Para Aden James Morris-Samuel
"Un músico inexperto o sin preparación puede
abordar a Wagner de forma valiente, puesto que entre ellos no existe posible
malentendido: la música del Ring es perfectamente única y
simple. Es el músico devoto de la vieja escuela el que todo lo ha
de desaprender; y, sin pena, ahí lo abandono a su suerte".
George Bernard Shaw, The Perfect Wagnerite
"El papel del falsificador, del desconocido productor de
bienes sin autentificar, es característico de la cultura electrónica.
Y cuando este falsificador reciba el honor debido por su arte y no sea
nunca más vilipendiado por su avidez, las artes serán entonces
parte integral de nuestra civilización".
Glenn Gould, The Prospects of Recording
"En 1956 y a la edad de trece años, entré en
una tienda de discos de las afueras y compré una copia del Since
I Met You Baby, de Ivory Joe Hunter. Era una grabación del sello
Atlantic. Había oído tocar en la radio Since I Met You
Baby pero no había visto el disco. Sin embargo, al verlo en
esta tienda suburbana algo en el ambiente me decía que comprarlo
y poseerlo me supondría una experiencia poderosa. Me fijé
en la cubierta del álbum. En una de las caras aparecía un
grupo de monigotes dibujados a rayas con sus instrumentos. En la otra venían
bosquejos de retratos de los principales artistas de Atlantic. Había
un retrato de Ruth Brown (sus ojos ligeramente sesgados, su pelo con un
misterioso peinado recogido en la coronilla que no he vuelto a ver en ninguna
otra mujer), Joe Turner (con la boca abierta, bigote completo y una diminuta
pajarita negra), La Vern Baker, Clyde McPhatter, Ray Charles (con un pequeño
mostacho del ancho de un lápiz y gafas negras), y los Clovers. Ray
Charles, en su bosquejo, parecía solo un largo cuello. Las cabezas
de los demás flotaban en la cubierta de un modo que impedía
cualquier agrupamiento físico. Los nombres de los artistas habían
sido impresos en rojo bajo los bosquejos negros. Rojo y negro eran en aquel
entonces los colores de Atlantic. Sobre el borde de los lados de la cubierta
donde venían los dibujos estaba el nombre "ATLANTIC", en un tipo
de letra grande y negro. Debajo decía "lidera el campo del rhythm
& blues", en una tipografía negra de tamaño más
modesto.
Bajo los bosquejos, abajo del todo, en rojo, venían
las palabras "y otros muchos artistas exclusivos". No había nada
en esta cubierta de disco que no excitara mi interés. Me sentía
atraído por el extraño pelo levantado de Ruth Brown, las
gafas negras de Ray Charles, la pequeña pajarita negra de Joe Turner.
Me parecía una cosa muy fuerte "Liderar el Campo del Rhythm &
Blues". Sentía con cierta intensidad que esta grabación -no
ya esta canción sino el disco, y no solo el disco sino la cubierta
del disco- traía cierta información que yo necesitaba tener.
Sentía de hecho un cierto dolor y un cierto enfado. Me dolía
que hubiera importante información de enorme poder de la que no
tenía noticia. Me enfadaba porque sentía que se me había
privado de esta información de forma deliberada".
George W.S. Trow, Eclectic, Reminiscent, Amused, Fickle,
Perverse:Ahmet Ertegun.
"El aspecto más destacado de la cultura
europea de finales del siglo XX es su progresiva reconciliación
con la cultura negra".
James A. Snead, Repetition as a Figure of Black Culture
Aunque poseo al menos una reputación local como poeta y escribo
en prosa más o menos bien -tanto como para que de cuando en cuando
me pidan desarrollar ciertos extraños encargos de crítica
como el ensayo que estás a punto de leer- he sido consciente por
mucho tiempo de que algunas de mis mejores aptitudes descansan en otra
parte. La compilación de antologías musicales en cassette
es, aceptémoslo, una forma de expresión en extremo menor
y personal; compartida con, a lo sumo, un par de amigos -y por otro lado
condenada a la oscuridad. Pero la elaboración de dichas cintas conlleva
para mí todas las recompensas de la creación con pocos de
sus peligros asociados. La sutil fabricación de largos segmentos
de ambient, las reveladoras yuxtaposiciones y anomalías contextuales
que puedo crear con las actuaciones musicales de los otros, me parecen
en su conjunto mucho más logradas que esos vacilantes intentos de
montaje que he realizado con mi escritura. No atribuyo sin embargo las
diferencias entre las satisfacciones y los triunfos de lo que es -después
de todo- un pasatiempo, con las enormes exigencias de una carrera a ninguna
insuficiencia por mi parte como poeta o crítico -y esto podría
resultar tentador- sino al casi irresistible ámbito, poder y libertad
de la cultura musical en la que me puedo incluir sin apenas esfuerzo. De
la delimitación de esta cultura -y el puesto concreto que la obra
de Stan Douglas ostenta en ella- es de lo que se ocupa el presente ensayo.
