|
There Are too Many Fools Following Too Many Rules Irdial-Discs
Retrospectiva del veterano sello londinense que, con motivo
de la aparición de su número cincuenta, recoge gran parte
de su desperdigado catálogo. Alejados de la presión del circuito
comercial, los artistas del Irdial han gozado de la libertad (y el tiempo...)
para desarrollar sus propios códigos expresivos más allá
de la tónica general imperante. Irdial discs, we rule!
Zero
Awol Ministry of Sound
Jungle Dub Kickin
Jungle Vibes 2 Red Arrow
Tres recopilaciones de calidad para estar al día en
el campo del jungle."Awol" captura en vivo (con bocinas de gas incluidas)
el espíritu de este club que tiene lugar en el M.O.S. los jueves.
Emoción, sudor y energético drum&bass. "Jungle
Dub" reúne comprimidos de feroz drum&bass, no exentos
de profundidad artkore. Finalmente, "Jungle Vibes 2" contiene ragga-jungle
ideal para la pista de baile.
Kosmos
Universal Sounds of America Soul Jazz Records
The Future sound of Jazz Compost
Estamos ante dos recopilaciones que mantienen un nexo de
unión entre el pasado y el presente en forma de influencia, la primera,
y entre el presente y el futuro, a modo de proyección, la segunda.
Jazz cósmico y marciano en "Universal Sounds of America"
con Sun Ra, Pharoah Sanders, Art Ensemble of Chicago y otros músicos
intergalácticos. Jazz digital y electrónica ambiental
abstracta en "The Future Sound of Jazz" con Patrick Pulsinger, Jimi Tenor,
Wagon Christ, The Mighty Bop y demás abanderados del techno mental.
Imprescindibles.
Podría haber ocurrido que el lenguaje del arte ya no le pertenezca al arte.
Uno de los ámbitos que ha usurpado aquel potencial que
tenía el arte para sugerir atmósferas es el de la
música de consumo. Los críticos musicales adscritos
a la cultura de clubs son hoy en día dueños de una
envidiosa capacidad para generar categorías. Su lenguaje
está mucho más capacitado para distinguir entre
la miríada de atmósferas que aparecen y desaparecen
sin cesar de lo que el propio lenguaje de la crítica de
arte ha sido capaz en sus mejores momentos. El potencial taxonómico
que la cultura de clubs ostenta ha dejado sin sentido los esfuerzos
del arte por llevar al lenguaje el espectro de la sensibilidad.
Como decía uno de estos escritores a propósito de
los Sandals «hay conciertos que obligan a los críticos
musicales a escudriñar en su repertorio de epítetos
y adjetivos superlativos para intentar reproducir sobre el papel
el frenético caleidoscopio sonoro que emana de los bafles».(1)
Algo de lo que pertenecía a las artes visuales ha sido legado
al dominio de la música de consumo. Es como si el proyecto aculturador
del arte hubiese sido transferido y expandido. La celebración estética
que de manera persistente ha caracterizado el discurso de las artes visuales
hoy es patrimonio legítimo de la música de clubs. Un sinfín
de términos ponen nombre a las sensaciones. Un nuevo sublime electrónico
espolea el lenguaje. Un infinito de grados y sensaciones atmosféricas
aguardan su nominación. Frente a este crescendo terminológico,
las artes visuales parecen menos dispuestas a asumir el ritmo metarmofoseante
de la música. Sin embargo, algo ha ocurrido dentro del campo de
las artes visuales para que éstas se desprendan de una de sus cualidades
más genuinas: la capacidad de generar un lenguaje acorde con la
sofisticación sensorial. Definitivamente, el despertar utópico
de los sentidos ha pasado a ser un interés marginal para el arte.
No obstante, este traspaso no es consciente, ni premeditado. En ningún
caso podríamos asegurar que esté determinado desde dentro,
ni por los intereses del arte, ni por los intereses de la música.
En cambio, el problema tiene su propia historia, aunque puede que no tenga
causas en un sentido estricto. Lo que sí se puede asegurar es que,
si por un lado el arte ha sido capaz de donar sus cualidades lingüísticas,
por el otro ha sido receptivo con las formas escénicas de la música.
Grosso modo, contamos con tres momentos álgidos en el decurso
del arte del s. XX que pueden representar el proceso de incorporación
de la música en el espacio que se reservaba a las artes visuales.
El primero de ellos haría referencia a la introducción kandinskyana
de la música, cuya puerta de entrada es la teoría del arte
basada en las correspondencias entre un campo y otro. En segundo lugar,
la pretensión de un arte sonoro, que en las décadas de los
60 y 70 se asocia con la expansión del campo escultórico.
Y en última instancia, habría que destacar el papel que la
música de consumo ostenta hoy en el arte contemporáneo.
De todos los momentos, el que más nos interesa es el que corresponde
al nuestro. Este segmento sería el más problemático
y el más cercano, aunque también el más exótico.
A pesar de que lo más sencillo sería mantener lo que es música
como música, la presencia insistente de esta forma, o para ser todavía
más cautos, de la cualidad sonora, anima la discusión sobre
los efectos de esta introducción contra natura. La introducción
de la música en el arte no es, como suele esperarse con frecuencia,
producto de analogías felices. A pesar de la voluntad pacificadora
que recorre la historia de las artes visuales intentando suavizar los efectos
de la presencia musical en el espacio dominado por la visión, el
reino de lo escópico se resiente visiblemente con estas entradas.
Más allá del comparatismo académico, la música
desestabiliza la propia constitución de las artes visuales. Su presencia
desmiente los límites precarios impuestos a las artes objetuales.
Los criterios ontológicos tambalean.
Una de las modalidades contemporáneas que permite la yuxtaposición
del consumo musical y el consumo estético del arte pertenece al
orden de la performance musical, en muchos casos interpretada por el propio
artista en el contexto de la galería o del museo. A veces como diversión,
y otras como recreación. Pues ya son muchos los que compaginan la
producción de obras de arte con la actuación musical, haciendo
gala de una ambigüedad prometedora. Aunque con referirnos a la actuación
musical no está todo dicho. Puesto que además existe una
presencia de orden retórico e icónico que llega al universo
de las artes visuales asociada con la música popórock.
El afán por hacer indistinguibles ambas formas de presentación
pública -uno no sabe muy bien si lo que hay es una relación
de substitución o de convivencia- informa sobre una transformación
incipiente del campo estético. Al parecer tan desinteresado el acto
musical, al pretenderse tan normal e intrascendente, es como si desestimase
su propia intelección crítica. Uno se pregunta si ese gesto
musical que puede estar ahí sólo como fiesta, o como diversión,
puede ser legítimamente asociado con lo que se expone en las paredes.
Y más extravagante puede parecer aún que la actuación
musical se proponga como objeto estético en substitución
de las obras. O dicho de otro modo, que entre ambas formas se haya disuelto
la relación de mutua exclusión que prevalecía anteriormente,
antes de ser contempladas del modo que ahora lo hacemos.
Así pues, la introducción de la presencia musical en el
arte contemporáneo es susceptible de ser remitida a un proceso.
Y es importante subrayarlo, máxime cuando sus actuales representantes
niegan cualquier atisbo de historicidad. Como veremos, esta negación
forma parte de la pose que esta modalidad de la presencia musical arrastra
consigo. Tal vez estemos a punto de invertir demasiado aparato teórico
para un acto que se pretende indiferente a su propia existencia. Demasiada
consciencia para un acto que pretende ignorarse a sí mismo. Demasiado
armados conceptualmente como para llegar a comprender el flujo sensual
que desprendre este tipo de performance. Demasiado físico para contrastarlo
lingüísticamente.
