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Catherine David: Tu trabajo explora el mundo actual, un mundo en
el que la tecnología de las telecomunicaciones tiende a abolir tiempo
y espacio. En este contexto, tu propones la idea de una deslocalización
general. ¿Cómo definirías un arte deslocalizado?
Paul Virilio: Está claro que la deconstrucción
es una de las grandes cuestiones filosóficas y políticas
de hoy en día. Y hablo de deconstrucción en un sentido amplio,
no sólo de la deconstrucción de Derrida. El arte puede incluso
haberse anticipado al debate sobre la deconstrucción, mucho antes
que la arquitectura y que la filosofía.
Me gustaría recordar que la palabra deslocalización tiene
la misma raíz que el verbo latino dislocare, dislocar: las
dos palabras proceden de la misma fuente. La cuestión es entonces
hasta qué punto puede el arte ser dislocado, deslocalizado. Eso
nos lleva a la cuestión de la realidad virtual.
Hemos pasado de la dislocación espacial -en el arte abstracto
y el cubismo- hasta la dislocación temporal que ahora está
en curso. Esto representa la virtualización en su misma esencia:
la virtualización de las acciones «mientras suceden»
y no simplemente de lo que ya fue, recordando la idea de Barthes. No es
la virtualización de la fotografía, de la reproducción
o del cine; no se produce ya en tiempo diferido, sino en tiempo real.
También diría que la velocidad relativa ha sido la velocidad
del arte en general. Todo arte ha tenido un tiempo interno relativo, no
sólo la danza y la música, también la pintura. Lo
que está entrando en juego hoy en día no es ya la velocidad
relativa, sino la absoluta. Avanzamos contra la barrera del tiempo. La
virtualidad es la velocidad electromagnética que nos lleva al limite
de la aceleración. Es una barrera irrebasable. Esta es la cuestión
de la transmisión en vivo, del tiempo global, de la intercomunicación
casi instantánea. ¿No es la barrera del tiempo también
una barrera irrebasable para el arte? ¿No tiene el arte que tratar
esta contingencia, cuando choca con la barrera del tiempo real?
Catherine David: ¿Cómo ha alcanzado el arte esta
barrera? ¿En qué forma y bajo qué condiciones?
Paul Virilio: Para entender lo que ha ocurrido entre la inscripción
del arte y su deslocalización, necesitamos mirar atrás. El
arte estaba inicialmente inscrito en cuerpos y materiales. Con las pinturas
rupestres y los tatuajes, el arte estaba trazado en lo material. El arte
de la inscripción es lo que era, emplazado en una fijación
material. Eso era la localización de arte. El arte y su localización
eran inseparables del cuerpo marcado del hombre o del cuerpo de la cueva,
más tarde los frescos, los mosaicos, etc. Así, existía
una localización fija del arte desde sus orígenes; sólo
con el transcurso de tiempo se inició la deslocalización,
con los primeros cuadros que se liberaron de las cuevas y la piel, para
convertirse en desplazables objetos nómadas. Era una deslocalización
relativa, ni siquiera una pérdida de lugar, sino sólo una
posibilidad de movimiento. La pintura, por ejemplo, estaba todavía
inscrita en el relicario, el libro ilustrado o el lienzo. Las Ricas
horas del Duque de Berry estaban deslocalizadas en el sentido de que
podían ser trasladadas por el señor feudal, pero todavía
estaban localizadas en el libro. La deslocalización con la que nos
las tenemos que ver hoy es en cambio una deslocalización absoluta,
sin lugar. El arte no puede estar en ningún sitio, no existe más
que como emisión y recepción de una señal, sólo
en el feedback. El arte de la era virtual es un arte de la retroalimentación
-y todavía no estoy hablando de internet. Así que desplazándose
desde su inicial inscripción en un lugar -cueva, pirámide
o castillo- a través de museos, galerías y colecciones itinerantes,
y más tarde a través de reproducciones fotográficas
-donde el viaje es ya de otra índole- y del CD-rom, que todavía
es un soporte material, el arte de hoy, con sus técnicas interactivas,
ha alcanzado el nivel de intercambio instantáneo entre el actor
y el espectador, la deslocalización final.
La moderna descomposición -del divisionismo, el puntillismo,
el cubismo o la abstracción- manifiesta otro tipo de deslocalización;
en esos movimientos artísticos los signos ya no existen para ser
leídos como figuras humanas o animales, sino como figuras rotas.
Este proceso de descomposición culmina en la imagen fractal y en
el gráfico de ordenador. Pasamos de la descomposición moderna
a lo fractal, la imagen digital y finalmente a la absoluta virtualización,
es decir, la emisión y recepción de imágenes que son
totalmente instrumentales.
Ese es un breve resumen del proceso que ha conducido a la dislocación
o deslocalización del arte en nuestros días.
Para comprender lo que conlleva, me gustaría evocar lo que llamo
cibersexualidad, el clímax de virtualización que está
siendo impulsado, sobre todo por los japoneses hacia una separación
de los cuerpos, el más absoluto divorcio. Puedes hacer el amor a
larga distancia por medio de sensores que transmiten impulsos. Nunca me
he reído de la cibersexualidad, realmente no le veo la gracia.