Las maneras en las que Douglas incorpora música al conjunto de
su práctica y los métodos caprichosamente intuitivos con
los que yo reúno estas cintas de compilaciones no me parecen relacionados
salvo por la más o menos variable seriedad de la última intención.
Douglas es plenamente consciente de que su obra se dirige y destina a una
audiencia mucho más grande y más seria, aunque partimos de
un conjunto de impulsos extraordinariamente parecido. La cultura musical
que compartimos -si bien solo un fragmento de una mucho mayor- es todavía
paradigmática por cuanto que la clase de inteligencia crítica
"desvalorizada" de un enorme segmento del público oyente, desde
la erudición casi medieval de los seguidores del heavy-metal
hasta los coleccionistas obsesivos de recuerdos de María Callas,
es llevada por nosotros a un punto aún más elevado de excentricidad
y obstinación. Esta hierática sensibilidad musical tal vez
queda mejor descrita en la frase que George Trow acuñó para
el titulo de su biografía del fundador de Atlantic Records, el expatriado
turco Ahmet Ertegun: "ecléctico, divertido, voluble y perverso".
Esta sensibilidad elitista, al tiempo que callejera, surge en parte,
y en especial para Douglas, desde una completa ausencia en nuestro tiempo
de nuevas y apremiantes jerarquías de recepción musical.
La caída de los restos de las desgastadas directrices del modernismo
implica que, digamos, mirar un cuadro o leer un libro -dejando aparte pintar
o escribir- es penetrar en un minicampo de nuevos y conflictivos órdenes
de presentación y percepción, tan contradictorios como urgentes
en la validez y autoridad de sus conocimientos. Dichos conocimientos y
métodos pueden resultar, con todo, amenazantes e intimidadores,
en particular para el no iniciado. Si consideramos la naturaleza inherentemente
accesible y popular de la música, y una tecnología cada vez
más democratizada que ha pesado siempre en contra del desarrollo
de jerarquías exclusivistas, debemos considerar afortunado que no
haya surgido un grupo igualmente avasallador de autoridades competentes.
La institucionalización aislacionista de la composición serial,
por ejemplo -música esperada por una minoritaria audiencia con todo
el mudo entusiasmo de quien sometido a un test aguarda una inyección-,
sirve para recordarnos que los feudos que a veces se aplican a otras formas
artísticas no tienen cabida efectiva en música. Al situarse,
por fortuna, fuera de constrictivos esquemas teóricos, la música
sigue siendo una zona universal y única de libre juego, exceso e
intercambio. Es este medio ambiente liberado -y con la ayuda de una proliferación
de tecnologías de grabación que ha difuminado el papel de
productor y consumidor- el que ha favorecido la manera de Douglas de utilizar
la música al tiempo que lo ha provisto de un contexto crítico.
Si bien la extrema y casi libidinosa subjetividad que campea por mis selecciones
de cassette es incorporada por Douglas en las a menudo rigurosas estructuras
de su práctica, la música funciona en la obra de Douglas
como un pasaje hacia las fuerzas irracionales tanto de la psique de la
que brota como del ancho mundo con el que entra en contacto.
El hecho de que la clase de audición participatoria e interactiva
que Douglas pone en práctica sea por lo general más ejecutada
que discutida es precisamente lo que posibilita una continua recreación
y revisión en su propio contexto; esta nueva cultura musical es
tal vez única entre las distintas peripecias creativas de nuestro
tiempo, al no haber desarrollado externamente un programa crítico
al que de algún modo sienta que deba responder. Pero la crítica
institucional parece estar todavía obsesionada y hechizada por generaciones
de marxistas y conservadores que vieron en el surgimiento de técnicas
y formas musicales populares un envilecimiento o repliegue de culturas
aristocráticas, impuesta por la "industria cultural" o la "élite
liberal" a una población pasiva y sin sentido crítico. El
esfuerzo por extirpar de entre sus posicionamientos teóricos estas
posturas cada vez más irrelevantes ha dejado a la crítica
musical contemporánea, incluso a la mejor, más a la zaga
que a la cabeza, buscando desesperadamente el hacer surgir alguna manifestación
contemporánea a partir de teorías obsoletas. Las aduladoras
y precisas zalamerías que la crítica ha dispensado al locuaz
pero fraudulento Malcolm McLaren -que, aunque muy diestro a la hora de
citar con abundancia la retórica situacionista, ha tenido menos
que ver con la invención del punk rock de lo que muchos imaginan-
es sintomático del carácter reaccionario de la crítica
musical contemporánea y de sus prioritarias preocupaciones literarias
y filosóficas. Del mismo modo, el creciente corpus de estudios acerca
de Madonna corrobora el hecho de que aunque no hubiera existido, la teorización
cultural la hubiera inventado.