* * *
Sería imposible censar esas actuaciones espontáneas y
efímeras que son perpretadas en ocasiones dispares, y en muchos
casos de manera imprevista, dentro de los circuitos dedicados a las artes
visuales. ¿Cuántas reseñas deberíamos repasar
y localizar para hacernos una idea aproximada de la frecuencia con la que
la música es introducida en la galería? Parece evidente que
detrás de una actuación musical no hay el mismo sentido de
posteridad que el que se le supone a una obra de arte objetual, sea cual
fuere su coeficiente de materialidad física. Mientras la obra de
arte aspira a ser inventariada, el concierto musical se resiste a ser criticado
como trabajo. A la actuación musical le basta con ser disfrutada
y comentada. Tal vez por eso, la música ha sido con frecuencia la
musa invitada a la inauguración. Bastan unos acordes para fundar
una atmósfera iniciática, inaugural. Más parte del
protocolo que del contenido.
Por si acaso, partamos de la base que tal vez no hay intención
firme de considerar la actuación musical como si de una obra de
arte se tratase. Posiblemente lo que se inserta como música en el
espacio expositivo sólo se pretende que siga siendo música.
Seguramente su propia instrascendencia es lo que hace que se quiera a si
misma como una inscripción suficiente.
Pero lo que discutiremos es un caso distinto. Un caso en el que la importación
musical supone una diferencia. Algo a lo que nosotros no podemos ser indiferentes,
por nuestro propio interés teórico.
* * *
Una de las reseñas incluidas en el primer número de Artforum
de 1995 proporciona un ejemplo significativo. Allí se informa sobre
una exposición de Rirkrit Tiravanija, en la que el comentarista
incluye, al inventariar su contenido, un acontencimiento musical, muy probablemente
-aunque sin especificar- a cargo del propio artista y un grupo de amigos.
A pesar de la brevedad del comentario, el crítico no pudo sustraerse
a la revisión de sus predisposiciones como espectador, y expuso
su incertidumbre así:
[...] en la inauguración de esta exposición todo lo que fuera
"arte" había sido retirado, y en su lugar, para la ocasión,
la gente se arremolinó, se encandiló y escuchó
la música en vivo detrás de un pequeño
panel blanco sobre el que se proyectaba Sleep (1963)
de Andy Warhol. ¿Qué es lo que más se merece
la etiqueta "arte", el excelente y ajustado espacio blanco en
el que se podía ver Sleep, y la gente y la música,
o la calma posterior y anterior con los objetos de Rirkrit Tiravanija
cerca de los objetos de Andy Warhol?(2)
Poco importa qué tipo de música escogió R. Tiravanija
para entretener a los visitantes. Las dudas del crítico ponen en
evidencia que la noción de arte es desde ahora iterable. Lo decisivo
en este caso ha sido la igualación que esa modalidad expositiva
prescribe. Lejos de caer en la tentación de discriminar lo que pueda
ser arte y lo que no, es preciso reconocer una cierta continuidad fisiológica
entre los objetos, incluyendo la música. El problema que aporta
esta presentación consiste precisamente en que no hay objeto al
que dirigir la mirada. El foco de interés no se encuentra ni en
los objetos que acompañan esta exposición (videos, libros,
un colchón, una esterilla) ni en la propia música, sino en
el entre que media entre unos y otros. Aunque, lógicamente
no hay mirada que pueda detenerse en un «entre» como tal. Parafraseando
un texto lacaniano, podría decirse que, aunque nosotros podamos
ser observados desde muchos puntos, nuestra mirada sólo puede fijarse
en uno. Por lo tanto, debemos resignarnos a ser conocedores de la limitación
de nuestro campo visual.
Si interpretaramos todo ello como la crisis de la visión, en
estas circunstancias tendríamos que atribuir la responsabilidad
de este debilitamiento a la música. Pero a la vez, tendríamos
que analizarla como la portadora de una experiencia novedosa. Aunque decir
experiencia no basta. Es preciso caracterizarla; lo que supone apelar a
la preponderancia de otros sentidos. Otro sentido que confirme el retroceso
de la visión. Por lo tanto, lo que está en juego aquí
es su deslegitimación.
La pregunta pertinente consiste entonces en averiguar qué había
con anterioridad al predominio de la visión. Considerando
que el advenimiento de la Kultur está marcado
por la depreciación de las percepciones olfativas y la
preponderancia de las percepciones visuales hemos de reconocer,
tal como ha dicho Hubert Damisch, que civilización y
pulsión escópica irían a la par(3).
Anticipando una alternativa a la racionalidad cultural, en la
exposición de Tiravanija las sensaciones olfativas, el
sabor y el humor promoverían la recuperación de
una experiencia ligada a condiciones sensoriales que, en términos
etnográficos, pertenecen a la pre-hominización.
Algo en el intersticio (huidizo, inestable, abierto y cerrado),
un espacio ocupado con la espera, y todo aquello que permanece
(el olor de alguien, el gusto a cerveza, el humo del pensamiento
de alguien más y cualquier tipo de transacción
afectuosa) es el contenido de la estética de Tiravanija.(4)
Si, como hipótesis aceptaramos la voluntad de recuperación
de un estadio anterior, previo a la civilización, diríamos,
como dijo Schelling, que «el lenguaje más antiguo
del mundo no tenía otra designación para los conceptos
que la sensible»(5). A todas
luces parece que este proyecto debería configurarse como
una involución, cuyo objetivo es el despertar de las
sensaciones condenadas por la adquisición de la cultura.
Como si un nuevo registro primitivista esperase su objetivación
a través de la música. Un primitivismo que emergería
como mecanismo de prevención frente a la saturación
que presumiblemente ha debido alcanzar el mundo del arte, ritualmente
sofisticado, plagado de creencias, excesivamente mediatizado;
falseado, manipulado, frivolizado; tocado por todos los defectos
propios de una subcultura crepuscular que cada vez siente más
el peso de la anomia. Puesto que la cultura del arte es cada
vez más moda, desde este punto de vista, esta modalidad
expositiva intentaría evitar el colapso de la propia
cultura artística, en cierto modo representante de un
sector de la llamada alta cultura.
Alta cultura, alta costura; asociadas homofónicamente
incluso. Como si todos los males y virtudes de la moda fuesen
traspasables al arte también. Sólo que, en el
mundo de la moda y también en del cine, la pasarela y
la pantalla nos recuerdan a menudo que aún existe el
umbral escénico, aquel instante en el que la star
o la top-model abandonan su yo a la «lógica
del espectáculo»(6).
Para el artista, ese límite que podría ser visualizado
en el espacio que media entre su persona y su obra, o entre
su cuerpo y el objeto -otra vez un espacio entre- es
una fuente de crisis constantes y de conflictos que se han resuelto
con la disolución de la escena. Esta es, sin duda, una
de las adquisiciones que el arte aún no ha asumido como
suya, pero que la pose del artista ya representa desde hace
tiempo; desde el momento en que el artista se sintió
capaz de identificarse con sus obras y desplazarse con el significado
adherido al cuerpo. Desde entonces, la obra y el artista constituyen
un todo(7). En este contexto, la
importación del potencial escénico de la moda
y la música pop vendría a suministrar un
instrumento de consciencia espectacular del que carece el mundo
del arte.
