Libro del inmóvil
Cuento Beckettiano
El inmóvil no tenía nombre. Llegó a ese hotel una
tarde de junio y allí se quedó para siempre. Era una amplia
estancia con una ventana que daba al cielo y cada noche allí postrado
enamoraba a la luna. El inmóvil no era ni alto ni bajo ni gordo
ni flaco, ni listo ni tonto, sólo era inmóvil. Los camareros
del hotel estaban fascinados y poco a poco empezaron a ver en él
un santo. Día a día le llevaban la comida y el agua y él
no los tocaba. Casi no bebía, nunca comía y casi no respiraba.
Él estaba allí en una esquina replegado y absorto. Los camareros
empezaban a hablar de San Juan de la Cruz, o de Juan el Bautista, o de
Simeón el de la Columna. Para ellos era un místico, alguien
que allí en su pequeño hotel, inesperadamente estaba reconstruyendo
el cielo. Los días pasaron y poco a poco su figura se hacía
más escuálida e iba paulatinamente desapareciendo y confundiéndose
con el aire de la habitación. Ya sabéis, ìsoledad
sonoraî, el espacio infinito y el vacío.
Un día los camareros entraron y no vieron a nadie. Su cuerpo
se había ido reduciendo y, convertido en apenas una mota de polvo,
desapareció en el espacio.
Esa tarde los camareros salieron como cada tarde a divertirse. En la
fanfarria, mirando a unos y a otros, de vez en cuando miraban al cielo
para descubrir una diminuta y pequeña nueva estrella, inmóvil,
la más fulgurante.
Libro de Juan
Cuento del hijo pródigo
Dicen que Juan soñó que soñaba. Sí, era
aquella tarde, aquélla en que todos reposaban en los jardines de
Cedrón, días antes del martirio.
Juan dormía embelesado e indolente. Estaba tan lejano todo.
Pensó en cómo conoció a Jesús aquel día.
Juan andaba por un camino muy largo y en dirección al sol. A lo
lejos una gran masa de polvo anunciaba una presencia. Poco a poco, al acercarse
vió dibujarse en el horizonte una silueta de movimientos perfectos
y emanando luz. Al estar más cerca dióse cuenta que era Jesús.
Al verlo Jesús le dijo...: «Juan, sígueme», y
él sin más empezó a caminar a su costado y así
fue para siempre.
A partir de ese momento diría que lo amaba. Y con sus ojos y
sus manos imaginaba tocar aquel cuerpo blanco y limpio y terso siempre
junto a él, como su única libertad, y no conocer otra cosa
y morir por él y por lo que había vivido. Pensó, como
el poeta, que el amor son las alas y que igual que unos ojos vierte en
las venas la emoción y la vida. Y después de todo, qué
más da, todo el tiempo, toda la vida sólo esperó algo
así. Ver surgir a alguien de entre la niebla. Hoy ha acabado todo
y vivo este sueño como un sueño interminable y rememorar
sus labios de plata y las fuentes del olvido en donde bebimos, apagando
nuestra sed. Vida son mis ojos en los tuyos, el cielo en mi tierra y sin
saberlo yo mismo.
Jesús a quien un día todos vieron caminar sobre las aguas
era eso... una vela sobre el mar y Juan, viéndose enamorado, soñaba
con perderse y ahogarse en ese mar que los pies desnudos de Jesús
habían pisado. También recordó esa vez en que se detuvieron
en una gran fiesta. Eran unas bodas. Al llegar Jesús, miles de personas
se sentaron en torno a Él. No tenían qué comer o beber.
Él, cogiendo cinco panes y dos peces, los repartió entre
todos, y quedaron sanados. Juan lo miraba a distancia y no cesaba de amarlo.
Hubiera querido ser el trozo de pan que Jesús masticara, y así
desaparecer. Recordó también como, en una ocasión,
llegados a las puertas de un balneario, vieron a un tullido, inmóvil.
Jesús le pidió que se levantara, cogieron sus muletas y echaron
a andar. Así lo hizo el tullido. Juan estaba asombrado y su amor
crecía con admiración y pensó que nunca se repetiría
aquello. Era Juan quien respiraba en las venas de Cristo, era él
quien hablaba en sus labios, era él quien sentía en su dolor.
El suyo era un amor y un enigma porque, a la vez de estar con él,
Jesús era con todo el mundo.
