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(para Virginia)
Innombrables sont les récits du monde.
Roland Barthes
Probablemente sea la obra de Jordi Colomer, inmersa en la imparable producción
de la extensa nómina de artistas españoles surgidos al calor
de la notable renovación producida a principios de los años
ochenta, una de las que mejor sintetice, en la actualidad, y de una forma
más visible y compleja, todo el cúmulo de elementos y de
actitudes que desde una estricta perspectiva de presente nos podríamos
plantear precisamente como más definitorios de aquella renovación,
de aquellos nuevos planteamientos y de aquellas consideraciones de lo que
era no sólo la escultura después de unas ciertas sombras
de la modernidad sino también del dominio del arte y del propio
acto de su pensar, aunque la indudable notoriedad de su trabajo no se limitara
óni se limite tampoco ahoraó, como parece lógico,
a un mero papel de vigía o de faro iluminador de caminos históricamente
oscuros. Sin embargo, no deja de ser cierto que su trayectoria nos ha servido
a muchos para comprender de manera bastante más próxima e
intensa cuáles son algunos de los sentidos del arte y cuál
su posible relación con el mundo y con los individuos, superando
diferencias entre alta y baja cultura, y entre espacio exterior y ámbitos
de la privacidad, de cara a conseguir un espacio de síntesis que
no hace otra cosa que convertir su obra en un dispositivo cada vez más
complejo y, simultáneamente, más y más vinculado a
los avatares del hombre y de la experiencia de mundo, tanto desde la óptica
del individuo como de la del sujeto.
La obra de Jordi Colomer -casi olvidados ya sus primeros escarceos con
una pintura de juventud, pero siempre presentes sus años inacabados
de Arquitectura (1983-86), durante los que se forjó su interés
por las formas caligráficas, el valor de los colores, la idea de
escenarios de representación y su íntima relación
con la escala humana y la domésticaó, la totalidad de su
corpus, de hecho, ejemplifica de manera remarcablemente clara cuáles
han sido los derroteros fundamentales por los que ha discurrido la evolución
de la discutida escena artística española en estos últimos
quince años: su trabajo, y él mismo, en suma, ha crecido
y ha devenido adulto de una manera casi sintomática. Su trabajo
ha sido el que nos ha enseñado óy no sólo mostradoó
en qué consistía en realidad hacerse adulto en las turbulentas
óy todavía hoy harto tramposasó aguas del arte español
contemporáneo, ha sido el que nos ha enseñado cómo
descifrar paulatinamente el sueño persistente del hombre de los
lobos, cómo incorporar a la producción artística
todo aquello de lo que uno mismo se nutre como sujeto y como individuo,
y como ente histórico cada día, cómo establecer las
pautas del relato y de una cierta teoría del drama moderno,
cómo remitir a los estadios de una supuesta escena primitiva, cómo
poner más de relieve el hecho de que el arte puede descubrir algo
sobre la naturaleza de la realidad, cómo tener el mundo en la cabeza
y mantener el cuerpo en el mundo, cómo saber olvidar la cuestión
del estilo en aras de una total libertad de acción y de comprensión
en perpetuo desarrollo y complejización óun potente movimiento
continuo tanto de rotación como de traslaciónó, cómo
poder hablar de los dispositivos tridimensionales contemporáneos
con la misma eficacia tanto si nos hallamos ante una voluminosa instalación
como ante un sutil dibujo en el que, por lo demás, apenas aparece
nada dibujado, y nos ha enseñado, en suma, cómo hacer del
propio discurrir existencial un elemento potentísimo de producción
de sentido, libre de buena parte de las ataduras hermenéuticas e
interpretativas al uso pero herméticamente sujeto a las posibilidades
que vinculan los elementos procedentes de la cultura popular con los rasgos
de la identidad, los síntomas estructurales de la mente con (el
uso de) los placeres del cuerpo, todo ello en aras de un plausible "nuevo
humanismo", una posible nueva sensibilidad permanentemente anunciada óy
enunciadaó, que hoy en día discurre ya por los derroteros
extraños, polimorfos y perversos de una cierta privacidad. Innumerables
son los relatos del mundo, efectivamente, y a todos ellos sin apenas
excepción recurre el artista para construir uno más, innombrable,
desacomplejado, que actúa como mecanismo de reflejo hacia el propio
espectador. ¿Qué otra cosa, si no, podría hallar éste
en el trabajo de Colomer, más que a sí mismo, una y otra
vez, perpetuamente mutante, continuamente cambiante?: es, sin duda, y una
vez más, el placer del texto.
