"Imagina que cada uno escribe su relato; imagina que cada
relato es autobiográfico; imagina que muchos personajes aparecen
en varios de los relatos, y que, sabiéndolo, actúan de modo
que sus actos modifiquen el relato del otro, además del suyo; Imagina
que todos tienen conciencia de éstas simulaciones"
Quizás sea diferente alimentar el ego que alimentarse con él,
pero si los antiguos decían que eres lo que vistes, los modernos
que eres lo que comes. Quizá sea cierto que no somos más
que el órgano sexual de la máquina, pero entonces somos además
el aparato digestivo de la comida. Así, el festín es una
labor de los invitados para invocar la comida. Juntos, en su indiferente
o apasionada dedicación, componen una auténtica factoría
de digestiones, un oficio de templos internos donde el propio manjar, ebrio
de su poder, ritualiza la existencia de quien de ese modo queda reducido
a su condición laboral, a comensal. El poder del manjar niega la
intimidad del comensal, mientras éste genera una trama que reinstaure
míticamente su naturaleza libre. Así, los comensales pretenden
invocar la fiesta, la divinidad, mediante la comida ...Interpretan el manjar
como ofrenda para aquello que desean se manifieste. El manjar invoca lo
ausente, sugiriéndolo como objeto compartido, como lugar de encuentro,
como tiempo común. Así, se esmera el cuidado de éstas
garantías hierofánticas, tanto como se cuida la cantidad
de éstos manjares, pues cada comensal espera ser halagado con ciertos
privilegios. Una radical inversión simbólica que reinstaura
el equilibrio del movimiento inerte, pues fatalmente, son el rito mismo,
la ficción del festín y la fiesta, quienes invisibilizando
la inversión simbólica, retraen al comensal en su oficio,
haciendo del exceso y la gratuidad lugares comunes. El deseo viene dictado,
cómplice.
No es el holocausto heroico, en el que toda la comida se quemaba para
alimentar con ese humo a los dioses. Ni el festín olímpico,
donde los restos reservados para el oferente, rescatados de la parte de
los inmortales, crecieron progresivamente. Es un banquete romano, donde
el lejano destinatario es la comida, y la pira de sacrificio, el cuerpo.
No hay amenazas que lanzar, no pactos que cerrar, ninguna batalla que testificar,
ninguna alianza pendiente, ninguna expectativa.
El poseso se convierte en altar vivo, en soporte del sacrificio, una
forma enervada en la agitación interna de un cuerpo inmóvil,
que se organiza a través de un modo de comunicación: el festín
es reparto, administración, Derecho, signo.
Vegetales cuidadosamente cultivados y recolectados, animales cuidadosamente
alimentados y desollados, tierra sometida al fuego, al aire, al agua. El
origen del manjar escribe eso que antes fue antigua cosmogonía,
y después, gastronomía. Una violencia ancestral interesada
en un instante ritual importa el tiempo. Conviene repetir cada acción,
establecer un ritmo que gobierne, mediante gestos esparcidos y diferidos,
la comida como representación simbólica de la digestión:
Solemnidad traducida en mezcla y lentitud, en frenesí y quietud.
Es necesario que aparezcan la memoria, la palabra, la leyenda, la risa
fingida junto a la más espontánea, la disolución de
una máscara en otra, el juego mutuo de relaciones escondidas, la
multiplicidad de puntos de vista, las miradas ácidas que cruzan
la mesa disolviendo momentos, movimientos, los cambios de humor, la atención
a la estancia, al interior de ese templo que oficia un horizonte a la altura
del estómago.
El manjar es pues invocado, preparado, engalanado, y finalmente, mediante
exactos o rudimentarios movimientos, conducido al umbral del cuerpo: El
manjar se arrastra, repta como húmeda serpiente enroscándose
en un giro ritual semejante a un vórtice caótico que se precipita
hacia el centro del templo. La diferencia entre el comensal y la comida,
entre el recinto y la ceremonia, entre la estancia y el comensal, queda
suspendida. Todo se pone en movimiento en esta fiebre de la rocalla vital,
donde la existencia semeja un frenesí laborioso fuera de lugar,
un retorcido abalorio con pretensiones muy por encima de su condición...
Una glosa de las sensaciones más recientes, como comer en público
con un estómago transparente. Ebriedad y resaca juntas de la mirada
clásica, capaz aquí de incorporar el conflicto, la obscenidad
de lo chabacano, la mediocridad de las más tontas inercias pasionales
e intelectuales, de los más cándidos juegos de poder de un
poder impotente de otra cosa que no sea jugar a ser sin existir. Este recinto
sagrado, ésta estancia cotidiana es obscena como un refrán
popular, pues como un espejo biselado, funde cada personaje con su asiento,
y la mirada misma en el espejo con la escena en la que ya no sabe quién
a quién mira, o si es algo lo que ven. La vida, borracha de sí
misma, se somete a la mirada clásica, capaz de ver como fragmento
de una mirada futura cada retazo de sí. Ebriedad digestiva que cumple
el destino y la fuerza del manjar, al que fatalmente se somete el comensal,
oficiando su sumisión, en la fiesta, al hábito. La gravedad
de lo cotidiano se disuelve, se hace liviana en el éxtasis aéreo
del rito, pero al mismo tiempo, aparece una nunca más vívida
evidencia del cuerpo, de su pesadez, de su henchido y crujiente interior,
de su existencia real. Todo el instante, un festín infinito es arder,
el cuerpo como hogar. Un fuego tiempo.
