0: Justificación confesa
Todo texto de carácter biográfico es necesariamente en
parte un reajuste del pasado, obviamente condicionado por las necesidades
del presente de quien lo escribe. Por tanto los parámetros conceptuales
en los que se desarrolla el relato habrán de entenderse teniendo
en cuenta los intereses actuales de que quien firma estas líneas,
y que así observa con mirada retrospectiva la relación que
tuvo con aquellas personas que lo protagonizan.
Todos tuvimos padres y madres, en algún momento.
1: La identidad como estigma
¿Qué es ser escultor? ¿qué es ser joven?
¿qué es ser artista? ¿qué es ser vasco? A nada
que nos paremos a pensar un poco en cómo responder a estas preguntas
es probable que nos encontremos con numerosos problemas políticos,
psicológicos, éticos y/o estéticos: es mi caso, al
menos. Y sin embargo, como mecanismos de identidad, los diversos sustantivos
mencionados suelen resultar útiles, bien por separado bien en su
conjunto, si lo que se pretende es clasificar, ubicar y etiquetar un producto
o una práctica determinada en el conjunto de un cuadro taxonómico
lógico que se llame, por ejemplo, "Arte en el Estado español
de los años ochenta".
Por eso mismo es fácil de entender que la crítica de esos años
hablara continuamente, entre otras corrientes varias dentro
del mapa de las autonomías(1),
de la "joven escultura vasca", empeñándose en
delimitar en un sentido nacionalista y generacional el trabajo
del grupo de artistas que durante principalmente la primera
mitad de los años ochenta coincidieron en Bilbao alrededor
de ciertas preocupaciones, fundamentalmente estéticas:
aún así, pensar en Badiola, Bados, Moraza, Irazu
y Fernández (¿estamos tan siquiera seguros de
que se acabe aquí la lista de nombres?) como integrantes
de un grupo sería ya en sí mismo imponer desde
fuera un mecanismo de identificación reduccionista, en
tanto nunca tuvieron ese interés en verse como tal, más
allá del hecho de compartir ciertos puntos de vista antes
señalado.
Se evidencia así la distorsión que, en el empeño
por constituir identidades, se produce al aplicar una serie
de calificativos (joven, vasca, nueva) que multiplican uno tras
otro, de forma simplificadora, la distancia ante los hechos:
porque ¿qué grado de identificación personal
podría encontrar por ejemplo Marisa Fernández,
como mujer nacida en León, cuando leyera una crónica
hablando del grupo de "escultores vascos"(2)?
¿O en qué medida no sería absurdo para
Angel Bados -quien a mediados de los ochenta era ya un artista
conocido en todo el estado, y con sus treinta años bien
cumplidos- encontrar referencias a "la juventud" y al carácter
"prometedor" de la propuesta(3)?
2: ¿Qué es más macho, el cuchillo o la piña?:
¿quién es más vasco, Baroja o Unamuno (por ejemplo)?
Vivo en un lugar donde un chasquido metálico
puede ser un disparo, el pistoletazo de salida de una carrera;
o el final de historias como la mía, pesadas y sin valor.
Es igual que pisar cartón mojado: uno nunca sabe si hay algo
debajo.
(Cartón mojado. Parole, 1994)
Sin embargo, si había alguna cosa en común entre aquellas personas,
ésta era el hecho de vivir su compromiso artístico
desde cierta complicidad frente a un entorno hostil: hostil
en cuanto que la situación en que puede desarrollarse
una práctica cultural crítica y rigurosa en contextos
conservadores o incluso reaccionarios (y hablo aquí indistintamente
de Bilbao, del País Vasco, o del conjunto del Estado
español) siempre lo es, con el sacrificio que esta postura
implica. Frente a la imposibilidad de que algún esfuerzo
llegue a fructificar en esa escala local, comunitaria, la única
certeza es la del exilio(4)
; bien desde un trabajo desarraigado, con vocación "internacional"
y normalmente impulsado por la renovación que significa
vivir más allá de fronteras demasiado conocidas,
bien desde un trabajo concentrado sobre sí mismo, y con
deseo de proyección exterior también, pero sumamente
crítico con el entorno más inmediato.