Para Douglas, sin embargo, esta liberadora ruptura con la fe crítica
se produjo gracias a su encuentro con el dilema mucho más serio
que plantean los ignominiosos veredictos de Theodor Adorno acerca de la
música popular y el jazz. Para quien había analizado
la música popular y el jazz como fuerzas culturales al menos
tan serias como el edificio filosófico de la Escuela de Frankfurt,
la incontrovertible falsedad con la que Adorno los señala como productos
degenerados de una malévola cultura industrial -como cuando habla
del jazz como de un producto que "ha encontrado gozo en su propia
alienación"- fue suficiente para abrir una brecha en un castillo
hasta entonces inexpugnable, una fisura de grosor suficiente como para
permitir el inicio de una dialéctica personal y de largo alcance.
Que el lugar crucial de la música popular y del jazz en la
cultura del siglo XX apenas está empezando a ser reconocido hoy
en día, no puede, por supuesto, ser achacado enteramente a Adorno;
pero la condescendencia implícita con la que todavía a menudo
se permite discutir sobre el tema mantiene la autoridad de la supervivencia
de sus argumentos.
Si bien Adorno basó su defensa de una cultura musical aristocrática
-contra lo que el percibía como el ruido de una multitud manipulada
e indiferenciada- sobre argumentos más puros y utópicos,
ello no ha evitado que otros críticos con objetivos más dudosos
se apropien de sus términos de análisis. La biografía
de Albert Goldman sobre Elvis Presley -todavía en muchos círculos
penosamente considerada como "definitiva"- no es en la actualidad más
que un monótono ataque de ochocientas páginas, tanto a Presley
como al medio sureño de clase media blanca en el que se formó.
Pero al condimentar su ataque con el vocabulario del pesimismo cultural
adorniano, Goldman fue capaz de dar a su mórbida fantasmagoría
una espuria consistencia. Que semejante vocabulario pueda ser apropiado
con tanta facilidad por las fuerzas de la reacción -estoy también
pensando en algunas peroratas neo-conservadoras como el Closing the
American Mind de Alan Bloom- sería ya suficiente prueba de su
insuficiencia y de pobreza. Una teoría de la música que se
permite contemplar a una figura como Presley como el producto de una cultura
más que como su creador, como un espécimen antropológico
en lugar de como un artista intencional y consciente, está destinada
a sucumbir bajo la pobreza de sus disquisiciones.
El fracaso de las formas tradicionales de discurso crítico para
entender la riqueza de la cultura popular (salvo de la manera más
condescendiente), o bien para seguir con algún grado de sutileza
las relaciones cambiantes tanto con la cultura más elevada como
con el cambio tecnológico, coloca, por primera vez, el peso de la
diseminación y de la discriminación analítica sobre
el oyente. Que este "nuevo" oyente puede manipular al tiempo que ser manipulado,
y moverse con completa libertad conceptual a través de un confuso
entramado de posibilidades formales, es el campo sobre el que descansa
el aspecto musical de la obra de Douglas. Si bien los orígenes precisos
de dicha obra son difíciles de trazar, ciertos aspectos de la biografía
de Douglas arrojan alguna luz sobre un entorno tecnológico y social
cuya posterior influencia sobre su práctica puede ser entendida
como crucial. Que durante un cierto numero de años Douglas trabajara
como pinchadiscos a tiempo parcial en la discoteca Faces de Vancouver
no suele ser, lo admito, interpretado en general como algo central para
el desarrollo formal de su carrera; y sin embargo hay rasgos de esta cultura
discotequera, en la que Douglas participó, que ofrecen sorprendentes
paralelismos y pre-figuraciones de la práctica del artista que posteriormente
llegaría a ser.
Cuando aparece a comienzos de los sesenta el fenómeno de las
discotecas, el papel de los pinchadiscos se limitaba a orquestar con la
menor confusión posible una sucesión de grabaciones bailables.
Si bien algunos pinchadiscos habían conseguido cierta audiencia,
la expresión individual -el cultivo de un estilo con "firma"- se
reservaba para las estrellas de la radio y la televisión. Entre
esa década y los primeros ochenta se manifiestan dos grandes innovaciones
que vienen a transformar no sólo el papel del pinchadiscos sino
a señalar cambios fundamentales en la relación entre los
productores de música y los consumidores. La primera de estas innovaciones
revolucionarias surge en los arrabales de Kingston, en Jamaica, pasando
casi desapercibida al resto del mundo.
Lo que la India es a la producción de películas lo es
Jamaica a la producción de grabaciones, con el resultado, entonces
y ahora, de incontables discos en una desconcertante multiplicidad de diminutos
sellos. En buena parte para ahorrarse dinero sobre derechos de copia (que
en cualquier caso no solían pagarse) la mayoría de los discos
sencillos se presentaban con la canción en cuestión en la
cara A y en la cara B se presentaba idéntica melodía pero
sin la letra. Debido a que la radio local estaba controlada por el estado
y éste no toleraba que se pusiera mucho reggae, y como muchos
de los residentes de Trenchtown y de los pueblos colindantes no disponían
de los medios para comprar discos, ocurría que camiones con remolque
y equipados con equipos de sonido se paseaban por Kingston y las comarcas
vecinas tocando para cualquier grupo de gente que pagase para escuchar.
