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"¿Adónde se ha escapado ahora
el espíritu formador de mitos propio de la música?
Lo que de la música queda todavía es, o bien
música para la excitación, o bien música
para el recuerdo, es decir, o bien un estimulante para nervios
embotados y gastados, o bien pintura musical".
A León, músico en
ciernes
Sientes que te abraza por dentro, que te desgarra y rompe.
Ella te hace sentir que no cabes en tí, que deberías
habitar más lugar. Sientes cómo el nudo de la
garganta crece y un dolor físico y brutal, un dolor por
el mundo y por tu ignorancia, te golpea y golpea, reinando en
el tiempo. Es suyo cada instante, el misterio del instante:
ella, la música, recrea el pasar del tiempo no dominable
por tu pensamiento, para hacérselo asequible. Te mantienes
ciego y escuchas: el tiempo te atraviesa, te recorre, te desmenuza
y se lleva de tí, como si fuera un viento constante y
dulce, cada partícula del nombre que creías te
era debido. Tu nombre, como palabra que el viento del tiempo
-arrastra leve.
Sientes el escalofrío que te recorre a fulguraciones,
a estallidos. Las lágrimas afloran -y la más dulce
felicidad que nunca has sentido se agolpa como un dolor, casi
brutal, como un dolor perfecto. Te he visto llorar cantando
como un poseso con el coche lanzado a cientos de kilómetros
por hora por paisajes absurdos, deshabitados, el cielo cubierto
de nubarrones oscuros. Te he visto llorar bajo una ducha de
lágrimas días y días, cuando en tu primera
adolescencia aquellas imágenes en blanco y negro de buscadores
de playas que arrancaban adoquines se te mezclaban con la noticia,
difícil para tí de evaluar, de la separación
de unos Beatles a quienes nunca antes habías escuchado.
Días y días tus lágrimas sabían
dulces que el tiempo pasaba por tí, y que aquella canción
que repetías como un mantra, en un idioma que entonces
te era desconocido y parodiabas sonrojado a tus pocos amigos,
para que te ayudaran a explicarte quiénes la cantaban,
qué podías hacer para escucharla siquiera otra
vez, en tu vida, que aquella canción -all you need is
love, Lennon con los auriculares puestos mientras grababa y
jovencitas desmayándose al verles bajar de los aviones
o las limousines- que aquella canción te había
hablado por primera vez en tu idioma. Allí estabas tú,
frente a tu vida desnuda, inexplicada, silente.
Aquellas canciones de Neil Young -perfectas. Poemas que reescribías
traducidos y susurrabas al oído de jovencitas que se
te entregaban rendidas, cuando el aire, el mar, la conversación,
dibujar o garrapatear sueños, todo era cómplice
de un mismo programa de apropiación del mundo, de autohallazgo.
Tardes enteras sucediéndose el mismo disco, tardes enteras
con la nuca pegada al tremendo altavoz, iniciándote en
los ritos espesos de la apropiación de identidad. Grabar,
poseer, intercambiar las claves, reunirse tardes y tardes y,
tras cruzar siempre el mismo parque, llegar al lugar en que
la única conversación -mientras la música
siempre sonaba- se centraba en comprender y asimilar en qué
consistía -lo que el viejo Burroughs llamaba- "el trabajo".
Dejarse desgarrar: ¿primero transformar el mundo o las
conciencias? Y si nada queda de todo ello, ¿es que ha
llegado el día fatídico, el día en que
la música ha muerto? O tal vez será, mejor, que
ella estaba hecha para hablar sólo a los oidos de aquellos
cuyos ojos todavía empiezan a abrirse al mundo -y eso
otro que escuchas todavía, como una nostalgia, habla
ya otra lengua, una menos herida, una que se ha sometido a la
pecaminosa regla de la decepción -¿ornamento y
delito?
Reencuentra la música -sólo ella tiene el poder
del espíritu, sólo en ella el espíritu
no es ficción maldita, engañosa. Sí: si
tuviera algún poder para decidir el destino moral de
mi hijo no dudaría en forzarle a amarla por encima de
todas las cosas, a habitarla en cada uno de sus pensamientos
y los movimientos de sus ojos, de sus manos, de sus respiraciones.
Que tu pensamiento, en cada instante, cante.
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Que cante, todas las mañanas del mundo -y nunca pregunte
para qué: pues sólo ella tiene la respuesta. "No,
no es para el rey -pero tampoco para dios: dios habla. Tampoco
para el oro o la gloria, ni tampoco para el silencio -que no
es sino lo contrario del lenguaje. No es para entregarle nada
a lo invisible, sino si acaso por dejar alguna lágrima
por los muertos, por aquellos a quienes el lenguaje ha abandonado,
por la sombra de los niños, por el cuerpo de mármol
de los cadáveres, por aquellos estados que preceden a
la infancia, cuando aún carecíamos de pensamiento,
cuando aún no habíamos visto la luz ...". Es por
todo ello -y aún por hacerle un guiño a lo mineral
de toda vida, por decirle a esa caducidad de todo que nos atraviesa
a cada instante que sabemos cuál es su ley, y sentimos
un escalofrío al pronunciarla mudamente -y si acaso,
por dejar para la eternidad flotando un rastro borrado, pero
imperioso, que se aleje desvanceciéndose al infinito
-pero sin agotarse nunca.