Esta incipiente disposición escénica, unida al
detrimento de lo visual, recrearía una lógica
que apela a los sentidos habitualmente reprimidos en la percepción
del arte. La lógica del gusto ha quedado ligada a los
sentidos no visuales, de manera que, cuando se habla de gusto,
lo que se intenta es sugerir una alternativa a lógica
de la racionalidad dominante. Recordemos que, en el marco estético
prescrito por la modernidad, el progreso civilizatorio se construye
sobre la base de lo asumido y de lo rechazado. Entonces, si
la especificidad del arte había sido conquistada con
un proceso de distinciones, su principal logro habría
consistido en aislar y elevar las sensaciones de orden estrictamente
visual a un plano de autoridad. Sin olvidar, además,
que todo aquello relacionado con la teatralidad fue demonizado
abiertamente por críticos como Michael Fried, quienes
la entendían peyorativamante como un exceso de presencia
del espectador(8).
A pesar de todo, este obsesivo proceso de diferenciación(9)
que la modernidad ha protagonizado también ha generado
unos restos. Residuos cuya reorganización configura el
conjunto de las opciones desechadas a lo largo de un proceso
histórico, susceptible de coagular en una especie de
bagaje inconsciente que lleva el sello de lo reprimido.
La heterogeneidad de lo que no se asimila en la alta cultura
es considerable. En este sentido, Roland Barthes fue uno de
los pocos críticos que se dignó a asumir la tarea
de organizar este material «alejado de toda literatura»(10).
Y así fue como entre los años 1954 y 1956 se propuso
escribir cada mes sobre mitos de la vida cotidiana francesa:
un combate de boxeo, un plato de cocina, una exposición
de arte, un coche, una foto de prensa, etc, todo iba a «significar».
Según sus propias declaraciones, la impaciencia que le
provocaba ver cómo se le negaba a estos temas su historicidad
le empujó a sistematizarlos.
Si la alta cultura se defendía antes como una Gestalt
sólida que podía oponerse al desorden de lo popular, una
vez el entretenimiento ha adquirido estatus de cultura -ni que sea cultura
de masas-, la diferencia se atenúa. Una vez esa alteridad reprimida
ha reunido síntomas suficientes para adquirir cuerpo, se convierte
en la alternativa que pondrá en duda las diferencias, de modo que
la especialización artística se ve amenazada con perder su
sentido. Los esfuerzos de justificación social que aún sofistican
más la imagen del arte como instancia de la alta cultura producen
un efecto inesperado que reifica teóricamente lo que al principio
se pretendía que fuera pura experiencia visual y libertad contemplativa.
Entonces es cuando la experiencia del arte se convierte en literatura,
síntoma definitivo del colapso.
Alcanzado un cierto nivel de saturación por exceso de cultura,
la música se presta a desintoxicar el mundo del arte. Topográficamente,
esta cultura otra que tendría su ubicación original
en la «mitad inferior», aspira a elevarse por encima de la
autoridad visible. Entonces, con la anulación del sistema de diferencias
que la música ligera o de consumo ignora por naturaleza,
lo diferente adquirirá instrumentos para acceder a su exposición.
Se trata efectivamente de una inversión carnavalesca en toda regla
que
Se caracteriza principalmente por la lógica original de las cosas al
revés y contradictorias, de las permutaciones constantes
de lo alto y lo bajo (la «rueda»), del frente y
el revés, y por las diversas formas de parodias, inversiones,
degradaciones, profanaciones, coronamientos y derrocamientos
bufonescos(11).
De ahí que, aceptar el calificativo caranavalesco no sólo
permitiría acercarnos a los componentes dionísiacos que por
supuesto lleva implícitos la música, sino que también
haría posible un discurso sobre el protagonismo de lo popular.
De hecho, la lógica del carnaval «ignora toda distinción
entre actores y espectadores», es decir, que también
ignora la escena que los separaría. De modo que la música,
una vez dentro de la galería y asociada con una estrategia
carnavalesca, traería consigo una concepción distinta
del espacio expositivo. Este espacio debería ser experimentado
como un continuum al que, parafraseando a Bajtin, «los
espectadores no asisten sino que lo viven»(12).
Deseo que, en el fondo, es compartido por todos aquellos que
contemplan el mundo del arte como el lugar donde deberían
celebrarse las utopías de la liberación expresionista
y de la comunicación absoluta, sin mediaciones artificiales
como la teoría.
* * *
De abajo hacia arriba es como se representa el acceso de lo popular
a la alta cultura. El curso de este camino podría ser ilustrado
con la trayectoria que la música jazz y el rock recorrieron
hasta ser descubiertas por la clase media. Reconocimiento que provocó
la expansión de los valores marginales pertenecientes a la comunidad
negra, cifrados en su música y basados esencialmente en virtudes
comunitarias. Anteriormente, al ser asumidos por la adolescencia americana
de los años 50, jazz y rock adquirieron súbitamente
el halo de un producto liberador. Es este sector joven el verdadero canal
de integración de la música en los hábitos de consumo
de la totalidad de la clase media. Las condiciones socioeconómicas
que permitieron este desarrollo de formas musicales asociadas con la adolescencia
tuvo mucho que ver con el poder adquisitivo de la juventud de postguerra.
Este cúmulo de circunstancias propició la aparición
de un estilo de vida, que a diferencia del standard adulto, estaba
marcado por un consumo cultural diferenciado. El estilo de vida, como categoría
sociológica, da preponderancia a las connotaciones estéticas.
De repente, la vida es susceptible de ser estilizada, y en definitiva,
estetizada. El antecedente más claro de esto lo podemos encontrar
en las actitudes artísticas de la bohemia cuyas poses y actitudes
personales divulgarían idearios estéticos. La difusión
corporal de esa estética lleva al espacio vital los símbolos
adoptados a la vez como señal de identidad y de pertenencia:
Las subculturas representan los significados acumulados y los medios de expresión
a través de los cuales grupos en posiciones subordinadas
dentro de la estructura han intentado negociar u oponerse al
sistema dominante. Estos son proveedores de un bagaje de recursos
simbólicos a disposición de individuos o de grupos
que intenten construir una identidad viable dentro de sus condiciones
específicas.(13)
En particular, los principales receptores del rock fueron
aquellos cuyo capital cultural era considerablemente más
alto, y cuyas oportunidades de experimentar con las ideas y
los estilos de vida, y moratoria para trabajar les situaban
en una posición única y privilegiada(14).
Ellos recibirían de las posiciones subordinadas
«una música afroamericana que contradice directamente
una de las principales fuerzas disciplinarias de la cultura
industrial»(15). Luego, a
pesar de instalarse rápidamente en la sociedad de consumo,
estas formas musicales tuvieron un efecto subversivo «invirtiendo
el icono del reloj»(16),
de modo que desde aquel momento el tiempo mediría dosis
de placer en lugar de unidades de trabajo.
El sometimiento a las estructuras que difundió la nueva sociedad
capitalista se notó especialmente en las relaciones entre el tiempo
de trabajo y el tiempo de diversión. La reglamentación aplastante
que sufren los espíritus libres en beneficio de la productividad
siguió un programa de conquista del espacio familiar, privado, y
personal. Cuando el control horario hubo alcanzado definitivamente el corazón
de los individuos, el único recuerdo de un tiempo anterior quedará
cifrado en la música polirritmíca, improvisada, y no escrita.
La identificación de la música popular con una arcadia preindustrial
cobra sentido en la creencia de que el tiempo, antes de pasar a ser un
bien explotable era una pertenencia de los individuos.