Estos sistemas de sonido (Sound Systems, tal y como fueron bautizados),
operaban en un ambiente extraordinariamente competitivo en donde estar
al tanto de los últimos ritmos era absolutamente crucial, como también
lo era mantenerlos fuera del alcance de los competidores rivales. Se tapaban
las marcas de las grabaciones para impedir el espionaje rival, y en ocasiones
se producían peleas y disparos entre los grupos.
Como novedad suplementaria, algunos de los pinchadiscos de estos sistemas
de sonido comenzaron a pasar al público mensajes a través
de sus sistemas de megafonía mientras tocaban la cara instrumental
B (conocida como dub) de sus discos. Dichas proclamas y comentarios
se convirtieron más tarde en parte integral de esta cultura, con
pioneros del calibre de U-Roy y Lee "Scratch" Perry, llegando a ser maestros
en este rapidísimo lenguaje dialectal conocido como toasting.
Fue sólo cuestión de tiempo antes de que el sistema de sonido
de los pinchadiscos -que bebían de la riquísima vena de una
enorme tradición oral- se hiciera tan famoso como los propios cantantes
sobre cuyos dubs interpolaban su habla. Esta modificación
en el uso del disco de 45 revoluciones -de objeto autónomo a medio
manipulable- tendría consecuencias tanto a corto como a medio plazo.
En Jamaica, la cultura del sound-system comenzó muy pronto
a cambiar la manera en la que se producían los mismos discos. Muchos
de los pinchadiscos de estos sistemas se convirtieron, de hecho, en productores
de grabaciones, y la reelaboración radical de tecnología
implícita en la cultura del sistema de sonidos se plasmó
en una manera diferente de utilizar el estudio de grabaciones. Al re-grabar
una banda básica, despojándola de sus esencias más
claras e incrementando o eliminando gradualmente ciertos acentos -una palabra
o dos de las letras, un fragmento de hit-hat, una simple nota del
bajo- y sometiendo luego los resultados a distintos efectos de eco y reverberación,
se obtienen grabaciones con un sentido alusivo extraordinariamente denso
e hipnótico. El ritmo quedaba reducido a simple sugerencia, y el
estudio de grabación se transformaba en un mecanismo auto-reflexivo
para examinar sus propias huellas, como si estuvieran ante un delicado
y complejo modelo de conciencia. Las innovaciones técnicas que tanto
se han festejado en los Beatles y en otras figuras reconocidas de los sesenta
palidecen por su tosquedad en comparación con lo que ocurría
en la oscuridad jamaicana.
Un parejo cambio de actitud tiene lugar en las discotecas del South
Bronx de Nueva York en los primeros setenta. El límite máximo
de tiempo para bailar música -aunque habían empezado a aparecer
cortes más largos en los álbumes- estaba por entonces en
torno a los tres o cuatro minutos de duración de un sencillo de
45 revoluciones. Si bien el tiempo necesario para cambiar un disco sin
interrumpir el delirio de los danzantes se había eliminado al incorporar
dobles pletinas y sistemas de alternancia, el cambio de disco, por mucho
cuidado que se pusiera en ello, suponía un perjuicio respecto al
flujo continuo de éxtasis que el pinchadiscos trataba de mantener.
Así las cosas, el pincha "Kool Herc" tuvo un golpe de genio intuitivo
y decidió comprar dos copias del Sex Machine de James Brown.
Al conectar y desconectar con suma habilidad sus pletinas, vio que podía
mantener la canción y la buena marcha de los danzantes tanto como
él o la pista quisieran. Esta transformación de la relación
del disco hacia la pletina -de lugar de pasiva zona de escucha a zona de
fuego cruzado de manipulación y participación- modificó
el papel del pinchadiscos. La grabación per se devino un
instrumento; al tironear manualmente del disco mientras se estaba escuchando
se creaba por añadidura un sonido de percusión fascinántemente
áspero que acabó por convertirse en un elemento esencial
del vocabulario de audio de los pinchadiscos. Y así como el toasting
había adaptado la tradición oral jamaicana, los pinchadiscos
de Nueva York adaptaron la fórmula centenaria de los fanfarroneos
y las maldiciones callejeras conocidas como dozens en los largos
estiramientos de solitarios ritmos que ahora podían hacerse gracias
a la manipulación de sus pletinas. Así es como nació
la música que más tarde se conocería como rap,
una forma que a su debido tiempo llegaría a ser, en las palabras
del rapper Chuck D., la "CNN negra".