Si incluso el sexo llega a hacerse virtual, ¿qué ocurrirá
con el arte? La cibersexualidad es el ejemplo de la total disociación
o deslocalización: no hay lugares específicos, simplemente
emisión y recepción de sensaciones. Está claro que
el arte se verá afectado. Y me da la impresión de que el
land art fue el último avatar de un arte de inscripción,
antes de la total deslocalización del arte en realidad virtual.
Se inscribía a escala de la tierra, el más amplio territorio
posible. ¿Era el comienzo de una reterritorialización del
arte, o era el último signo, el canto del cisne de la inscripción
del arte en un terreno, antes de su final desaparición en la realidad
virtual del intercambio instantáneo?
Catherine David: Detengámonos un momento en el tema del
land art. Me parece que tiene que ver con lo que se llamó
la «desmaterialización del arte» al final de los sesenta.
El trabajo se emplazaba en los complejos espacios -aquí y en cualquier
otro lugar- que Robert Smithson, pero también Marcel Broodthaers,
articulaban a través de la producción de estructuras expositivas.
Era una manera de expresar el hecho de que la experiencia estética
cobra forma en espacios materiales y mentales que van mas allá del
objeto singular.
Por otro lado, si das un vistazo a la escena artística actual,
lo interesante es encontrar que todos esos momentos artísticos o
fases todavía están presentes. Todavía tenemos pintura,
escultura, instalaciones, cine, además de las así llamadas
«obras» de lnternet. Así que existe una gama bastante
amplia.
Paul Virilio: ¿No ha sido siempre así? En el siglo
XIX, el impresionismo coexistió con el arte pompier, con
lo peor del arte. Lo que me interesa es lo que está en primera línea.
Catherine David: Pero hay una diferencia fundamental, y es que
ahora mismo la investigación mas significativa no está necesariamente
vinculada a un espacio de exhibición, o a los lugares tradicionales
de la experiencia artística. ¿Puede que ése sea el
problema de hoy?
Paul Virilio: Es por eso es exactamente que el land art
es una fase tan importante. Al contrario que otras formas transitorias,
el land art permanece lo suficiente para existir. La inscripción
llegó antes que la exposición: incluso si un hombre expone
sus tatuajes, el tatuaje se hizo en un principio para marcar un cuerpo.
De igual manera, y si crees a Leroi-Gourhan y otros antropólogos,
la cueva es ante todo un lugar para el misterio y la iniciación.
Me pregunto entonces si el arte no ha regresado desde la exposición,
desde la instalación en la pared o en la galería, hacia las
inscripciones del land art, sólo para finalmente desaparecer,
ya no inscrito en ninguna parte más que en el instantáneo
intercambio de sensaciones ofrecido por la realidad virtual. Lo que tenemos
hoy sería una estética sideral: una estética de la
desaparición, y no una de la aparición. ¿Podemos agarrarnos
a la balsa de la medusa que representa el land art, como a una especie
de salvavidas que nos lleve hacia la reinscripción y reinstalación
del arte en el aquí y ahora, el hic et nunc, en los que yo
insisto? ¿O es ese salvavidas el signo de un barco hundiéndose
-y la victoria caerá del lado de la realidad virtual como electrocución
recíproca, en la instantaneidad de un arte que no deja rastro?
Catherine David: Las obras de land art que mejor han resistido
son precisamente las que han sido capaces de articularse en diferentes
lugares o tiempos: la Spiral Jetty de Smithson o el Lighting
Field de Walter de Maria. Una obra concebida para un espacio no urbano,
salvaje, magnético, un lugar adonde había que decidir ir,
... El acceso y el efecto eran diferidos, mediatizados y controlados por
el propio artista, particularmente a través de un riguroso uso de
la fotografía, que en ningún caso podía aparecer como
concesión.
Paul Virilio: Me gustaría resaltar que el Lighting
Field es también un trabajo de electrocución. Podemos
comparar este trabajo con el de Stellarc, que es otro hombre de electrocución.
El body art no me interesa en absoluto, pero Stellarc sí.
Él mismo es un campo de rayos, el soporte de una electrocución,
de una terrible descarga -como lo es la tierra para Walter de Maria. Él
regresa a un cuerpo que está siendo absorbido, destruido por células
extrañas. Quiere llegar a ser un no-cuerpo, un cuerpo posthumano,
un «más allá del cuerpo» para tomar prestado
un término de un número de Kunstforum con el que colaboré.
Hay un cuerpo territorial para el land art, y un cuerpo animal,
masculino o femenino, para el body art. Hay una correlación
entre el lighting field con actividad electromagnética y
el intento de Stellarc de ser él mismo el campo de rayos, a través
de todos sus enganches eléctricos.
Catherine David: ¿No tienes la impresión de que
consiste en un directo e incluso arcaico regreso al cuerpo, una cierta
manera de pagar con carne viva? Me pregunto si no está repitiendo
algunas de las estrategias de los accionistas, o la estrategia de Chris
Burden cuando se hizo disparar en el brazo. Cosas que nunca han sido resituadas
en su contexto con precisión, el contexto del post-45.