No en vano, el liberalismo ha sido descrito por sus críticos como un
sistema en el que exponerse al intercambio social y económico
se paga con el precio de una pérdida de la libertad original(17).
Ese estado de independencia de las estructuras sociales no deja
de parecernos un mito que, no obstante, funciona como arma de
reivindicación frente al abuso progresivo de las administraciones,
las cuales, bajo la premisa de un bien colectivo se constituyen
en mecanismos desposeedores.
La resistencia a la productividad es así una de las
características trascendentes de la música que
se introduce en el arte. La ausencia de trabajo, no significa
solamente que no haya objeto u obra que perdure, sino que "se
representa como un modo de disponibilidad total o de libertad
para que el individuo se 'produzca' a sí mismo como valor,
para 'expresarse a si mismo', para 'liberarse a si mismo' como
un auténtico contenido (consciente o inconsciente),
en breve, como el ideal de tiempo y como el ideal de individuo
como una forma vacía para ser rellenada finalmente con
su libertad"(18).
La liberación utópica del contenido será sin duda
una de las constantes que puede ser extraida de las sucesivas épocas
musicales, vinculadas todas a ellas a poses distintivas. En este sentido
también, constituidas en estéticas pasajeras que desarrollan
su potencial en la retórica de la pose.
En realidad, esas afirmaciones concuerdan con un espíritu lúdico
muy propio del movimiento hippie. Para estos, el juego
se convierte en una sublimación estética de las
constricciones que impone el trabajo. Las tesis que Dan Graham
ha expuesto en su libro Rock my Religion refuerzan, siguiendo
esta linea, la idea de que la música pop supuso
el triunfo del ocio por encima de la ética del trabajo(19).
Cabe decir que los principlales interesados en este cambio fueron
los adolescentes de una generación que vivieron la experiencia
de ver cómo los valores de sus padres no podían
seguir siendo los suyos. Puede que esta no fuera la primera
vez que ocurriera, pero sí que es el principio de la
expresión organizada de disconformidad. De ahí
que surgiese una necesidad de trasmitir no sólo una crítica
social e idelógica, sino existencial.
* * *
La capacidad crítica que distinguió el jazz y el
rock al principio no se prolongó durante mucho tiempo. La
asimilación de esta música para el consumo neutralizó
el efecto de sus letras y convirtió la provocación en un
signo estético de la rebelión juvenil, o lo que es lo mismo,
la vació de contenido promoviendo una audiencia indiscriminada.
Contrariamente, las letras de las canciones se poetizaron adquiriendo mayor
vaguedad y extravangacia. Se impuso, en lugar de una revolución,
lo que podríamos llamar una salvación por la vía
poética. Un poema de Nico publicado en 1968, dentro de un número
que produjeron conjuntamente Andy Warhol y Gerard Malanga, es sintómatico
del abandono del deseo de protagonizar cambios y de la desidia para tomar
decisiones. Los últimos versos cerraban el poema diciendo algo así
como:
Puede que vivamos mil años a partir de ahora
y que robemos los secretos de la mente silenciosa del mañana.
Seguramente allí estarán los dioses
para decidir por nosotros.(20)
Esa idea de un mañana silencioso y el deseo de no ser activos
anuncian la resistencia pasiva que tan profundamente caracterizará
a la juventud en los años setenta. Pero, para ser cautos sería
preferible decir que esta fue la forma de fijar la imagen de la juventud
en la consciencia pública. Porque no es nada desdeñable la
influencia que los medios de comunicación adquieren a partir de
esos años, sobretodo en lo que se refiere a la modificación
y constitución del imaginario social.
En el momento en que la representación de la juventud es apropiada por
«el sistema económico y la dinámica del
capitalismo»(21), esta se
convierte en materia de ficción mediática. En
general, la música pop y rock son cómplices
de un constante esfuerzo de invención de lo que se supone
que es ser joven. Sin embargo, la experiencia de la juventud
va a vivirse, a partir de ahora, multiplicada por el efecto
de su representación y por el consecuente ocultamiento
que conlleva su misma publicitación. Nuevamente hemos
de reconocer que toda forma de presentación reproduce
un residuo. La inaccesibilidad de este resto lo hace cada más
opaco, y en el caso de la juventud su experiencia se desarrolla
con el telón de fondo de su propia imagen adaptada a
la mercadotecnia, pero sin que eso signifique que la juventud
como tal pueda ser identificada en el producto público
que la representa.
En un momento dado, la condición residual es asimilada
por la propia consciencia de la juventud. Aunque de hecho, desde
los años 20 y 30 la escuela de sociología de Chicago
identificó sus primeros trabajos sobre la juventud con
los distritos menos favorecidos de la ciudad, allí donde
el nivel de delincuencia hacía más urgente la
investigación. El confinamiento de la juventud a una
posición marginal se asume de tal modo que en la misma
recopilación que citábamos más arriba,
alguien llamado Szabo proclamaba que «la basura es mi
respuesta a todo problema»(22).
Sin embargo, la glorificación de la identidad negativa
que aquí se hace acontecer tal vez se correspondería
mejor con la órbita del punk.
* * *
Pero antes de abandonar la discusión sobre la música de
consumo y su efecto sobre el imaginario social querría volver al
papel que tuvo el jazz en los media. Con Hors-champs(1992)
Stan Douglas ha elaborado una revisión crítica de la inscripción
mediática de este estilo musical. Para ello escogió filmar
una sesión de free-jazz de acuerdo con el estilo de los programas
de televisión de los años 60; escenografía neutra
y cámara prácticamente fija, sin excesivos desplazamientos.
A parte de la convencionalidad con la que parece reproducirse la actuación,
el movimiento de las cámara y el montaje de la película devuelven
el protagonismo al encuadre de la mirada. Este es, en todo caso, un encuadre
que normaliza la presencia del jazz, lo inscribe en los medios de
comunicación. Pero eso no es todo, porque la proyección convencional
tiene su reverso al otro lado de la pantalla, sobre el que se proyecta
una toma alternativa de la misma performance; toma en la que, esta
vez, la cámara se zarandea al compás de la improvisación,
poniendo en evidencia que la estandarización del código televisivo
que somete la imagen del jazz no hace suficiente justicia a las
razones de una popularidad fundada en la improvisación de grupo
y en la libertad harmónica, metáforas de un mundo al margen
de la legalidad.
Podríamos aventurar la hipótesis que la estetización
de jazz se produce en un nivel escópico. La imagen se hace deseable,
se carga con atributos que reintroducen un cierto primitivismo que prioriza
el eje dionisíaco, mientras que las connotaciones imperialistas
con las que a menudo ha sido divulgado lo primitivo quedan relegadas a
un plano más discreto. A partir del momento que este tipo de música
empieza a revisarse y a reinterpretarse, es decir a historizarse, decae
su potencial liberador, lo cual ocurre alrededor de1970. Por eso, cuando
en 1992 Stan Douglas dedica esta pieza a la comunidad negra de Los Angeles
conecta automáticamente la imagen del jazz con su propio
pasado subversivo. En cierta manera devuelve la música negra a su
origen y la situa en el principio de la historia de las revueltas sociales
y juveniles. Sugiere de este modo la reversibilidad de un proceso a lo
largo del cual a la música se le había sustraído su
relación de propiedad con la comunidad afroamericana.
