Existe un paralelismo curioso entre la historia reciente de las artes visuales
y la de la música pop. Al menos desde mediados de los años
70, mientras situacionistas y punks exprimían el cadáver
hinchado de lo que se conocía entonces como rock progresivo,
los artistas visuales habían estado revisando su medio, por pura
coincidencia, de un modo semejante.
El neo-expresionismo y, hasta cierto punto, el arte del East Village,
fueron algo así como el equivalente del punk y la new
wave en la pintura. Al igual que Johnny Rotten, David Byrne y otros,
algunos pintores como David Salle, Julian Schnabel etc. pretendieron devolver
su importancia a una forma ya exhausta en la creencia de que el acto de
pintar podía, siempre que se realizara de forma honesta y suficientemente
personal, actualizar el genio de la emoción que aparecía
originalmente en las obras de Pollock, De Kooning y otros rancios gestualistas.
En realidad estaban más fascinados e influidos por los asuntos
que van y vienen en los círculos de la música pop que esos
cuasi-histriónicos conceptuales de hoy como Haim Steinbach, Ashley
Bickerton o Jeff Koons.
Sus obras tienden a parasitar, a recomponer las imágenes de las
estrellas del disco y a mimetizar las formas publicitarias del pop,
en una especie de homenaje que es consciente de su propia impotencia.
Christian Marclay es el único artista que puedo citar que ha
reunido materialmente los dos medios para crear una tercera forma, completa,
con asociaciones y resonancias propias. Su trabajo es tremendamente actual,
y bien diferenciado dentro de la corriente del arte conceptual, porque
a la vez que plantea asuntos tangentes al discurso de la mercancía
que subyace al arte -concretamente, en su caso, el del producto en desuso-
es mucho mas refrescante que el de la mayoría. Las modificaciones
a que somete los distintos equipos de la industria del disco, como micrófonos,
altavoces, discos etc. hacen referencia a la magia de sus materiales. Sus
esculturas tienden a adoptar formas cuyo contenido sólo es accesible
a través del sistema decodificador que proporciona algún
instrumento mediador -una aguja, un enchufe, un cable*-
pero celebran con brillantez la ausencia de esos elementos secundarios
apelando directamente a la potencia de la imaginación.
Debido a la generalización de los discos compactos y cassettes,
cuya intangibilidad física hace que sean menos entrañables
que los vinilos, las piezas de Marclay tienen un toque casi conmemorativo.
Muchas de sus obras juegan sutilmente con la disponibilidad material del
LP de 45 revoluciones, a la vez que sugieren la imposibilidad casi religiosa
de acceder a sus identidades individuales -esto es, a su sonido particular.
Su trabajo está lleno de incógnitas, pero la mayor de ellas
es el modo misterioso en que su minimalismo, frío y elegante, contiene
y exuda la fragancia magnífica de la estética "blanda" del
pop, en particular, y del sonido grabado en general.
Mientras que la caja de altavoces fue el punto de referencia dominante
en sus primeras piezas, los últimos trabajos se refieren a trasmisores
más corrientes como el teléfono o el timbre de una bicicleta.
Todos son objetos con el encanto de la sencillez pero con una fuerza potencial
enorme.
La clave de las mejores construcciones de Marclay consiste en hacer
destacar la discrepancia simple -aunque habitualmente pasa desapercibida-
que las habita. Esta preocupación fetichista por el detalle, a expensas
de la imagen de mayor tamaño, no es precisamente rara en nuestros
días; pero para Marclay esta concentración no es sólo
la forma habitual de resolver una pieza, común al neo-conceptual
en general, sino un guiño que se adentra en el terreno accesible,
pero poco explorado desde la estética, de los objetos.
No es casualidad que una de sus primeras piezas se llamara Fantasmas.
En una aproximación a la historia del equipo de sonido que lleva
a cabo de forma casi académica, manifiesta una idiosincrasia en
cierto modo intrusista, y a la vez proporciona el terreno en que se muestran
algunas de las cualidades más encantadoras de esos objetos veteranos.
La pieza Fantasmas, junto con otras mas recientes como Historias
Muertas y Música de Pared a Pared son parte de lo que
podría llamarse la obra "ultra-escultural" de Marclay, léase
piezas sonoras creadas a partir de grabaciones anteriores, elaboradas como
performances. Manipulando hasta ocho platos a la vez, esculpe capas
auráticas de exquisita complejidad, a base de mezclar cortes de
una serie de discos encontrados, desde música pop hasta sinfonías
o efectos sonoros.
Formalmente esta manera de componer está relacionada con las
técnicas de apropiación y distorsión del sonido, características
de las últimas tendencias del pop, como el hip-hop
y el acid house; y con algunas estilizaciones de productores de
vanguardia como Adrian Sherwood, Marshall Jefferson y otros. Pero, en cambio,
las composiciones de Marclay tienen una intensidad casi espiritual que
es mas corriente entre los llamados "compositores serios".
De nuevo, al igual que en sus obras estáticas, se puede palpar
la magia a medida que sus delicadas operaciones parecen poner al descubierto
otras vías, mensajes, advertencias y nuevos territorios de belleza
que asemejan restos aurales: mientras que el tono es hipnótico y
contemplativo, el resultado es una especie de corrupción perceptiva.
De hecho, incluso podría clasificársele como artista espiritual,
si es que esto es posible hoy en día. Porque si su forma de componer
es rigurosa e iconográfica, el efecto es generosa y salvajemente
cognitivo.
Traducción: Mar Núñez |