Bien sabía Juan que era Él quien le dictó cómo
era la forma más hermosa, quiénes son los vivos y quién
los muertos, dónde empieza el placer y dónde la pena, qué
es la amistad, y el deseo y el amor. Y Juan, como la arena, se plegaba
al cuerpo de Dios en cada momento y, como la arena, también era
tan sólo deseo enamorado.
Recuerda Juan cómo en otra ocasión vieron venir a Marta
y María, ambas llorando increpando a Jesús... ¡Por
qué lo dejaste solo! Mi hermano te quería. Hoy mi hermano
está muerto y nadie puede hacer nada por él. Jesús
mirándolas les dijo... Lázaro aún vive, está
dormido. Ellas no le creyeron. Jesús se encaminó al monte
donde Lázaro moraba y en llegando le gritó: «Lázaro,
levántate y anda». La lápida que cubría el cuerpo
de Lázaro estalló en polvo y él emergió envuelto
en túnicas blancas y vino hacia Cristo. Viéndolo y mirándose,
lo comprendieron todo.
La noche está cerca y poco a poco Juan empezó a entrever
la otra cara de la moneda..., al Cristo sufriente y de dolor. Aquél
a quien otros traicionaron. Recordó esta última cena y cómo
Jesús repartió su cuerpo y sangre entre los presentes, pero
cerca, y apoyado en su pecho, sólo lo tuvo a él, amor de
siempre. También la traición estaba entre ellos. Y Judas
se levantó para venderle por unas monedas. Ese era «el otro
amor», el amor vencido, el amor que tiene forma de expresión...,
la venganza, el sufrimiento. Pero también ese amor existe y Jesús
lo sabía. Ese amor anda por el mundo vestido de cuero negro y de
cadenas y repartiendo muerte y enfermedad. Más tarde, en la cruz,
Jesús se enamoró de esa manera de un vulgar ladrón.
Jesús fue apresado y coronado de espinas y cubierto de una túnica
roja fue lanzado al calvario. En el trayecto sus llagas iban sangrando
y sudaba y gemía. Ya en la cruz alguien horadó su costado
con una lanza y de la herida brotó sangre y agua. Juan, viéndolo,
quiso desaparecer en esa herida, ser carne de su carne, pero no pudo, ¡la
cruz estaba tan alta! La historia de Juan y Jesús nunca acabará.
Juan quedó allí en el jardín paralizado y durmiendo,
y, bajo las ramas del olivo en que moraba, una luz llegaba a él
perennemente..., era la luz del espíritu.
Libro de Caín
Un cuento para artistas
Caín y Abel ofrecían sus regalos a Dios. Los unos llegábanle
convertidos en humo blanco, los otros desaparecían en humo negro
antes de llegar. Abel tenía una visión seráfica del
mundo. Para él todo era claro, limpio, ordenado y lógico,
y en consecuencia su vida también lo era. Se levantaba temprano,
y con el sol se iba a trabajar, plantaba los frutos más benditos
y todo lo ofrecía a Dios. Por la tarde reposaba en los pastos junto
a sus ovejas. Miraba hacia el cielo, enamorado de Dios. Era un idilio,
de los de siempre..., de los que acaban bien, del yo te quiero y tú
me quieres...
Caín era un hombre tortuoso. Su mundo era otro mundo. Nacía
con la noche y estaba enamorado de la luna. Era un ser selvático
y violento, un hijo de Saturno, pero también quería a Dios.
Y así le ofrecía su noche... espinos y ratas y escorpiones,
animales de la noche que quemados despedían un terrible olor y ese
humo negro no subía al cielo, se quedaba allí con él,
en esa oscuridad y esa pobreza. Caín vivía sólo y
nada quería saber de familias, ni de orden, ni de ejército.
Caín era un artista. El sufría día tras día
viendo cómo Dios amaba a su hermano, cómo lo mimaba, cómo
bajaba del cielo y reposaba su cabeza en su hombro. Él estaba al
otro lado, siempre observando y celoso. Un día tramó una
venganza. Y así, inesperadamente, cogió la costilla de un
asno y le abrió la cabeza a su hermano. Una sangre pura emanaba
a borbotones y corría, recorriendo poco a poco la tierra entera.
Esa mañana, Dios, al despertarse, miró con horror la tierra
ensangrentada y gritó...: «Caín, ¿dónde
está tu hermano Abel?» Pero Caín corría y perseguido
se convirtió en un forajido. Caín sigue huyendo hoy, y en
su huida ha dejado tras sí los cuadros más tristes, las esculturas
más siniestras, la música más triste, la poesía
más negra, los dramas más torturados, pero siempre de amor.