* * *
Un caso como el del artista Michael Snow, blanco y canadiense, demuestra
que el significado del jazz y la música improvisada fueron
capaces de romper la barrera racial en fecha tan temprana como los años
40. Esta era la prueba definitiva de que el jazz se había
convertido en un signo estético, de que su imagen había sido
desarraigada. Una vez desterritorializada, este tipo de música se
difunde entre otras capas sociales que necesariamente le infunden valores
ajenos. Sin embargo, el tipo de experiencia que el jazz transportaba
suponía una reconciliación con la realidad psicológica
de los individuos. En definitiva, permitía librarse al goce de los
impulsos mentales que andarían a la par con el animado fraseo del
jazz.
De raíz, el jazz se prestaba a ser comparado con la modalidad
pictórica que estaba más en boga por entonces:
«la música improvisada, en términos psicológicos
es muy parecida al expresionimo abstracto, y gestualmente también,
aunque el resultado de la pintura es un objeto estático
de contemplación»(23).
Michael Snow, junto con otros artistas visuales, fundó
una banda que se hizo llamar CCMC, dedicada a la música
improvisada. Un tipo de música que, más allá
de etiquetas, predisponía tal como él mismo ha
afirmado a «moldear algo, a definirlo, auráticamente,
emocionalmente e intelectualmente»(24).
Con el jazz no sólo se ganó el acceso al
espacio psicológico, tarea en la que prácticamente
toda la intelectualidad americana de postguerra estaba implicada,
sino que la psique consiguió ser habitada y transitada
virtualmente gracias a la estructura dialógica y al ritmo
respiratorio que exige la ejecución del jazz.
Allan Mates, un miembro de la banda de Snow, describía
la experiencia con estas palabras:
Lo que ocurre cuando improvisas libremente, y donde de verdad
está el truco, es que, cuando estás improvisando
o haciendo esos tipos de variaciones, miras hacia adelante,
hacia los momentos álgidos. Así que vas construyendo
líneas con una formación de base, pero creo que
de hecho estás más pendiente del futuro. Creo
que cuando improvisas libremente, a medida que lo vas construyendo,
tienes que estar más ligado al pasado, así que
lo que haces es construir frases melódicas que se refieren
a lo que tú mismo has expuesto con anterioridad [...].
Lo que intentas es pensar hacia delante y hacia atrás
al mismo tiempo, y eso le proporciona una longitud inusual a
tu fraseo(25).
Sin duda esta forma de entender la música puede extrapolarse
a un estilo de meditación. O equipararse con una «duplicación
interna del yo»(26), que
es tal como los románticos alemanes la definirían.
Ya que el concepto de reflexión, connotaciones intelectuales
aparte, retiene un sentido más musical, del todo presente
en una expresión como «s'entendre parler»,
es decir, oirse hablar a uno mismo. Esta expresión es
fácilmente convertible en una metáfora del auto-abastecimiento,
de la auto-suficiencia; razón por la cual, cuando la
meditación y la reflexión son asociadas con la
música llevan a primer plano la idea de aislamiento.
Fue Paul Virilo quien, al contemplar los motoristas con casco,
gafas de sol y auriculares, habló de «prótesis
técnicas de meditación»)(27),
prótesis que se erigen en barreras protectoras del exceso
sensorial, que asalta desde el entorno. Evitar al máximo
las percepciones externas y concentrarse en el flujo interno
sería el deseo del meditador.
Aquí, concretamente, la fantasía que satisface
la música es la de una auto-suficiencia que se demuestra
en la capacidad para abarcar el pasado y el futuro dentro del
paréntesis de la propia consciencia. La no dependencia
de estructuras sociales para establecer la comunicación
con los demás coincide con el ideal adolescente y solipsista,
que quiere verse sin la necesidad de intermediarios. Su puesta
en práctica (y en escena) recurre al rostro como pantalla
de la personalidad, y en el arte se expresa como un rechazo
al valor de la discursividad, y en última instancia,
de la teoría como representante de un mecanismo social
de consenso. Así pues, la represión del lenguaje
que con tanta insistencia se ha practicado en el arte moderno
perseguiría convertir la galería en un santuario
silencioso, de donde las palabras habrían sido expulsadas
como si de mercaderes corruptos se tratase. De modo que la galería
sería el lugar en el que se consagra la espacialidad
pura. Tal como lo vio Rosalind Krauss, «la voluntad de
silencio del arte moderno, su hostilidad a la literatura, a
la narrativa y al discurso habría encerrado a las artes
visuales en el dominio exclusivo de la visualidad y las habría
defendido de la intrusión del lenguaje»(28).
Todo eso quiere decir que la represión del lenguaje se
encargaría de mantener el silencio necesario para preservar
las condiciones de culto.
* * *
Simplicaríamos en exceso si interpretásemos la irrupción
de la música en el espacio galerístico como una profanación
del templo. Contrariamente, preferiría pensar que se refuerza la
devoción por el ritual, aunque en apariencia se estuviese llevando
a cabo un gesto iconoclasta. Hablando en propiedad, lo que sí tiene
lugar es una deconstrucción del culto al arte moderno. Entendido
así, es lógico que los más propensos a interpretar
el mundo del arte en términos de ritualidad sean los jóvenes,
de los que no se puede esperar que reproduzcan los mismos protocolos de
veneración. En este caso, lo que ha ocurrido es que el artista joven,
dando prioridad a sus propias creencias sobre lo que considera que es un
ritual de expresión y exposición pública, ha aportado
la música y la pose como elementos para el oficio (de culto) y la
celebración del arte, con la convicción de que esta es la
forma más adecuada y sincera de representarlo. Por lo menos, esto
es lo que una experiencia educativa monopolizada por la televisión
y las muchas horas de música en una habitación de adolescente
pueden dar de si.
Claro que, para que esto haya podido ocurrir, ha sido necesario negligir algunas
distinciones que la modernidad cultural preservaba como garantía
de su susbsistencia; seguramente, la más importante de
estas distinciones es la que concernía la diferencia
entre consumo y cultura, disipada a posteriori cuando
el primero insubstancia a la segunda; más aún,
si reconocemos que el acceso a la alta cultura se produce a
través de los canales de distribución que antes
habían sido reservados para los productos de entretenimiento.
Se trata, ni más ni menos, que de empezar a familiarizarnos
con el advenimiento de «las formas industriales de edición
y distribución de los productos del espíritu»(29),
como por ejemplo las obras maestras en edición de bolsillo
y en versión abreviada.
* * *
Con esta clave entramos de lleno en la esfera de influencia del punk,
la capacidad adaptativa del cual no ha sido demostrada por ningún
otro tipo de estética. El vacío representa mejor
que nada su contenido, un vacío que ni tan solo aspira
a ser llenado. El punk, en su música y en sus actitudes
ha sido probablemente la manera más lúcida de
atravesar una década esquizofrénica, dividida
por la manipulación ideológica que, según
Dan Graham, fue asumida conscientemente por algunos de los grupos
que accedían al dominio público de la fama. Este
es el caso de grupos como los Sex Pistols o Clash,
que con sus estratagemas forzaron a los medios de comunicación
a exponer abiertamente sus contradicciones. A pesar de haber
utilizado los medios de información para conseguir la
fama, estas bandas -las beneficiadas- niegan su diálogo
con los representantes de tales medios. Así que el ente
mediático, a pesar de ser un autor fáctico, ve
cómo le es denegado el acceso al fenómeno que
ha creado con su propio poder(30).
