Parece conveniente iniciar la respuesta explicando las acepciones del término
queer -aplicado como adjetivo, verbo o como sustantivo, queerness-,
un término clave para desenmarañar el vínculo entre
el concepto de identidad y su relación con el de cuerpo. Se trata
de un vocablo de dudoso origen cuyos significados múltiples vienen
a ser los siguientes:
1: Extraño, raro, peculiar, excéntrico en apariencia o
carácter. Asimismo, de hábitos cuestionables, sospechosos,
dudosos/ambiguos.
2: (En la jerga propia de ladrones): malo, inútil.
3: Burlarse o poner en ridículo; desconcertar. Engañar,
estafar, hacer trampas.
4: Echar a perder, estropear.
5: Borracho.
6: Frívolo, ligero, atolondrado, timorato (feel queer).
7: In Queer Street: en dificultad, en apuros, en deuda.
8: Homosexual, marica. (1).
El vocablo queer ha experimentado un considerable rebrote en
la década anterior y esta adquiriendo en este decenio de los noventa
una revalorización sin precedentes, paradójica si nos atenemos
a los sentidos que a lo largo de la historia, al menos desde 1700, ha tenido.
(2) Alusivo, en la mayoría de los casos y de las circunstancias
a conductas impropias del orden imperante, y en particular de una orientación
sexual (la homosexual) que hasta 1969, año de la revuelta del Stonewall,
(3) carecía de un movimiento estructurado que defendiera abiertamente,
y con orgullo, (4) la diferencia de los gays/lesbianas. Queer era
un insulto, un improperio lanzado por los bienpensantes como descalificación
absoluta de las preferencias homosexuales. Su utilización en el
ámbito de la teoría sobre los géneros se vio alimentada
al ser insertado en el discurso por los movimientos gays (5) que se adueñaron
del término y lo devolvieron a la sociedad moralizante de modo provocativo.
La definición tradicional de queer contiene un sentido
político rudimentario al describir el proceso mediante el cual lo
normal se vuelve extraño. En sus acepciones antiguas, el adjetivo
queer era empleado para referirse a la distorsión y el alejamiento
de las reglas de comportamiento humano, de desbaratamiento de lo considerado
estable. De ahí que, utilizado como un sustantivo, queerness
aluda a unas constantes posibilidades de cambio y mutación.
Es un sustantivo móvil que, por su ambigüedad, hipoteca continuamente
lo que se da por sentado. Aplicado a la historia gay y lésbica pues
al fin y al cabo en ella tiene su caldo de cultivo fundamental, sirve para
teorizar el cuestionamiento de las categorías identitarias inamovibles.
(6) Se pone, de ese modo, de manifiesto que la identidad es un concepto
construido históricamente, de raíces culturales y que responde
a los valores político-sociales de un periodo o época determinados.
La identidad sexual es pues contingente, cambiante. Y, según Foucault,
se fabrica dentro del discurso en un ámbito también discursivo.
La sexualidad, como conjunto de prácticas lejos de las abstracciones
utilizadas a menudo, carece de una definición permanente. Se trata
de un complejo entramado en el que se organizan, de maneras diversas, formas
de poder ejercidas mediante el cuerpo y la generación de un campo
de afectos, sentimientos, emociones y placeres.
La sexualidad, y las prácticas que se desprenden de la misma,
así como las categorías con que son nombradas, carecen de
objetividad/autenticidad, pese a que la moral establecida está obsesionada
con dotarlas de una supuesta verdad. (7) Desde 1869, el lenguaje médico-científico
nombra a la heterosexualidad que impregna/ocupa la centralidad del discurso
y del lenguaje hegemónicos, presentándose la homosexualidad
como una desviación de la norma heterosexual. Merecedora de castigo
y perseguida legalmente en primera instancia, y considerada como patología
que se quiere curar, (8) en segundo lugar, es proscrita y difamada. La
heterosexualidad afianzada como institución, que se presenta a ojos
del mundo como la única orientación natural (a la que no
es ajena la dimensión procreadora de la misma, y su supuesta dimensión
salvadora en la continuidad de la especie humana) es, por ende (de modo
indiscutible para los detentadores de lo normativo), poseedora de intencionalidad
y validación universal.
Según Monique Wittig, autora de Le corps lesbien, "la
consecuencia de esta tendencia al universalismo es que la mente heterosexual
no es capaz de imaginar una cultura, una sociedad en que la heterosexualidad
no ordene no sólo todas las relaciones humanas sino también
la producción misma de conceptos y todos los procesos que eluden
la conciencia" (9).