Y efectivamente lo cierto es que si se repasan algunos de los textos
del momento es bien perceptible la voluntad de conectar con un proyecto
de vanguardia esencialmente internacionalista, en el que las referencias
a la escultura minimal estadounidense, el constructivismo soviético
o el trabajo de Joseph Beuys eran tan importantes o más que las
alusiones a la vida y obra de Jorge Oteiza.
No obstante, éste será quien se convierta en la seña
de identidad por excelencia: estrella con luz propia en el mundo del arte
contemporáneo español, fácilmente reconocible desde
el exterior, e incluso como arquetipo, paradigma del artista vasco consciente
e íntegro, con él los "jóvenes escultores vascos"
se verán desde un principio inevitablemente emparentados.
Tenemos ya pues materia prima (vasca) para fabular una leyenda; y dadas
las resonancias fundacionales que ésta parece adquirir, sería
apropiado narrarla en la forma del Mito.
3: Excurso: primero el mito...
Prometeo, el creador de la humanidad, que algunos incluyen entre
los Titanes, era hijo o bien del Titán Eurimedonte, o bien de Jápeto
y de la ninfa Clímene; y sus hermanos fueron Epimeteo, Atlante y
Menecio. Atlante y Menecio se unieron a Crono y a los Titanes en su guerra
infructuosa contra los dioses olímpicos. Zeus mató a Menecio
con un rayo, pero perdonó a Atlante, a quien condenó a soportar
el peso de los cielos sobre sus espaldas para toda la eternidad (...)
(...) Prometeo, que era más sensato que Atlante, previó
el resultado de la rebelión contra Crono, y por tanto prefirió
luchar del lado de Zeus, persuadiendo a Epimeteo a hacer lo mismo. Desde
luego, era el más sabio de su raza, y Atenea le enseñó
arquitectura, astronomía, matemáticas, navegación,
medicina, metalurgia y otras artes útiles, que él transmitió
a la humanidad. Pero Zeus, que había decidido extirpar a toda la
raza humana, y sólo la perdonaba debido a la insistente petición
de Prometeo, empezó a enfadarse por sus crecientes poderes y talentos.
Un día en que tuvo lugar una disputa en Sición sobre
cuáles de la porciones de un toro sacrificado había que ofrecer
a los dioses, y cuáles había que reservar para los hombres,
Prometeo fue elegido para actuar como árbitro. Para ello desolló
y descuartizó un toro, y cosió su pellejo para formar dos
bolsas abiertas, que luego llenó con lo que había cortado.
Una bolsa contenía toda la carne, pero ésta estaba oculta
debajo del estómago, y la otra contenía los huesos, ocultos
bajo una buena capa de grasa. Cuando le dio a Zeus a elegir entre ambas,
Zeus eligió la bolsa que contenía los huesos y la grasa pero
castigó a Prometeo negándose a entregar el fuego a la humanidad.
Prometeo se dirigió inmediatamente a Atenea, rogándole
que le permitiera entrar clandestinamente en el olimpo, cosa que ella le
otorgó. A su llegada encendió una antorcha con el carro de
fuego del Sol y seguidamente partió un trozo de carbón candente,
que metió en el hueco formado por la médula de una gigantesca
rama de hinojo. Luego, después de apagar su antorcha, salió
sigilosamente de allí, sin ser descubierto, y entregó el
fuego a la humanidad.
Zeus juró que se vengaría (...)(5)
4: ...y luego el delito
El abuso de la grandeza existe cuando
ésta separa del poder el remordimiento...
(Bruto, en Julio César. William Shakespeare)
Dado que ya el relato fundacional nos dijera que no hay mito
sin delito (el mito como manipulación poética
de un delito ejemplar(6)),
entenderemos fácilmente por qué pronto aparecerá
en nuestra fábula postmoderna la figura de la traición:
después de un breve periodo de idilio entre el supuesto
maestro y los igualmente pretendidos discípulos, que
culminará con una exposición antológica
de Oteiza producida por la Caixa y comisariada por Txomin Badiola
en el año 1988, aquél, furioso como el Zeus de
la leyenda -desconocemos por qué oscuras razones-, terminará
acusando a los hijos díscolos de robar el fuego sagrado
y los apartará de por vida de su lado(7).