La subsiguiente y masiva popularización internacional del rap
y de muchos de sus derivados (hip-hop, house, techno, etc.) es una
historia con final feliz a pesar de que la industria de la cultura nunca
ha sabido demasiado bien como lidiar con ella; una cultura que surgió
por completo de un mundo de prácticas, de acción directa
y de inmediata respuesta del oyente. Su explosiva presencia internacional
obedece a la flexibilidad de su incansable acercamiento interactivo a la
música y a la tecnología. Sólo con que surja una nueva
tecnología (instrumentos de ritmo, selección por ordenadores)
ya es de inmediato absorbida. El contacto permanente de Douglas -primero
como pinchadiscos y siempre como atento oyente- con metodologías
radicales y disruptivas que partían de los revolucionarios cambios
conceptuales del dub y del rap, con su divertido e irreverente
menosprecio hacia las rigideces formales y de contenido, y con su incursión
desprejuiciada en lo tecnológico, debe ser visto como crucial en
el desarrollo de su carrera.
Si bien Douglas había empleado música en alguna de sus
primeras obras, sus Deux Devices de 1983 -con su sorprendentemente
equilibrado conjunto de yuxtaposiciones visuales y musicales- indicaban
con claridad la futura dirección de los intereses del artista al
mismo tiempo que lanzaban un contragolpe certero hacia las dobleces semi-racistas
que acechaban bajo el pesimismo de Adorno. Como en otras de esas obras
iniciales, Deux Devices se apropia de la técnica de la sobreimpresión
de diapositivas, desarrollada por la industria publicitaria como sustituto
barato de películas, con el objeto de servirse de su alienante encubrimiento
perceptivo como procedimiento para, al mismo tiempo, delinear y construir
un modelo de conciencia. Las dos partes de la obra son escenarios de un
par de canciones cuyas historias e intenciones destacan por su enorme contraste.
La primera parte ilustraba -con imágenes disolviéndose de
un texto en blanco escrito a máquina sobre fondo oscuro- la canción
de Charles Gounod O ma belle, ma rebelle, un encantador aunque superficial
producto de la cultura burguesa del siglo XIX. Junto a esto aparece la
grabación de 1936 de Robert Johnson, Preaching Blues ilustrada
con una serie de primeros planos del artista ejecutando un conjunto de
expresiones fonémicas, que flotan desapaciblemente dentro y fuera
de la voz sincronizada de Johnson.
A pesar de que el forzado emparejamiento del tradicional "suspirar"
de Gounod con el horripilante relato que Johnson hace sobre un encuentro
con un Satán de carne y hueso bastaría, por sí mismo,
para desafiar cualquier idea estable que uno pudiera albergar sobre la
intrínseca gran seriedad de la cultura europea, el análisis
y la argumentación de Douglas va mucho más allá. Jugando
con el título, Deux Devices, Douglas produce en realidad
un sólo mecanismo con una serie contrapunteada de propósitos
entrelazados: provocar una meditación sobre las profundas interrelaciones
del deseo, del embelesamiento y del terror existencial, al tiempo que el
artista se presenta como dubitativo sujeto intermedio. Deux Devices
trata de acometer estos fines mientras confronta e intenta aliviar la imponente
interioridad de la atormentada narrativa de Johnson. Con todo, el cuestionamiento
que Deux Devices hace de la subjetividad burguesa, la alternativa
que presenta -esa medio-aterrorizada invocación del diablo que hace
el cantante de blues- es demasiado insoportable. Las estrategias
entrecruzadas de Deux Devices tratan de compatibilizar la canción
de Johnson con su repudio de cualquier existencia terrena soportable en
cuanto compromiso con las fuerzas oscuras del universo -el amor romántico,
la gran cultura, el entretenimiento del arte-, pero la invitación
de Belcebú sigue siendo el centro implacable e imperturbable de
la obra. Si bien es cierto que la obra intenta colocar físicamente
al artista en el centro de sus contradicciones, la sincronización
es imposible tanto física como espiritualmente. Nos guste o no,
el saloncito de Gounod es más agradable que la encrucijada de Johnson,
y el apropiacionismo del horror no nos libera, al fin, de su helador abrazo.
Aun cuando Deux Devices denuncia la cultura que puede conformarse
con Preaching Blues al calificarla de arte "primitivo", no deja
de cuestionar el propio y necesario distanciamiento del artista de las
corrientes a menudo traicioneras de la autenticidad
La utilización que Douglas hace de la canción de Gounod
para aprehender metonímicamnte "la cultura burguesa del siglo XIX"
recalca los usos emblemáticos, incluso reductivos, que está
dispuesto a emplear en música. Utilizar a Gounod para este propósito
era relativamente fácil, estando como está asegurado su puesto
en el Panteón en una segunda o tercera fila, pero Douglas siempre
está dispuesto a someter a este tratamiento -con formulas próximas
tanto al dadá como al hip-hop- a piezas muy queridas por
el proyecto cultural de Occidente. En Onomatopoeia (1986), un fundido
de diapositivas sobre los mecanismos de perforación de una fábrica
de telas se proyectan sobre una pianola (que emplea una tecnología
similar), mientras ésta interpreta la parte de la sonata para piano
de Beethoven op. 111 que misteriosamente prefigura el ragtime.