Mientras la idea de contradicción preocupaba a aquellos
intelectuales sumidos en el materialismo histórico, el
punk sobrellevaría las contradicciones culturales
con una fachada sarcástica, al mismo tiempo que Barthes
había reclamado en su prólogo a las Mythologies
«vivir plenamente la contradicción de mi tiempo,
que puede hacer de un sarcasmo la condición de verdad».(31)
El rostro punk por excelencia, con los ojos abandonados
al delirio de anfetaminas, la boca medio abierta y la barbilla
ligeramente descolgada se elevaría como el Zeitgeist,
el espejo de una sociedad que no quería reconocerse
en la estupidez que desprendían los atontados representantes
del punk. Esta era la imagen con la que la propia sociedad
consumista evitaba identificarse, y que ellos, los jóvenes
asumían desacomplejadamente, como diciendo: «de
acuerdo, nos tratáis como estúpidos, pues bien,
vamos a ser estúpidos de verdad».
La estupidez, que niega las facultades intelectuales, una vez
introducida en el arte, invita al desaprendizaje. Tal como decía
Pascal, il faut s'abêtir. O como diría Nietzsche,
hipnotizarse. Negar toda adquisición cultural, negar
la historicidad implícita del arte. Y luego permitir
que la actuación musical sea reintroducida entre los
recursos disponibles para la práctica artística.
Una performace musical que, no obstante, se privilegiará
en tanto que acontecimiento físico. La imagen de Richard
Serra lanzando plomo líquido contra las esquinas ha quedado
congelada en el instante fotográfico, adoptando el contorno
oscuro de una escultura primitiva(32).
La máscara protectora y el brazo levantado con gesto
amenazador empujan el perfil del escultor contra el arquetipo
de la bestia. Esta imagen, tal cual, se presta a ser transferida
sobre un escenario, y una vez allí la herramienta se
convertirá en la guitarra azotada contra las tablas.
Escena frecuentemente repetida en los conciertos de Sex Pistols
o de AC/DC como acontecimiento del clímax,
punto de inflexión entre lo lingüístico y
lo físico.
Al romperse el lenguaje se abandona la cultura. En ese instante
la violencia que se desata sobre los escenarios produce una
fascinación que apela a lo reprimido, y que el arte del
siglo XX, cuando ha querido liberarla no ha hecho más
que proyectarla sobre su propio cuerpo. Renato Poggioli, al
describir el proceso de la vanguardia fijó este momento
con el término «thanatofilia», evocando así
la perniciosa autoliquidación en la que cíclicamente
incurren los movimientos artísticos que él observa(33).
La ilustración más explícita de este fenómeno
sería Dadá.
En este contexto, el punk supone una lección para el arte
moderno, mostrándose capaz de absorver la violencia que su incursión
pública despierta. De hecho, el arte recibe el castigo público
en la medida que es incomprendido, en la medida que su presencia se adjudica
muchas veces a un símbolo colonizador procedente de la alta cultura
-en el sentido de una cultura que desciende desde arriba. Si antes señalabamos
que ciertas formas musicales procedentes de posiciones subordinadas
eran adoptadas por la clase media a costa de una reconducción de
los intereses con los que se había identificado al principio, ahora
debemos reconocer que la aculturación recibe como respuesta la violencia
que emana de la represión de una identidad pública genuina;
que a pesar de no haber tenido la oportunidad de codificarse, se resiste
a ser sustituida.
Golpear, atacar y destruir forma parte del proceso de diálogo
y apropiación de las formas públicas. Hace poco podíamos
leer en el periódico: «Funcionarios públicos franceses
queman al primer ministro Juppé en efigie». La prueba de que
la violencia lleva implícito el desdoblamiento de sus objetivos,
manifiestándose y desviandose hacia el campo simbólico. La
destrucción se ritualiza y se instituye como respuesta. A todo aquello
que viene de arriba se le cambia el nombre para duplicarlo, deformarlo
y acercarlo.
Otra instancia de las inversión carnavalesca es la caricaturización
del arte moderno. Vemos que su recepción es codificada en clave
escatológica cuando se dice que el arte contemporáneo es
una mierda o una basura, o en clave de risa, cuando se dice que es un chiste.
Precisamente la larga serie de viñetas que Guy Scarpetta ha colgado
en las galerías de París -en las que el arte contemporáneo
es observado con mirada filistea- han conseguido reducir las creencias
y los mitos del arte contemporáneo a poco menos que una farsa. Todo
lo que pasa de una esfera a otra transmuta su sentido original cuando se
pone al alcance del consumidor universal.
El arte moderno se lamenta constantemente de las agresiones populistas, aduciendo
cosas tan recurrentes como la falta de educación y falta
de sensibilidad. ¿Pero no es sorprendente que la estupidez
del populismo se argumente precisamente en estos términos?
Habrá que preguntarse quién posee el verdadero
sentido de ambas palabras, y entonces nos daremos cuenta de
que la negatividad punk no es a priori, puesto
que la juventud punk-entre las primeras en beneficiarse
de la enseñanza obligatoria- primero fue educada y después
desaprendió lo recibido. En el fondo, es como si el punk
hubiese reaccionado a aquella afirmación de Greenberg
que decía que, cuando «un régimen político
establece hoy una política cultural oficial, lo hace
en bien de la demagogia»(34).
Su respuesta tendría que ser contemplada como una actitud
más realista de lo que aparentemente nos puede parecer,
pues habrían asumido aquellos signos procedentes del
universo de consumo como señal de identidad propia. Y
su realismo se vería afirmado al privarse automáticamente
del derecho a ejercer una representación más libre
y menos restringida, al reducir drásticamente el número
de códigos a su disposición. En este sentido,
el punk capta «una cierta libertad no existente»
en el entorno de las sociedades del liberalismo económico.
Mofándose de las actitudes adultas, prolongando las
conductas adolescentes y entronizando las formas infantiles
exponen su mecanismo de defensa. Porque como decía Erikson
«el niño en edad escolar asimila métodos,
mas también permite ser asimilado por métodos
que están aceptados»(35),
lo cual puede ser leído como el modelo dominante de las
relaciones posibles con el sistema, respecto al cual preferirían
ser asimilados.
El anti-intelectualismo del punk contribuyó definitivamente
a deslegitimar el lenguaje articulado y revalorizó las
expresiones eminentemene físicas, entre ellas las destructivas
y violentas. Imágenes puramente retóricas que
sólo transmiten un cierto estado de ánimo instauraron
el poder del gesto y de la expresión facial. Aunque es
necesario advertir que de no reconocer la politización
del rostro -consecuencia de una concentración del significado-
corremos el riesgo de obviar que "el poder se sostiene con más
frecuencia a través de la comunicación que a través
de la fuerza, menos a través de las expresiones abiertas
de ideologías específicas o de opiniones políticas
que a través del uso deliberado de la seducción
sensorial, todo ello prescindiendo de la reflexión intelectual
a través de la sustitución del discurso por el
sentimiento"(36).
La atribución de ideología al orden de lo sensorial indica
que aquello que pertenecía al eje de lo dionisíaco, lo que
hemos asociado con una modalidad de primitivismo, no está exento
de contaminación cultural. No es, ni mucho menos, la isla de Robinson
Crusoe donde el arte imaginaba que podría reinventar sus días.
Las reiteradas incursiones de Robert Longo en el mundo de la música
de consumo, a veces incluso como miembro de los Menthol Wars o de
la Rhys Chatham Band, son otro ejemplo de acercamiento e introducción
plena en las estéticas juveniles y consumistas que genera la música.
Los videoclips de Robert Longo producidos para grupos como World Saxophone
Quartet (1982), New Order (1986), Megadeth (1986) y R.E.M.