Una acusación en absoluto retórica -pues de hecho
se materializa en la publicación documental y documentada
de un texto entre delirante y cómico titulado Libro
de los Plagios- aunque sí un tanto teatral, en tanto
que el tono decepcionado de padre dolido por la falta (también
tú, Bruto, hijo mío) suena con la afectación
propia de los buenos comediantes de otro tiempo; que sin embargo,
justo es reconocerlo, resultan aburridos y poco creíbles
para el público contemporáneo, más acostumbrado
a la cinematográfica naturalidad fingida del Actor´s
Studio(8).
Pero, por otro lado, todo relato puede ser en última
instancia entendido como narración del conflicto entre
el deseo y la ley; recientemente nos recordaba Badiola en un
texto(9), siguiendo a
su vez a Lyotard(10),
cómo la dinámica del deseo se produce en la
separación, en la falta, a la que se corresponde una
petición insatisfecha (...) "El sujeto quiere lo imposible.
Quiere que la ley que lanza al sujeto hacia el abandono lo legitime".
Imposible habría sido también en su caso, en el de todos
ellos, encontrar la legitimación del Padre, cuya ley habían
infringido movidos por el deseo. Imposible además a causa de la
fuerte conciencia que tenían ya en los mismos años ochenta
sobre la situación cultural contemporánea, desde la que estábamos
viendo caer la coherencia aparente que sostenía los grandes discursos,
la obra de arte, la autoría, los sujetos centrales, unificados.
Pues todo esto tenía que ver esencialmente con la figura del padre,
tanto en un sentido figurado, psicoanalítico, como en un sentido
concreto, real: Oteiza encarnaba, una por una, todas las características
de ese mundo en ruinas, que apenas ya nos servía: el Gran Artista,
varón, blanco, herido por el genio, adelantado a su tiempo, en la
vanguardia del progreso. Y es que todo el discurso de la modernidad se
habría desarrollado dentro de unas coordenadas de claro signo masculino
y patriarcal, inevitablemente contaminadas también de la sobrevaloración
de nociones como obra de arte y autoría, que sin embargo
el discurso posmodernista, a partir de las lecturas de Walter Benjamin
primero y Roland Barthes después, entre otras, había seriamente
comenzado a deconstruir tiempo atrás.
y 5: Aprendiendo a vivir sin el padre (¿y sin el deseo?)
Hil ezazu aita, hil ezazu bertan;
ez baduzu hiltzen hilko zaitu berak.(11)
(hil ezazu aita. hertzainak, 1985)
Rey Chow en su imprescindible artículo Autómatas postmodernos
nos trae a consideración cómo el legado de
la constelación del modernismo ha de implicar, tanto
para feministas como para el mundo no occidental,
un algo más a tener en consideración
dentro de dicha herencia, que será el imperialismo en
un caso y el patriarcado en otro. Si somos conscientes de vivir
un momento de disolución generalizada de las identidades
no podemos escudarnos ya en constructos como "ser hombre" o
"ser occidental" para evitar asumir valoraciones como las anteriores:
Infringir la Ley del Padre, es por tanto una necesidad de crecimiento,
pero también de adecuación a la realidad, al presente,
ya que como el propio Badiola nos recuerda, la revuelta generacional,
la rebelión contra el Padre, a partir de esos momentos
no es tanto una lucha por el poder, por la conquista de tal
lugar de privilegio, sino consecuencia de un debilitamiento
de tal posición(12).
Una vez muerto el perro se acabó la rabia; pero los
refranes nunca lo explican todo (tampoco la filosofía,
ni la matemática). Ya hemos matado al padre, bien: y
ahora(13), ¿qué
hacemos con el deseo?
Inútil pensar que la nueva situación pudiera
devenir paroxismo corporal, impropio de un ser, cuerpo sin órganos,
como el que nos describen Deleuze y Guattari(14),
cyborg como nudo de encuentro de múltiples identificaciones
más allá del sujeto, según Donna Haraway(15),
autómatas postmodernos según Rey Chow; No somos
ya, culminado el asesinato, víctimas de la lucha entre
lo simbólico y lo real, ni entre mente y cuerpo, o naturaleza
y cultura. No ha lugar, por tanto, al mero placer(16),
si éste es entendido únicamente como respuesta
pulsional de un sistema nervioso que no se diferencia ya más
de la propia estructura social: no más yo real
ni yo simbólico en la nueva situación.