Paul Virilio: Stellarc representa el intento de reemplazar el
hombre por la máquina, es el contemporáneo de una crucifixión
del cuerpo humano por la tecnología. Es el hombre pre-robot, el
apóstol de la máquina que vendrá tras él. En
cierto modo representa el final de su propio arte. Él quiere ser
el S. Juan del Apocalipsis del cuerpo, el S. Juan de Patmos que profetiza
el Apocalipsis. Por ello lo comparo con Artaud. Como Kafka, Artaud era
contemporáneo de los campos de concentración. Sterllarc es
el contemporáneo de los actos terribles que están sucediendo
ahora en Yugoslavia y en otros lugares -que no son temas muy discutidos
en arte pero que deberían serio. Continúo escandalizado por
la anterior edición de la Bienal de Venecia, que tiene lugar a escasa
distancia de una guerra civil europea, y por la pobreza de las referencias
que a ella se hacen.
Es una guerra que nos atraviesa, y Stellarc ilustra el hecho de que
el hombre se ha convertido en inútil, y de que la máquina
lo está reemplazando. Él manifiesta esta pérdida del
propio cuerpo; es su lado barroco. Se jacta de que permite que su cuerpo
sea reemplazado por la máquina.
[Mientras se graba esta entrevista, en el exterior se escuchan las consignas
de una manifestación de estudiantes y huelguistas]
La gente que se manifiesta en París mientras hacemos esta entrevista
es gente arrojada a las calles por el desempleo generalizado porque la
automatización electrónica y la hiperproductividad reemplazan
al hombre. El hombre como productor, soldado, padre y procreador, está
anticuado.
Pero volvamos a Walter de Maria: su Lightning field es contemporáneo
de la bomba atómica y del flash de Los Alamos. No son flashes de
luz ordinarios. Proceden de los flashes de la bomba que explotaba no demasiado
lejos...
Catherine David: Tu interpretación es bastante diferente
de las tradicionales lecturas de Walter de Maria, que le han encasillado
siempre entre el minimal y el land art, criticando los aspectos
megalómanos o incluso autoritarios de su obra (B. Buchloh).
Pero me gustaría retornar a tu queja sobre la escasez de implicación
política o fuerte testimonio en el arte contemporáneo, a
propósito de Venecia y Yugoslavia por ejemplo. El desvanecerse o
la desaparición de lo que podríamos llamar arte crítico
de los 70, ¿tiene que ver con la creciente dominación de
las comunicaciones, con todo lo que supone la publicidad, la televisión
y, simplificando, con las fuerzas que tienden a producir consenso y uniformidad?
Paul Virilio: La comunicación ha sido secuestrada por
los mass-media y el sistema publicitario. El movimiento de las prácticas
publicitarias es interesante, porque ha ido llegando hasta lo sideral y
lo subliminal, donde no hay nada que ver, sólo lo imperceptible,
sensaciones inconscientes pero muy efectivas.
El mercado del arte es un mercado publicitario y no sólo en el
sentido económico. Está claro que la función critica
-y la función de la crítica de arte- de hecho han desaparecido
con la comercialización de los signos. Por ello me refiero a Artaud,
porque él era un crítico de arte, no simplemente un artista.
Él criticaba a su tiempo mediante su arte. Como Kafka, era una especie
de profeta del desastre de lo artístico, y a la vez de lo político.
A través de su confinamiento y su judaísmo, Kafka anticipaba
los campos de concentración, y que todos morirían allí,
incluso Milena, en Dachau. A su manera, las profecías de Stellarc
también revelan la violencia, a través de su tribulación,
de la peligrosa presión de la tecnología sobre su propio
cuerpo. Por supuesto que eso no es un compromiso político como en
el de Picasso durante la guerra fría, con sus palomas... No tiene
nada que ver tampoco con el compromiso de Sartre.
Así que cuando veo la obra de Walter de Maria, no puedo evitar
pensar en los impulsos electromagnéticos llamados EMP. Soy eso que
se llama un «intelectual de la defensa», en el sentido de que
estoy familiarizado con asuntos militares y con generales. La época
del Lighting Field es el periodo de la tensión entre los
bloques de poder, 1977. Se abrió entonces un debate sobre los efectos
de los EMP, las descargas electromagnéticas provocadas por explosiones
nucleares en las capas altas de la atmósfera. Antes de atacar a
ningún otro punto, se estallaba una bomba en esas capas más
altas para apagar los sistemas de comunicación, toda la intercomunicación
entre los jefes. De hecho, es la razón por la que los americanos
lanzaron Internet, sólo que en esta poca se la llamaba ARPANET.
En el momento de una guerra nuclear se suponía que funcionase después
del EMP, permitiendo así la comunicación a pesar de la destrucción
de otras redes. Se trataba de proteger los mecanismos de la comunicación
contra este efecto electromagnético que lo apagaría todo.
¡Ahora sí que entramos realmente en el tema del flash! Y he
aquí un artista que pone en escena EMPs, aunque no supiera nada
de ellos. Es un campo mas extenso que los meros flashes de luz, es una
especie de bomba atómica.
La deslocalización de la que estoy hablando procede del electromagnetismo.
Los problemas de la proximidad, de la localización si se quiere,
han estado siempre vinculados a las energías. La proximidad inmediata
se vincula a la energía animal, yendo a caballo o caminando. El
animal es el elemento energético del pasado y no es ninguna casualidad
que la gente lo pintase en las cuevas. Más tarde, las relaciones
de proximidad y localización se vinculan a lo mecánico: es
la época del ferrocarril, del automóvil, todavía vigente.
