«Se debe rebasar toda forma de pseudocomunicación
hasta su destrucción final, para alcanzar algún día
una comunicación directa y real (desde nuestra hipótesis
de trabajo sobre el más alto objetivo cultural: la situación
construida). El triunfo espera sólo a aquellos que sean capaces
de generar auténtico desorden sin amarlo en absoluto».
Guy Debord, Tesis sobre la revolución
cultural.
Resulta sintomática la indignación de muchos. Algunos
critican la aspereza de la curator con los periodistas, otros la
escasez de pintura y medios tradicionales, otros el exceso de teoricidad
del planteamiento, otros la nula concesión al espectáculo,...
Incluso aquellos que más próximos e identificados se reconocen
critican, por ejemplo, el montaje de algunas de las piezas clásicas
-Richter, Lygia Clark ...- o por ejemplo la forma en que se han presentado
in situ los web projects, como en un contexto de oficina. Personalmente
añadiría a esta larga y legítima lista la sorprendentemente
baja calidad, en mi opinión, de los artistas jóvenes elegidos,
lo que contrasta vivamente con la de los más asentados, auténticos
puntos fuertes de la tradición crítica del arte de nuestro
tiempo. A decir verdad, parece que el equipo de curators ha tenido
muy escaso acierto a la hora de reconocer en qué obras y autores
emergentes despunta una u otra línea de deriva de esa tradición
crítica -cuyos nodos genealógicos, en cambio, han cartografiado
con toda precisión.
Pero todo este conjunto de críticas, con ser más o menos
válido, yerra por completo en lo fundamental. Quiero decir que lo
que realmente se ha planteado en esta edición de la documenta es
algo tan crucial e importante que a su lado cualesquiera de todos esos
presuntos fallos -en realidad, podrían verse en ellos justamente
sus mejores virtudes- palidecen como meras cuestiones accesorias e irrelevantes.
Contemplándolas a la luz de la constelación de cuestiones
centrales, encontraremos que son el resultado de una lógica de estricto
compromiso, de mera coherencia crítica. Aunque sólo sea porque
por primera vez en mucho tiempo se ha hecho honor a esa olvidada virtud
-la de la coherencia crítica- esta edición de la documenta
nos merece todos los reconocimientos.
Pondré sólo un ejemplo. ¿Cómo es posible
que se le reproche su poca concesión a las lógicas del entretenimiento
y el espectáculo? -y no me refiero ya al hecho de que la curator
sea considerada simpática o antipática, o ni siquiera al
estilo extremadamente minimalista de todo su proyecto de imagen
y comunicación pública, sino al mismo tono de las obras expuestas,
a la renuncia a las grandes realizaciones emblemáticas y a la propia
dureza del discurso de presentación, de los marcos interpretativos
propuestos. Por una razón muy clara: la absorción plena por
las lógicas del espectáculo de las formas contemporáneas
de la cultura de masas hace evidente que el intento de resistencia que
la documenta ha ensayado expresa en realidad un carácter antinómico
-de su propia condición institucionalizada-: un efecto de autonegación.
Frente al orden de complejidad en el pensamiento -resuelto en una propuesta
simultáneamente poética y política, estética
y programática- que tal efecto impone, las salidas simplonas habrían
preferido siempre o el pragmatismo cómplice -o el puro y mero rechazo.
La documenta «no» puede no ser espectáculo puro. El
rizo ético que consiste en trabajar en un orden antinómico
despierta, inevitablemente, sospechas de uno y otro lado. Y, sin embargo,
sólo moviéndose en él puede, en nuestro tiempo, mantenerse
un mínimo espíritu crítico. Uno puede trabajar en
el centro mismo del dominio institucional de lo artístico -e incluso
tener que hacerlo desde la plataforma que con los años y las ediciones
se ha convertido en máxima expresión del espectáculo
de lo artístico en las sociedades contemporáneas. Y sin embargo,
puede hacerlo para justamente allí poner en cuestión semejante
condición -a costa entonces de hacer una especie de antidocumenta,
de (no)documenta, algo cuya intencionalidad el logo tachado por el número
de la edición expresa bien.
Ese efecto de autonegación es sobre todo perceptible en
la selección del conjunto de los autores y obras. No se trata simplemente,
en todo caso, del efecto de autonegación de la apariencia estética
característico de la tradición de la vanguardia, y tampoco
de ese equívoco aparecer de la obra como «documento»
-bajo cuyo auspicio, en todo caso, más que de autonegación
habría que hablar de desplazamiento: de un desplazamiento que pondría
la condición de lo artístico no en el objeto, en la obra
producida, sino en el «proceso», la «actitud» o
la «actuación» del -¡todavía!- «artista».
Más allá de ello, las obras reunidas en la documenta son
mostradas (aunque esto no sea en momento alguno explícito: tant
mieux) con una vocación de autonegación mucho más
radical. Como constelación de conjunto, muestran el carácter
inmerso en el sistema general de la imagen técnica del universo
[in]específico de lo artístico. Dicho de otra forma: la cumplida
disolución de su existir separado -que vive exclusivamente el tiempo
prestado de su mera inercia institucional, en mercado y museo. Bajo ese
punto de vista, la imagen «artística» es presentada
indiferenciadamente en el sistema general de la imagen técnica de
las sociedades actuales -y obviamente al respecto la importancia del empleo
del soporte fotográfico es absoluta- y es sólo distinguible
de él por su intencionalidad «política». ¿Cuáles
son las características de esta «politicidad» -que caracteriza,
a partir de su inmersión en el sistema general de la imagen técnica,
a la producción que podemos pese a todo seguir denominando «artística»
(bien que aceptando la ya referida lógica antinómica a que
queda inevitablemente sometida tal denominación)? Una politicidad
en todo caso bien peculiar.