Pero la fiesta es apenas lo cotidiano multiplicado por sí mismo.
La excepción que realiza el hábito hasta el punto de simular
no reconocerse. Un tránsito fugaz por el abismo que une el acontecimiento,
la costumbre, el hábito y la rutina. Como la niebla, que tiembla
cada mañana al reconocerse en el espejo, la máscara no sabe
si considerar su reflejo un rostro. Pero la rutina es un estómago,
el rito del culto al manjar, el festín y la fiesta como oficio.
Probablemente, si la vida no estuviera exageradamente ávida de
sí, hace tiempo que las piedras dominarían la tierra. Dudo
que no sea desde hace tiempo así. Pero a pesar de todo, con todo,
en todo, briznas de algo que seguimos llamando humano, o demasiado humano,
aquí y allá, se convierten en necesarias porque no cesan
de escribirse. Lo cotidiano abole la contingencia en la contingencia, pervierte
aquello que cesa de no escribirse. Es el poder implacable, dionisiaco,
apolíneo, terrible del manjar. Aquello que por miedo no desea morir
y así, finalmente, es incapaz de otra cosa que no sea proyectar
la muerte. Y es que la vida es indiferente a nuestro interés; como
continúa sin uno y con los otros, sin consideración, el hábito,
siempre egocéntrico, apuesta por comenzar por la muerte y contra
los otros. Comienza por inventar un infierno que le divinice en la diferencia.
Sí, es posible habitar en el paraíso, pero apenas deseable;
Además, finalmente, no existe otro paraíso que el lugar donde
se anhela otro lugar, el lugar desde donde uno desea escapar, y donde se
llega al mismo tiempo que el espejo se desvanece la imagen: La imagen que
se desvanece del encuentro del lugar donde se llega o del que se sale:
Belleza, felicidad, promesas y recetas... diferir y estimular el deseo
en modos acordes con el espíritu del tiempo, con el espíritu
del hábito. Entonces, el paraíso es un momento naturalmente
instantáneo, situado entre la consciencia de una posibilidad, y
la certeza de su ausencia; El instante en que uno -voluntariamente o no-
sale del paraíso: No es, el paraíso era, siempre era.
Lo ya visto, y lo nunca visto son cadenas de reconocimientos y no reconocimientos,
que en el encuentro con lo sublime o lo cotidiano, por un momento, súbitamente,
se sorprende ante la densidad de algo para lo que no se sentía preparado.
Es la exquisitez del cuerpo troceado, sin cuerpo, y también la belleza
del horror. Una mirada puede rehabilitar lo espantoso, pero más
difícilmente delatar la terribilidad de lo sublime. Epensar en un
delito. Aquí la victima asiente, y sólo existe un instante
fugaz e impreciso de violencia dulce.
Es fácil imaginar una réplica, un simulacro de la belleza
clásica, su conversión en artificiosidad, en manera... Pero
es fácil porque resulta más difícil advertir el simulacro
de la belleza clásica, su alma siniestra, sus mecanismos de falseamiento,
su violencia fundacional, castradora y castrense, sus sistemas de autoproclamación,
fetichización, su naturaleza fragmentaria... Su poder, basado en
una jurisprudencia delictiva, se mantiene en el ocultamiento mismo de su
origen, en su situación mítica fuera del tiempo. Sí,
lo bello no huele, ése es su hedor: un perfume anestésico
que oculta su misma inercia digestiva, destructiva. El hedor de lo bello
no huele. Pero el poder clásico de lo bello halla estrategia en
los defensores de lo feo, futuros oferentes del sacrificio, nuevos comensales
que en su festín iniciático están obligados a enfangarse
en el olor de lo inesencial, revolcándose en la obscenidad del interior
para ganar su lugar en el rito. Es el momento del encuentro, en el que
el pasado se contempla en el futuro, y se complace al observar cómo
la inercia destructiva no sólo no le afecta, sino que además
confirma su poder, su predestinación, su herencia.
¿Existe otro lugar al otro tiempo del espejo? ¿Sucede
un tiempo sin hábito de modo tan sutil que discurre discontinuamente
en la continuidad de lo cotidiano? Y si sucede, ¿es apenas apreciable?
¿Puede diferenciar realmente algún original paraíso
y alguna decaída copia? ¿Donde el pasado y dónde el
presente?
Cuando uno se encuentra en el hábito, puede decir, sin equivocarse:
«aquí yace el presente»...
Roma, 1992.
|