haya convertido en necesidad para
la razón o salvación propias.20
Esta mediación protagonizada por el gran escritor guyanés
Wilson Harris sobre el vacío de la incógnita en la textualidad
de la historia colonial revela la dimensión histórica y cultural
de ese Tercer Espacio de enunciaciones que he convertido en pre-condición
para la articulación de la diferencia cultural. Harris considera
que este espacio acompaña la «asimilación de contrarios»
y crea la oculta inestabilidad que presagia poderosos cambios culturales.
Es significativo que las capacidades productivas de este Tercer Espacio
tengan una procedencia colonial o postcolonial. Porque la disposición
a descender a ese espacio ajeno donde les he conducido puede
revelar que el reconocimiento teórico del espacio escindido de la
enunciación posibilite la conceptualización de una cultura
internacional, basada no en el exotismo del multiculturalismo o
en la diversidad de culturas, sino en la inscripción y articulación
del hibridismo de una cultura. A este fin deberíamos recordar
que es el «inter» el filo de la traducción y la
negociación, el espacio de entremedio [in-between]
el que carga con el peso del significado de la cultura. Hace posible que
empecemos a concebir historias nacionales del «pueblo» que
sean anti-nacionalistas. Y explorando ese Tercer Espacio puede que eludamos
la políticas de la polaridad y emerjamos como los otros de nosotros.
[Traducción: Ana Romero]
Notas
Título original: «The commitment to theory», en The
Location of Culture (Londres: Routledge, 1994). Anteriormente
publicado en Questions of Third Cinema, editado por J.Pines and
P.Willemen (British Film Institute, 1989).
1. Véase C. Taylor «Eurocentrics vs new thought
at Edinburgh», Framework, 34 (1987), para una ilustración
de este tipo de argumentaciones. Véase en particular la nota 1 (p.148)
para una exposición de su uso del «hurto» («la
distorsión juiciosa de las verdades africanas para encajar en los
prejuicis occidentales»).
2. G.C. Spivak, In Other Worlds (Londres:
Methuen, 1987), pp. 166-7.
3. Véase T.H. Gabriel, «Teaching Third World
cinema» and Julianne Burton, «The politics of aesthetic distance
Sao Bernardo», ambos en Screen, vol. 24, no. 2 (Marzo-Abril
1983), y A. Rajadhyasksha, «Neo-traditionalism: film as popular art
in India», Framework, 32/33 (1986).
4. S. Hall, «Blue election, election blues»,
Marxism Today (Julio 1987), pp.30-5.
5. M. Foucault, The Archaeology of Knowledge (Londres:
Tavistock, 1972), pp. 102-5.
6. J.S. Mill, «On Liberty», en Utilitarism,
Liberty, Representative Government (Londres: Dent & Sons, 1972),
pp. 93-4.
7. Para una importante elaboración de un argumento
similar ver E. Laclau y C. Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy
(London: Verso, 1985), cap. 3.
8. Para una fundamentación filosófica de algunos
de los conceptos que propongo, véase R. Gasché, The Tain
of the Mirror (Cambridge, Mass.: Harcard University Press, 1986), especialmente
el cap. 6:
La Otredad de la heterología incondicional no posee la pureza
de principios. Por el contrario, tiene que ver con la impureza irreductible
de los principios, con la diferencia que los divide en sí mismos
contra sí mismos. Por esta razón es una heterología
impura. Pero es también una heterología impura porque el
medio de la Otredad ni más ni menos que la negatividad
es también un medio mixto, precisamente porque lo negativo ya no
lo domina.
9. Hall, «Blue election», p. 33.
10. Le debo esta idea a Martin Thom.
11. Laclau y Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy,
cap. 3.
12. Gilroy, There Aint No Black in the Union Jack
(Londres: Hutchinson, 1987), p. 214.
13. F. Fanon, The Wretched of the Earth (Harmondsworth:
Penguin, 1967 [1961]), p.168.
14. J.-P. Sartre, Politics and Literature (Londres:
Calder & Boyars, 1973 [1948]), pp. 16-17.
15. Rev. A. Duff, India and India Missions: Including
Sketches of the Gigantic System of Hinduism etc. (Edimburgo: John Johnstone,
1839; Londres: John Hunter, 1839) p. 560.
16. Fanon, Wretched of the Earth, pp. 182-3.
17. B. Williams, Ethics and the Limits of Philosophy
(Londres: Fontana, 1985), cap.9.
18. M. Sahlins, Culture and Practical Reason (Chicago:
Chicago University Press, 1976), p. 211.
19. B. Anderson, Imagined Communities (Londres: Verso,
1983), cap. 2.
20. W. Harris, Tradition, the Writer and Society (Londres:
New Beacon, 1973), pp. 60-3.
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