No es pues sorprendente que, si hasta el inconsciente -ese espacio mental
aparentemente desprovisto de trabazones y ataduras- está anegado
por la regla heterosexual y la capacidad de soñar, y de generar
un lenguaje onírico, también están impregnadas por
dicha regla, se hayan alzado voces que definen ese régimen discursivo
excluyente como heterosexualidad obligatoria. Adrienne Rich (10)
acusadora de ese concepto, explica que resulta falaz hablar en términos
de "opción sexual", o de "preferencia sexual", ya que la desigualdad
de condiciones con que se expresa la "orientación homosexual/lésbica"
respecto de la heteronorma es de tal magnitud que queda diluida. La casi
nula presencia de las realidades homoeróticas en el campo educativo
(escuela, instituto, universidad) hace inviable que se presente la heterosexualidad
como una elección, eufemismo que esconde su abrumador y único
dominio. Especialmente si se lo coteja con las prácticas innominadas,
de ahí que "aceptar que el lesbianismo es una "preferencia sexual"
implica asumir que también lo es la heterosexualidad, es decir,
que la heterosexualidad es normalmente el resultado de una opción
libre, sin intervención de presiones sociales; presunción
que Rich niega. Se trata de una "ilusión de alternativa", de un
círculo vicioso sin salida para las mujeres, y no de una alternativa
real; un círculo vicioso porque impide saltar a un plano superior
y superador de una falsa alternativa". (11) Se colige de las reflexiones
de A. Rich un aspecto de la cuestión sexual de suma importancia:
la consideración de la heterosexualidad como institución
política. Esta necesaria politización de las existencias
sexuales de los cuerpos y de los valores sociales que producen, aunque
no borra la jerarquización de posiciones ni la represión
dentro de la representación de las sexualidades, ofrece como ventaja
el ahuyentar a las diversas orientaciones sexuales de la irrealidad del
pensamiento naturalista / encialista, centrándolo, en cambio, en
las construcciones socio-culturales. De ese modo, puede decirse que las
identidades culturales que emergen, entre otros factores, de la sexualización
de los cuerpos, están en constante transformación, dinamitadas
por las relaciones entre cultura, historia y poder. De ahí su carga
política.
En los últimos años los estudios queer han recibido
un considerable impulso y viven una feliz bonanza en algunas universidades
anglosajonas. Pecaría de ingenuo, amén de falsificador, si
olvidase que dicho auge surge de la impronta de los estudios gays y lésbicos
a los que no es ajena la influencia del feminismo construccionista, y de
aquél que trata de superar la dicotomía del binomio "naturaleza"
versus "cultura", introduciendo el concepto de performativity (una
suerte de movilidad contingente y transformadora) (12).Sería, asimismo,
reduccionista subestimar el impacto del trasfondo político del contexto
norteamericano en dichos estudios y en particular en el efecto movilizador
del activismo. Parte del mismo despierta como respuesta a la inactividad
de los gobiernos de Reagan y Bush ante el problema del SIDA, y las subsiguientes
campañas homofóbicas lanzadas por la piensa amarilla. En
el terreno del arte, las aportaciones críticas de Craig Owens y
Douglas Crimp, entre otros, señalan un giro importante frente al
formalismo rampante y la despolitización de la estética acomodaticia,
predominante (o más visible) en gran parte de la década de
los ochenta. Lejos de las simulaciones y del cansino arte de la copia y
el remedo, que había situado los planteamientos estéticos
en un limbo desprovisto del sano contacto con el punzón de la realidad
(a no confundir con realismo), la inquietud del cuerpo politizado (body
politics) golpeó a la puerta de ese hortus conclusus,
en que se refugian los estetas greenbergianos y sus adláteres. Un
cuerpo que busca una/s identidad/es, matérico, palpable, enfermo
o robustecido como posible antídoto ante la obsolescencia, y que
emerge y pide ser llevado al campo de la representación, en sus
formas más complejas.
El concepto de indentidad empieza a perder el poso de abstracciones
en que lo hablan recluido las teorías clásicas para ahondar
en las concreciones de la experiencia de lo real. No basta tampoco con
señalar, como se ha hecho en la construcción de discursos
postmodernos sobre la otredad -obsérvese que una estrategia fundamental
para deconstruir el concepto de identidad pasa indefectiblemente por reconocer
la existencia del otro- las formas múltiples que lo componen: a
saber, la fisura interna en el sujeto, la femineidad como el otro de la
diferencia sexual, y el otro racial, el de las culturas no-occidentales.
Esta insuficiencia se convierte en auténtico peligro, como señala
Abigail Solomon-Godeau, cuando lo que se pretende es desactivar ese cúmulo
de diferencias en pos de una asimilación/integración del/en
el poder establecido (el lenguado del hombre blanco heterosexual). "La
gran ventaja del término queer reside hoy en día en
la neutralidad que manifiesta respecto de los géneros y de la raza,
ya que en Estados Unidos la palabra gay viene a significar cada vez más
blanco, treintañero, varón y materialista. Por otro lado,
queer afirma una identidad que celebra las diferencias dentro de
una diversidad social y sexual más amplia. El aspecto negativo de
lo queer es su tendencia a fantasear tales diferencias; el positivo,
su capacidad para articular las complejas y cambiantes alineaciones de
clase, género, raza y sexualidad en la vida de los individuos que
con frecuencia afrontan múltiples opresiones. Lo queer es
claramente una identidad que ha surgido en respuesta a una urgencia, y
no debemos criticar que no resuelva todos los problemas que rodean la política
de las identidades sexuales. Al contrario, la pasión con que la
identidad queer se afirma debería obligarnos a pensar seriamente
acerca de la larga crisis de epistemología sexual, y las categorías
de la moderna identidad sexual, que parecen cada vez más incapaces
de ofrecer una expresión idónea a las creencias y comportamientos
sexuales contemporáneos". (15)
¿Y qué hay de España? ¿Es posible hablar
sin caer en calcos y mímesis alicortas de representaciones consistentes
del cuerpo sexuado? ¿De identidades tal vez? ¿Incluso de
un discurso queer aunque sea pasado por agua y reblandecido? En
este país que vibra todavía en los pasos de Semana Santa
con el cuerpo amortajado de un Cristo plagado de llagas, y que exuda sensualidad
carnal en gran parte de su tradición poética moderna: Luis
Cernuda, Federico García Lorca, Pablo García Baena, Francisco
Brines, a duras penas puede exhibir un panorama artístico digno
de ese nombre. Las corrientes artísticas de finales de los setenta
hasta mediados de los ochenta -Nueva Figuración Madrileña,
Neoexpresionismo a la española (Miguel Barceló), Neoconceptualismos-,
cuando de retratar el cuerpo se trataba lo hacían relegando su dimensión
sexuada/política, incidiendo por el contrario en aspectos intranscendentes,
baladíes, entre bromas y veras, buscando la ironía o el desparpajo.