Tampoco, obviamente, si el placer es entendido como intento
de satisfacer un deseo que busca legitimación, pues ya
no hay Ley.
¿De qué placer podremos hablar entonces? No sabemos siquiera
si podemos llamarle placer, pero podemos afirmar con Haraway que la
imaginería del cyborg puede sugerir una salida del laberinto de
dualismos en el que hemos explicado nuestros cuerpos y nuestras herramientas
a nosotras mismas. No se trata del sueño de un lenguaje común,
sino de una poderosa e infiel heteroglosia.
En ese terreno -lugar de tránsito (17)-
tendremos que aprender a vivir; una nueva frontera en la que,
rodeados de nuevas preguntas para las que aún no tenemos
respuesta, convivamos con nuestras enfermedades, mostremos
nuestras heridas, pero donde podamos crear al mismo tiempo alianzas
blasfemas que nos impulsen hacia una nueva dimensión
de lo político, fuera ya del alcance de la Ley del Padre
(18).
1. Kevin Power se referiría a este hecho en
su artículo La ligereza de los ochenta, en Revista de Occidente
n.129, Madrid 1992, en un sentido que ya consideré discutible en
mi artículo Saltando las fronteras (del Estado español),
publicado en Señales de vídeo. MNCARS, Madrid 1995.
2. Victoria Combalía: Contra el aislamiento
de la joven escultura vasca. El País, 2 de febrero de 1985.
y Maria Lluisa Borras: La nueva escultura del País Vasco.
La Vanguardia, 19 de febrero de 1985.
3. Ibidem.
4. Gabriel Villota: Saltando las fronteras (del
Estado español), en Señales de vídeo .
MNCARS, Madrid 1995.
5. Robert Graves. Los mitos griegos. Ariel,
Barcelona 1984.
6. Jorge Oteiza (1982) en diagrama publicado por
Badiola, Bados, CVA y Morquillas en el catálogo Mitos y delitos.
Bilbao, Caja de Ahorros Municipal, 1985.
7. Oteiza, propósito experimental.
Fundación Caja de pensiones, Madrid 1988.
8. Realmente el fuego sagrado ya había sido
antes robado, en un sentido literal, años atrás, en una operación
colectiva también un tanto vodevilesca que consistió en la
sustracción del Museo de Bellas Artes de Bilbao de una escultura
del propio Oteiza escasamente vigilada, y que posteriormente sería
entregada de vuelta al Ayuntamiento, como supuesto depositario de la "voluntad
popular". Recordando aquel acto simbólico no podemos por esta ocasión
convenir con Marx en aquello de que toda historia sucede dos veces, primero
como tragedia y luego como farsa: hay ocasiones en que parece tener lugar
como si fueran dos actos repetidos del mismo sainete.
9. Txomin Badiola: Arreglárselas sin el
padre, en catálogo del taller de Angel Bados y Txomin Badiola,
Arteleku 1995.
10. Lyotard: El imaginario posmoderno y la cuestión
del otro en el pensamiento y la arquitectura en Pensar-Componer/Cosntruir-habitar,
Francisco Jarauta ed. Cuaderno 9, Arteleku 1994.
11. Mata a tu padre, mátalo ahí mismo;
si tú no lo matas él te matará.
12. Ib. nota 10.
13. Ib. nota 10.
14. G. Deleuze, F. Guattari: El anti-Edipo. Capitalismo
y esquizofrenia. Paidós, Barcelona 1995.
15. Donna Haraway: Ciencia, cyborgs y mujeres. Cátedra,
Madrid 1995.
16. Juan Luis Moraza: Almacén (Placer)
en Un Placer. Cualquiera, todos, ninguno. (Más allá de
la muerte del autor). Arteleku, Donostia 1991.
17. Agradezco esta poética reflexión
y parte de lo que sigue a Xanti Eraso, desde la clarividencia de "su piel".
18. Igualmente quiero incluir aquí mi agradecimiento
a Giulia Colaizzi, cuyas ponencias y textos me han servido para iluminar
un poco más el camino hacia la nueva frontera.
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