El uso que Douglas hace de una pieza musical que obviamente aprecia, en
un contexto que de manera calculada distorsiona cualquier referencia a
la intención del compositor, podría entenderse, sin embargo,
menos como un acto de irreverencia o vandalismo que como un reto estético
y físico al mismo tiempo. Al degradar una compleja pieza musical
hasta hacerla formar parte de una de sus propias invenciones, Douglas pone
a prueba el límite tanto de su amor por la música como de
su fe en la validez del proyecto apropiacionista. La afirmación
implícita de Douglas es que Onomatopoeia no estropea más
la op. 111 que el uso de la misma como metáfora central en
el Doctor Fausto de T. Mann. Con el objeto de conseguir él mismo,
y su audiencia, llegar con el oído más allá del agregado
de hábitos sentimentales que inevitablemente rodea la "gran" música
a través de su enmarañada e indescriptible esencia, Douglas
esta dispuesto a someterla a una dislocación radical. Pero donde
Douglas se aleja de las profanaciones festivas del dadaísmo y abraza
el formalismo ecléctico del hip-hop es, en ese punto, donde
integra dichas dislocaciones en estructuras que son, al mismo tiempo, fijas
y provisionales, apoyando una integridad estructural que inicialmente parecía
dispuesto a derribar. En la obra de Douglas, la música es una fuerza
contradictoria, inestable a la vez que central.
El papel variable que la música representa en la obra de Douglas -arquitectónicamente
esencial al tiempo que temáticamente provisional- en
ningún otro sitio se evidencia más que en el uso
que hace de la adaptación para piano del Begleitmusik
zu einer Lichtspielszene de Arnold Schönberg como banda
sonora de su película Pursuit, Fear, Catastrophe:
Ruskin, B.C. (1993). El solo título causará
desasosiego en cualquier productor de películas que oiga
hablar de él, mucho más teniendo en cuenta los
reparos bien conocidos del compositor a las concepciones programáticas
o ilustrativas de la música. ¿Qué clase
de "escena cinematográfica" podía haber concebido
Schönberg? En una carta que dirige al productor Emil Hertzka
en 1913, que había inquirido acerca de la posibilidad
de adaptar la opera corta del compositor Die Glückliche
Hand, Schönberg revela una fascinadora comprensión
intuitiva de las posibilidades de la abstracción en el
cine: "Mi principal deseo se centra en algo que es justo lo
contrario de lo que en general el cine busca. ¡Yo busco
la irrealidad más extrema! Todo ello debería tener
el efecto (no de un sueño) sino de cuerdas. De música.
No debe indicar símbolos, significado, o pensamientos,
sino el simple juego de colores y formas. De igual modo que
la música nunca arrastra un significado a su alrededor,
al menos no en la forma en la que se manifiesta a sí
misma, aún cuando el significado es inherente a su naturaleza;
así, esto debería ser como sonidos para la vista,
y por lo que a mí respecta cada uno es muy libre de pensar
o sentir algo similar a lo que piensa o siente cuando escucha
música" (1).
No debiera producir sorpresa que la radical y excéntrica sensibilidad
cinematográfica aquí revelada diera como resultado que el
Begleitmusik zu einer Lichtspielszene venga descrito por el Dictionary
of Music and Musicians como una "imaginaria e impracticable" meditación
sobre los "problemas de la música en el cine" más que como
una invitación a la exploración narrativa. Ya sobre escena,
Ruskin da la vuelta por completo a la concepción cinematográfica
de Schönberg, re-imaginando la representación básicamente
abstracta del compositor en términos concretos, y viendo los títulos
de las secciones de Schönberg -"Threatening Pursuit, Fear, Catastrophe"-
menos como descripciones de evanescentes estados de ansiedad que como potencialidades
narrativas con posibilidad de representación.
La deriva narrativa de Douglas también puede constatarse en la
música para películas que ha funcionado durante medio siglo,
una época en que las descripciones musicales del desasosiego o de
la extrañeza según Schönberg se han convertido en parte
del vocabulario gestual en cine. El lenguaje musical del modernismo del
que Schönberg era la figura más destacada e influyente fue
aceptado por toda la saga del cine narrativo y, muy en particular, por
esos géneros que trataban de reflejar estados de ansiedad y miedo:
ciencia ficción, dramas con crímenes, películas de
horror. El pianista canadiense y teórico Glenn Gould creyó,
con optimismo, que el contacto del público con el modernismo musical
mediante semejantes "disfraces" y popularizaciones daría como resultado
una aceptación de las difíciles y controvertidas innovaciones
de Schönberg:
"No es que yo quisiera perpetuar las películas de horror, ni que los
viajes por el espacio tengan mucho que ver con el serialismo,
pero sospecho que el cliché común a estos elementos
es el carácter público de este vocabulario atonal,
y que facilitará, en estos tiempos nuestros extraños
y revueltos, el mismo tipo de reverencia y aceptación
pública que la que la coral luterana implicaba durante
los servicios religiosos del norte de Europa a finales del siglo
XVI. Nadie duda que el coro luterano familiarizó a muchos
y distantes feligreses con esa nueva y extraña organización
que llegaría a conocerse como la tonalidad, y hoy sospecho
que The Adventure of Captain Stratosphere y todas esas
películas de marcianos que nos atrapan, en particular
a nuestros jóvenes, en estos días, cumplirán
un papel importante a la hora de acercar posiciones entre un
público hostil y la música de nuestro tiempo...