Toda la infinitud de músicas que puebla la memoria,
todas las horas de todos los días, de todas las vidas
en cada vida, toda la saturación de los minutos, acompañados
por la música, siempre la música sonando, los
años sucesivos. No el sedimento del gusto -qué
importa el gusto- sino el acumularse de las arquitecturas del
pensamiento, la tensión de la biografía. Ser uno
sus músicas, cada una de ellas agazapadas en un rincón
abstracto de la memoria, cada una de ellas organizando las formas
primeras del pensamiento, aún más que las primeras
percepciones genéricas del espacio. Se piensa en música,
en esa extraña arquitectura preformal del pensamiento
que ella articula. Los pensamientos más perfectos siguen
su ritmo, su tensión, su figura abstracta. La música
es la biografía más pura y verdadera de las almas,
el residuo de las incidencias que nos configuran -como lo que
somos, nuestra limitación, lo que nos es dado comprender,
amar. Música y carácter, memoria y destino.
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"Mysterium tremendum" -asegura Steiner-, "ninguna teoría
del sentido o el sinsentido puede ser válida si esquiva
la música". Pero cómo: ¿no es precisamente
la música lo que esquiva -a toda teoría del sentido
o el sinsentido? Mejor, seguramente, aquella "ponderación
misteriosa" de que hablaba Gracián ...
He aprendido a cantar sintiendo la tensión de los órganos,
su movimiento. Cuando hablo, soy incapaz de percibir -siquiera
como una anotación periférica- que mi cuerpo "actúa".
Sin embargo, en el canto, todo es percepción de gestos,
de movimientos de órganos, de actividad efectiva del
cuerpo. Allí sé que el pensamiento es pura movilidad
física, materialidad absoluta. Aire modulado por la presión
de los órganos. Gesto. Puedo imaginar aquella sinfonía
muda que Yoko Ono invitaba a reconocer -"cuando un violinista
toca, cuál es la verdad radical del acto: el sonido que
escucho o el gesto que él realiza". A menudo he contemplado
conciertos enteros con el volumen anulado. La arquitectura perfecta
de los gestos, su simetría articulada, es la réplica
exacta de las figuras que el sonido en el aire deja, es ella
misma en una total plenitud a la que nada ya falta: toda música
es también acontecimiento visual, fantasma encarnado,
tensión visible de la forma, estricta realidad material.
Es por esto que es cierto que la música es prueba
de fuego para toda teoría de la representación:
pero no porque haya que explicarla en relación al sentido
o el sinsentido -sino porque en ella se hace evidente que tal
cuestión, del sentido o el sinsentido -magistral la enseñanza
del Señor de Saint-Coulombe: el silencio no es más
que otra cara del lenguaje-, es absolutamente secundaria, espuria.
Frente a otra que es mucho más primaria, más primordial.
La de la eficacia en la circulación intersubjetiva de
la producción de formas -y cómo ella se liga a
la pura movilidad colectiva de las intensidades, de las tensiones
de las almas, en una relación totalmente asentada en
el tiempo, sometida a la cruel e irrevocable tiranía
de la ley del "tiempo real". Es por esto, sí,
que la música es experiencia primordial, el "experimentum
crucis" frente al que toda comprensión de la representación
-y de lo que el pensamiento es- se juega el monto total de su
potencia.
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Es conocida la anécdota según la cuál
a la petición de que explicara el significado de una
pieza que acababa de tocar, Schumann respondió tocándola
de nuevo. La música se tiene toda a sí misma,
el suyo no es un sistema subsidiario del que ordena el del resto
de la vida psíquica, de la totalidad de la vida de los
hombres -pues las formaciones del espíritu objetivo organizan
la totalidad de los mundos de vida. La música habita
otro espacio -y pedir su traducción a palabra, que su
"interpretación" se desplace a los órdenes del
discurso, del habla, es tan ciego como equívoco. Lo que
la música es -es justamente ese resto radicalmente intraducible,
que por ello puede precisamente habitar el fondo más
remoto de nuestro alma. No hay otra interpretación posible
de una partitura que la que el ejecutante practica. Hablando
de música es ciertamente inabordable otro sentido de
la palabra "interpretación" que el que significa tocarla,
hacerla real, existente: ejecutarla ...
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"No existen hechos, sino interpretaciones". Repensemos la lúcida
divisa nietzscheana interpretándola ahora en términos
musicales. Imaginemos que el pensamiento toca, juega: que se
pasea por el mundo no reproduciéndolo, sino efectuando
en su rozamiento melodías, puras figuras sonoras. ¿Como
expresa entonces el pensamiento al mundo? Como una caricia,
como el arco a la cuerda del violín. Ninguna verticalidad:
sólo ese rozamiento, esa fricción cálida
-y el canto que resulta. Que no existen hechos significa entonces:
que en su esencia el pensamiento no es figura, pintura -y aún
ni siquiera palabra. Sino música, ese dibujo puro que
se traza en los rincones secretos del alma, como un gotear extraño
-que se percibe en los músculos internos del cuerpo.
Pues es en la materialidad radical del cuerpo, sí, donde
el pensamiento esencial vibra, irrepetible en cada una de sus
modulaciones.
Que no existen sino interpretaciones significa entonces, también,
que no existe "la interpretación", la "buena" interpretación
-para entonces la llamaríamos: hecho. Así, el
"no existen hechos, sino interpretaciones" dice tanto como el
"no hay interpretaciones, sino solamente malas interpretaciones"
de Harold Bloom. La interpretación no puede ser sino
ejecución de la diferencia -pero ¿es otra la esencia
de lo musical?
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Glenn Gould sentado (¿tumbado, recostado?) al teclado.
Indudablemente, esto no puede ser una sala de conciertos. El
concierto es, todavía, demasiado conversacional: la sacudida
eléctrica que nos recorre la espalda, el escalofrío,
el fino hilillo de adrenalina que serpentea por nuestra columna
-todo ello se hace demasiado cómplice de una ilusión.