(1987), así como sus performaces, han capturado esa realidad tentadora
y brumosa que se desprende de la pantalla del televisor cuando este emite
la interminable melopea de la MTV. Robert Longo ha tenido la habilidad
de referirse a la amoralidad de los media evitando la crítica
social, y en su lugar ha adoptado el lenguaje sincopado de la música,
el movimiento escénico y la ubicuidad de la cámara. Su trabajo
ha dado a entender que la saturación de los media reproduce
aquella posición amenazante del artista expresionista, y para mostrarlo
ha reduplicado esta retórica tan criticable, en lugar de sustituirla.
La sobreescenificación de este lenguaje abusivo en lapsos cortos
de tiempo transmite una intensidad poética que nos devuelve a la
condición de espectadores ávidos de una concentración
de placer, al tiempo que nos hace víctimas de los altos y bajos
del clímax catódico. Tal como dirían sus críticos
más favorables, los experimentos de Robert Longo en la cultura popular
muestran que cada producto, no importa cuán ambivalente sea, es
vulnerable a los ataques desde dentro.
* * *
Tal vez si darnos cuenta levantamos acta de un Jugendstil que discurre
a medias entre la música de consumo y las artes visuales.
Estilo entre cuyas características destaca la dificultad
que encuentra en su entramado social, y esta resistencia no
es otra cosa que parte del procedimiento. Tal como decía
Ortega y Gasset cuando reflexionaba sobre lo que él llamaba
el arte nuevo, «todo el arte joven es impopular, y no
por caso y accidente, sino en virtud de su destino esencial».
Impopularidad que el filósofo, curiosamente, localizaba
en la «nueva música», a la que responsabilizaba
de contagiar a las demás musas(37).
Uno de los representantes más claros de esta desconfianza
hacia la música de consumo es Adorno. Alertado como todo
pensador moderno «por la conquista de la masa»,
creía que «el carácter mercantil se sirve
de la música ligera para configurarse»(38).
Así que la música ligera, tal como él la
denominaba, tendría que cargar con la la reputación
de una forma manipulada a la que le negaba sus cualidades técnicas.
La problematicidad sociológica de la música para
musiquear no es algo que se halle reservado a una reflexión
que está en las nubes, sino que esa problematicidad aparece
en las cuestiones técnicas más concretas: en la
imposibilidad de solucionar esas cuestiones con los medios propios
de los musicantes. El programa ideológico del musicantismo,
la exigencia de aquella despreocupada ingenuidad que lanza a
la música a deslizarse sobre su tiempo sin tropezar con
ninguna resistencia significa musicalmente lo siguiente: que
de la música para musiquear deben quedar alejados, desde
el comienzo, justo aquellos criterios técnicos que ella
es incapaz de satisfacer(39).
Elocuente argumentación que no sólo niega la suficiencia
técnica de la «música ligera», sino que la desautoriza
en virtud de la ausencia de consciencia hacia sí misma.
Aunque con frecuencia, lo que mejor nos describe un objeto no es su
apología, sino las diatribas de sus opositores. En este sentido,
Adorno caracteriza la música de consumo con una cualidad decisiva,
que aunque para él fuera la señal de su vulgaridad, para
nosotros es la piedra de toque puesto que en la expresión «música
para musiquear» se encierra todo el sentido de una música
para ser reproducida, para ser degradada a través de su interpretación.
En cierto modo, este abandono de la forma que espera ser completada en
el momento de su consumo -una idea duchampiana a todas luces- es una constante
del Jugendstil que Otto Graff también vio reflejada en la
estación metropolitana de Viena construida por Otto Wagner:
Todo el proyecto está inspirado en la intención de construir
algo que se abandona. La forma es abierta, por todas partes,
y está comprendida en un proceso constante de diferenciación.(40)
Así que, ahora, aquella voluntad de respeto a la intención
del artista defendida como un alegato de pureza queda en patética
evidencia ante la respuesta actual de la música mix, que
también se presenta como una forma abierta y promiscua. El éxito
-que se mide en las reinterpretaciones que alcanza un tema original- pone
al descubierto la prolífica diversificación de las formas
de distribución. Pero el efecto más importante radicaría
en la transformación de las estructuras de la interpretación,
estructuras que como sugeríamos antes han empezado a afectar la
recepción de la alta cultura a través de versiones en video
de las grandes exposiciones, versiones abreviadas de las obras maestras
de la literatura y la reducción del pensamiento a espectáculo
de voz y conferencias, versiones todas ellas en las que un ritmo distinto
y las introducciones de puntos de inflexión climáticos hacen
más sintética y digerible la melodía original.
* * *
La lógica sincopada de las secuencias musicales que emite la cadena
MTV triunfa por encima del tiempo personal tal como lo
consiguiera en su momento el horario de la cadena de montaje.
Pero esta vez lo hace dentro del tiempo de diversión,
del tiempo supuestamente privado que uno se concede para meditar
con el televisor. No obstante, es arriesgado lamentarse del
expolio de ese espacio personal, cuando hay quien ya lo describe
como una ágora mediática que reproduce una masa
atomizada en una infinidad de salones domésticos, pero
al fin y al cabo, masa. Masas como las que se concentran en
las fiestas rave, cuya agitación sigue la geometría
de la música. Es decir, forma abierta, desinteresada,
espontánea, pero sometida a las rigurosas leyes del clímax(41).
Paradoja que reproduce otra vez la inefabilidad obstaculizante
de todo aquello que tiene que ver con lo atmosférico,
lo emocional, lo sensitivo, y que naturalmente se opone al espíritu
clarificador de la teoría como construcción de
un conocimiento compartido. Definitivamente, la música
prefiere ser inconsciente hacia sí misma.
Los esfuerzos por disfrazar esta constatación negativa de que
el yo se disuelve en su propio desconocimiento, ahora que estábamos
dispuestos a celebrar la apoteosis de la subjetividad, demuestran que los
límites de la individualidad son cada vez más virtuales.
Aunque, a pesar de todo, lo que predomina es una experiencia de transitividad
entre la percepción narcisista de uno mismo y la fusión no
menos virtual con el otro, lo cual constituye una de las fantasías
que la pista de baile escenifica sesión tras sesión.
Como prueba e ilustración, la discusión entorno a los estupefacientes
confirma la existencia de un discurso que se complace en atribuir
a las drogas la capacidad de animar esta experiencia de transitividad,
que en sí misma condensa la experiencia de la felicidad.
Ya que hoy en día, si recuperamos una afirmación
que Freud lanzaba en El malestar de la cultura, la felicidad
respondería a una fórmula química. He aquí
que la descripción de los efectos alucinógenos
redunde a menudo en el placer de abandonar el hermetismo individual
para acceder a los otros a través de la imaginación,
liberada y estimulada desde el cerebro por cantidades de serotonina,
substancia que está implicada en la percepción
de la información sensorial, agudizando el tacto, el
oído y la vista, fenómeno que puede hacer comprender
los momentos de catarsis colectiva en las que se sumergen los
dancers en sus sets noctámbulos. Es entonces
cuando el MDMA toma forma sacramental y revela su importancia
en estos rituales paganos(42).
Sin duda la exégesis de los estupefacientes constituye un discurso
digno de ser tenido en cuenta. Pero, dejando a un lado la pseudociencia
que justifica las virtudes de estos productos, no deja de ser sorprendente
el grado de ritualización con el que el discurso empapa esta experiencia.
