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David Wills: Por llevar la cuestión un poco más lejos,
discutamos sobre música, que es un arte predominantemente
no verbal. Me doy cuenta de que todavía no has escrito
nada sobre música, pero tengo la impresión de
que la discusión de la palabra "ven" que propones en
"De un tono apocalíptico..."(1)
posee una profunda resonancia musical. No se me ocurre ninguna
otra forma de describirlo. Me pregunto si no estás hablando
de una especie de fuerza musical en esa palabra.
Jacques Derrida: De alguna manera -y aquí mi respuesta
será un poco naif- la música es mi objeto de deseo más
intenso, pero al mismo tiempo es un objeto que para mí permanece
reprimido. Yo no tengo autoridad en el tema, pues no poseo ninguna cultura
musical. De esta forma, mi deseo permanece totalmente paralizado. En este
campo tengo incluso más miedo que en ningún otro de decir
cosas sin sentido.
Dicho esto, debo añadir que la tensión en lo que leo y
escribo, y el tratamiento que le doy al análisis de algunas palabras,
probablemente tiene algo que ver con una cierta sonoridad no discursiva,
aunque no estoy seguro de si la llamaría musical. Desde luego, tiene
que ver con el tono, con el timbre, con la voz -porque contrariamente al
tópico más extendido, nada me interesa más que la
voz. La voz no discursiva, si se quiere, pero voz al fin y al cabo.
Así, y dado que mencionas la palabra "ven", me da la impresión
de que lo que estaba intentando decir es que lo que cuenta en la palabra
"ven" no es la semántica, el concepto de "venir"; sino que el pensamiento
de "venir" o la acción misma pueda precisamente depender de la pronunciación,
de la proferición, de la llamada performativa, y que ello es algo
que no se agota en el significado. Dirigiéndome al otro, pues le
digo el "venir" siempre a otro, digo "ven", y me estoy refiriendo a un
acontecimiento que no se puede confundir con la palabra "ven", tal y como
aparece en el lenguaje. Es algo que se podría reemplazar por un
signo, por un "ah", por un grito, por algo que signifique "ven". Es algo
que en sí mismo no es una presencia completa, sino un diferencial,
es decir, algo que se transmite a través del tono y de la gradación,
de los cambios de tonalidad. En realidad esos cambios, ese diferencial
del tono, que está ahí evidentemente, es lo que me interesa.
Volviendo a lo naif de mi respuesta te diré que cuando escribo
lo más difícil, lo que me causa las mayores angustias, especialmente
al principio, es encontrar el tono correcto. Últimamente mi problema
más serio no está en decidir qué es lo que quiero
decir. Cada vez que comienzo un texto la angustia, la sensación
de fracaso, vienen del hecho de que no soy capaz de establecer una voz.
Me pregunto a mí mismo a quién me estoy dirigiendo, cómo
voy a jugar con el tono, siendo el tono precisamente aquello que informa
y establece la relación. No el contenido, sino el tono. Y dado que
el tono no está nunca presente en sí mismo, siempre se escribe
diferencialmente. La cuestión está siempre en la diferencia
de tono. Existe un diferencial dentro de cada nota, pero cuando uno escribe
un texto pensado para durar, tanto si es un texto discursivo como de cualquier
otro tipo, la cuestión es una cuestión de tono. De cambios
dentro del tono. Así que imagino que cuando escribo intento resolver
mis problemas de tono buscando una economía -no se me ocurre ninguna
otra palabra- una economía que consiste en pluralizar siempre el
tono, en escribir en muchos tonos, de forma que no me permito a mí
mismo reducirme a un sólo interlocutor o un sólo momento.
Creo que en el fondo lo que más me interesa en los textos que leo
y en los que escribo es precisamente eso. Todo esto merecería seguramente
un análisis más profundo, pero en síntesis el asunto
reposa justo ahí, en cómo se varía de tono, en cómo
el tono se desplaza de una frase a otra. Este tipo de análisis raramente
se lleva a cabo -no he leído muchos trabajos sobre este tema- pero
sigue siendo una cuestión importante. Se trataría de un análisis
de tipo pragmático, que no consistiría en determinar el significado,
la tesis, el tema o el teorema de un texto, porque todo eso no es tan importante
ni tan esencial. Lo que sí es importante es el tono, y saber a quién
se está dirigiendo y para producir qué efecto. Obviamente
esto puede cambiar de una frase a otra o de una página a la siguiente.