Diríamos: la ilusión, loca ilusión, de
la aprehensión, de la plenitud de la presencia. La simultaneidad
-de escucha y ejecución, como en el habla- es engañosa,
recarga el aire de electricidad. El aplauso es inmundo, es entrega
a la ilusión, al engaño.
Es preciso escuchar con bisturí, con maldad. Pero no
para conocer los fallos, los errores -¿hay errores?-
o las imperfecciones: sino para saber que escuchar -es también
interpretar. No puede haber dos audiciones idénticas
-como no puede leerese dos veces el mismo libro. El pensamiento
sube y baja, se tensa o distiende, son millares sus juegos y
registros, sus momentos: nunca se ajusta con la misma pregnancia
a los mismos pasajes. El que escucha también toca los
pedales -terribles dispositivos de la sensiblonería babosa.
Así, lo que más importa es entregarse al despiadado
juego del experimento, de la desnudez. Al igual que lo hace
el músico, asomado al abismo de las posibilidades infinitas.
¿Cómo extirparse a uno mismo, todas las adherencias
con que el propio ruido -el que el existir hace- ensucia la
ejecución? ¿Es preciso hacerle esta guerra santa
a la interpretación -como si la música pura pudiera
realmente llegar a ser?
Y si pudiera, ¿dónde se daría? ¿En
el "espacio mental"? -según la enseñanza schumanniana:
"acostúmbrese a pensar la música en su propio
interior, sin la ayuda del piano. Sólo así la
fuente mental fluye con una pureza y una claridad cada vez mayores".
No es allí, en todo caso, donde Gould la imagina. Todo
el ruido del cuerpo, incluso el canturreo que reproduce la voz
mental, es olímpicamente ignorado, como un residuo que
no estorbara, un resto sin importancia. Impresiona conocer el
febril trabajo de producción del que resulta la grabación
del 55 de las variaciones Golberg -21 tomas recortadas y recompuestas
para el aria: 1 min y 51 segundos de resultado- y ver que el
sonido no es en absoluto limpiado de los ruidos "físicos".
¿Qué es entonces lo que se trata de "limpiar"?
¿De qué habla Gould cuando declara: "si no hubiese
borrado, toma tras toma, toda expresión supérflua,
habría sido imposible situar el Aria en un orden de ideas
suficientemente neutro para que no prejuzgara la profundidad
del desarrollo que prosigue en la obra"? Seguramente de los
énfasis interpretativos, del expresionismo incluso involuntario,
de los rastros de la subjetividad. Es de la misma "fuente mental"
de lo que hay que limpiar la música, para lograrla suficientemente
neutra, pura. Hay que librarla de los altibajos del pensamiento,
de las economías de la intensidad que sacuden al yo.
La música ha de estar allí exenta, sin sujeto.
Es un error pensarse -como ejecutante, como audiencia- en la
música: ella es precisamente una "ocasión de desaparición".
Toda la fobia gouldiana al contacto físico, a la sexualidad
en la música, tiene este objetivo. Que la música
esté -y donde ella aparezca todo rastro de sujeto pueda
verse borrado.
Sólo de esta forma, además, la "interpretación-sin-intérprete"
puede en efecto coincidir con la "interpretación infinita",
virtualidad pura. Sólo de esta forma, además,
el grado cero de ejercicio de la escritura musical es, al mismo
tiempo, "no- interpretación" y "todas las interpretaciones
posibles". Esas variaciones Golberg -por fin perfectamente neutras,
anónimas, incantables, históricas-, pero tambien
todas las otras infinitas posibles.
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Manejemos otra hipótesis: que el territorio para ese
darse puro de la música sea su escritura -recordemos
que Gould advertía con una seriedad que siempre resultaba
difícil creer: "no soy pianista, sino escritor". Aceptándola,
queda todavía por dilucidar qué significa en música
hablar de escritura. Desde luego, no hablamos de la partitura
-de la que el propio Gould aseguraba no era sino "uno de los
parámetros de la interpretación"-, sino de la
misma calidad material de la música. La escritura de
la música se produce en el aire, es sonido -en el tiempo.
Es exterioridad radical, estricto acontecimiento. Materialidad
absoluta que resiste a toda subsidiarización -la música,
en efecto, no puede ser pensada como pantógrafo de algún
otro sistema "significante". Así, es arqueoescritura,
una escritura que no "traduce" a signos materializados -no es,
evidentemente, una escritura alfabética, suplemento del
sistema de sonidos regido por el habla- otro orden de enunciaciones.
Sino que es un sistema primario, primero, no traducible -puesto
que no es a su vez traducción de ninguno anterior.
Es en ese sentido que se explica que Benjamin haga aparecer
su reflexión sobre la música -en el contexto de
su análisis del Barroco- sólo precisamente cuando
ha llegado a tematizar plenamente el encontronazo de palabra
e imagen en el ámbito de la escritura. Es precisamente
cuando lo discursivo y lo visual se vuelven mutuamente intrusos,
en el orden de la experiencia alegórica, cuando aparece
-como escritura máximamente pura- la música. La
no asociatividad directa, la no inmediatez, del significado
a la enunciación, se expone con la máxima radicalidad
en la música. Ella no es sino escritura, y escritura
embargada de materialidad absoluta: nada en la música
consiente ser sometido a los dictados de una economía
de la representación.
Pero además: la escritura que la música deja
en el aire consume su existencia en la delgadez del instante.
Si de la naturaleza podía decirse, por su impermanencia,
que ella era necesariamente alegórica -con cuanta más
razón de la música, cuyo escribirse en el tiempo
sólo honra a la memoria en tanto que ésta lo es
de pasajereidad, de contingencia. La música, podemos
decir, nos excusa de dejar rastros engañosos. Si toda
escritura es testimonio de impermanencia -y pensar que la escritura
es resistencia al paso del tiempo es tan ridículo como
no darse cuenta de que a lo que ella nos entrega es al imperio
de lo inexorablemente pasajero: pues toda escritura queda pendiente
de lectura y toda lectura es ejercicio de la diferencia- la
música lo es doblemente, pues sus propios dibujos en
el aire tienen por materia misma la de la caducidad.