Pero desde los 70 hemos entrado en un efecto de proximidad electromagnética,
de impulsos que fluyen, siempre el famoso correlato entre emisor y receptor.
Así que tengo la impresión de que esta cuestión
de la dislocación y deslocalización en el arte está
ligada a la energía que reemplaza a la energía mecánica
del «ballet mecánico» de Leger y de los experimentos
sobre música concreta, los cuales han tenido una influencia formativa
tan importante para nosotros. Porque se necesita energía para deslocalizar,
para perder el lugar.
Catherine David: Uno también tiene la sensación
de que, si se exceptúa la pequeña minoría de artistas
que están trabajando en la realidad virtual, el más visible,
el más espectacular desarrollo es la parásita absorción
del arte por parte de las estéticas de la comunicación, o
mejor, por el diseño, el diseño cultural, social, o político.
La energía no es realmente mi especialidad ... Pero si echas un
vistazo a la escena, ¿no te parece que las posturas artísticas
o las posiciones que pueden todavía sostenerse sobre sí mismas
son aquellas que pueden marcar distancias o que, como diría Godard
pueden todavía «cambiar la velocidad»?
Paul Virilio: ¡Es exactamente eso lo que está amenazado!
Catherine David: Esta clase de trabajos no son ni eventos, ni
cosas, evitan toda idiosincrasia.
Paul Virilio: ¿No es la dislocación precisamente
una resistencia a esta disolución del arte? Toma el ejemplo de la
arquitectura: está también amenazada de disolución
por las nuevas tecnologías. Las diferentes vías de investigación
en el cristal y el acero son signos de una posible disolución de
la materialidad arquitectónica. Cuando la arquitectura está
amenazada de disolución -es decir, cuando «todo vale»-
es una especie de deconstrucción lo que entra en juego. La gente
inventa formas que dislocan la geometría ortodoxa del espacio arquitectónico.
Esto es lo que sucede con Libeskin, Zaha Hadid y Eisenmann.
Enfrentado a la amenaza de disolución del arte, ¿podría
una forma de deslocalización representar un intento de resistencia?
Catherine David: ¿Cómo identificarías a
los artistas de la deslocalización en la escena contemporánea?
Paul Virilio: Serían gente que trabaja a partir del hecho
de que el arte ya no tiene lugar, que se ha convertido en pura energía.
Muchos artistas han anticipado la pérdida de lugar, el des-emplazamiento
del arte, lo anticipan en un energetismo que puede incluir las imágenes
más espantosas, o la mayor aceleración de las imágenes
en un nivel de feedback. ¿Es este intento energeticista una
de las últimas maneras de afrontar la disolución? Como alguien
que siente que las fuerzas te fallan y pone toda su fuerza en un ultimo
golpe, precisamente por que sabe que es el último.
Veo algo así en la danza, en el teatro, en video, en todas las
artes de que todavía disfruto. Me repelen las artes pláticas
ahora, porque no queda nada, para mí se acabó.
Catherine David: ¡Vaya, buenas noticias!
Paul Virilio: Está la danza, el teatro y la video-instalación
en el sentido mas amplio. El teatro, por ejemplo, está experimentando
con el video. Ya no lo hace con el cine, como intentó sin éxito.
Tomaré como ejemplo una obra de Heiner Müller de la que no
se ha hablado mucho, Bildbeschreibungen, que apareció poco
después de mi libro Logística de la percepción:
Guerra y cine, e influida por él, como el propio Müller
admite. Aquí hay un teatro que realmente juega con el tiempo diferido
del video: tienes un monitor que funciona como un retrovisor permitiendo
al espectador ver algo más de lo que se ve en el escenario. Hay
una visión directa de cuerpos sobre el escenario que se superpone
a lo que en tiempo diferido ocurre en el video. Esto es un experimento
entre otros muchos que podríamos mencionar en el área de
teatro. Tomemos otro ejemplo de la danza. Me gusta mucho William Forsythe.
El esfuerzo que exige a sus bailarines les conduce a un punto de quiebra,
de crisis total. Es una performance del cuerpo, que se sitúa
en los límites de la dislocación de sus bailarines.
En cuanto a las video instalaciones, se están desmaterializando.
La coherencia y la estructura de La región central, de Michael
Snow -una absoluta obra maestra en mi opinión, como también
Deleuze dijo-, hicieron de ella la película del aquí
y ahora. Plantas un objeto en el terreno, lo giras y sobre esa base muestras
un mundo. Eso era la absoluta localización. Cuando ves instalaciones
ahora puedes percibir que se están dislocando y deslocalizando a
sí mismas. Son esfuerzos de romperse, de perder lugar, de
estar «en ninguna parte». Estar dislocado, deslocalizado -y
creo que los manifestantes en la calle no lo comprenden suficientemente-
significa no estar en ningún lugar, no ir hacia ninguna parte. En
Francia se habla de deslocalizar las corporaciones y de las administraciones.
Pero deslocalizarlas no significa llevarlas a los suburbios o a las provincias,
significa no tenerlas ya en ninguna parte. Este año IBM ha deslocalizado
su oficina principal llevándola a ninguna parte. No tiene sede principal,
IBM es la primera corporación deslocalizada, ...
Estoy mezclando muchos niveles, por supuesto, y lo estoy haciendo a
propósito. No soy un crítico de arte, soy más bien
un crítico de nuevas tecnologías.