Y dado que me preguntas por mis textos, yo diría que lo que finalmente
tienen en común con las obras espaciales, arquitectónicas
o teatrales es su acústica y sus voces. Yo he escrito muchos textos
con voces diferentes, y la espacialidad es visible en ellos. Hay distintas
personas hablando, y esto necesariamente implica una dispersión
de voces, de tonos, que automáticamente producen espacialidad. Incluso
cuando eso no está señalado en el texto por nuevos parágrafos,
por cambios gramaticales de persona, este tipo de efecto es evidente en
muchos de mis textos: de pronto cambia la persona, cambia la voz y todo
adquiere espacialidad. Las reacciones de la gente, sus cambios de humor,
positivos o negativos, sus rechazos o sus odios, probablemente se pueden
explicar mejor en términos de tono y voz, más que en función
del contenido de lo que digo en ese momento. Ellos pueden soportar el hecho
de que tome ésta o aquella postura, pero lo que realmente les provoca
es esa espacialidad. El hecho de que uno ya no sabe con quién está
hablando, quién firma, de qué forma se ordena todo en el
texto: eso es lo que les perturba, lo que inquieta. Y este efecto de espacialidad
-tanto en mis textos como en los de otros- algunas veces asusta incluso
más de lo que lo hacen los propios trabajos espaciales, porque incluso
los trabajos espaciales que deberían producir este efecto todavía
dan la impresión de algún tipo de ordenación. Podemos
imaginarnos una obra terrible, insoportable, amenazadora, pero todavía
está dentro de un marco, o montada en un pedestal, o si es una película
tiene principio y final; hay por lo menos un simulacro de ordenación,
y en consecuencia la posibilidad de dominar la obra, algo que supone una
protección para el espectador o receptor. Pero hay textos que no
tienen principio ni fin, que dispersan sus voces, que dicen cosas diferentes
y que, como resultado, dificultan esa ordenación. Uno puede escuchar,
pero no es capaz de controlar. Así ocurre con mi obra, y hay a quien
le gusta y a quien no. Pero en mi opinión es siempre una cuestión
de espacio, de lo indómito de la espacialidad, de algo que justamente
ocurre en las voces.
David Wills: ¿Podría esta idea de tono estar relacionada
con algo que tuviera que ver con las artes plásticas, con la cuestión
de la belleza?
Jacques Derrida: La cuestión de la belleza es tremendamente
difícil. No lo sé. Naturalmente podríamos evocar los
discursos canónicos sobre la belleza y hablar de Kant, etcétera,
pero no resultaría interesante aquí. Personalmente no soy
capaz de tratar la belleza como efecto separado, aunque soy sensible a
ella, hablemos del tema dentro o fuera del arte. En ninguno de los dos
casos puedo separarla de la experiencia del cuerpo, y por lo tanto de la
experiencia del deseo; naturalmente, es entonces una experiencia de carácter
libidinal. Por la razón que acabo de mencionar, probablemente soy
más sensible a los trabajos a través de la voz, de la belleza
de las tonalidades. Por esta razón, finalmente, debo decir -todavía
en el registro naif- que raramente me sobrecoge la belleza de los trabajos
pictóricos o arquitectónicos. Rara vez una pintura me quita
el aliento. En cambio, esto sí me ocurre a veces con la música
o cuando escucho la palabra hablada o leo un texto -es decir, escuchando
la voz- y a menudo me ocurre en el cine, pero sólo en tanto que
este sentimiento viene a través de la voz como deseo. Puede ocurrir
en el cine mudo, pero sólo porque el cine mudo nunca es del todo
realmente mudo.
Por lo tanto podría decir que para mí la experiencia de
la belleza, si es que existe semejante cosa, es inseparable de las relaciones
con el deseo del otro, hasta el punto de que ello sólo funciona
a través de la voz, a través de algo que tiene que ver con
las diferencias tonales. Para ser más concreto, a través
de la voz como algo que intensifica el deseo al máximo, porque justamente
lo separa del cuerpo. Hay en la voz un efecto de interrupción, de
suspensión. Uno puede hacer el amor con la voz, sin estar haciendo
el amor. La voz separa. Y de este modo es un asunto de lo que sea que hay
en la voz que provoca el deseo; es una vibración diferencial que
al mismo tiempo interrumpe, estorba, impide el acceso, mantiene la distancia.
Para mí eso es la belleza. Hablamos de belleza cuando nos enfrentamos
a algo que es a la vez deseable e inaccesible, algo que me habla, que me
llama, pero que al mismo tiempo me está diciendo que es inalcanzable.
Entonces puedo decir que es bello, que existe más allá, que
tiene un efecto de trascendencia, que es inaccesible. Por lo tanto yo no
puedo consumirlo -no es consumible; es una obra de arte. Esto es lo que
define a la obra de arte: no ser consumible. Lo bello es algo que despierta
mi deseo al decir precisamente "no me consumirás". Por ello, toda
obra de arte es una obra de duelo gozosa, incluso aunque no haya obra ni
luto. Por otra parte, si se trata de algo que puedo consumir entonces no
es algo bello. Es por esto que tendría más problemas para
decir que un cuadro o una pieza arquitectónica es bella. Podría
decirlo, pero sin ser capturado por ninguno de ellos, no estaría
conmovido por el mismo sentimiento de belleza. Sin embargo puedo ser conmovido
en el caso de un discurso finito, donde aparecen seres que hablan, o incluso
en el caso de textos, un poema por ejemplo, donde hay efectos de la voz
que te invocan y se dan a sí mismos, pero rehusándose. Todo
lo que puedes decir es que es bello, y que tú no eres responsable.
Puede ocurrir sólo contigo -como en el caso de la firma- pero al
mismo tiempo tú no tienes nada que ver con ello. Por lo tanto es
como si estuvieras muerto; ocurre sin ti. Hay una voz que sólo puede
ocurrir por ti, pero que pasa de ti. Eso es la belleza, es algo triste,
doloroso. Podríamos tener, en un contexto distinto, una discusión
más académica sobre la belleza, pero aquí estoy intentando
decir algo distinto.