Hoy Caín está muy cerca de mí, y me trae una mirada
horrible y nueva, es una maldición... es un virus y lo llaman el
sida. Con él, descubro lo más terrible, cómo la muerte
te mantiene en vida; cómo la vida te hace morir.
Libro de las muletas
Cuento para sidosos
Lucas era un enfermo como otros. Un enfermo harto de «ir de enfermo».
Delgado y pálido. Un día, sin fuerzas ya, decidieron comprarle
unas muletas. Eran muletas metálicas, convencionales. Lucas las
miró entristecido. ¡Qué utensilios más feos!
Cómo iría él al jardín de siempre con esas
dos enjutas patas metálicas, como un saltamontes. ¡Qué
dirían aquellos que algún día se habían enamorado
de él! Miraba por la ventana y no se decidía a salir...,
nadie lo vería así, como a un inválido, con esas dos
prolongaciones metálicas de sí mismo.
Otro día pensó en cambiar algo en ese tan funesto destino.
Decidió dorar las muletas. Fue al dorador y le pidió que
las cubriera de pan de oro. Al verlas quedó maravillado. Eran como
dos joyas extrañas, dos joyas únicas, jamás vistas
anteriormente. Al cogerlas y situarlas bajo sus hombros sintió fuerza,
como si el reflejo del dorado metal le infundiera energía de la
que carecía. Salió a la calle y corrió con sus muletas.
La gente al verlo quedaba admirada. Qué brillo más fantástico.
Era como una aparición.
Lucas pensaba en todo aquello que el oro significaba... eternidad,
perennidad. En las películas que viera de pequeño en el Templo
de Salomón, en la casa de Nerón, en el vellocino de oro,
en el Santo Grial. Todo en él, todo en las muletas parecía
sagrado. Los demás enfermos le miraban y también ellos parecían
recuperar sus fuerzas, sus ganas de vivir. Lucas pensó que nunca
había ayudado tanto a los demás...
Lucas decidió estar en sintonía con sus muletas. Recuperó
su peso, y su piel se volvió tersa, y su pelo se ensortijó
y volvió dorado y su mirada limpia, y su voz firme. Ya no era un
enfermo, era alguien con muletas de oro. Pasados los días, comprobó
que, de usarlas, las muletas perdían el pan de oro, que poco a poco
se desgastaba y que curiosamente sus fuerzas se iban a la par. Sin más
decidió que temporalmente iría al dorador a dorar de nuevo
sus viejas muletas.
Esas muletas son de todos nosotros, son muestra de esperanza. Esas
muletas son el símbolo de nuestra fe..., nuestro vivir.
Libro del pianista
Un cuento para mudos
Era de Granada. Usaba como nombre artístico un nombre ruso. Era
pequeño, regordete, de manos torpes y pelo rizado. Tenía
una enorme miopía que lo hacía confundir las partituras.
Una y otra vez se empeñaba en ser «compositor». Comprender
el qué. Qué haría él lo suficientemente digno
como para ser interpretado por aquellos que admiraba. Qué haría
él para que Glenn Gould cogiera una de esas partituras y frente
a ese piano que siempre fue el mismo la interpretara con pasión.
Glenn Gould, pensaba tanto en él, en ese personaje extraño,
en ese verdadero artista, en ese ser de otro mundo, en ese saturniano del
que cuenta que estando en Israel frente a un piano que no era el suyo e
incapaz de reproducir los gestos que hacen de su interpretación
algo inconfundible, una de esas noches en su coche alejóse de la
ciudad y estando en mitad del desierto simuló mentalmente que tenía
el piano de siempre, su piano frente a sí. Y el coche parado, y
la noche abierta movió sus manos interpretando exactamente la partitura.
Nadie notó diferencia alguna. Gould interpretó como siempre,
maravillosamente.
También pensaba nuestro granadino en la Landowska, que hacía
gemir el piano y pensó que algún día él compondría
la más triste sonata para ella y que ella resucitaría para
interpretarla. La Landowska tan lejos, tan lejos... También recordó
a Fischer y su especial manera. Todo expresión, todo energía.
Pensó en tantos otros... y pensó en su soledad y en cómo
día tras día intentaba sumar una nota a una melodía,
una melodía a otra y así combinando partituras cada vez más
complejas, sin darse cuenta el pobre hombre que el arte es lo opuesto a
eso. El Arte va de lo complejo a lo simple, no al revés.