(16) No es ajeno a ese desinterés la despolitización que
embargó a España con la llegada de la democracia, que sufrió
primero un encantamiento ilusionado, seguido inmediatamente por un desencanto
lastimoso, debido, entre otras razones, a la escasa incidencia transformadora
en el campo de las costumbres y de la ética (más bien al
contrario) que trajo consigo el gobierno socialista. Por otro lado, la
invisibilidad del discurso feminista en España impidió la
aparición de reflexiones artísticas desde una base teórica
fundada en la mujer. No ha habido en España artistas tan significativas
como Mary Kelly, Nancy Spero, Adrian Piper, Louise Bourgeois o Annette
Messager en lo concerniente a la configuración de una estética
identitaria de la mujer. El ralo feminismo artístico español,
amén de tardío, se siente incómodo con un término,
feminista, que conlleva un estigma del que no se ha deshecho del todo.
(17).
España, país/es de individualidades, tierra/s de discontinuos
vaivenes y de hechos diferenciales que apenas si parecen penetrar el tejado
artístico, (18) ha presenciado desde 1986 hasta 1993 uno de los
raros ejemplos de representación estética de las identidades
y sus máscaras. Me refiero al caso de Pepe Espaliú. En un
contexto socio-cultural como el español preñado de forzadas
ocultaciones y silencios, Espaliú fue tejiendo una elaboradísima
gramática, cuajada de metáforas literarias y parábolas
que, como él mismo dijo, (19) le servían de coartada para
desplazar una identidad que no quería/podía asumir: su orientación
homosexual. Revestida de alusiones al rostro, eje de la identidad y vértice
paradigmático de la persona, su obra (en su doble dimensión
artística y literaria), especialmente entre 1988 y 1989, a base
de, entre otras, veladas citas a las figuras masculinas que pululan la
narrativa y la vida de Jean Genet, constituye un punto de referencia ineludible
para analizar el via crucis, nunca mejor dicho, (20) del deseo.
El 1 de diciembre de 1992 (21) marca un verdadero hito de visibilidad
gay en el ámbito español. Inusual, por no decir casi único,
todavía hoy, cuatro años después, en un país
que confunde la discreción (22) y el derecho a la intimidad con
la negación de la realidad de los homosexuales y las lesbianas.
Un país que arrastra en sus venas el lastre del concepto de culpa
de origen judeocristiano, lo que no es poco en lo relativo al proceso de
revelación de lo oculto: la esfera de lo privado. La sacralización
de la intimidad inviolable responde en España a una suerte de acuerdo
tácito/cultural, posiblemente reminiscente del culto al honor y
a la honra, roto con facilidad cuando la persona es personaje público
o cuando las redes de sospecha entran en el disparadero del rumor
y la malediciencia.
La heterosexista cultura española, engendradora del culto al
macho, mojigata e hipócrita pese a la tolerancia de que alardea,
se ofende con facilidad. Que una persona haga pública su homosexualidad,
(23) como a diario los heterosexuales, dueños de la escena pública,
hacen palpable su condición sexual en todas las arenas, es tachado
de ostentación. Con esa actitud moralista se alienta lo que Eve
Kosofsky Sedgwick, alma mater de los estudios queer, ha analizado
acerca del secreteo, el engaño, la insinceridad y la opresión
de gays y lesbianas condenados al armario.(24)
Todas estas cuestiones, además de otras que señalaré
a continuación, no han pasado desapercibidas en una nueva generación
de artistas, surgida en los 90, cuyas obras, inmersas en los debates sobre
la identidad, exhiben el deseo homosexual/lésbico, algo sin precedentes
colectivos en la historia del arte español, salvo desiguales (en
calado y solvencia estética) excepciones: el esteta finisecular
y retratista de sociedad Antonio de la Gándara; Gregorio Prieto,
tan cercano a Lorca y Cernuda; Juan Hidalgo, un artista fundamental, principalmente
por sus trabajos sobre el cuerpo masculino, "Alrededor del pene" (1990),
sus obras pornográficas y "Biozaj" (1977), pionero del cross-gender;
algunos dibujos priápicos de Miquel Navarro; José Morea y
su serie basada en el barón Von Gloeden; Roberto Fernández
González, más conocido en círculos gays de Gran Bretaña;
Rafael Agredano y sus marineros/señoritos de Avinyó; los
guerreros ensimismados de Pérez Villalta... Lo incipiente y reciente
de estas reflexiones artísticas dificulta la extracción de
conclusiones argumentadas, pero no deja de constituir una sintomatología
de las otredad sexual. Sin ánimo pues de teorizar estos ejemplos
de luz diferente, (25) me limitaré a trazar algunas características
de ese arte que ahonda en lo gay/lésbico, como vía hacia
lo queer y a formular preguntas, dudas y apuntar alguna hipótesis.