Peter Brunette: En "Cincuenta y dos aforismos"(2)
hablas mucho acerca de la relación de la arquitectura
con el pensamiento o la reflexión, de la analogía
entre el discurso y todo el arte espacial. ¿Qué
opinas de la relación de línea, forma y color
con el pensamiento? Cuando dices "arte espacial" en lugar de
"arte visual" ¿cambia eso algo? ¿Hay predominio
logocéntrico del yo, del ojo(3),
en la visión negada cuando pones estas palabras en la
esfera de lo espacial?
Jacques Derrida: Seguramente hay un elemento de azar
en mi uso de la palabra "espacial" -la verdad es que no sé
como ajustar mi discurso a vuestras expectativas-, pero es cierto
de hecho que digo "espacial" con mayor facilidad que "visual".
Debería dar la siguiente razón: es porque no estoy
seguro de que el espacio esté esencialmente dominado
por la mirada. Obviamente, cuando digo arte espacial, eso me
permite, de un modo económico y estratégico, relacionar
estas artes con un cambio general de ideas respecto al espacio,
la pintura, el discurso,... y también porque el espacio
no es necesariamente aquello que es visto, como lo es para el
escultor o el arquitecto, por ejemplo. Espacio no es sólo
lo visible, sino algo que abarca incluso lo invisible -esto
nos remite al texto sobre la ceguera(4)-.
Lo invisible, para mí, no es simplemente lo opuesto a
la visión. Esto es difícil de explicar, pero en
ese texto intento demostrar que el pintor o el dibujante son
ciegos, que ella o él escriben, dibujan o pintan, como
ciegos, que la mano de ese pintor o ese dibujante es la mano
de una persona ciega -que la suya es una experiencia de ceguera.
De manera que las artes visuales son también artes de
la ceguera. Por esa razón prefiero hablar de artes espaciales.
Ello me permite más fácilmente relacionarlas con
las nociones de texto, espacio, etc.
En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, obviamente la palabra "pensamiento"
no funciona para mí en su contexto normal, excepto que en algún
momento yo pueda, como cuestión puramente utilitaria, emplearla
en función de alguna distinción realizada en algún
otro lugar entre pensamiento y filosofía. El pensamiento no está
agotado por la filosofía. La filosofía es sólo un
modo de pensamiento, y es en la medida que éste excede a la filosofía
que puede interesarnos aquí. Esto supone que existen artes espaciales,
prácticas, que exceden a la filosofía, que resisten al logocentrismo
filosófico y que no son simplemente naturales o, como algunos las
llaman, animales. No son simplemente del orden de las necesidades inmediatas.
En este punto me parece necesario decir que allí existe el pensamiento,
algo que produce sentido sin pertenecer al orden del sentido, que excede
al discurso filosófico y que cuestiona a la misma filosofía,
que potencialmente contiene un cuestionamiento de la filosofía,
algo que va más allá de la filosofía. Esto no significa
que un pintor o un cineasta posean los medios para cuestionar a la filosofía,
pero sí que lo que ellas o ellos crean constituye la frontera de
algo de lo que no se puede adueñar la filosofía. Es justo
allí donde hay pensamiento. De manera que cada vez que hay un avance,
una creación pictórica o arquitectónica, ya sea una
obra particular, una nueva escuela o un estilo arquitectónico o
una nueva clase de evento artístico, el pensamiento está
presente, y no sólo en el sentido que acabo de describir. Todo ello
implica al pensamiento también en el sentido de la memoria de la
historia y de la tradición de la obra, o del arte en general. Y
eso no significa que los artistas de hecho conozcan la historia de su disciplina,
o que los cineastas deban conocer la historia del cine, pero el hecho de
que ellos inauguran algo, de que producen un tipo de obra que no hubiera
sido posible hace, digamos, 20 años, supone que en sus trabajos
la memoria de la historia del cine está grabada, y por lo tanto
interpretada: eso es también pensamiento. Lo que llamo pensamiento
es justo esto: un estar interpretando. En ese sentido, cuando hablo de
un trabajo de pensamiento en la arquitectura, lo que también puede
aplicarse a la pintura o a las bellas artes, estoy haciendo una distinción
entre pensamiento y filosofía. Me refiero a algo que excede a lo
filosófico, algo no sólo del orden de un movimiento de tierras
o de un instinto animal, sino más bien a la auto-interpretación,
a la interpretación de la propia memoria.
Lo que llamo pensamiento es un gesto polémico con respecto a
las interpretaciones consolidadas, para las cuales la producción
de una obra de arquitectura o cine son, si no naturales, al menos ingenuas
en términos de la crítica o de los discursos teóricos,
los cuales son esencialmente filosóficos. ¡Como si el pensamiento
no tuviera nada que ver con la obra, como si ésta no pensase, como
el teórico, el intérprete o el filósofo! Así,
la idea es defender, de manera polémica, que el pensamiento está
en la experiencia de la obra, que está incorporado a ella -hay una
provocación en pensar de parte de la obra, y esta provocación
es irreductible. Obviamente, está cargada de significado porque
asume demasiadas cosas, tales como la heideggeriana distinción entre
filosofía y pensamiento. Son los términos de Heidegger los
que utilizo cuando digo que la filosofía es sólo un modo
de pensar. Es casi una cita directa que me he apropiado -pero al mismo
tiempo utilizo ésta en un sentido que es anti-heideggeriano. Para
interpretar correctamente mi reflexión acerca del pensamiento arquitectónico
es necesario, primero, comprender la referencia a Heidegger; y, segundo,
comprender que el texto entero acerca de la arquitectura es anti-heideggeriano.