La música no es sino presente encarnado -volátil
por tanto. De ahí que toda música no pueda ser
sino melancólica, expresión del sentimiento de
contingencia, testimonio de la temporalidad insuperable. Al
igual que toda alegoría lo es de la caducidad, toda música
es, necesariamente, tombeaux. Lo que en ella se enuncia pertenece
siempre, y para siempre, a ese lugar en el tiempo que, irrevocablemente,
ya ha dejado de ser. Este es su extremo y único -poder
teológico.
Al igual que la pintura, como pictografía, revela la
verdadera naturaleza de la escritura -como materialidad radical-
la música desnuda el verdadero ser del habla: la música
es palabra en grado cero. Aquel poder de investimiento que los
pensadores de una mística del nombre -Böhme, Benjamin
mismo- le querían a una lengua pura sólo se encarna
en la palabra cantada, en la figura de una forma materializada
en sonido. Que todo verbo es sonoridad rala, y por tanto arbitrariedad
radical, es verdad que, como desafío del orden más
profundo del conocimiento de lo espiritual, se aparece en el
misterio de la música. Las palabras en los sueños,
el chiste, o en el balbuceo primero de los niños -son
canto. Aprendemos el lenguaje -lo adquirimos, lo memorizamos-
como memoria formal. Encadenar los significantes, insertarlos
en redes intercambiables, es un juego de memorias melódicas,
tonales, tímbricas. No hay un lenguaje atonal -que pueda
llegar a aprehenderse. Aquella dificultad de tararearlas que
Boulez atribuía a las variaciones Goldberg -y es lo radical
del experimento vanguardista en su totalidad- es lo que las
señala como conocimiento del límite: la música
nos enfrenta al autoconocimiento radical del ser materialidad
pura todo nuestro uso del verbo.
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La belleza de la música reside en este constituirse
como experiencia extrema de la forma pura. Toda adherencia de
significancia a su mero juego de materialidades sonoras pertenece
ya al orden de lo que debemos categorizar como "ponderación
infinita". Y hasta llegar a una intuición de su valor,
como economía global del rendimiento de un campo regulado,
su desafío nos interpela con la fuerza de, ciertamente,
un "misterio tremendo". Ese autoconstituirse con la fuerza de
un valor -pues, en su convocatoria a la memoria, ella se vuelve
intercambiable- desde la inabordable soledad de su extrema afirmación
de ser algo que incontestablemente existe, "está ahí"
-es lo que la hace aparecer como "intención de significar".
Huella o envío, rastro imborrable de espíritu
-producto de una decisión arbitraria que convoca a otro
sujeto a su repetición (sea como sea, nunca podemos eliminar
la posibilidad de que ese signo/gesto/forma que ha sido "dejado
ahí", y aún resuena en nuetra memoria con toda
su capacidad de seducción, haya sido el producto de una
intención, de una voluntad). El misterio del significado
investido en la forma pura, vacía, se afirma en la naturaleza
del estribillo. Música es un gesto dejado en aire -que
otro usuario de las formas de comunicación se siente
tentado a reproducir. El episodio adamítico de la nombración
del mundo se cumple según un ritual parejo. Cada una
de las palabras que utilizo han atravesado en su historia mística
esta ceremonia -de orden antropológico. Puestas en el
aire de su extrema arbitrariedad, las palabras no son más
que sonidos que han tentado a un otro a repetirlas. Nombran
eficazmente el mundo porque un juego de voluntad ejercido en
la extrema soledad de lo arbitrario alcanza a tener la necesaria
fuerza de seducción como para ser colectivamente aceptadas
como convenciones. El misterio de la música se refiere
al poder de la voluntad -para ejercerse en el campo del poder,
de la interacción de los usuarios. El espíritu
de la música es, desde luego, expresión de la
primariedad absoluta en todo lo humano de esa tensión
específica que ha sido denominada voluntad de poder.
Nombrar el mundo es su juego -y el canto nos ha sido dado para
que nunca olvidemos que ése es nuestro poder. El poder
de crear, de modular el mundo como expresión radical
y absoluta de la -por más que desorientada en su ejercicio
autónomo- voluntad pura.
Pero es engañoso poner de un lado la voluntad y de otro
la representación, la eficacia de la representación.
De un lado lo figural del lenguaje y la pintura -y de otro la
pura tensión de los afectos que se manifiesta como ejercicio
radical de la voluntad en la música. Pues aunque en ella
se nos reaparezca la futilidad insuperable de todas las convenciones
de la representación -aunque en ella haga aparición
todo lo que en el orden de los intercambios se debe a un ejercicio
tan gratuito como violentamente afirmativo, aunque en ella se
desvele lo inconstituido mismo de todo lo humano, el hecho de
que ello no se aparece en la historia del mundo sino como arbitrariedad
pura- también en ella se revela, pues se cumple, el ciclo
completo que conduce a su asentamiento social. Así, si
la música remite a lo dionisíaco del hombre, a
la memoria de su origen inconstituido en el seno de las convenciones
de la representación que regulan plenamente su ser en
la historia (y la ciudad), también debemos encontrar
en la música el principio que permite su asentamiento:
el principio apolíneo que prefigura a la música
como estado equidistante de la embriaguez, el sueño -y
la representación: como potencia formadora de mitos,
como dispositivo introductor del origen de la eficacia misma
de lo apolíneo. La música es otra cosa que diferencia
pura: es la estructura mnemónica que consiente el asentamiento
de todo aquello que ella niega -la representación-, de
todo aquello que ella muestra imposible -la repetición
de la diferencia. La música, como voluntad pura, se afirma
allí donde ella misma es capaz de autonegarse -de instaurar
el mismo orden en que todo de lo que ella es memento se pierde
como una memoria oscura. Pero todo su poder formador de mitos
-articulador de formas de vida, órdenes civilizatorios,
regulaciones de las estrategias de la representación-
no supone la más mínima merma de su poder para
secretamente mentarnos ese orden otro, anterior a todo orden
o desorden, en que ella actúa como eficacia única.