Y en eso consiste fundamentalmente su obra: una permanente voluntad
de construcción de relato, colocada, para más señas,
en lo alto de un escenario, arriba de una tarima concebida como lugar de
(la) representación, como espacio último de representación
(¿plateau?), espacio convertido en lugar en el que la palabra
no dicha y el personaje de ilusión construyen ese texto múltiple
y terrible que marca su inagotable deseo de ficción: el Teatro
es el único lugar del mundo donde un gesto hecho no se recomienza
dos veces, para decirlo en palabras de Artaud. La traducción
del deseo de ficción es, pues, interminable, infinita, inacabada:
se prolonga, pues, en los mecanismos de la producción de sentido
y en los dispositivos de su puesta en escena, en una idea particular de
las tres dimensiones que abarca no sólo la producción significante
sino también sus usos y su propia evolución física.
Por esa misma vocación imparable de construcción de texto
y de elaboración de relato, el trabajo de Jordi Colomer se
va estructurando a lo largo de los años de forma sorprendentemente
comunicante, es decir, sus distintas obras van enlazándose unas
con otras, en tortuosos pero fructíferos procesos de remisión
y de enlace, casi de autorreferencia (a veces como unos perversos y semiocultos
mecanismos de autocita ó¿tal vez de autodefensa?ó),
de modo que se constituye lentamente a modo de un tejido cada vez más
tupido y complejo, una potente red de discurso en la que sus distintos
ingredientes no tienen explicación los unos sin los otros, y en
los que la noción de proceso, en un sentido como de obra abierta,
sin terminar, aparece más y más insistentemente. Desde esta
óptica, estimamos plausible aventurar que la estructura de su trabajo,
tomado como un todo, parece regirse por un doble proceso funcional, de
carácter casi lingüístico: la articulación y
la integración, un montaje y una fusión, la sintaxis y la
poética. Y en el núcleo de este sistema, una serie de conceptos
primordiales constituyen la esencia en torno a la cual unas pocas piezas
se convierten en los mecanismos generadores de los demás conceptos
asociados, conceptos relativos a la arquitectura, a la escritura, y a la
representación, fundamentalmente, por encima de todo lo cual planea
asimismo, de un modo genérico, la idea relacionada con una nueva
concepción de la actividad escultórica acorde con el devenir
de los tiempos, así como del propio concepto de la escultura y de
los dispositivos tridimensionales contemporáneos, la legitimidad
de sus mecanismos representacionales y la aplicabilidad de sus sistemas
formales.
La escritura de Jordi Colomer ócomo huella de sus inicios
pictóricos, en paralelo a sus estudios de arte y de historia del
arte (1979ó1982)ó a modo de registro personal y como un elemento
fundamental que vehicula todo proceso narrativo aparece no sólo
como un signo principal sino directamente asociado al mundo de la escenificación
y de la representación, a la idea genérica del teatro, y
también a los procesos arquitectónicos, asociado a la imagen
del muro (o pantalla) como posible trasunto de una piel sobre la que grabar
un tatuaje (Liraelastica), y pensando que ese tatuaje, ese ornamento,
ese delito, convierte a la idea de la arquitectura en otra presencia
humana vagamente figural, un lugar en el que desarrollar el relato primordial
en el que aparecen los múltiples rastros entretejidos que van desde
Loos a Le Corbusier, desde Brecht a Philip Johnson, y desde Foucault a
Szondi pasando por Little Nemo, Novarina y Mickey. Innumerables, pues,
son los espacios del mundo, casi podríamos decir, tanto interiores
como públicos, tanto de la razón como de la locura, tanto
de la ficción como de la naturaleza, del poder o de la privacidad,
del placer o del goce. ¿O no será, acaso, que cada uno de
ellos debe contener a todos los demás de una manera inevitable,
para así dotarse de su propia carta de naturaleza?: recordemos,
a este respecto, el despliegue ofrecido en una serie como 12 Pensées
Interiors (1992), en la que se aúna esa idea potente del exterior/interior
de la Glass House de Philip Johnson, junto con las alusiones a los
espacios posibles no ya de la representación sino directamente de
la significación.