Es un argumento contra la idea heideggeriana del habitar, de la obra de
arte como "habitación". Mi crítica a Heidegger a menudo comienza
por su teoría de las artes espaciales. Y ello porque pienso que
la jerarquización de las artes que él establece en su discurso
sobre el arte y la pintura, o sobre la poesía, repite un gesto filosófico
clásico, que es exactamente aquél contra el que yo argumento.
De manera que no es sólo un argumento contra Heidegger que luego
yo aplico al dominio del arte; en realidad, es en relación a los
fundamentos de las artes espaciales, o empezando por la cuestión
de las artes espaciales, que yo cuestiono a Heidegger, particularmente
en el dominio de la arquitectura y en lo que él defiende acerca
del habitar.
David Wills: Volvamos a tu texto sobre la fotografía,
"Derecho de Inspección". Me gustaría que te extendieras sobre
lo que me contaste una vez concerniente al problema de su traducción,
al hecho de que la obra no fuese aceptada por un editor americano.
Jacques Derrida: La cuestión de esa traducción
es complicada. Primero, es un libro muy difícil de traducir, por
el modo en que juega con las palabras francesas; pero es más que
eso, porque yo trato de demostrar que las fotografías mismas proceden
de una clase de juego implícito en francés que no es traducible,
que es como si esta obra fotográfica pudiera ser producida sólo
en el idioma francés; como si no sólo mi texto, sino también
las fotografías fueran intraducibles. Me estoy acordando de lo que
ocurrió en el caso de la traducción japonesa del texto. Debido
a las diferencias entre la alineación de izquierda a derecha de
la escritura occidental y la progresión vertical, y de derecha a
izquierda de los japoneses y debido al hecho de que una alineación
similar de miradas ocurre tanto dentro de una fotografía como entre
una foto y la siguiente, no era posible reproducir las fotos en un orden
"correcto" en japonés. De hecho, el editor invirtió el orden
original de las fotos, pero eso sólo confundió a los lectores
japoneses, pues las miradas continuaban sin poder relacionar unas fotos
con otras. De manera que lo que yo llamo la intraductibilidad del texto
se hizo evidente en el caso japonés.
Así que en primer lugar es difícil de traducir por razones
debidas al texto en sí mismo. Aparte de esto, y de todos modos,
si apareció en inglés solamente en Australia imagino que
fue además por otras razones -no sé exactamente cuáles,
aunque tengo formada una opinión después de haber hablado
con algunas personas. Parece que, a pesar de todo, en el campo de las editoriales
académicas americanas la "obscenidad" de las fotografías
es un obstáculo. Quiero decir que mis editores americanos, las respetables
editoriales universitarias, no quisieron publicar la obra ni asociar mi
nombre con fotografías de amantes lesbianas, y así dijeron
que la obra no les interesaba. Por ejemplo, una de las editoriales, a través
de un representante que decía saber algo de fotografía, me
comunicó que las fotos no eran interesantes. No sé en qué
basaban sus valoraciones, si estaban siendo sinceros o no. Yo no soy quién
para juzgarlo. Quizá este representante tenía razón,
pero la obra consistía en algo más que en las fotografías.
En este caso se dio un rechazo que no puedo explicar. Sólo puedo
pensar que la resistencia a esta clase de imágenes en el campo de
las editoriales académicas es mayor de lo que creía. Fui
muy ingenuo porque con la idea confusa que yo tenía sobre lo que
está pasando en los Estados Unidos no pensaba que este tipo de hipocresía
prevaleciera todavía. Desde este punto de vista, este país
continúa siendo muy enigmático para mí. Coexiste un
tipo de libertad casi sin trabas junto a las más ridículas
prohibiciones morales; la proximidad de ambas es difícil de comprender.
Peter Brunette: Me gustaría preguntarte ahora algo referente
a la así llamada negatividad de la deconstrucción.
Al final de los "Cincuenta y dos aforismos" haces una llamada a la no destrucción
de las cosas, a favor de la necesidad de encontrar algo afirmativo: "La
base sin fondo de una arquitectura a la vez deconstructiva y afirmativa
puede causar vértigo, pero no es el vacío, el resto caótico
y abismal, el hiato de la destrucción". Apuntas este lugar afirmativo
en tu obra, pero nunca lo nombras. ¿Puede ser nombrado?
Jacques Derrida: No es un lugar; no es un sitio que exista realmente.
Es un "ven"; es lo que llamo una afirmación que no es positiva.
No existe, no es presente. Siempre distingo la afirmación de la
postura de positividad. De este modo es una afirmación muy arriesgada,
incierta, improbable; escapa totalmente al espacio de certidumbre.
Antes de avanzar sobre esta cuestión, y respecto el pasaje que
has citado, puedo decir que insisto en ese tema -en el texto sobre arquitectura-
por dos razones: primero, porque de hecho la gente puede decir que la arquitectura
deconstructiva es un absurdo, ya que la arquitectura consiste en construir.
Así que es necesario explicar qué es lo que ese término
significa en el texto, que la "arquitectura deconstructiva" se refiere
precisamente a lo que ocurre en términos de un reunir, de un estar
juntos, de un constituir asamblea, también del ahora y del conservar.