Quizás sea sí, el tiempo, en que no es la potencia
formadora de mitos de la música lo que cumpla echar de
menos: sino su radical potencia destructora de las construcciones
arbitrarias que de esa anterior potencia se nutrieron, para
dinamizar la totalidad de la vida de los hombres según
regulaciones estabilizadas. Tal vez intuir esto le habría
llevado a Nietzsche a entender de forma radicalmente distinta
a Wagner -y aún le habría ahorrado a la historia
de la música contemporánea (y hablo del destino
irrevocable de las vanguardias) demasiados titubeos. Demasiados
pasos atrás. Llega el momento: ni uno más.
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Hay algo que nos resulta intolerable en el desprecio de la
música "culta" por -pese a que ese desprecio está
en casi todo lo demas más que justificado- la popular.
Lo que en ella queda de violencia mayor que no se sacrifica
a la retención complaciente de los lugares comunes y
estabilizados que su economía de formas perfila como
un calco del ordenamiento simbólico que ella pantografía
-aquello que en ella no es para la "excitación o el recuerdo"-
sino a la memoria de su poder teológico-político.
Asumiendo el riesgo de pedantería monstruosa que una
generalización como la que voy a hacer conlleva, me atrevería
a asegurar que esta injusticia despectiva sólo se refiere
en nuestros días al rock and roll -y aún a ciertas
zonas específicas de cumplimiento de éste: a esas
en las que aparece la tensión inabordable que vibra en
los trabajos oscuros de la Velvet, en la inaceptabilidad del
sonido sucio de los NY Dolls o el Forest de The Cure, en la
elementalidad autosaboteada de los trabajos de Joy Division
o en las calidades extremas del Goo de Sonic Youth. Todo el
resto de la música popular es mera concesión al
imaginario formal estabilizado -y el desprecio no sólo
de la música "culta", sino incluso de la teoría
culta de la música (desde el mismo Adorno) es políticamente
necesario. No cedamos el mínimo grado de tolerancia para
una música que se consagra al bienestar y la perpetuación
de lo que ya existe: es preciso exigirle a la música,
a toda música, las virtudes legendarias de las trompetas
de Jericó. El poder de derribar los muros que amparan
un orden civilizatorio, el poder de interrumpir la historia,
el poder de convocar otro imaginario absoluto, otro orden de
la sensibilidad y el ser, otro lugar del pensamiento y la experiencia,
otro testimonio del conocer del hombre. Y si él se nos
presenta inconciliable con el habitar complacido este específico
darse las formas de ser de lo humano, dejémonos arrastrar
a ese escalofrío: es la seña de un potencial verídico:
él nos dice la verdad extrema de lo que -y ahí
dionisio se manifiesta como un estado nunca cancelado- no siendo,
somos rotundamente.
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Hagamos ahora justicia distributiva: hay algo que necesariamente
debe aparecérsenos detestable también en toda
la "música culta" -igualmente, podríamos hacer
excepciones, momentos en que la tensión de experimentar
su límite ha llevado a la contemporánea también
a acariciar su potencial teológico-político: en
Schoenberg y su sucesión en Viena, en Cage, Varesse o
Stockhausen, en Nono o Boulez, en Reich o Schnittke- y ese algo
es su extremo formalismo, su incapacidad para incidir en la
vida, para transformar sus mundos. Seguramente, el divorcio
de las familias de hallazgos máximos que caracterizan
el siglo -conceptual, minimalismo-serialiasmo y pop- está
en el origen de esa brutal incapacidad de la música contemporánea
para resolverse como potencia de transformación. El rechazo
academicista de la música contemporánea -salvando
las excepciones mencionadas- hacia todo lo que suponga un reflejar
los mundos de vida, y un contener los órdenes simbólicos
sobre los que se apoyan las forman institucionales que los articulan,
constituye su mayor freno para desarrollar un programa efectivo
de la vanguardia que pueda trascender la mera investigación
formal -tanto es así que rápidamente ha llegado
este programa a experimentar su agotamiento, levantándose
la veda dictada contra la reacción conservadurista neobarroca,
neoromántica, o, en general, "biensonante", con demasiada
condescendencia. Sin duda, la experimentación en el orden
de la disonancia -como figura capaz de recoger el desgarro de
una forma de expresividad que autorresiste a su agotarse en
la apariencia estética- define un programa de investigación
radical irrenunciable. Sin embargo, la incapacidad de este programa
-de investigación en lenguajes: en los límites
de los lenguajes- para dejarse contaminar por los hallazgos
conceptualista y pop constituye su mismo límite. Es preciso
explorar esas fronteras metodológicas que separan espacios
de investigación demasiado estancos. Ahí reside
el valor que, pese a sus a veces muy mediocres resultados, poseen
investigaciones como las del pop-minimalismo, cierta New Age,
o cierta tematización pop de los atonalismos. Ahí
reside el valor de trabajos como los de Brian Eno, Gavin Bryars,
Tierry Riley o Dead can Dance, o incluso investigaciones que
desvirtúan el hallazgo del free jazz -de Thelonius Monk
a una parte del Acid Jazz. De lo que se trata es de, manteniendo
el rigor programático de una investigación que,
como la de la vanguardia, se asienta en el principio de la disonancia
como autonegación de la apariencia estética, hacerla
derivar a través de innumerables contaminaciones hacia
espacios capaces de alterar la experiencia misma de la existencia.