La idea de escritura, pues, y no sólo desde su sentido meramente
caligráfico (Pensées ó1990ó), como un
despliegue aparatoso y efectivo de poderosos mecanismos asociativos de
índole visual, poética, gráfica y propiamente plástica
que acaban por constituirse como una nueva posibilidad de ordenación
espacial y, por tanto, arquitectónica; Puça ó1992ó,
como un nuevo y legítimo sistema de construir una idea lingüística
con los mínimos elementos visuales, casi siempre pequeños
recortes y diminutas imágenes supuestamente intrascendentes prendidas
con alfileres casi como en estado de suspenso, provisionales; Seudónimo
ó1992ó, como un intento de remitir a los procesos de impostación
que también pueden hacer posible una escritura otra y una
creación de imágenes poéticas o reales, como los procesos
que aparecían en las series consecutivas Opereta ó1991ó,
Nova Opereta ó1992ó y Finestres ó1992ó;
y grafías de todo tipo que aparecen en multitud de piezas, así
como en los trabajos monográficos realizados en la instalación
Diamants Tatoués ó1990ó, en el Musée
Rimbaud, en Charleville) se consolida también en su aspecto estructural,
en un tipo de articulación que nos retrotrae a algunos de los planteamientos
lingüísticos fundacionales de Benveniste: una sentencia en
la pared en la que los elementos han sido substituidos por objetos dotados
de otras funciones morfológicas (Frase ó1992ó,
como una "escritura con objetos") o, finalmente, la serie de los Goldófish,
cuyos primeros ejemplares, de pequeño tamaño, aparecen ya
en 1990 como una leve variación de esa posibilidad última
de "escribir con objetos", es decir, construir imágenes sintácticas
a partir de un despliegue tridimensional hecho de substituciones, alusiones
y juegos privados en las que las intrusiones de algunos objetos reales
actúan o bien como coordinación de ideas o bien como elemento
perturbador, inquietante extranjería destinada a subvertir
otros órdenes de percepción y comprensión, pensada
para desmontar la quietud, los placeres del mal.
Aunque su verdadero origen hay que ir a buscarlo en los fructíferos
años parisienses del artista, en los que el descubrimiento de las
posibilidades de la ciudad incluyó todo tipo de lugares de maravillas,
como, entre otros, los sótanos del Museo de las Artes Africanas
y de Oceanía, un impresionante acuario en el que el recorrido se
efectúa siguiendo una sucesión de ventanas como bloques contiguos,
los distintos ejemplos de la serie Goldófish, sobre todo
los de mayor tamaño óauténtico despliegue de una poderosa
imagen en el suelo, que se desparrama y se multiplica en la cabeza del
propio espectador como una idea que se introduce en nuestra mente y que
casi nos obliga a perpetuarlaó, constituyen el último eslabón
de ese trabajo escritural que ya tiene un pie en los dispositivos arquitecturales
propiamente dichos. Concebidos a modo de intersticios entre bloques regulares
y regularmente ordenados a base de la repetición de números
múltiples que tanto gusta al artista, los pequeños fragmentos
de alfombra insisten en esa alternancia y repetición de los mecanismos
de la articulación de una lengua, toda vez que anticipan las posibilidades
de espacio que cualquier construcción de relato conlleva.