La deconstrucción no consiste solamente en disociar, desarticular
o destruir, sino también en afirmar un cierto "estar juntos", un
cierto ahora; la construcción es posible solamente a partir de que
los fundamentos, los cimientos mismos, hayan sido deconstruidos. Afirmación,
decisión, invención, la llegada en torno al constructum
no es posible a menos que la filosofía de la arquitectura, la historia
de la arquitectura, los cimientos mismos, hayan sido cuestionados. Si los
cimientos están seguros, no hay construcción ni existe la
invención. La invención asume una indeterminación;
asume que en un momento dado no hay nada. Echamos cimientos sobre las bases
de la no-cimentación. Así, la deconstrucción es la
condición para la construcción, para la invención
verdadera de una afirmación real que mantiene unido aquello que
construye. Desde este punto de vista, sólo la deconstrucción,
sólo una apelación a la deconstrucción, puede realmente
crear arquitectura.
El pasaje que tú citas ofrece así una respuesta a aquellos que
están aterrorizados ante la idea de una arquitectura
deconstructiva, a aquellos que la consideran ridícula;
pero en segundo lugar, también es una respuesta a los
discursos dentro del campo arquitectónico que son un
poco negativos, como el de Eisenman, por ejemplo. Se ha publicado
hace poco una carta que le escribí en relación
a este tema(5). En la discusión
teorética de su obra él presenta a menudo un discurso
de la negatividad demasiado fácil: habla de la arquitectura
de la ausencia, de la arquitectura de la nada -y yo soy escéptico
frente a los discursos de ausencia y negatividad. Esto también
lo aplico a otros arquitectos como Libeskind. Entiendo lo que
motiva sus observaciones, pero no son lo suficientemente cuidadosas.
Hablando de sus propias obras se inclinan demasiado a hablar
de vacío, de negatividad, de ausencia, con un tono a
veces teológico, incluso judeo-teológico. Ninguna
arquitectura puede ser llamada judaica, por supuesto, pero la
suya se apoya en un tipo de discurso judaico, elabora una especie
de negatividad teológica en relación al tema de
la arquitectura.
Ahora bien, ¿cómo se nombra esa positividad? No lo sé.
Si lo supiera, nada hubiera ocurrido nunca. El hecho es que, a fin de que
lo que convencionalmente llamamos deconstrucción arranque, esa llamada
es necesaria. Dice "ven". Pero, ¿ven a dónde? -no lo sé.
De donde viene esta llamada y de quién, lo ignoro. Esto no significa
simplemente que yo sea un ignorante; sino que hablamos de algo que es ajeno
al conocimiento. A fin de que esa llamada exista, el orden del conocimiento
debe ser quebrado. Si podemos identificar, objetivizar, reconocer el lugar,
desde ese momento ya no hay llamada. A fin de que exista una llamada y
de que exista la belleza de la que hablamos anteriormente, el orden de
determinación y conocimiento deben ser sobrepasados. Es en relación
al no-conocimiento como tiene lugar la llamada. Así que yo no tengo
la respuesta. No puedo decirte "es ésta". De verdad que no lo sé,
pero este "no lo sé" no es resultado de la ignorancia o del escepticismo,
ni de nihilismo u oscurantismo alguno. Este no-conocimiento es la condición
necesaria para que algo ocurra, para que sea asumida una responsabilidad,
para que una decisión sea tomada, para que un acontecimiento tenga
lugar.
Es necesario que seamos incapaces de contestar esa pregunta y que cada
acontecimiento -ya sea un acontecimiento en la vida de alguien, ya un acontecimiento
tal como una obra de arte- tenga lugar allí donde no hay lugar.
Eso proporciona el lugar de un acaecer y es imprescindible que ese lugar
no pueda ser conocido antes, que no sea programable. Después podemos
imaginar o determinar los programas, podemos hacer los análisis.
Si una forma de arte aparece en tal o cual momento es porque las condiciones
históricas, ideológicas y técnicas lo hacen posible;
pero es sólo a posteriori como vamos a poder determinar ese
lugar, como lugar en que era posible esperar la obra, como satisfaciendo
nuestras expectativas, como determinada por una necesaria estructura de
recepción. Si pudiéramos hacer ese análisis de modo
completo, sería porque nada habría ocurrido. Creo que es
siempre necesario tener en cuenta las condiciones históricas, políticas,
económicas e ideológicas, analizarlas lo más posible
incluyendo hasta la historia de cada forma específica de arte. Pero
si el análisis de todas estas condiciones es completo hasta el punto
de que la obra aparece ahí solamente para tapar un agujero, entonces
es que no había obra. Si la obra existe es porque incluso cuando
todas las condiciones que podrían convertirse en objeto de análisis
han sido halladas, todavía algo inesperado e ilocalizable ha ocurrido,
algo a lo que llamamos firma, obra si lo prefieres. Si todas las condiciones
necesarias para producir, digamos, "En busca del tiempo perdido" han sido
encontradas y podemos analizar esas condiciones de forma generalizada y
en cada caso concreto, y si de hecho ese análisis no necesita más
de la obra, entonces es porque nada ha ocurrido. Si una obra existe, significa
que el análisis de todas las condiciones sólo sirvió,
cómo lo diría, para hacer sitio en un lugar absolutamente
indeterminado a algo que es a la vez inútil, suplementario y finalmente
irreductible a esas condiciones.