Pues eludir este juego de contaminaciones abiertas no puede
conducir sino a callejones sin salida: o al formalismo academizado
del vanguardismo -o al aún más detestable retorno
neoconservadurista a formas periclitadas de melodismo esteticista.
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Música y artes visuales: he ahí un espacio de
contaminaciones ejemplarmente rico en posibilidades. No pienso
ya en la riqueza que todo el accionismo y la performance ha
introducido en nuevas formas musicales -de Cage a Paik, de Fluxus
a Glenn Branca o Juan Hidalgo- sino en el potencial que ciertas
operaciones efectuadas sobre lo musical (por ejemplo en los
trabajos de Rodney Graham sobre el Parsifal wagneriano o a las
piezas de Christian Marclay) por artistas contemporáneos
conlleva.
A este respecto, me parece de un potencial tremendamente sugerente
el trabajo de Stan Douglas. Su aproximación simultánea
a los mundos del Jazz o la música culta se carga de fertilidad
cuando la recompone en el orden del origen de la nueva industria
audiovisual, o del nacimiento del cine (referirse aquí
a la riqueza potencial del universo confrontado de música
y cine territorializaría incluso el espacio de una reaparición
del concepto de obra de arte total), como en esa pieza maravillosa
que, montada sobre una partitura de Schoenberg compuesta para
acompañar a un film mudo, le permite deconstruir un universo
alegórico tan potente como el que presenta en "Fear,
Pursuit, Catastrophe: Ruskhin B.C.". En ella, la figuración
de un orden utópico de diseño de mundos de vida
se apoya precisamente en la recomposición de fragmentos
narrativos, visuales y musicales.
Tentativas video-operísticas como las recientes de Philip
Glass o Steve Reich se mueven igualmente en ese orden de exploraciones,
a nuestro modo de ver extremadamente interesantes. Sin duda,
la mera territorialización del espacio de frontera entre
cine -o en general industria audiovisual: todo el campo del
clip se revela como uno de los más fructíferos
en la creación visual actual- y la música constituye
uno de los campos de contaminación más fértiles
para la creación actual.
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Recíprocamente: el interés creciente del cine
por el espacio de la música. Habría ejemplos innumerables
-desde las versiones cinematográficas de óperas
a la ya aludida "Todas las mañanas del mundo", "El profesor
de música", "El director de orquesta", "El piano" o "Tres
colores: azul". Parece claro que el cine -más allá
de la presencia desde siempre fundamental en él de la
banda sonora- persigue musicalizarse, someterse a la tensión
de otro orden de lenguajes. La misma estructura narrativa de
las imágenes tiende a huir de la forma literaria, para
aproximarse cada vez más -y cine como el de Wim Wenders
("París, texas", por ejemplo) vive de esta musicalización
de la postproducción. No hay nada casual en ello: la
irrupción en lo visual de un orden que se aparece como
grado cero de la palabra -el musical- resulta estrictamente
requerido por la exigencia de deconstrucción de las formas
narrativas tradicionales. De ahí que la irrupción
de la música en películas como "Corazón
Salvaje" de Lynch, "Hasta el fin del mundo" de Wenders (que
precisamente tematiza la pérdida de lugar de la palabra),
"Solteros" de Cameron Crowe, el "Simple Men" de Hartley, o el
mismo "Pulp Fiction" de Tarantino se aparezca no sólo
como una posibilidad experimentadora, sino como una estrategia
deconstructora radicalmente programática.
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Por un momento: ¿trata "el profesor de música"
realmente de la música -o tan sólo de la enseñanza
del arte, del difícil aprendizaje de la autoexigencia
frente al poder de la industria? O acaso esta pregunta sea falaz,
incluya una ceguera. Aquella que se refiere al hecho de que
las dos formas artísticas -cine y música- dotadas
hoy de mejor capacidad de adaptación a las evoluciones
técnicas de su industria se aparecen pese a todo ante
el imaginario colectivo como las formas por excelencia puras
de creación. En la música tenemos todavía
esos suicidas egregios que purifican las mañas de la
industria con su autoinmolación -el caso de Kurt Cobain
no es más que el último eslabón de una
cadena cada vez dotada de, ante la evidencia de su intrumentación
interesada, menor credibilidad- pero en el cine esta cadena
-tras Marylin, Fassbinder y Passolini, ya no le quedan al cine
suicidas que hagan creíble su autorresistencia a las
exigencias de la industria- ha quedado definitivamente rota.
La alianza de las industrias musicales y audiovisuales con la
de los medios organizadores de consenso se cumple de forma cada
vez más cerrada -no en vano la concentración de
medios de comunicación abarca cada vez más indisimuladamente
un área multimedia. Quizás entonces, sí,
"el profesor de música" trata básicamente de esta
enseñanza: pero entonces el aprendizaje de la resistencia
no es otra cosa que el autoconocimiento de que lo básicamente
transmitido por el arte, por la música, es esa misma
enseñanza -la afirmación del poder propio del
creador frente al destino requerido por las formas institucionalizadas.
La música, sí, posée en ello un poder formativo
específico -y su potencia se revela máxima en
el estado generalizado de muerte simbólica de la cultura.
Es ello lo que le otorga al "espíritu de la música"
un potencial político inconstestable en el momento contemporáneo
de nuestras formas civilizatorias.