Un día alguien por fin le pidió un concierto. La sala
estaba casi vacía, cuatro o cinco personas y un gran piano de cola.
Él había cogido una partitura, pero miope, cogió una
sin escritura alguna. La abrió frente a todos y al ir a interpretar
dióse cuenta de que estaba limpia y vacía. El quedó
así sentado, solo y en silencio.
Libro de Andrés
Un cuento del ayer
para Rafael Sierra
Aquí, en esta habitación de Hotel, querido Andrés,
pienso en la Barcelona de entonces y sufro. Ya nada es como antes, ni sus
voces ni sus ecos.
Hoy tumbado en este camastro sólo oigo tras el silencio unos
silbidos de alguien que entona «Lili Marlene» rompiendo la
negra seda de esta noche.
Recuerdo, Andrés, los colegios de entonces, el tuyo o el mío
indiferentemente, llenos de curas de sotana negra y de habitaciones oscuras,
de patios fríos y pasillos muy largos, noches sin pena y días
con mucho de ella. Eran los días de la tiza y la pizarra, de las
varillas de caña y las manos extendidas, de los «cara al sol»
y las filas interminables, de la comida incomible. En ese día. poco
a poco, otra cosa aparecía en mi mente, otro mundo se conformaba
que negaba al primero, el mundo vivido, el mundo soñado es el más
real porque es tu voluntad misma y el quererlo construir, pero nunca puedes.
La verdad es que un espectro de la realidad siempre te recuerda a otro,
quizás más amplio, más extenso, más radical,
y así re vas encontrando en situaciones parecidas. De un colegio
a una universidad, de la universidad al mundo. Recuerdo aquellos muros
rodeándonos en la escuela y al unísono docenas de chavales
orinando y dibujando formas sinuosas en la pared; los curas expectantes
a lo lejos, sufriendo y deseando. La nuestra no fue «fábula
de fuentes», sino mis bien un humilde arroyo en un país humilde.
Y luego los santos, Andrés, santos que llevan tu nombre o el
mío o los de tantos otros. Santos invadiendo casas, escuelas, fantasías,
silencios. Recuerdo cómo en vacaciones íbamos a una casa
enorme en un pueblo próximo a Córboda. Casa con tantos pisos
como antepasados. Interminables escaleras que subían hacia esas
frías habitaciones en donde dormíamos y en cuya mitad, en
un descansillo, aparecía recogido en una hornacina un Cristo de
Pasión, afligido, torturado y con dos velas encendidas. Esa subida
era toda una prueba; cada noche al llegar a la habitación me escondía
bajo las sábanas, estremecido.
En la casa de Córdoba otro Santo en la puerta de entrada. Allí
perdida y en el corazón abierto y saeteado de puñales, también
a ella, a la Dolorosa, dos bombillas la iluminaban. Ya dentro, sin embargo,
la única imagen, era ese ángel de la guarda que mi madre
colgó sobre aquella cama de metal miniado. El ángel los brazos
y las alas abiertas, envuelve a dos criaturas que recogen flores en el
campo. Angel de color pastel impreso en papel barato.
Más tarde sentí otra forma de ver a los santos. Una experiencia
luego vivida en muchos lugares. Era otra forma que, como viera Bataille,
mezclaba lo sagrado y lo profano, lo terrible y lo divino. Pienso, por
ejemplo, en la Semana Santa de los sevillanos, ¡qué espectáculo
más grandioso, más intenso y más duro! Recuerdo cómo
a las seis de la mañana en la calle Adriano un Cristo de Pasión
camina frente a la Iglesia abierta en la que, una Dolorosa, espera y espera
en soledad y en la oscuridad de su capilla. El Cristo se vuelve hacia ella
y avanza y al llegar a la puerta de la iglesia la cruz que sostiene Jesús
entra dentro del espacio sagrado y prohibido, pero entra sólo un
poco, e inmediatamente vuelve a salir, y así en ese vaivén
se opera el milagro.
Para hablar del deseo escueto, Andrés, hablamos de los santos.
Esas tardes en la iglesia en que te quedas preso, perplejo y aspirando
las heridas del costado de Jesús, o las flechas clavadas en el cuerpo
desnudo de Sebastián; las heridas son como bocas abiertas, ya Genet
lo comprendió en su día y en nuestra imaginación asociamos
la felicidad a esa visión de Dolor y de Gozo. Dolor de agujeros
negros en un mundo sin gente, «asesinados por el cielo».