Peter Brunette: Querría hacerte ahora una pregunta acerca
del futuro de lo que podría ser denominado una práctica crítica
deconstructiva alternativa. Parece que si se escribe siguiendo el modelo
deconstructivo más convencional, se cae en algo académico,
ya realizado previamente. Pero si se escribe de un modo más personal,
o más abandonado al azar o los hallazgos fortuitos, entonces los
críticos se vuelven hostiles. Dicen que eso es demasiado narcisista,
o que está bien cuando lo hace Derrida o lo hacía Barthes,
porque ellos son Derrida y Barthes, pero que cuando otros lo hacen es autocomplacencia.
Reconociendo el enorme constreñimiento institucional sobre el discurso,
¿piensas que hay algún futuro para esta clase de práctica?
Jacques Derrida: Si hay "esta clase de práctica", entonces
no tiene la más mínima oportunidad. Su oportunidad reposa
justamente en que la "práctica" sea transformada, desfigurada. Es
obvio que si se somete a una fórmula normalizada e identificable,
ya reconocida en un momento dado, entonces no debería tener una
oportunidad. Habría nacido muerta, muerta desde el inicio. Si tiene
una oportunidad es en la medida en que se mueva, en que logre transformarse,
en que no sea inmediatamente reconocida. Deberíamos ser capaces
de reconocerla, pero es además necesario que en el proceso de este
reconocimiento alguna otra cosa ocurra en un sentido contrario, algo que
aparezca como de contrabando. La gente debe ser capaz de reconocer y al
mismo tiempo asumir que están tratando con algo que no pueden identificar
totalmente, que hay en ello algo que ellos no conocen. Se asume y no; no
hay una ley general. Por decirlo en términos formalistas, propondría
que se trata de una paradoja como la que sigue: las posibilidades de que
X -digamos la deconstrucción, pero podría ser cualquier otra
cosa- prolifere y crezca son inversamente proporcionales al hecho de que
se cumpla su reconocimiento como tal X, es decir, directamente proporcional
a su capacidad de producción de efectos que no podrían ser
inducidos de modo continuo por la propia deconstrucción. Así,
ello es algo que sólo puede existir como transformado, como desplazado.
Peter Brunette: ¿Qué te parece en ese sentido el intento
de Gregory Ulmer, en su reciente libro Teletheory: Grammatology
in the Age of Video(6), para
desarrollar una práctica crítica alternativa,
que él denomina mystory?
Jacques Derrida: Con respecto a Greg Ulmer, su trabajo me parece
muy interesante, muy necesario; abre otro espacio que podemos evaluar de
una manera diferente. Podemos evaluarlo con respecto a la deconstrucción
-personalmente estoy incapacitado para hacerlo- o con respecto a lo que
yo he hecho, y la gente puede o no estar de acuerdo con ello. Pero es necesario
además plantear una discusión autónoma acerca de esos
objetos -televisión, telepedagogía y demás- y es obvio
que tales cuestiones van a producir un nuevo discurso que un montón
de gente, yo mismo incluido, no entenderemos. De hecho yo mismo no estoy
seguro de haber entendido a Greg Ulmer muy bien, o de haber trabajado lo
suficiente sobre él como para saber lo que piensa. Lo veo desde
lejos, como en boceto, como en principio algo que va más allá
de mí. Y eso significa que el objeto llamado deconstrucción
se ha desplazado y que bajo su nombre hay ya muchas cosas que están
ocurriendo y que no tienen nada que ver en un sentido estrecho con la palabra.
Y que por lo tanto su objeto está siendo desplazado y deformado.
Esa es justamente su condición de futuro. Si la deconstrucción
va a tener futuro, es a condición de no ser más "eso", sino
de producirse en otro lugar. Está claro que la producción
de nuevas capacidades tecnológicas -en comunicaciones, por ejemplo-,
que a mí mismo nunca me hubiera sido posible imaginar, desplazará
completamente las cosas. La situación política está
cambiando radicalmente; lo mismo ocurre con los ordenadores, la biología,
y con todo aquello que producirá necesariamente discursos que no
son totalmente trasladables a un código o lenguaje de la deconstrucción
de hace veinte años, o de hace diez años, o del tiempo presente.
Pertenece al futuro, por definición. Y si hay un futuro, es precisamente
porque no podemos decir nada acerca de ello.
En los términos en que yo puedo predecir, desde lo que tengo
a mano, durante los años que vienen la guerra sobre la deconstrucción
continuará probablemente con furia en la academia americana. En
mi opinión la controversia está lejos de amainar. No sé
durante cuánto tiempo esto seguirá, pero el argumento político
seguirá abasteciendo de combustible al debate. No es sólo
que los asuntos del pasado, aquellos de Heidegger o de Man, siguen levantando
interés. Durante cierto tiempo la temperatura permanecerá
bastante elevada, y por razones políticas, y no sólo acerca
de cosas que son difíciles de interpretar, como con el "caso de
Man", sino para el sistema completo en el que se inscriben los detractores
de la deconstrucción. Habrá una gran incertidumbre que incrementará
la tensión, especialmente a causa de lo que ahora está ocurriendo
en la esfera geopolítica, especialmente a partir de lo que venimos
llamando el proceso de democratización en los países del
Este; todo eso hará que la máquina interpretativa se muestre
muy inquieta. Y, como siempre, la polarización hará que la
tensión se incremente; porque resulta indudable la polarización
alrededor de la deconstrucción -entre aquellos que dicen que es
reaccionaria y aquellos que dicen que es revolucionaria, conservadora o
no conservadora.