El primer elemento que descuella es la impúdica exhibición
del cuerpo, visto con naturalidad. Es decir, el cuerpo practicante, en
interacción sexual con otros cuerpos (hombres con hombres, mujeres
con mujeres). Esta generación queer (el primer paso para
denominarse así es la conciencia de serlo) se presenta lejos pues
de la pudibundez y, lo que es más, de las estrategias de ocultación
y enmascaramiento del deseo homoerótico, a las que se han visto
abocados gays/lesbianas para eludir la presión social discriminadora
(sobre los mecanismos del ocultamiento destaca de manera sofisticada la
trayectoria de Pepe Espaliú desde 1986 hasta 1991).
El segundo viene dado por la osadía en la exploración
de prácticas sexuales no mayoritarias (si es lícito aplicar
a estas situaciones vividas en la intimidad, por lo general, una valoración
estadística): sesiones sadomadoquistas, sexualidad extrema (fist-fucking),
juegos úricos. Ello permite pensar en cierta merma en la iconografía
coital en favor de una expansión de las prácticas sexuales
marginadas incluso en la homosexualidad/lesbianismo.
Un tercer aspecto consiste en que las relaciones entre personas del
mismo sexo no se circunscriben en la esfera de lo erótico/sexual,
sino que desbordan ese marco hasta llegar a lo vivencial, lo amatorio (Foucault
consideraba que imaginar un acto sexual no conforme a la ley o a la naturaleza
establecida no es lo que inquieta a la gente -la sociedad heterosexual-,
pero que algunos individuos de su mismo sexo empiecen a amarse sí
que supone un problema para ellos), lo político, lo social. La obra
de Azucena Vieites y sus guiños/referencias a las formas culturales
creadas por las lesbianas, así como los signos de intensidad afectiva
entre mujeres es un buen ejemplo. También lo es la red comunitaria
surgida del grupo de Lesbianas Sin Duda (L.S.D.). En ese sentido, las mujeres
se adelantan en la plasmación de formas de vida ajenas a los valores
competitivos y agresivos que predominan en la sociedad actual. Las amistades
expandidas como mode de vie en las que se pueden tejer, inventar,
crear y multiplicar alianzas cambiantes y polivalentes parecen apuntarse
en algunos trabajos de los/as artistas que señalaré a continuación.
Helena Cabello y Ana Carceller, desde su doble actividad como articulistas
y artistas (26) se interrogan sobre la representación del cuerpo
de la mujer desde la existencia lésbica. Abundando en la relación
cuerpo/naturaleza (aspecto éste plasmado en las creaciones de algunas
artistas norteamericanas de los setenta) han pintado sobre la pared el
perfil tumbado de dos mujeres entrelazadas/unidas a modo de paisaje. Con
la misma técnica, dibujaron dos senos cuyos pezones enlaza una cinta.
Algunas de sus piezas basadas en las medidas anatómicas de ambas
artistas configuran un mundo autosuficiente de mujeres entre sí,
cuyos órganos sexuales establecen vínculos (véase
las dos vaginas flotando de Vista parcial, 199S). El mundo exterior (el
masculino, en particular) está ausente.
En esta línea se sitúa un trabajo videográfico
reciente titulado Un beso. Un primer plano muestra dos rostros femeninos
fundidos en un ósculo nada casto. Ambas caras exhiben sendas pecas
a juego (lo que refuerza la idea de identificación de cuerpos semejantes)
Aparecen cortadas a una altura ligeramente superior a los labios, aunque
varía en función del vaivén de la acción. El
beso cobra una dimensión pública al haber insertado de fondo
la conversación atropellada de dos mujeres. Una plática/disputa
que no avanza, y que resulta enigmática pues no se precisa cuál
es el objeto de la misma; tan sólo se distinguen algunos términos
como "problema" "provocación", "vicio de discusión".... Las
dos chicas, impertérritas, prosiguen en su beso, que adquiere un
sentido de afirmación política, pues recuerdan las acciones
de algunos/as activistas gays/lésbicas que llevan a cabo kiss-in
(besadas públicas) para mostrar su afecto y su visibilidad en
espacios de exclusivo uso heterosexual. Si las feministas exigían
que se les devolviera la noche, los gays/lesbianas quieren mostrarse sin
miedos. En este terreno, habitualmente negado, de la representación
de las lesbianas destaca el trabajo fotográfico de un colectivo,
único en el pusilánime contexto español. Se trata
de L S D, siglas que responden a variadas y cambiantes (28) denominaciones.