Nuevamente, es el lenguaje de la observación etnográfica
el que anima la verborrea psicodélica. Y no es fortuita esta elección
puesto que la emoción (estética a fin de cuentas) ya no se
contempla como un simple fenómeno psicológico o como desbordamiento
del alma sin consecuencias, sino como estructura antropológica cuyos
efectos es preciso observar. Hace unos años así lo anunciava
Michel Maffesoli en sus trabajos sobre el proceso de sectarización
social:
[...] una auténtica ola instintiva, una especie de «vis a tergo»,
que incita a juntarse para todo y para nada; en la que lo único
importante a fin de cuentas es el ambiente afectivo en que se
mueve cada hijo de vecino. De ahí los continuos saltos
de un grupo a otro, de ahí la falta de compromiso y la
irresponsabilidad, que son el signo de los tiempos, y que he
intentado explicar mediante la metáfora del «neo-tribalismo»(43)
Neo-tribalismo, neo-primitivismo como metáforas alternativas
de un cuerpo social que otorga la preponderancia a los sentidos, a los
otros sentidos con excepción de la visión. Desjerarquización
reinstauradora de una dimensión háptica vinculada a la atracción
hacia los elementos sensuales: hedonismo, desarrollo festivo, apariencias,
juego, música, acción física. Todo ello anuncia una
tactilidad contemporánea que la música pop y rock,
como especialísimo sistema de comunicación, vehicularan a
través del feeling que recrea una solidaridad sin palabras.
Cohesión social basada en la atracción de sensibilidades
y gustos. Porque las palabras, portadoras de cultura, cargan con una historia
que supera la biografía individual, que supera lo vivido. Como decía
el anuncio de un disco de Sinead O'Connor, «no quiero saber lo que
no he vivido».
Entonces las guitarras sustituirán a las palabras y a las obras de arte,
porque «las guitarras están más dotadas
de expresión que las palabras, que son viejas (poseen
una historia), y por tanto hay motivos para desconfiar de ellas»(44).
La teoría apolínea será abatida por el
eje dionisíaco, expresivo, musical. No obstante, vamos
a permitirnos pensar que resultaría inútil intentar
argumentar el desprecio de la teoría como una decisión
consistente, ya que la teoría no es más que lo
que se aprende en la universidad. Aunque más tarde se
descubra que las contraportadas de los libros ayudan a entenderse
mejor con los críticos.
(1)West End Boy, "Clase
del 94 Sandals", Disco 2000, 2, 1994.
(2)Bruce Hainley, "Rirkrit Tiravanija", Artforum, Enero,
1995, pp.86-87
(3).Ver Hubert Damisch, Le Jugement de Pâris, Flammarion,
Paris, 1992.
(4).Ibidem
(5).F.W.J. Schelling, Experiencia e historia, Tecnos,
Madrid, 1990, p.21.
(6).Guy Debord, Society of the Spectacle, Rebel Press
Aim Publications, Londres, 1987.
(7).Carles Guerra, "L'artista contemporani en efigie"
en Manel Clot (ed), Impulsos i expressions, Fundació "la Caixa",
1993, pp. 180-196.
(8).Michael Fried, "Art and Objecthood", Artforum, Verano,
1967, pp.6-12.
(9).La modernidad se caracteriza por una separación
de los dominios estéticos, ético y político según
Peter Bürguer.
(10).Roland Barthes, Mythologies, Éditions du Seuil,
Paris, 1957.
(11).Mijail Bajtin, La cultura popular en la Edad Media
y en el Renacimiento, Alianza Universidad, Madrid, 1990, p.16
(12).Ibidem, p.13.
(13).G. Murdock, "Mass communications and the construction
of meaning" en N. Armistead (ed) Reconstructiong Social Psychology, Penguin,
1974, p. 213.
(14).Michael Brake, Comparative Youth Culture, Routledge,
Londres, 1985, p.28
(15).Georges Lipsitz, "Aspectos dialógicos del
rock and roll" en Revista de Occidente, 170-171, Julio-Agosto, 1995, pp.
194-195.
(16).Ibidem
(17).C.B. Macpherson, "The Twentieth-Century Dilemma"
en Ch. Harrison y F. Orton (ed), Modernism, Criticism, Realism, Harper
& Row, Londres, 1984, pp. 207-212.
(18). J. Baudrillard '"Ethic of Labor, Aesthetic of Play"
en Ch. Harrison y P. Wood, Art in Theory 1900-1990, Blackwell, Londres,
1992, pp. 957-960.
(19).Dan Graham, Rock my Religion, MIT Press, 1993.
(20).May we live a thousand years from now/ and steal
the secrets of tomorrows Silent mind./ For there shall be The gods for
/ us to decide. Nico: "From Here to Eternity" en Intransit the Andy Warhol
and Gerard Malanga Monster Issue. Toad Press, 1968, p. 58
(21).Ibidem
(22).Szabo: "Junk is my answer to any problem...", op
cit, p.76.
(23).Michael Snow, "Mmusic/Ssound",1948-1993. Music/Sound.
The Michael Snow Project. Art Gallery Ontario/The Power Plant, p. 23.
(24).Ibidem, Nobuo Kubota, Allan Mates and Michael Snow,
"A History of the CCMC and of Improvised Music", p.85.
(25).Ibidem, p.92.
(26).Walter Benjamin, El concepto de crítica de
arte en el Romanticismo Alemán, Península, 1988, p. 47.
(27).Paul Virilio, Esthétique de la disparition,
Balland, Paris, 1980.
(28).Rosalind E. Krauss, "Grid", The Originality of the
Avant-Garde and Other Modernist Myths, MIT Press, 1989, p. 9.
(29).Damisch, Hubert, Ruptures Cultures, Les Éditions
de Minuit, Paris, 1976, p.77.
(30).Ver Dan Graham, "Punk as Propagnda" en op. cit, pp.96-113.
(31).Ibidem.
(32).La foto es de Gianfranco Gorgoni, fue realizada en
1969 y retrata a R. Serra en el momento de relizar una Splash Piece.
(33).Renato Poggioli, Theory of the Avant-Garde, Belknap/Harvard,
1968.
(34).Greenberg, "Avant-garde and Kitsch" en Arte y cultura.
Ensayos críticos, Gustavo Gili, Barcelona, 1979, p. 25.
(35).E. H. Erikson, Identidad, Juventud y crisis. Taurus,
Madrid, 1980, p. 203.
(36).Brian Wallis, "Governing Authority: The Performance
Empire" en Robert Longo, Los Angeles County Museum of Art , Rizzoli, New
York, pp. 143-148.
(37).J. Ortega y Gasset, La deshumanización del
arte, Espasa-Calpe, Madrid, 1987.
(38).T. W. Adorno, Impromptus, Laia, Barcelona, 1985,
pp. 20-21.
(39).Ibidem, pp.34-35.
(40).Citado en, Josef Dvorak, "La revolución en
el diván. Psicoanálisis y Jugendstil", pp. 85-92 en Debats,
Valencia, Diciembre, 1986, p.86.
(41).Ver José L. Brea, "De la catástrofe
a los nuevos órdenes" Los Cuadernos del Norte, 26, 1984, pp. 20-25.
(42).Dj Zhana y Cosmos, "Generación éxtasis",
Disco 2000, 7, 1995, p.27.
(43).Michel Maffesoli, "Ética de la estética",
Pérgola, 10, 1989, pp.97-105, p.100.
(44).Paul Yonnet, Jeux, modes et masses, Gallimard, 1985,
pp. 185-186. |