David Wills: ¿Crees que la problemática es la misma
en Francia?
Jacques Derrida: No, en Francia es más complicado; siempre
hay semejanzas, pero en Francia el mundo intelectual está más
diversificado. En Estados Unidos la deconstrucción está restringida
al medio académico, aunque ese medio no sea un campo homogéneo
-y de hecho ocurra que la deconstrucción esté empezando a
desbordar el campo académico. Alguien me dijo que había habido
recientemente un coloquio sobre la deconstrucción en el ejército
o en la marina. Y el otro día Hillis Miller me dijo que había
recibido una llamada de Phyllis Franklin del MLA, a quien un senador le
había solicitado información sobre la deconstrucción.
Así que está claro que quieren saber lo que está pasando.
Pero, en general, en todo caso, la cultura intelectual americana está
restringida al campo académico. En Francia las cosas son diferentes.
El mundillo universitario no coincide con el cultural o el literario.
Peter Brunette: Estaba pensando en el mundillo universitario
porque cuando los profesores de universidad franceses vienen aquí
y les decimos que estamos interesados en tu trabajo, ellos tienen la tendencia
a decir que, sí, que la deconstrucción era algo importante
que pasaba hace quince o veinte años, pero insisten en no entender
por qué nos interesa todavía.
Jacques Derrida: Esto es a la vez cierto y falso. Es verdad que
la deconstrucción apareció en una forma determinada y en
un momento concreto en Francia y que ha habido un retraso en su transmisión.
Hubo un proceso de asimilación, y por tanto, aparentemente, de digestión
y evacuación, que ocurrió en Francia entre 1966-67 y 1972-73,
y desde ese punto de vista se supone allí un proceso terminado.
Pero, al mismo tiempo, a menudo esa opinión muestra la desaprobación
o el resentimiento contra algo que en mi opinión todavía
no ha llegado a Francia. Así que es una opinión verdadera
y falsa, y merecería tal vez un análisis más detallado.
También es necesario tener en cuenta la posición individual
de los intelectuales franceses que vienen aquí, que tienen sus intereses,
que tienen una determinada experiencia, y que quieren ver las cosas de
una forma concreta. En general les pone nerviosos, por razones obvias,
que la deconstrucción interese a la gente de aquí. Esto me
concierne directamente, porque yo estoy justo en el medio de todo ello,
y a menudo me llega de vuelta a casa justamente por este camino.
Peter Brunette: Tengo una pregunta relacionada con ésta
que es un poco más difícil, quizá porque es fundamental,
pero es una cuestión para mí muy importante, incluso para
mi propia vida intelectual. El problema es que me siento incapaz de escuchar
una conferencia sobre cualquier tema, no importa lo especializado que sea,
desde que he sido "arruinado" por la deconstrucción.
Jacques Derrida: Yo también siento igual.
Peter Brunette: Todo el pensamiento, por lo menos hasta ahora,
parece depender de la capacidad de hacer distinciones, de ordenar las jerarquías.
Tan pronto como veo que alguien que está dando una conferencia divide
el tema en tres partes, por ejemplo, veo como la cuestión 1 podría
ser considerada parte de la 3 o que las 2 y 1 se superponen o coinciden
parcialmente. Así que, teniendo en cuenta que la deconstrucción
parece amenazar la producción de conocimiento de este modo fundamental,
me pregunto si no estabas siendo un poco ingenuo cuando al final de la
entrevista Limited. Inc. que te hizo Gerald Graff dijiste que lo
que más te preocupaba era que la gente parecía leer equivocadamente,
de manera deliberada, tu trabajo, y que parecían irresponsables
cuando lo discutían. Pero, teniendo en cuenta que tus ideas amenazan
la producción de conocimiento, según acabamos de establecer,
¿no es comprensible tal respuesta? Y si es verdad que la deconstrucción
bloquea la producción de conocimiento, ¿hacia dónde
vamos? A lo mejor es una pregunta ingenua, pero siento que debo hacerla:
¿Qué viene a continuación?
La segunda parte de la pregunta es: ¿Cuál piensas que
es, institucionalmente hablando, la perspectiva futura de la deconstrucción
en América? ¿Continuará existiendo? Y si lo hace,
¿empezará a tomar nuevas formas más allá de
lo que se podría llamar la indecidibilidad de la "Escuela de Yale",
el encuentro de aporías en los textos? Estoy pensando, por ejemplo,
en Glas, el texto performativo que intenta ir más allá
del logocentrismo ¿Crees qué hay algún futuro para
algo así en la academia americana?
Jacques Derrida: Bueno, son muchas preguntas. Ayer estuve en
un coloquio sobre el holocausto, y hablé durante dos horas y media
sobre un texto de Benjamin tratando 1, 2, 3 distinciones. Pasé el
tiempo demostrando cómo este texto de Benjamin, Para una crítica
de la violencia, que establece una serie de distinciones entre conceptos
como "fundar la violencia" y "conservar la violencia", deconstruye constantemente
sus propias oposiciones conceptuales. Así que estuve todo el rato
delineando las distinciones benjaminianas y cuestionándolas. Para
mí una lectura sólo es soportable cuando cumple esa labor.