He aquí algunas: Lesbianas Sin Onda, Lesbianas Sobretodo Diferentes,
Lesbianas Sudando Deseo, Lesbianas Saliendo Domingos, Lesbianas Sin Dinero,
Lesbianas Sospechosas de Delirio, Lesbianas Suscitando Desorden, Lesbianas
Se Desatan... Su trabajo es la herramienta que dice de su existir y de
la crítica frente al orden impuesto. Las dos series principales
que han concebido, a saber, Menstruosidades y Es-cultura lesbiana
(1995), realizadas en un registro a caballo entre el humor y la explícita
reivindicación del cuerpo femenino, objeto y sujeto de goce para
lesbianas, han sido expuestas fundamentalmente en centros o locales de
ambiente. (29) El baile de nombres que se cobijan tras L.S.D. ejemplifica
las realidades cambiantes que forman ese colectivo de mujeres, una suerte
de nomadismo nomalista que huye de las clasificaciones y las esencias perennes,
aunque debe ser dicho para formar parte del discurso. De ahí que
jueguen/trastoquen el lenguaje con aparentes recursos al sinsentido, pues,
como ellas dicen: "hay motivos para hacer temblar las palabras" (30). Primeros
planos de una mujer desnuda, esparrancada, que luce botas y calcetines
blancos, propios de una estética ruda/urbana; escenas de sexo entre
mujeres rapadas y pintadas de una guisa tal que aleja del pensamiento la
referencia a la mascarada femenina; (31) cuerpos que disfrutan de su acción
entre sí/para sí, que impide dar paso a la veracidad de la
mirada voyeurista del macho. El suyo, al menos eso esgrimen, es
"un placer que está al margen de cualquier norma y ley que pretenda
re(in)formarnos para alcanzar y disfrutar del tan grato estatus que le
es propio a los heterosexuales Frente a sus deseos "normalizadores", las
lesbianas de L.S.D. seguimos luchando por otro mundo, un mundo que sea
nuestro, hecho a través de nuestras miradas y sobre los placeres
de nuestros cuerpos. Nuestra lucha es la disidencia a través del
goce. Desde la subversión, la perversidad la transgresión
que les produce nuestra carcajada y mirada bollera". (32)
Si bien pudiera sorprender la exultante apología del cuerpo lésbico
(33) que hacen L.S.D. por lo infrecuente y, sobre todo, por lo acostumbrado
que estamos al prisma hegemónico sexista/heterosexista que obstaculiza
la autonomía corporal de la mujer, esa sorpresa desaparece cuando
se trata del cuerpo homosexual masculino. ¿Por qué esa diferencia?
Son muchos los mitos sobre la hipercorporalización que se les supone
interesadamente a los gays. "Ser sobre todo cuerpo significa dejar de ser
otras cosas; abandonar la posibilidad de existencia en esferas distintas
de la material. Significa, en ocasiones, no poder acceder al verdadero
estatuto humano; perder la posible dimensión ética social
o política de la existencia". (34)
Avisados del peligro, sería también un retroceso, y una
concesión al puritanismo, negar la dimensión hedonista que
pueden deparar las prácticas sexuales gays. Ese es el territorio
en el que trabaja Jesús Martínez Oliva. Me interesa especialmente
su serie innominada de dibujos, iniciada en 1995, sobre fantasías
sexuales. Sobre un fondo de rayas, trazos y emborronamientos que comunican
una áspera sensación en la piel y mucho nervio (por la agilidad
con que han sido dibujados) emergen cuerpos de hombres (algunos incompletos:
un torso, glúteos y piernas...), de identidad ignota, por estar
de espaldas a quien mira o por carecer de rasgos faciales. Las prácticas
que ejercitan dichas figuras entran en un terreno, si no de lo impensable,
sí de lo impracticable, cosa ésta de lamentar en cuanto a
las posibilidades (¡ay, limitadas!) que un cuerpo ofrece. Martínez
Oliva muestra torsos cuajados de anos -Sin título (1994) (¿será
esto un antídoto revulsivo frente a los miedos heterosexuales de
ver, aunque sea de modo figurado, sus cuerpos penetrados?), (35) escenas
de fist-fucking simple o doble, e incluso de un inverosímil
head-fucking. Ante tamaña exhibición impúdica
(36) de masculinidad gay descuella, por lo inusitado, el toque drag de
uno de los dibujos: dos piernas sinuosas, rematadas por un ostentoso orificio
anal, descansan sobre zapatos de tacón de aguja (de la serie Homofobia
+ misoginia, de 1995). Una cuestión ésta -los meandros del
cross-gender- en España (salvo alguna pieza como los pelucones/plataformones
de Ana Laura Aláez, y pocas más) permanece casi virgen, pase
a la excelente tradición (37) de transformistas, travestís,
transexuales y un prometedor aluvión de drag-queens: términos
a no confundir y mezclar. Desde una óptica heteronormativizadora
descuella, eso sí, la utilización aviesa y torticera que
los medios de comunicación están haciendo de las drag
queens para alimentar el boche de los carroñeros teleadictos
(38). Ampliar los limites de la sexualidad en plena época del SIDA,
y del sexo seguro, y los condicionamientos que ello acarrea, como parece
decir Martínez Oliva, es santo de la devoción de otro artista
de sensibilidad queer. Me refiero a Alex Francés. La suya
es una obra imbuida de corporalidad desde hace varios años, aunque
recientemente ha optado por ofrecer un sesgo inexplorado por estos lares.
Se trata, en algunos casos, de fotografías en color centradas en
las relaciones sadomasoquistas, y en el entramado de vínculos que
desprenden. Un terreno casi yermo en el arte español, (39) con la
salvedad de algunos trabajos de Pepe Espaliú, más metafóricos
y de substrato psicoanalítico. La mirada de Alex Francés
muestra hombres desnudos cubiertos con una capucha de lycra (lejos pues
de la fascinación fetichista que rezuma el cuero), cuyas bocas y
penes se unen por un tupo de goma, de usos industriales, lo que les dota
de un cariz indebido y casero a la vez, como de una precariedad de bricoleur
cotidiano, inexistente en los sofisticados rituales SM que describe
con precisión Gayle Rubín.(40) En otras tomas de la
misma serie, se transmite la vulnerabilidad del hombre maniatado,
tumbado sobre cartones, exponiéndose a la mirada escrutadora,
lo que facilita el autor al situar esta pieza sobre la pared
a una altura muy inferior a la habitual, alimentando así
una escoptofilia en picado, sometedora. Esta sexualidad tabú
cobra en la obra citada un realce inesperado en el binomio entre
actividad/pasividad en el hecho de que la supuesta víctima
(el hombre) goza de una situación de autosuficiencia y autoconocimiento:
el conducto que enlaza boca y pene no deja mucho espacio para una
intervención/invasión exterior a lo representado.