De todos modos, nunca debemos perder de vista que toda la obra de Jordi
Colomer ha constituido fundamentalmente, desde aquellas primeras y reveladoras
Quatre Idees óde título harto esclarecedor, por otra
parteó, en el Centre de Lectura de Reus (1986) ócuando casi
todo estaba empezandoó, una investigación en profundidad
acerca de las posibilidades expresivas de los objetos y de los materiales,
sus capacidades asociativas, sus propiedades evocativas y todo un cúmulo
de referencias a los ámbitos de la privacidad y de los juegos de
lenguaje que, en algunas ocasiones, han hecho pensar en su trabajo como
en una posible equivalencia con algunos de los planteamientos genéricos
de artistas internacionales que han sido capitales para comprender la función
del arte y su lugar fundamental en la construcción del espacio de
lo social y de lo subjetivo en la contemporaneidad, posibilidad ésta
defendida en más de una ocasión a partir de la inquebrantable
convicción de que nos hallamos ante uno de los artistas más
complejos y que más pueden hacer por contribuir a situarnos ante
lo que es y lo que hace una obra de arte, tal y como ya aventurábamos
al principio, que hoy se da en la escena artística española.
Esa dedicación sistemática a la construcción de
objetos óes decir, más propiamente a su reconsideración
factual o a su refabricación literal en aras de una mayor carga
expresiva, ya sea dirigida al repertorio de la cultura popular o a las
referencias a los mecanismos literarios de otra cataduraó se vincula
siempre con su disposición en el espacio, ya sea porque constituyen
una obra en sí mismos y por sí mismos o porque forman parte
de un dispositivo de orden más arquitectónico en el cual
se introducen como elementos generadores de nuevas lecturas, de un cierto
desorden o de reminiscencias a las esferas de lo doméstico y a esos
ámbitos de la privacidad que tan caros, por otra parte, le resultan
al artista. Las piezas esenciales de la instalación Alta Comèdia
(Tarragona, 1993), la escenografía compacta para la obra Carta
als actors, de Valère Novarina, puesta en escena por el Teatre
Invisible (1993) óconvertida por unos días en una potente
pieza autónoma para la exposición Iluminaciones Profanas,
en Artelekuó, el Teatro Maravillas (1995), realizado para
la conmemoración del cincuentenario de la ONU (instalado en los
jardines de su sede en Ginebra) o la escultura Doble mirador, recientemente
instalada en una plaza de Sant Boi de LLobregat (1995), son algunas de
las piezas más emblemáticas, por su complejidad, de lo que
nos atreveríamos a llamar la última etapa de Jordi Colomer,
una "etapa" que tiende progresivamente a hacer de cada obra una arborescencia
barroquizante de todas sus preocupaciones y sus intereses, tanto los artísticos
como los experienciales, materializados brevemente en las bocas manchadas
por el amor, en las armónicas y los densos catálogos de esa
Nueva Geografía Dorada (para chicos y chicas) (1995), que
parece constituir la esencia de su último intento por construir
un compendio del mundo: la escritura y la narración, el despliegue
de los objetos, los dispositivos arquitectónicos y los usos y concepciones
del espacio y, en suma, la noción más amplia y compleja posible
del concepto de la puesta en escena, tanto desde su más habitual
vertiente doméstica como en su nueva acepción pública,
faceta ésta prácticamente inédita para el artista,
si exceptuamos un último proyecto en curso de realización
en el espacio público de la ciudad de Lleida.
Son emblemáticas, en este sentido, las obras que ya hemos apuntado
para hacernos idea del tejido que conforma el espíritu de ese "último
Colomer", pero sus precedentes inmediatos se revisten, por una parte, del
carácter precioso de elementos que configuran la creciente densidad
del trabajo y, por otra, se constituyen en los pilares definitivos para
una creciente e imparable transformación del concepto de escultura
o si se quiere, del propio concepto de dispositivo tridimensional. Como
en casa (1991) y Nou com a casa (1992) son, en este sentido,
los elementos articuladores principales de una consideración del
trabajo escultórico como una actividad procedente de los ámbitos
de la experiencia y cuya ubicación en las tres dimensiones apela
no sólo a sus estatuos visuales óestableciéndose asimismo
como referencia a la noóarquitectura y al noópaisajeó
sino también, casi podríamos decir, a los epidérmicos,
pensando que la estructura vertical de las piezas constituye, además,
una posible equiparación con el lugar del hombre en el mundo, un
hombre con añadidos, tatuajes, escrituras simbólicas y que
soporta objetos en su cabeza, como soportando el peso del mundo.