Una vez dicho esto, no creo que la deconstrucción sea esencial o
únicamente aquella operación que, como tú dices, destruye
la producción de conocimiento. No. O, mejor dicho, lo hace y no
lo hace. Por una parte, puede de hecho bloquear o interrumpir cierto tipo
de obra, de trabajo intelectual; pero, por otro lado, indirectamente produce
conocimiento, indirectamente produce obra. Tanto los que se consideran
deconstruccionistas como los que se oponen a ella trabajan a su modo, y
creo que eso sin duda acelera la producción de conocimiento. Por
ejemplo, el Neohistoricismo, que se presenta a sí mismo como un
productor de conocimiento, aparece en el mismo campo delimitado por la
deconstrucción. Aunque reconozco que la deconstrucción puede
paralizar la lenta y optimista acumulación positiva de conocimiento,
también pienso que es al mismo tiempo productiva.
Luego me preguntas qué viene después. Para ser sincero,
no tengo ni idea. Yo no estoy aquí para cantar las alabanzas de
la deconstrucción, pero creo que el hecho de que la deconstrucción
ya no se limita a lo que tú llamas la Escuela de Yale es evidente.
Diciendo eso dejo claro que no estoy hablando de mi propio trabajo. Lo
que está ocurriendo en arquitectura, en las facultades de derecho,
etcétera, muestra que la deconstrucción no se ha limitado
a ese contexto. Aún suponiendo que en un momento dado eso fuera
así -lo que no es estrictamente cierto- y la deconstrucción
se identificara con el grupo de "Yale"; eso se acabó. Y de hecho
siempre fue de ese modo, incluso en Yale. Pero es necesario distinguir
entre el destino de la palabra "deconstrucción", o de una escuela
así llamada -que de hecho nunca existió- y otras cosas que
sin tal nombre o alguna referencia a la teoría, se pueden desarrollar
como deconstrucción. Para mí la deconstrucción no
se limita a un discurso sobre el tema de la deconstrucción, para
mí la deconstrucción hay que encontrarla en marcha, está
en obra. Opera en Platón, en los mandos militares americanos y soviéticos,
o en la crisis económica. Así pues la verdadera deconstrucción
no necesita de la deconstrucción, no necesita de una teoría
o una palabra. De manera que si la restringimos, si la limitamos al efecto
discursivo e institucional que ha provocado en todo el mundo, pero principalmente
en América y en la academia, y nos preguntamos qué viene
a continuación, pues no lo sé. Estamos acostumbrados a los
cambios de moda en las escuelas, en las teorías y las hegemonías.
Y no vamos a usar una palabra indefinidamente. Un día pensaremos
que durante los 60, 70 y 80 hubo una cosa llamada deconstrucción
que estuvo representada por... no me hago ilusiones sobre esto, no más
que sobre nuestra propia longevidad. Sabemos que por lo general vivimos
60 o 70 años y después morimos. En ese sentido, la "deconstrucción",
como palabra o como tema, desaparecerá. ¿Qué pasará
antes o después de que desaparezca? No lo sé. Creo que ya
ha tenido una vida bastante larga, precisamente porque nunca fue una teoría
incluida en una disciplina filosófica o literaria. Sigue un ritmo
temporal diferente y está tardando un tiempo en desplazarse hacia
la arquitectura u otros campos. Se transforma, es un fenómeno bastante
monstruoso, cada vez diferente y, por tanto, inidentificable. Obviamente,
si algunos quieren identificarla con el tipo de teoría literaria
que se desarrolló en Yale, en un gesto reductivo, es más
fácil encontrarle límites. Pero es más como un virus,
es una forma de virus al que perdemos la pista. Es inevitable que en un
momento dado se pierda la pista identificable con el nombre de deconstrucción;
esto es obvio, la palabra se desgastará. Pero más allá
de la palabra "deconstrucción" o de otras palabras asociadas con
ella, este proceso será diferente, puede que dure más. Continuará
habiendo pequeños organismos, con sus vidas independientes, cuyas
trayectorias tal vez podamos seguir -pero eso es así para cualquier
cosa que acontece en una cultura. ¿Cómo se sigue el rastro
de la filosofía a través de la historia? No lo sé.
Laguna Beach, California
28 de Abril de 1990
Traducción: Juan ..., Javier Ariza, Graciela de la Huerga, Miguel
Olmeda y Andrés Muñoz.
(1) "Of an apocaliptic tone recently
adopted in philosophy", SEMEIA, núm. 23, 1982, pp. 63-97.
(2) "Fifty-two Aphorisms for a Foreword", in Omnibus, p. 69.
(3) El juego de palabras, entre "yo" y "ojo" es intraducible; en inglés,
"I" y "eye" se pronuncian igual. [N. del T.]
(4) "Memoirs of the blind", Trad. al inglés de Pascale-Anne Brault
y Michael Naas, Chicago, University of Chicago Press.
(5) "A letter to Peter Eisenman", ASSEMBLAGE, núm. 12 (Agosto
1990), pp. 7-13.
(6) Gregory Ulmer, Teletheory: Grammatology in the Age of Video,
New York, Routledge, 1989. |