¿Significa eso que la música posee una valencia
específica como territorio de activismo en los períodos
de decadencia? Seguramente. Sin duda, su calidad afigural la
dota de una capacidad singular de supervivencia en épocas
de pérdida de poder simbólico -pérdida
de la capacidad de representar adecuadamente el mundo, de dar
forma a la experiencia- de la cultura. La relación de
la forma musical con los órdenes simbólicos que
estructuran los sistemas generalizados de organización
de las formas de vida -a través de las mediaciones institucionales
de la cultura- es una relación distensa, oscura y laxa.
Que estos sucumban a su insuficiencia y sin embargo la
música mantenga intocado su poder de referencia como
fondo remoto que labra las arquitecturas formales de los órdenes
epocales del discurso, de las prácticas significantes
y las posibilidades de la acción comunicativa entre los
componentes de una colectividad dada es, en ese sentido, perfectamente
pensable. Sin duda, esta virtualidad que la música se
reserva se refiere a su condición a-simbólica,
al hecho de que su validez social no se supedita a la presuposición
de un orden de contigüidades entre las producciones sígnico-formales
y las regulaciones de la significancia. Es por ello, pues, que
la música posee esa virtud teológico-política,
incluso de manera aumentada, en los períodos de decadencia:
decadencia cultural -pérdida del poder simbólico
de una cultura- y apogeo de la creatividad musical no sólo,
entonces, no van reñidos. Incluso, al contrario, se alimentan
mutuamente. En épocas en que las formas figurales y representativas
de las prácticas significantes pierden pregnancia, la
música tiende a alzarse como único elemento oscuro
de cohesión civilizatoria, de identificación social.
Esto está ocurriendo en nuestro tiempo.
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El artista visual contemporáneo intuye estos poderes
de la música, y es ello lo que le lleva a intentar incorporarlos
a los dominios de su propia creación, a intentar reproducirlos
en su propio ámbito de trabajo. La virtud, que la música
posee, de instituir gregariedad -de permitir al singular reconocerse
en el Otro, en el grupo. El poder, que la música posee,
de introducirse en los dispositivos de la industria de masas
sin perder el tono de su independencia, de su radicalidad. El
poder de registrar en su mismo cuerpo el pasar del tiempo -que
es justamente el que congrega a los individuos a su alrededor
en una experiencia de afectos intensificados por la intuición
que ella destila de pasajereidad. Y su poder, por último,
de seducción inmediata, su capacidad de afección
directa, de espíritu a espíritu, cualesquiera
sean los canales o soportes de su transmisión.
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La reflexión hasta aquí propuesta, que se refiere
a la naturaleza pragmático-semiólógica
de la práctica musical, debe en todo caso ser redoblada
con una consideración circunstancial de la forma específica
de la decadencia que vivimos como destino de la cultura contemporánea,
determinado por la forma específica de su industrialización
en un contexto de expansión de nuevas posibilidades tecnológicas
-para entonces ponderar todo su potencial en la era actual.
Es preciso, bajo este punto de vista, medir hasta qué
punto el contexto de alta tecnologización de las industrias
de la cultura y el espectáculo deja intocado -al contrario
que ocurre con los dominios de las artes visuales o puramente
literarias, sometidos ambos a problematización radical-
el espacio "simbólico" ocupado por la forma musical.
Nada esencial, en efecto, ocurre con las potencias de la música
y su industria ante la tecnologización exacerbada de
los dispositivos de su difusión social. Si bien el proceso
de banalización del producto artístico propicidado
por una industria irrevocablemente enfocada al consumo rápido
afecta sin duda a la comunicación musical, ésta
siempre conserva su lugar propio -no ocurre como con, por ejemplo,
el desafío que la estetización de la vida cotidiana
por expansión de las industrias mediático-audiovisuales
representa (como amenaza de desaparición incluso de su
campo específico, autónomo) para el arte plástico
o incluso el literario. Sean cuales sean sus modos de distribución
y sus procesos de consumo, las reglas de juego de acceso e intercambio
de las formas musicales se mantienen intocadas, no conllevan
tan brutales desplazamientos epocales.
Es esto lo que define tanto el alto potencial político
de la música en la época de la reproductibilidad
técnica como su extrema y máxima responsabilidad
civilizatoria. Ni el más fuerte de los imaginables procesos
de banalización requeridos para el propiciamiento de
formas de consumo garantes del establecimiento de mercados performativos
supone merma de las posibilidades de exploración radical
en los lenguajes y formas producidos: en efecto, hasta escuchada
a través del hilo musical en un restaurante de comida
rápida o como sintonía de un avance de informativos,
el producto musical juega su baza en tiempo real en una inmediación
radical de sus potencias de afección.
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"Deberíais saber que el trabajo ... es la libertad:
la libertad de los otros. Mientras trabajéis no fastidiaréis
a nadie. No lo olvidéis. ¿Lo habéis entendido?
... Poneros a trabajar". Erik Satie (2)
La pregunta es: en qué relación se encuentra
la forma musical con el conjunto de la cultura, con el ordenamiento
simbólico que abastace a una colectividad dada del sistema
de respuestas y creencias en base al que articular sus formas
de vida -a través de las mediaciones institucionales
del espíritu objetivo. Y la respuesta es, inevitablemente,
en una relación extremadamente compleja, que sólo
se elucida considerando la globalidad del sistema de las prácticas
significantes: en términos de ponderación infinita.