Y de este modo, y si esto ocurre y el distanciamiento acaba,
Schönberg no será ni podrá ser tomado como
el perpetrador de la maldad. Será entonces considerado
como uno de los más cruciales e influyentes compositores
en la historia de la música"(2).
Ruskin re-imagina la película no desde el punto de vista
de quien adapta o recibe la influencia del modernismo de Schönberg,
sino como algo que ha brotado de él. Su integración de temas
de exilio, desapariciones y control tecnológico en un denso y vaporoso
continuum se debe menos a la estructura de la narrativa fílmica
convencional que a la propia música de Schönberg. Ruskin
transforma nuestra viciada familiaridad con el vocabulario emocional del
compositor: la distancia entre lo que ocurre en la pantalla y el acompañamiento
que sirve de soporte y de comentario (y sobre el cual el cine narrativo
convencional fundamenta lo esencial de sus arreglos y efectos) se anula
en este caso. Al construir una película en torno a semejante apropiación
de las raíces psíquicas del modernismo, Douglas imagina y
pone en escena una parte perdida de la historia interna del cine, ésa
que el cine narrativo tiende más a obviar que a reflejar.
Si bien Hors-champs (1992), la obra de Douglas anterior a Ruskin
anticipa muchas de sus preocupaciones, resulta también única
en la trayectoria del artista al centrarse sobre una representación
visual y en directo de una actuación musical en vivo, obligando
a Douglas a un grado de colaboración sin precedentes. La obra consiste
en una instalación de dos pantallas de video que presenta las grabaciones
de una actuación de un grupo de jazz de cuatro instrumentistas
interpretando la pieza de 1965 Spirits Rejoice del saxofonista Albert
Ayler. Grabada con el estilo visual semi-abstracto de los programas de
jazz de la ORTF de los años sesenta, una de las pantallas
nos muestra la actuación "oficial" mientras que la otra ofrece las
"lagunas" visuales -los músicos descansando, el barrido rápido
de una cámara que vuelve a su posición- que se producen al
cambiar de una cámara a otra. Esta bifurcación es sólo
la primera de una serie de inversiones visuales y temporales que Hors-champs
escenifica.
Al igual que el modernismo musical que personifica Schönberg, el
movimiento free jazz del que Albert Ayler surge acabó siendo
emblemático en sentidos no imaginados ni previstos por sus fundadores.
Para muchos de los músicos y oyentes asociados con los esquemas
precedentes, o para quienes veían el progreso del jazz en
términos diferentes, dicho cambio resultaba anatemático respecto
a todo lo que ya habían conseguido o podrían conseguir. Para
las fuerzas de la liberación negra se trataba de una clara expresión
de crispación racial; los intelectuales blancos le adjudicaban al
mismo tiempo una energía "primitiva" y una atonalidad "progresiva".
Esta música también tenía cosas en común con
la atonalidad europea, entre otras, la desagradable verdad de que a la
gente no le gustaba mucho. Con la excepción de John Coltrane que
-desde una música en esencia tonal pasando por estilos modales hasta
llegar a la completa libertad expresiva-, evolucionó a través
de una serie de fases graduales y comprensibles que permitió una
evolución similar a muchos de sus oyentes, lo cierto es que ningún
músico vinculado al free jazz disfrutó jamás
de algún tipo de éxito popular. Y de todas las formas y estilos
del jazz -desde el dixieland hasta el hard-bop y al
fusion- el free jazz es el único que en general ha
sido decisivamente abandonado por aquellos ejecutantes -sea Coltrane o
Ayler- que no fueron arrebatados por la muerte. La historia del jazz
en las dos últimas décadas es básicamente la historia
de la consolidación de estilos anteriores.
De los intérpretes del free jazz Albert Ayler es el único
que partió desde una posición extrema y radicalmente
expresiva; el vocabulario de su acompañamiento vocal
empieza allí donde los otros terminan. Los chirridos,
bocinazos, chasquidos y murmullos de sus primeras grabaciones
siguen resultando inquietantes y tuvieron una enorme influencia,
no sólo sobre el gran Coltrane. El cambio decisivo de
estilo en Ayler se produce durante sus visitas a Europa a mediados
de los sesenta. Volviendo a una tonalidad casi nula que era
al mismo tiempo enormemente precisa y elocuente, las preocupaciones
más básicas de su música se pusieron de
manifiesto con absoluta claridad. Tal y como Ayler declaró
en aquel entonces: "para mí, la única manera en
la que puedo agradecer a Dios su omni-presente Creación
es ofrecerle una nueva música que lleva el signo de una
belleza que hasta ahora nadie había entendido... La música
que tocamos es una larga oración, un mensaje que ruega
a Dios... "(3).