Obviamente, no se trata de aquella «politización del arte»
en que pensaba Benjamin -aún cuando resulta indiscutible que el
momento más acertado de su célebre diagnóstico sobre
la pérdida del aura fue precisamente aquél en predijo esa
«politización» a partir del desplazarse de los rituales
de lo artístico desde lo cultual al seno de una industria
de la conciencia consagrada al servicio de la cultura de masas. No se trata
en efecto de apostar por un arte que subordine sus contenidos a los de
la esfera de lo político. Más bien al contrario, se trata
de territorializar políticamente todo aquello que cae fuera de la
administración de dicha esfera; o, dicho de otra manera, de restaurar
el potencial político del arte en un contexto en el que ni la de
lo político, ni la del arte, encuentran fundamento crítico
para mantener la necesidad de existir en tanto esferas separadas.
Dicho contexto no puede ser otro que el de la estetización difusa
en las sociedades contemporáneas. Por un lado, el proceso de estetización
de los mundos de vida -a través justamente de esa constelación
de la imagen técnica, la publicidad, el diseño, la invasión
mediática, ... toda la iconosfera que satura el aire que respiramos
y media la totalidad del espacio que percibimos-; y por otro, la estetización
misma de la experiencia. En ese contexto, en efecto, tanto la experiencia
del arte se ve amenazada de pérdida de una función simbólica
propia -toda vez que el proceso de estetización generalizada de
la totalidad de la experiencia así lo implica- como el universo
de la «obra producida» -en un marco de estetización
generalizada del sistema de los objetos y el mundo de vida- comienza definitivamente
a perder sentido.
Es en esa pérdida progresiva de sentido donde puede -precisamente
ahora, en el marco de las actuales sociedades de la información-
abordarse renovadamente un proyecto de liquidación revolucionaria
del existir separado de la esfera de lo artístico, sostenido ya
exclusivamente en la propia inercia de su condición institucionalizada
-y ni siquiera ya en el sistema de necesidades simbólicas de los
hombres actuales. En esa disolución del existir separado -que supondría
el reconocimiento de su inmersión indiferenciada en el sistema general
de la imagen, y de su plena equivalencia a múltiples otras prácticas
de comunicación intersubjetiva y producción de socialidad
(cine, urbanismo, ...)- radicaría entonces la singularísima
forma de su contemporánea politización -una politización
del propio estatuto ontológico de la representación, de la
imagen, que, en passant, supondría la negación de
su existencia separada como esfera autónoma de los mundos de vida.
En cierta forma, en esa eventualidad, puesta por el tempo contemporáneo
de lo técnico en el orden de la comunicación, podría
entreverse una verosímil posibilidad de realización tanto
para el proyecto heterotópico foucaultiano -de producción
de lugares otros, de estructuras desjerarquizadas de relaciones de comunidad
-como incluso para el proyecto situacionista de impulsar un flujo de comunicación
directa induciendo la producción de una «situación
construida», en la disolución del arte en vida cotidiana.
Quizás sea ese el verdadero sentido que posea la incorporación
a la documenta de proyectos de web-art, realizados para la red.
No se trata de una mera «ampliación del campo», una
extensión de los soportes y géneros del dominio de lo artístico.
Mas bien, al contrario, parece el señalamiento de un territorio
-de una «zona temporalmente autónoma», una heterotopía-
en el que esa experiencia de comunicación directa e intensificada
podría ser posible -cuando menos temporalmente posible- independientemente
de la mediación de la institución-Arte, y poniendo en juego
precisamente la producción de una experiencia desjerarquizada de
comunidad, constituida en el propio acto de una comunicación directa,
sin mediaciones.
Puede que todo esto nos esté hablando de una transformación
radical, y en curso de cumplirse, del sentido de lo artístico -o
de su pérdida definitiva de todo sentido- en las sociedades contemporáneas.
En esa transformación asistimos a la segregación infinita
y multiplicada de nuevos modelos de narratividad, cuyo objetivo último
no es ya engrosar el repertorio de los imaginarios simbólicos colectivos
sino justamente someter a crítica radical el propio dominio del
imaginario en tanto plegado a la mediación de la institución-Arte
y el espectáculo.
Es por ello que en el universo de la imagen técnica el
activismo artístico vuelve a verse sometido a la aterradora lógica
de la antinomia: no le queda otro remedio que intervenir desde el dominio
separado de la institución -para desde él ejercer la crítica
de la representación en que se apoya la presunción de legitimidad
de su existir escindido. Y ello por una razón muy simple: en tanto
inmerso en el sistema general de la imagen técnica, participaría
inevitablemente del sojuzgamiento que sobre éste ejerce la lógica
del espectáculo, de la representación. Sólo separándose
-y aunque deba a la vez hacer la crítica de este existir separado-
puede avanzar su crítica, la de las mediaciones. Inevitablemente,
la politización actual del arte se ha de producir en un orden paradojal.
Es muy posible que el debatirse de todos estos problemas esté
en el horizonte del futuro inmediato que al «arte» de nuestros
tiempos no le quede otro remedio que afrontar. Si ello se cumpliera, retrospectivamente
tendríamos entonces que admitir que la primera intuición
compleja de ese estado de cosas futurible, la topologización de
ese campo problemático, se planteó con toda precisión
en esta dX: y entonces todavía no a nivel de diagnóstico,
sino -y con mucho mayor mérito- a nivel de apuesta crítica,
de comprometido programa -sutilísimamente enunciado.
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