Resumiendo, me parece que -a través los ejemplos propuestos de
danza y teatro- para resistir a la disolución del arte, por no decir
al final del arte y a su total desaparición, se está asumiendo
el desafío de la dislocación o la deslocalización,
de una conversión en energía. Un arte que ya no será
otra cosa que energético.
Catherine David: No has mencionado el cine en absoluto.
Paul Virilio: Para mí el cine está acabado. Durante
años no he soportado el cine, principalmente porque ya no soporto
el ritual de los cines. El cine tenía que haber cambiado sus escenarios
de presentación. Existe gracias al lugar llamado «cine»,
y ese lugar, como el arte, debe revolucionarse constantemente.
Pero obviamente es más caro hacer nuevas salas de cine cada dos
años que hacer nuevas películas cada dos años. A menudo
Serge Daney y yo mismo hemos comentado que es preciso sacar a Godard de
la sala de cine, de otra forma el propio Goddard desaparecerá. El
cine «tiene lugar», tiene su propio cuarto oscuro, su cámara
oscura, y es necesario hacer que ese «lugar» evolucione. Hoy
la cámara oscura es el espacio virtual, es el video-casco, ya no
hay «cuarto oscuro». Es otra deslocalización...
Catherine David: ¿No son en eso las artes pláticas
como el cine -en que fundamentalmente necesitan un «lugar»,
aunque sólo sea temporalmente?
Paul Virilio: Eso nos lleva de vuelta al mismo problema, el problema
del cuerpo. Tú ya no haces una llamada desde tu casa, desde un lugar.
Llamas desde la calle y el teléfono lo llevas encima, es portátil,
celular. ¿Nos encaminamos hacia un arte celular, como los teléfonos?
¿Un arte portátil, que se llevaría encima, o incluso
dentro de ti?
Catherine David: ¿Cómo interpretas la actitud de
los jóvenes artistas que afirman trabajar en y sobre lo social?
Paul Virilio: Lucy Orta, por ejemplo, ha trabajado en esta línea.
Trabaja sobre el cuerpo, las ropas, lo portátil. Sus ropas no son
moda, sino supervivencia. Son ropas apocalípticas, en cierto modo.
Ella hace ropa para varias personas, cinco personas que se ponen los mismos
trajes, una especie de ropa de supervivencia; trajes coordinados, lugares
de proximidad coyuntural... Lo hace porque hay más y más
gente fuera en la calle. De hecho ella se inició en el ejercito
de salvación, donde se celebraron sus primeras exposiciones. Su
arte es una especie de signo de alarma: ropa sintomática de un drama,
el drama de la supervivencia en la ciudad bajo las condiciones normales.
Catherine David: ¿Sería esto un arte crítico
contemporáneo?
Paul Virilio: Sí, en el sentido de Kafka o Artaud. En
el sentido fundamental, no en el sentido de compromiso político.
Me gustaría volver sobre las últimas resistencias a la
dislocación y a la deslocalización. Desde que el arte ya
ha perdido su lugar y ha empezado a flotar entre los mundos de la publicidad
y los media, la última cosa que resiste es el cuerpo. Piensen lo
que piensen artistas como Stellarc o la gente del teatro o la danza, son
artistas del habeas corpus, aportan sus cuerpos. Aún así,
ellos señalan la línea de avanzadilla, la posibilidad de
ir más allá del cuerpo pasa por ellos. Lo dramático
del teatro, la danza y el body art, en el sentido que venimos hablando,
es que prefiguran un límite. Plantean la cuestión del «hasta
dónde». Es también una pregunta ética en el
contexto de la ingeniera genética, ante los problemas del tráfico
de seres humanos como materia prima mejorable, el cuerpo considerado como
una materia prima, el cuerpo de la «hominicultura» como dicen
algunos científicos.
Por eso yo estoy enamorado de los cuerpos. Creo que junto al «SOS:
salvad nuestras almas», deberían inventar también un
«SOS: salvad nuestros cuerpos de la electrocución electromagnética».
Todo el mundo debería releer el maravilloso libro de Villiers de
l'Isle Adam, La Eva Futura, modelo de María, la «mujer
eléctrica» de Metrópolis de Fritz Lang. El libro
anticipa la superación del cuerpo por ondas corporales, por cuerpos
de emisión y recepción. Y por tanto la cibersexualidad -pero
también la cibersocialidad, la cibercultura en general...
Catherine David: ¿Cómo explicarías la paradójica
coexistencia entre los más jóvenes artistas de un cierto
tipo de trabajo sobre el cuerpo y al mismo tiempo una fascinación
por Internet?
Paul Virilio: Es tentador convertirse en ángel, pero es
demasiado leve la distancia entre ser un ángel y no ser. Muchos
artistas jóvenes se sienten tentados por la desmaterialización,
es el salto del ángel. No quieren morir: quieren estar muertos,
es decir, estar privados en cierto modo de tener que preocuparse por tener
un cuerpo, sentirse cansados, o ser molestados por la gente que les rodea.
Y las telecomunicaciones son un sistema de zapear tus mensajes, de privilegiar
al más remoto frente a tu vecino. «Ama al más lejano
como a ti mismo», decía Nietzsche: eso significa, sé
capaz de comunicar con él. Por el contrario, amar al prójimo
es más difícil, porque no hay zap, no hay salto o cambio;
te toca tratar directamente con él, su olor, su demanda.