Esas dos series de obras, capitales e indiscutibles, desde su rotundidad
tridimensional y espacial abren las puertas a la comprensión de
la vocación de puesta en escena, de los resortes múltiples
de la representación. El teatro debe ser, efectivamente, el único
lugar del mundo en el que es imposible recomenzar dos veces la misma cosa,
el mismo gesto una vez ya hecho: por eso el trabajo de Colomer se sitúa
en el extremo de la representación, deja el espacio abierto para
los innombrables beckettianos, accede a fijar sólo las apariencias
de los personajes (sus utensilios, sus tatuajes, su comida, sus vestigios,
su escritura, su calzado, sus huellas, su lectura, su impostura y, en suma,
su actuación), para mostrarlos en su más pura condición
de durmientes, de soñadores, tal vez, los que duermen, pues ya Valéry
hallaba profundas similitudes entre el relato y el sueño a causa
de todo aquello que dejan en un aparte, o que tal vez descartan. Schlafende.
La imagen freudiana del sueño del hombre de los lobos nos
aparece como un síntoma fundacional más, y esa posibilidad
de la repetición y la recurrencia y sus múltiples ingredientes
interpretativos o transformativos constituyen las dos caras de buena parte
de los mecanismos de la creación: los placeres del sujeto.
Y es en ese tipo de piezas cuando el artista parece poner el mayor énfasis
en tratar la idea del pedestal en la escultura asimilándolo con
la idea de escenario (de la representación): del mismo modo que
aparecían platos, ladrillos y caracolas en lo alto de la serie
Se lève et se couche (1988), como una coronación escénica
(igual que los zapatos de Como en casa), la idea del pedestal se
asocia a la presencia del escenario teatral como elemento que separa óo
fundeó los ámbitos de la realidad y la representación,
los ámbitos del presente y de la ensoñación. En este
sentido, Noves vacances (1993) es quizás su pieza más
emblemática, toda vez que una de las más misteriosas y enigmáticas,
junto con las obras de la serie Entre cajas (1993), en las que la
apología del pedestal se convierte en una fusión radical
del espíritu de los Goldófish con la idea de los escenarios:
su escultura, pues, una vez más como el máximo ejemplo de
sincretización de sus propios sistemas expresivos y de sus dispositivos
tridimensionales.
Jordi Colomer aspira a colocar sus obras en el presente, a hacer de
sus obras unos elementos reales óun conjunto de elementos
realesó en los que el papel del hombre sea progresivamente importante,
indudablemente activo, como un agente que catalice nuevas energías
y que otorgue su última razón de ser al mundo cambiante de
los objetos: basta con tener presente la intrigante construcción
sintáctica de los objetos de En escena (1993) y el ocultamiento
de los elementos cotidianos en Gran com a casa (1993), nueva reconsideración
de un posible modulor actual adaptado a los deleites de la apariencia,
la desfuncionalización y los peligros del delito ornamental. Jordi
Colomer habla de los relatos del mundo y de los ámbitos de la experiencia,
de su propia experiencia y de la posibilidad de construir una nueva experiencia.
Ahí radica su importancia indudable: en la construcción de
una experiencia de mundo, en la asunción de una posible subjetividad
sin sujeto, en la pugna por la creación de una atmósfera
rebosante de vida, en la intensidad del principio indudable del autor
ómás allá de la muerte del auteur, y más
allá de la obra y el textoó que hace que a
la interrogación acerca de lo que es óo debe seró
un autor le siga la firme convicción de que los juegos de la identidad
tienen la forma prácticamente ineludible de la individualidad y
del yo y un ansia irrefrenable por nombrar lo innombrable. Finalmente,
sin embargo, y una vez más, el vértigo abstracto ante ese
trayecto inmenso, inacabable, nos hace volver a Barthes, como al principio,
como siempre, como para siempre, como en una posible House of Love
construída sobre esto y lo otro: on échou toujours à
parler de ce qu'on aime. |