De hecho, la evidencia que la música pone en juego es
que la totalidad de tales prácticas operan como significantes
en base a una similar relación holística al sistema:
que todo ordenamiento simbólico -de creencias, mitologemas,
presuposiciones cognitivas o prácticas- depende de su
articulación a la totalidad sinérgica del universo
virtual de los significantes validables, de las formas intercambiables
como operativas en el contexto de una colectividad social e
históricamente determinada. Dicho de otra forma: no sólo
que la música transluce que su posición en el
seno un ordenamiento simbólico cualquiera no se funda
sobre la presuposición de su valor "simbólico"
-inmediatez de significado a signo-; sino que al hacerlo pone
en evidencia que ninguna otra práctica significante,
capaz de un ejercicio de intercambio comunicativo, necesita
fundarse sobre semejante presuposición.
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Al igual que su lugar en la construcción ontogénica
de un sujeto, mediante sedimentación mnemónica
de una innumerable sucesión de aprehensiones de formas,
se revela del orden de una ponderación infinita -son
los innumerables azares de los encuentros vividos con las formas
efectivas (ahí el peso de la frase musical en la reconstrucción
elucidatoria de la experiencia del narrador en Proust, por ejemplo)
los que determinan la formación de un carácter,
del destino de una subjetividad no presupuesta- igualmente podrían
rastrearse los procesos de sedimentación filogenética
en la construcción de los órdenes simbólicos
de una colectividad únicamente bajo un orden de ponderación
infinita. La garantía de significancia de una forma cualquiera
-sea cual sea su orden de intercambio, su registro de acontecimiento-
no está puesta por su valor intrínseco, aislado:
sino por su relación estructural con la totalidad abstracta
del sistema de significantes, de formaciones materiales validadas
fiduciariamente como utilizables, al que, en el contexto de
una situación civilizatoria dada, dicha forma se refiere.
En ese sentido, podríamos hablar del "trabajo de la
música" en un sentido muy parecido al que Freud desvela
al analizar el "trabajo del sueño" -o al que Benjamin
se refiere al elucidar el "trabajo del mito". El trabajo de
la música se realiza como la producción activa
del tejido espeso y secreto de las redes y estructuras que sostienen
la totalidad de sus formaciones específicas en una tensión
recíproca. El trabajo de la música es monadológico:
cada una de sus realizaciones sólo opera como "significante"
-esto es, como intercambiable, como reproducible, como memorable-
en la medida en que soporta y se diferencia de la "totalidad"
virtual de las formas aceptables -en una determinación
espaciotemporal dada, en el contexto de una colectividad sociohistóricamente
determinada de práxis comunicativa. El trabajo de la
música es, ejercido desde dentro, un trabajo, sí,
de ponderación infinita -y la tarea de elucidación
de su eficacia práctica ha de de(re)construir ese trabajo
de ponderación infinita (en esto precisamente consistiría
una arqueología de las "ideas" musicales). Nada, en efecto,
sin ese trabajo de remisión muda y profunda a la totalidad
de las formas producibles en un orden "discursivo" dado es la
música. Esto podría traducirse en una teoría
del "valor" estético de la producción musical:
pero nos interesa más presentarlo como la pragmática
de una práctica comunicativa, de interacción de
los sujetos en el terreno de sus afecciones -cruzado evidentemente
por sus juegos de poder, su tentativas de persuasión,
sus estrategias de seducción fatal. Aunque sólo
sea porque visto de este modo posée un tremendo poder
de desvelamiento y refutación de las presuposiciones
fundamentalistas que en otros campos y prácticas significantes
parecen mejor asentados. No es así: como la música,
en efecto, la poesía, la pintura, el "discurso", la cultura.
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Pero tomemos partido: y lo tomamos decididamente por la música,
por lo que en ella resulta inasequible a una visión esencialista
de lo que constituye la cultura, el universo de lo decible con
sentido. En el contexto actual de pérdida del valor simbólico
de la cultura -de decadencia del ciclo civilizatorio del orden
occidental, incapacitado para enfrentarse gallardamente a su
ocaso- esto significa: tomar partido por la única
fuerza capaz de alumbrar la figura de un tiempo nuevo. En vez
de empeñarse en la perpetuación de un orden agónico,
que ha aprendido a sobrevivirse a sí mismo en la prolongación
terminal y artificiosa de sus estertores, apostar por la fuerza
mayor que desmiente sus fundamentos, aquella práctica
significante, capaz de permitir una interacción de sus
usuarios en el espacio de los afectos y las intensidades, que
sirve al desmantelamiento radical de las presuposiciones -de
inmediatez de forma y significancia- sobre el que se asienta
un sistema generalizado de organización de los mundos
de vida.
La música irrumpe así en la historia como suspensión
y heraldo de un tiempo otro, como nuncio de una potencia de
comunicación no fundada en las presuposiciones del ordenamiento
simbólico. Y no se trata entonces de rescatar esa potencia
formadora de mitos -pues los relatos, grandes o pequeños,
ya no interesan de cara a la validación de nuevas formas
de ritualidad grupal- que el mismo Nietzsche atribuyera a la
música. Sino de acompasar nuestra historia interrumpida
a los ritmos sobresaltados de un dominio que no prefigura sino
las tensiones máximas de la forma. Al igual que para
la formación del individuo, las constelaciones de la
diferencia que la música pone en juego aportan el valor
necesario para arrojarse colectivamente al mundo de los signos
y las señales -desprovistos de creencias, de amparos.
Sólo la música impedirá el triunfo de la
religión: ella constituye el fondo inalcanzable en que
se afirma un saber gayo, construido desde la increencia. En
ello reside, hoy, el potencial extremo de eso que podemos llamar,
todavía, "el espíritu de la música".
(1) Friedrich Nietzsche, El origen de la
tragedia, Alianza, Madrid, 1985.
(2)Erik Satie, Die Musikalischen Kinder.
Citado por Hans-Ulrich Öbrist, "Dicc. Crit. 16-", en Anys
90. Distancia zero, Centre d'Art Santa Mónica, Barcelona,
1994.
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