¿O acaso Alex Francés apunta a una sexualidad basada
en el intercambio de líquidos corporales como en su pieza
Cable húmedo (1996)? Búsquedas, en definitiva, de
formas heteróclitas que abren el agotado y opresor espacio
de la sexualidad domesticada. Está por hacer, esto
es sólo un simple apunte, una historia cultural/política
de la representación de los cuerpos sexuados en el arte español.
Lo no- dicho, lo repudiado, lo diferente (41) (¿sería
ésta una traducción apropiada para queer?), lo
excluido por el orden heterosexista puede deparar substanciosas
interpretaciones y echar luz sobre lo ignoto. Las jóvenes
generaciones que gestan lenguajes acerca de la transformación
de los cuerpos (en ese sentido, las aportaciones de Itziar Okariz
sobre la piel (Bodybuilding) y los injertos de pelo son de notable
interés), o sobre formas de vidas apartadas de las reglas
(como lo son las referencias a la cultura lesbiana, más allá
de la sexualidad, presentes en la obra de Azucena Vietes) no pueden
permitirse desconocer a quienes les precedieron. Y para ello,
los estudios sobre la identidad desde las proteicas y disidentes
propuestas radicales de lo queer pueden ser una plataforma
idónea, y no una simple receta.
Notas
(1) The Oxford English Dictionary, 2ª edición, Vol.
XII, Oxford Clarendon Press. 1989, País: 1014-15.
(2) "The Trocable with Harry Thaw", de Martha M. Umphrey en Radical
History Review. Nº 62, Primavera 1996, Págs: 16/17.
(3) El amotinamiento del Stonewall Inn, un bar de Greenwich Village
frecuentado por gays, lesbianas, travestís y transexuales, se dio
a raíz del continuo hostigamiento/represión de la policía
de Nueva York. En la noche del 27 al 28 de junio de 1969 se dieron los
primeros pasos para el surgimiento del movimiento gay organizado.
(4) Las manifestaciones del Ola del Orgullo Gay/Lésbico -Gay
Pride- son actos festivos y políticos. El término orgullo
se emplea a modo de compensación/reivindicación de una sexualidad
y unas formas de vida estigmatizadas. Estar orgulloso de ser gay/lesbiana
equivale a afirmar el sentimiento de autoestima de una opción sexual
envilecida/culpabilizada por el discurso heterosexista.
(5) Los años 90 han visto nacer organizaciones gays radicales
como Queer Nation (Nación marica/bollera), y Outrage
(Escándalo/Ultraje) como respuesta a la escalada de violencia homofóbica
y discriminaciones de toda laya. La cuestión del outing (desenmascarar
a aquellos homosexuales/lesbianas) que mantienen actitudes homofóbicas,
por paradójico que ello suene, es una estrategia utilizada por algunas
organizaciones.
(6) Judith Butler, Gender Trouble. Feminism and the Subversion of
Identity, Londres, Routledge, 1990. Es éste año de los
estudios capitales sobre las transformaciones aplicadas a los géneros
(en el sentido de gender) desde la crítica al inmovilismo de la
matriz heterosexual y a la metafísica del discurso hegemónico.
(7) La obsesión por hallar una verdad inalterable en la sexualidad
es deconstruida por Foucault. Véase "Le vrai sexe", reproducido
en Michel Foucault, Dits et écrits. 1954/1988. Vol IV, Paris,
Gallimard. 1994, Págs: 115/123
(8) La Organización Mundial de la Salud (OMS) mantuvo a la homosexualidad
como enfermedad hasta 1991 Véase "La sociedad gay: una invisible
minoría", de Juan A. Herrero Brasas en Claves de Razón Práctica.
nº 36, Madrid, Octubre 1993, Págs: 28-30
(9) Monique Wittig, The Straight Mind and Other Essays. Nueva
York/Londres, Harvester Weatsheaf, 1992, Pág: 28.
(10) Adrienne Rich, Compulsory Heterosexuality and Lesbian Existence
(1980) reproducido en Blood, Bread and Poetry. Selected Prose 1979/1985.
Nueva York/Londres, Norton, 1986.
(11) Maria Milagros Rivera Garretas, Nombrar el mundo en femenino,
Barcelona, Icaria, 1994. Pág: 127.
(12) El concepto de performativity, alusivo a una dinámica
metamorfoseada y nómada de los valores/roles/patrones dados culturalmente
a los sexos, es objeto de estudio de Judith Butler en Gender Trouble
y Bodies That Matter. On the Discursive Limits of "Sex", Nueva York,
Routledge, 1993.
(13) El culto desmedido al cuerpo ha vuelto a florecer coincidiendo
con los efectos devaluadores de la salud provocados por el Sida y la cultura
que ha generado. Gimnasios y centros de mantenimiento conviven con un sinfín
de métodos de embellecimiento del cuerpo masculino y femenino.