Hay una especie de mito del devenir ángel que es tentador. Pero
cuando eres viejo sabes que muy pronto serás ángel ...
Catherine David: Si todo cambia, si incluso durante un cierto
tiempo no puedes reconocer el significado de ese cambio, entonces ¿qué
puedes hacer?
Paul Virilio: Sobresaltar al otro, electrocutarlo, desactivarlo.
El terrorismo no es sólo un fenómeno político, es
también un fenómeno artístico. Se da en la publicidad,
en los media, en el reality show, en el media pornográfico.
Lo único que queda por hacer es darle al otro un puñetazo
en la cara para despertarle. Es la imagen del niño ciego, sordo
y mudo de los 50 que estaba totalmente aislado del mundo y que era sacado
de su aislamiento a golpes: el sobresalto le devolvía el habla.
Ahora es evidente que en las periferias el diálogo es reemplazado
por la violencia. El puñetazo es el inicio de la comunicación:
es un puñetazo lo que devuelve a la realidad cuando se carece de
palabras. El arte está ahora en ese punto. La tentación terrorista
del arte se ha establecido en todas partes. La exposición Femininmasculin,
sin embargo, que hubiera sido ese puñetazo en los cincuenta o en
la era victoriana, no es hoy ya más que marketing.
Todo se ha hecho, es cierto, a pesar de Auschwitz. Uno nunca debería
olvidar la regunta de Adorno: ¿es posible la poesía después
de Auschwitz? Tras el final del arte abstracto, tras toda esa gente que
todavía era gente culta, nosotros tartamudeamos de horror ante el
horror revelado en Auschwitz e Hiroshima.
Catherine David: Ahí estaba también el cine, Rossellini,
...
Paul Virilio: Cierto, al mismo tiempo ahí estaba Rosellini,
Roma ciudad abierta, todo ese extraordinario trabajo documental
...
Catherine David: En este contexto, ¿cuál sería
el patrón ideal de exposición?
Paul Virilio: Hay que luchar por el aquí y el ahora. «Estar
aquí» es ahora una de las grandes preguntas filosóficas,
pero también una de las grandes preguntas artísticas. La
telesexualidad es la desaparición del ser, es un fenómeno
de la diversificación de la especie humana: hacer el amor con un
ángel, con la futura Eva. La pregunta por el «aquí
y ahora» es una cuestión absoluta en todos los campos. Es
absoluta en cuanto a la democracia, a las costumbres o la socialidad.
De la misma forma, te tienes que plantear la cuestión de la presencia
del arte. ¿Existe una telepresencia del arte? y ¿hasta qué
punto puede el arte ser tele-representado sin desaparecer?
Catherine David: Es el problema de si la exposición debe
crear o recrear un lugar, aunque sólo sea temporalmente.
Paul Virilio: La instalación me interesa porque plantea
el problema del lugar y el no-lugar. Tomemos tres ejemplos. En arquitectura,
primero, el no-lugar del vestíbulo en la casa burguesa, un espacio
semi-público, semi-privado. La gente entra en un espacio semi-virtual,
porque entran sin haber sido invitados -como por ejemplo lo hace el cartero.
El segundo es la cabina de teléfonos, que también es un lugar
semi-privado y semi-público: no hay allí otros cuerpos, tan
sólo una voz. El tercero -que apenas ahora está empezando
a funcionar- es el portal virtual -la «cámara de llamada».
Una habitación habitada por el clon de tu invitado, su espectro.
Puedes ver al clon, él te ve, le saludas, hueles su perfume ...
Lo único que no puedes hacer es tomarte una copa de vino con él.
¡La tele-cata todavía no es posible!
Ese es el ejemplo de la deslocalización definitiva, el encuentro
entre espectros, entre ángeles, la dislocación del encuentro
real con el otro.
El arte participa en esta situación. Su aquí y ahora está
también puesto en cuestión.
Catherine David: El interés esencial de una exposición
es ofrecer una alternativa al encuentro de clones. Te molestas en ir para
ver cosas que nunca has visto antes, o por lo menos no bajo las mismas
condiciones.
Paul Virilio: ¿Qué ha ocurrido realmente con la
presencia real del arte? Te propongo otra imagen, esta vez de Michael
de Certeau. Cuando Galileo inventó el telescopio, los jesuitas de
su tiempo plantearon una cuestión teológica: si miramos a
través de un telescopio, ¿sería asistir a misa?
Cuando hoy Bill Gates muestra en la pantalla los cuadros del Louvre
invoca la telepresencia del arte. La cuestión de la reproducción
ha sido planteada a partir de la fotografía. Barthes ya lo dijo
todo al respecto. Es un movimiento hacia la espectralización del
arte, hacia lo clónico.
Incluso los no-lugares evolucionan hacia lo inmaterial. El no-lugar,
en el sentido de Marc Augé -los aeropuertos, las cabinas telefónicas,
los nudos de autopista- son pese a todo «no-lugares» construidos.
Mientras la cabina telefónica está todavía muy presente,
la estructura modular solo deja un espectro. La estatua somos nosotros.
Así que: ¿hay un fantasma del arte?