Spirits Rejoice proviene de esta época de auto-exilio
de Ayler. Para un joven músico negro de mediados de los sesenta,
la indiferencia y la incomprensión de su música en su propio
país (EE. UU.) junto con la promesa de un trabajo regular eran más
que razones para apetecer una estancia en Europa. La guerra en Vietnam,
la represión del jazz por gobiernos locales racistas -cuya
utilización intencionada de permisos de venta de alcohol y regulaciones
sindicales había machacado el mundo de los clubs-, y la represión
a gran escala de cualquier expresión política negra por parte
de las administraciones Johnson y Nixon, unido todo ello a la presión
desde dentro de la propia comunidad negra que obligaba a un cierto tipo
de "compromiso", convertía la vida en una "olla a presión"
en la que desarrollar un destino musical propio se hacia imposible.
Liberado auditivamente de las enormes exigencias de la América
negra, las interpretaciones europeas de Ayler se convirtieron en largas
actuaciones con una escenificación extasiada que, paradójicamente,
abrazaba y difundía una tradición primordial americana que
incluye a Whitman, Dickinson, Charles Ives, Sidney Bechet, Louis Armstrong
y Ornette Coleman. Spirits Rejoice combina dos canciones, La
Marseillaise y Maryland, My Maryland en un solo himno que celebra
las posibilidades utópicas de las revoluciones americanas y francesas
al tiempo que lamenta las penosas componendas y la violencia en las que
cayeron rápida e inevitablemente.
El particular mérito de Douglas en Hors-champs es que
después de completar y ordenar su trabajo visual y de selección,
se contenta con dejar que los músicos hagan su trabajo, ése
que la cámara oscilante graba con discreción y esmerado cuidado.
La presente instalación con dos pantallas sirve para desmontar la
actual tendencia de los videos musicales que o bien sublima o bien anula
lo personal. Al mostrarnos simultáneamente al cuarteto como músicos
que interpretan o como seres humanos que escuchan, Hors-champs estimula
el sentido más profundo de íntima autoconsciencia.
El director del grupo y arreglista es el trombonista George Lewis, cuyo
virtuosismo y experiencia -tanto con la gran banda de Anthony Braxton a
mitad de los setenta como con su trabajo más reciente con Joe Zorn,
hasta sus propias composiciones electrónicas- lo sitúan entre
los músicos contemporáneos más eclécticos y
adaptables. La extraordinaria agilidad de su interpretación desafía
cualquier descripción -parte de sus solos hacen que la imagen
en blanco y negro palidezca- y visiblemente inspira y divierte a sus compañeros
de grupo. Los otros músicos fueron elegidos de entre esos contingentes
de americanos que se quedaron en Europa con distintos grados de éxito.
Mientras los solos de Lewis constituyen rápidas y casi caprichosas
variaciones de las posibilidades formales de la composición de Ayler,
las improvisaciones de los otros músicos son más sombrías
-desde el explosivo tenor de Douglas Ewart hasta el increíblemente
delicado solo del bajo Kent Carter o el solo de batería
de Oliver Johnson que, sin duda, brota del centro de su ser-, y parecen
dar la medida de la melancolía del exilio. Hors-champs acorta
nuestra lejanía histórica de la obra de Ayler con una serie
de meditaciones enormemente personales sobre el significado más
profundo de su legado, y del breve exilio que, aunque por poco tiempo,
lo liberó. Su dedicatoria a la gente de South Central Los Ángeles
nos recuerda que el mundo todavía tiene mucho que aprender del lamento
enorme de éxtasis y duda que Ayler emite.
Que Douglas creara una obra de tan precisa y virtuosa integración
justo antes de embarcarse en la confusa y oscura narrativa de Ruskin
debería aclararnos las desconcertantes temáticas de exilio
y extrañamiento que une a dichas obras. Si la mayor parte de la
obra de Douglas, y la música que la recorre, nos expone con crudeza
la dificultad de llevar una vida con significado dentro de una cultura
brutalizante y en crisis, la música por sí misma puede al
menos, y de forma particular en Hors-champs, ofrecernos el destello
de un camino intermedio, hacia una vida, parafraseando a Adorno, libre
de miedos.
(1) Arnold Schönberg,
...ener.s. Selección y edición de Erwin Stein; trad. Eithne
Wilkins y Ernst Kaiser (Nueva York ed St. Martin's Press, Nueva York 1965).
pag. 4~.
(2) Glenn Gould, "From Arnold Schönberg. 4 Perspectives".
The Glenn Gould Reader, edición e introducción de
Tim Page, Lester & Orpen Denny, Toronto, 198.. pag. 1..1.
(3) Citado en John Litweiler, The Freedom Principle:
jazz after 1958, ed. Hill Morro, Nueva York, 1987, pag. 165. |