(14) Abigail Solomon-Godeau, Mistaken Identities, Santa Barbara,
University art Museum/University of California, 1993 Pág: 20. Texto
correspondiente a la exposición del mismo titulo.
(15) Simon Watney, "On Outing" en Artforum, Nueva York, Noviembre 1991,
Pág: 17
(16) Los ochenta vieron en España la aparición de un arte
pictórico figurativo, plagado de un sentido del humor intranscendente.
El tratamiento del cuerpo, a veces visto desde la ambigüedad que transmite
el disfraz y las máscaras (Carlos Alcolea, José Morea), carecía
por lo general de intencionalidad sexuada. A lo sumo, se le engullía
en un indeterminado y escasamente acerado sentido del erotismo en la pintora.
(17) El feminismo ha sido proscrito en el arte español contemporáneo,
hasta fechas muy recientes, a regiones invisibles. Véase el texto
de Mar Villaespesa en el catálogo 100%. Sevilla, Junta de Andalucía,
1993 Págs: 16-27.
(18) No deja de ser sintomática la inopia / el pasotismo de gran
parte del arte realizado en el Estado Español en los ochenta. Cuestiones
como la cultura de la violencia / terrorismo, la problemática del
hecho diferencial, la marginación racial, la dialéctica de
los sexos, y un largo etcétera de problemas sociales no parecen
haber dejado huella en el tejido de la representación, salvo excepciones
recientes (Marcelo Expósito, Stand Itinerant, Pepe Miralles, Carmen
Navarrete...).
(19) Pepe Espaliú, "Retrato del artista desahuciado" en En
estos cinco años (1987-1992), Madrid, Estampa, 1993 Pág:
13.
(20) La obra de Espaliú no disimula una vertiente espiritual,
presente tanto en las alusiones a ciertas parábolas religiosas,
las referencias a la idea de elevacón o de levitación, así
como a su estima del sufismo de Yalal-al-Din-Rumi.
(21) Declaración pública de la homosexualidad de Pepe
Espaliú en su texto "Retrato del artista desahuciado", El País,
1 de diciembre de 1992.
(22) Bajo el señuelo de la discreción se ocultan en España
realidades sangrantes, verbigracia, el reconocimiento de la seropositividad,
y especialmente la homosexualidad / lesbianismo. Así ha sucedido
con personajes públicos de la cultura, por ejemplo Jaime Gil de
Biedma, Fabià Puigserver, con lo que se transmite la idea de que
se avergüenzan de su condición, pues es en sí misma
algo deshonesto. ¿Por qué esa apología de la discreción
y el respeto a la intimidad no afecta a los heterosexuales que no se ven
forzados a embozarse bajo ninguna capa púdica? La respuesta estriba
sobre todo en que se identifica el espacio público, en su variadas
facetas, con la norma heterosexual.
(23) El reciente Día del orgullo gay deparó algunas reacciones
en la prensa. En el montaraz periódico valenciano Las Provincias,
del 2 de julio de 1996, Ramón Palomar, en un tono zafio, se expresaba
de esta guisa: "A mí me da igual que sean gays, aunque se
me antojo alucinante y algo ridículo que un señor se enamore
de otro señor con bigote, que si se fijan ustedes en las parejas
gays siempre hay uno con bigote (sic). Lo que me carga es la exhibición
gratuita, la necesidad de publicitar su gusto rosa, el victimismo con que
empapan sus mensajes", ¿Acaso alguien tacharía de "exhibición
gratuita" que un hombre y una mujer se hagan arrumacos por la calle, o
se cojan de la mano?
(24) El armario, símbolo de la ocultación forzada de la
homosexualidad/lesbianismo por razones de discriminación social,
de profundo calado histórico, proyecta una sombra tan larga y de
tantas consecuencias que no se erradica con la igualdad de derechos, cosa
que todavía en España se está lejos de haberse conseguido.
Véase el fascinante estudio de Eve Kosofsky Sedgwick, Epistemology
of the Closet, University of California, 1990.
(25) El catálogo más completo sobre la influencia de lo
queer en el arte ha sido preparado por Nayland Blake, Lawrence Rinder
y Amy Scholder, In a Different Light Visual Culture, Sexual Identity,
Queer Practice. San Francisco, City Lights Books, 1995.
(26) Ana Carceller y Helena Cabello han publicado diversos artículos
sobre feminismo, lesbianismo y arte, en Diario 16. Véase, asimismo,
su texto "La bella despierta o de cómo no se necesita ser besada"
en Territorios indefinidos. Discursos sobre la construcción de
la identidad femenina. Elx. Museu d´Art Contemporani 1995, Catálogo
concebido por Isabel Tejeda.
(27) Reordenacions. 10 anys d´art contemporani a l´Artesà
de Gràcia. Ajuntment de Barcelona, 1995.
(28) Fefa Vila, miembro de L.S.D. disertó sobre la movilidad
de la identidad lesbiana como freno a las relaciones jerarquizadas y a
los modelos hetrosexuales conocidos en una mesa redonda organizada por
el club Faro de Vigo el 28 de Junio de 1996. Cfr. "Las lesbianas están
a años luz de lo que han conseguido los gays en España",
artículo de Juan Carlos Alvarez en el periódico Faro de Vigo,
Vigo, 29 de junio de 1996.