Catherine David: Los grandes artistas contemporáneos como
Smithson, Broodthaers y Dan Graham han trabajado intensamente con las estructuras
de la exposición. Con Broodthaers por ejemplo, la obra es concebida
como una exposición y la misma exposición como la obra. Estamos
todavía lejos de la telepresencia.
Paul Virilio: Pero están amenazados de dislocación.
Pensemos en el video, un medio todavía material. Incluso aunque
sea un arte del no-lugar, todavía tiene su inscripción, una
materialidad que la realidad virtual y el computer art ya ha perdido.
Así vuelvo a mi pregunta: ¿qué ocurre con la presencia
en el arte? Es una cuestión filosófica, que prácticamente
no tiene respuesta, pero al mismo tiempo es la cuestión más
concreta que se plantea en nuestros días.
Catherine David: No obstante me parece que haya dos realidades,
una posible y otra actual. Tengo el feeling de que la telesexualidad,
por ejemplo, no es universalmente accesible. De la misma forma sólo
hay un puñado de artistas trabajando con la realidad virtual.
Paul Virilio: Desde luego, pero hay una tensión. Lo interesante
no es el hecho de que exista, sino de que es ya activamente buscada. La
guerra del Golfo fue ya una guerra telecomandada, a distancia. Ahora ya
se trabaja en la ciberguerra, con sensores del tamaño de un insecto.
En vez de satélites o aviones de reconocimiento, se envían
pequeñísimos sensores de imagen y sonido que vigilan el espacio
como avispas. Pero al mismo tiempo existe la guerra real en Yugoslavia,
es cierto.
Catherine David: De la misma forma el arte asume una presencia
material.
Paul Virilio: ¿Por cuánto tiempo?
Catherine David: Una exposición como Documenta intenta
trabajar con el aquí y ahora. De tal manera que nos corresponde
investigar sobre la forma de presentar obras que todavía propongan
una experiencia real, una experiencia estética, sensible, cognitiva
e incluso ética.
Paul Virilio: Lo que debe ser mostrado es aquello que, fundamentalmente,
resiste, pero no de forma conservadora sino provocadora. Yo no soy
un curator de las antiguas formas de arte: pero sí digo que
la conservación se convierte en un fenómeno provocativo.
La conservación del aquí y ahora, de la presencia y localización,
es un fenómeno provocativo. Los fauves de hoy son precisamente
aquellos que trabajan sobre la presencia del arte.
Catherine David: Eso implica inventar estructuras de exposición.
Sería loco y peligroso intentar eliminar la televisión. Mucha
gente de hecho intenta citar la televisión como posible espacio
de exposición. Por otro lado, creo que es urgente establecer barreras
contra el zapping.
Paul Virilio: En cualquier caso, la televisión está
desfasada, en crisis. Lo multimedia representará muy pronto la muerte
de la televisión, su absorción por la realidad virtual. El
cine ha muerto, como ya he dicho, pero es el cine lo que mantiene viva
a la televisión. Si no fuera por el cine la televisión habría
pasado hace tiempo. Los dos caddáveres se sostienen mutuamente.
Y digo esto desde el amor que un día le tuve al cine -y ya no puedo
mantener.
En un período de ocupación no se habla de la resistencia,
como dice Serge Daney. La ocupación es por el media. Estamos ocupados
por las teletecnologías, y debemos ser parte de la resistencia.
Hoy lo que hay son colaboracionistas.
Yo estoy en la resistencia. Lo que estamos haciendo ahora, con todo
este preguntarnos, es explorar la zona oscura del arte. Eso es la resistencia.
No resistencia conservadora, sino liberadora.
Catherine David: ¿Y cómo puede una exposición
-que es cada vez más un espacio de consumo cultural «sin cualidades»-
ser un espacio de resistencia?
Paul Virilio: Cuando François Burckhardt estaba en el
Pompidou, Lyotard y yo recibimos dos encargos. Los inmateriales
fue una de las grandes exposiciones, un fracaso y un toque de genio a la
vez, un hermoso fracaso, una contradicción. Él recibió
un encargo sobre la resistencia, que registrara toda forma de resistencia
-eléctrica, social, militar, etc. Y yo recibí un encargo
sobre la aceleración. Dos exposiciones contradictorias, obviamente.
Todo aquello de lo que estoy hablando tiene que ver con una aceleración
que nos emancipa de los lugares, el cuerpo, de nosotros mismos, de los
otros e incluso de la democracia ...
Catherine David: ¿Pueden inventarse estrategias para resistir
a la aceleración, para mantener las distancias, la profundidad,
la heterogeneidad de elementos que todavía existe en la producción
estética -estrategias que no signifiquen intentos desesperados de
restaurar los viejos regímenes, como el que se pudo ver en Venecia
en el 95?
Paul Virilio: Inicialmente, cuando el Centro Pompidou era todavía
un proyecto, lo que se planeaba era no sólo presentar exposiciones,
sino también los procesos de creación, estudios y laboratorios,
una especie de zoo de los artistas trabajando. Un lugar en que la creación
pudiera ser mostrada mientras ocurría, no un depósito de
obras sino un centro de investigación. El «exploratorio»
de San Francisco tiene la misma dimensión, de algún modo.
Tienes la «obra del día», la obra se presenta como trayectoria
y no como objeto. Se te ofrece lo que en ese momento llega, como en una
estación de tren. Según esa idea del Beaubourg, el arte es
su propio proceso de realización, y no sólamente el resultado.
Pero en realidad esa no era una idea nueva. Los pintores románticos
del xix hacían algo parecido en sus inauguraciones, terminaban las
pinturas ante los visitantes. Cuando Turner añadió humo a
la locomotora que aparecía entre la niebla y por primera vez en
una pintura representaba la velocidad, anticipó la idea del arte
como proceso acabando la pintura ante el público. Algo comenzó
allí que continúa en la idea del Beaubourg. No consumir el
producto final, sino estar al nivel de la acción, o de la teatralización
de la acción. Es la idea de un arte que no se entrega en diferido,
sino en tiempo real, en vivo. Detrás de este espíritu se
esconde algo muy importante acerca del tiempo del arte, no sé muy
bien qué. Es el mismo interés que se pone en la improvisación,
en el jazz, es el interés en un arte que se está haciendo.
Catherine David: Aún así, tengo la impresión
de que detrás del deseo de «tiempo real» hay otras motivaciones
menos confesables -la búsqueda del espectáculo, el exhibicionismo,
... «Todo es arte, todo el tiempo, todo el mundo es artista ... «:
un relativismo absoluto.
Paul Virilio: Es cierto que si todo el mundo fuese artista entonces
no habría arte -y eso es en cierta forma lo que está pasando.
Es por esa razón que me digo: las artes plásticas se han
acabado. Se acabó. ¡Alles fertig! ¡No bromeo!
Catherine David: Le estás diciendo eso a alguien encargado
de organizar una gran exposición ...
Paul Virilio: ... Que se va a llamar «¡Alles fertig!»,
«se acabó». No, en serio. La presencia del arte, y por
lo tanto su localización, está amenazada. Y es exactamente
ahí donde reside la solución a la amenaza: en la cuestión
de la temporalidad del arte de hoy. Hemos alcanzado el límite de
velocidad, la capacidad de ubicuidad, de instantaneidad e inmediación.
El hecho de haber roto el muro de la velocidad de la luz nos hace contemporáneos
de la ubicuidad. El arte entra en una fase de globalización.
Yo no tengo la solución, pero seguro que está en esa cuestión,
y es a los artistas a quienes correponde resolverla. Algunos videoartistas
lo han hecho -Gary Hill, Bill Viola, Michael Snow. El teatro lo hce, los
coreógrafos lo hacen -pero los artistas plásticos no lo suficiente.
Catherine David: Pero lo que ocurre con el teatro, a diferencia
de las artes plásticas, es del orden de la representación,
y la representación implica distancia. Una estética sin distancia
es pura publicidad. ¿Cómo te plantearías la cuestión
de la distancia?
Paul Virilio: Es un problema de intervalo. El intervalo de tiempo,
de espacio, y el tercer intervalo según los físicos, que
es el intervalo de luz: la señal cero. Este tercer intervalo es
el que pone en juego la cuestión de la ubicuidad. Es lo que te permite
ser contemporáneo de algo que ocurre en el otro extremo del mundo.
Catherine David: Sin intervalo, estás en «lo mismo»,
no puedes ser testigo. Ser testigo exige haber visto, no desde demasiado
lejos. ¿Puede todavía el arte tener testigos? No pretendo
suscribir las tesis de la nueva sociología al uso acerca de la recepción,
pero me parece evidente que la cuestión del testigo es importante.
Paul Virilio: Siempre volvemos al punto ciego de la presencia
del arte hoy ... La posibilidad de una desaparición del arte ya
fue evocada en el xix por Rodin, Cezanne y muchos otros, que creyeron que
el arte en aquella época podía desaparecer. Y no lo pretendían,
ni lo consideraban desde una perspectiva apocalíptica. El arte puede
desaparecer. En cierta forma Auswitch supuso una desaparición del
arte, fue un acontecimiento tan fuera de la historia que probó que
lo peor puede ocurrir. Pertenezco a una generación acostumbrada
a afrontar la idea de que el arte puede desaparecer. Todo lo que estamos
planteando aquí gira alrededor de la cuestión de esa desaparición.
Tan pronto como se niegue la posible desaparición del arte dejará
de haber arte. En cambio, pensar en el aquí y ahora, en la temporalidad
y presencia del arte, es oponerse a su desaparición, rechazar colaborar
con ella.
Hoy por hoy el arte juega con su posible desaparición, lo encuentra
entretenido porque no lo toma en serio. Muchos artistas se nutren de la
idea de la muerte del arte. No son como Artaud, que anunciaba la posibilidad
del fin: en realidad son ya póstumos y se aprovechan. Su herencia
es un cadáver.
Creo que nuestro tiempo es un tiempo tan inaudito como el previo al
renacimiento. Antes de la increíble explosión renacentista
estaba la tragedia. Y hoy estamos en esa tragedia. Un mundo está
llegando a su fin. Atención: no se trata del fin del mundo,
no me interesa toda la cháchara apocalíptica contemporánea.
Pero estoy seguro de que es el fin de un mundo. Cuando entiendes
así la situación -y qué clase de intimidante situación
es, amenazando con un mundo inaudito e inabarcable- entonces también
tienes que reconocer que es algo maravillosamente excitante.
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