(29) Amén de locales de gays y lesbianas, las fotos fueron ampliadas
y proyectadas sobre calles y plazas durante la celebración de la
EuroGayPride de Copenhague (junio de 1996) Se publicaron balo el
titulo "Desnudar el desnudo" en la revista El Viejo Topo, nº 91, Barcelona,
Diciembre de 1995. pp: 56-64.
(30) Ibidem, p: 61.
(31) Desde el escrito de la psicoanalista británica Joan Rivière,
"La femineidad como máscara" (1929), se entiende por masquerade
(máscara/mascarada) la tentativa por parte de las mujeres que
aspiran a cierto grado de masculinidad y a compartir el espacio del hombre
a adoptar la máscara de la femeneidad (gestos, actos, actitudes,
comportamientos, reacciones ...). Lo hacen para alejar la angustia que
ello les provoca, pues se ven a sí mismas, por condicionamientos
socio-culturales, como usurpadoras, y también para evitar la probable
venganza del hombre.
(32) El viejo topo cit. p:59.
(33) Un ejemplo de iconografía lésbica no centrada en
la exaltación del cuerpo, sino en resaltar el vivir entre mujeres,
y en la cultura que ello genera lo tenemos en la obra de Azucena Vieites.
Sus piezas aluden a películas lésbicas, al Festival de
cine gay y lesbiano de Paris y a la obra de otras artistas como Delia Grate
o Zoe Leonard. Cfr. La revista feminista erreakzioa-reacción, Bilbao,
1995.
(34) "La reconstrucción del cuerpo homosexual en tiempos de sida"
de Ricardo Llamas en Construyendo identidades. Estudios desde el corazón
de la pandemia, Madrid, Siglo XXI, 1995. Pág: 154.
(35) Sobre dichos temores, cfr. "Saut d´homme. De identidades
conflictivas, paranoias misóginas y penetraciones anales", de Juan
Vicente Aliaga en Stylistica. Revista Internacional de Estudios Estilísticos
y Culturales, Nº 4, Monográfico sobre Cultura Homosexual, Sevilla,
Facultad de Filología, 1996, pp: 15-21.
(36) Esa impudicia no pudo lucir su esplendor en la sala que le correspondió
a Martínez Oliva en el Centre del Carme del IVAM valenciano. La
selección de dibujos, a cargo de Teresa Blanch, evitó las
piezas más extremas, Cfr. Els 9O en els 80. Proposta d´Escultura
Valenciana. Valencia, 1995.
(37) Cfr. Jesús Alcalde/Ricardo J Parceló, Celtiberia
Gay, Personas, Barcelona, 1976.
La revista madrileña Shangay Express da cumplida cuenta de la
vida de los/as drag-queens. Cfr. "Cómo ser drag-queen en
España y no morir en el intento", de Miss Shangay Lilí en
Entiendes, nº 42, Madrid, julio-agosto de 1996, pp: 16-19. Se trata
de la revista del colectivo gay COGAM.
(38) La avalancha de programas y espacios televisivos basados en la
insignificancia y el morbo rastrero ha alcanzado cotas insospechadas en
la temporada 1995/96 con Esta noche cruzamos el Mississipi, en la
cadena Tele 5, presentado por Pepe Navarro.
(39) En Norteamérica, destaca ante todo la serie pionero de piezas
de cuero (capuchas/máscaras S/M) de Nancy Grossman, desde finales
de los 60 Catherine Opie, Nayland Blake y Monica Majoli, entre otros,
se han aventurado en los 90 por territorios extremos en su proteicas variantes.
(40) Sobre las prácticas SM, cfr. "El universo leather" en la
revista gay Mensual. Nº 69
Barcelona, Junio 1996; Gayle Robín "1970s The Catacombs: A temple
of the butthole" en Leatherfolk, Radical Sex, People, Politics and Practice,
Boston, Alyson, 1991, pp: 119-141
(41) La sequía existente en el Estado Español sobre estudios
gays y laicos, o simplemente perversos, se vio paliada, en cierta medida,
por la extraordinaria labor de la editorial barcelonesa Laertes, en los
años ochenta, en su colección "Rey de Bastos" dirigida por
Alberto Cardín, rara avis de la cultura diferente. Textos de Richard
Dyer, René Scherer, Copi, Appolinaire y Emmanual Cooper (Artes plásticas
y homosexualidad), entre los foráneos y, Lluis Fernández,
Rafael Carrasco, Biel Mesquida y el propio Alberto Cardín, entre
los autóctonos, representaron un resquicio de libertad sexual teorizada/novelada/poetizada
en medio del páramo editorial español.
Algunos indicios de cierto cambio de rumbo en la actualidad: la reactivación
de Laertes con la próxima publicación de La cátedra
rosa. Estudios gays y lesbianos en España (título
provisional), compilación de Xosé M. Buxán Bran; el
lanzamiento de la primera editorial gay/lésbica española,
Egales; una nueva colección de estudios queer promovidos
por la editorial barcelonesa Llibres de l'Index/Libros de la Tempestad;
la traducción de La herejía lesbiana de Sheila Jeffreys en
la estupenda colección "Feminismos" de Cátedra; la publicación
en Estados Unidos del interesante ensayo del profesor murciano Juan A Suárez
Bike Boys, Drag Queens and Superstars editado por Indiana University
Press. ¿Habrá pronto versión castellana?
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