Los homosexuales sólo somos una consecuencia. La consecuencia
de una vida que fue para nosotros más intensa que para los demás,
una vida replegada hacia el interior, a partir de imágenes que los
demás no ven, a partir de experiencias que los demás no viven,
y así en un simple estar al lado, una mirada perdida constituye,
mundos abiertos en los que construimos, como si se tratara de una baraja
de cartas imposibles, el más extraño de los deseos, el deseo
de sí mismo. Es un amor de soledad, Andrés. Nuestra soledad
de hoteles, buscando por los rincones nuestra niñez de mar y el
llanto de nuestra noche.
También hay otros altares, Andrés: ¿recuerdas
las cruces de Mayo, recuerdas cómo componíamos cajas de madera
y de cartón y las cubríamos de platino y papelinas de colores
y en medio poníamos una cruz rodeada de flores, de lirios y gladiolos,
de rosas y claveles, de azucenas y de pensamientos, de violetas de mil
colores? Luego paseábamos por las calles a la salida de la tarde
pidiendo monedas a la gente y yendo hacia el río. La tarde era cálida
y el río huyendo y los puentes uno tras otro mirándonos andar
a lo largo de la Ribera. Entre las jarcias cuando ya nadie hay, cuando
sólo la tarde estaba bajo un cielo caído y un río
que se va.
En cada ciudad hay un santo, en Córdoba hay un Arcángel.
Un San Rafael cubierto de flores, con las alas recogidas y el pelo muy
largo, un travestí maravilloso que desde un púlpito dorado
nos mira riéndose. Ay... ay... ay... qué mal os veo venir,
y así San Rafael, sin saber por qué, atrapa un pescado, quizás
porque fue pescador en el Guadalquivir y nos quiera mostrar que el río
debe continuar pleno de peces y de vida para ser reflejo del cielo.
A los catorce años me fui a Sevilla, no sé muy bien por
qué, quizás porque pensé que era la ciudad de Zurbarán
y Velázquez y que algo de eso quedaría, pero no, no queda
nada. Sevilla es un desierto con risas y con flores, pero un desierto.
Lo ha sido desde hace muchos siglos, y en ella tan sólo una casta
absurda y obsoleta y cateta y sin cultura domina la ciudad y hace que el
espectro de siglos atrás se convierta en un mimo artificial y absurdo,
un mimo sin sentido y que todo queda en el palmoteo inútil de cuatro
fiestas. Allí también hablé de ti, Andrés,
con otros amigos en esa escuela de Bellas Artes académica y triste;
en cualquier sitio la vida era mejor. Inclusive en Málaga, tu ciudad,
Andrés, en donde existía un Ateneo en el que unos y otros
exponían pretensiones de Vanguardia. Su incierto conocimiento del
arte europeo, y si era verdad, un grupo venido del 27 y del exilio mejicano
rondaba el ateneo dando conferencias, ediciones y esa maravillosa revista
que es «Litoral».
Recuerdo, Andrés, a un poeta barroco maravilloso, Rafael Pérez
Estrada. Detrás de sus gafas me miraba como si un besugo mirara
a un ángel barroco y me decía que nunca había visto
a nadie tan hermoso. Era curioso verlo rodeado de angelotes y antiguallas,
sus papeles, sus poemas, sus recuerdos y en su memoria que dibujé
como un adolescente y que hoy cubro de rosas y coronas de laurel. Un mundo
absolutamente maravilloso destinado a perdurar como la poesía neobarroca
andaluza, quizás lo más hermoso de entonces junto al grupo
«Cántico».
Pero yo os lo diré todo, Andrés. No preguntarme nada.
Yo se lo que queréis saber. Yo sé que siempre estaremos solos
y angustiados por todas las cosas que niegan nuestros viajes, por las negras
fachadas, por los sepulcros llenos de cobras, por los cristales siempre
rotos.
Volviendo al Ateneo malagueño evocamos a los que ya murieron.
A Cernuda y a sus manías, a cómo, en casa de Altolaguirre,
allá en Méjico, exigió una cama de caoba.
La calle Larios, el pequeño hotel ofrecía sus salones
a esta cohorte y allí era de rigor ver pasar la Semana Santa malagueña,
tan ostentosa, tan grande, tan apabullante, tan del cielo. La nuestra,
la de Córdoba, era diferente, era la Semana Santa de los pobres,
del bricolaje, los cristos van sobre «pasos» con poco aditamento
y debajo no hay costaleros, hay ruedas. En este vaiven recuerdo como en
una ocasión en el Ayuntamiento montaron un palco para ver entrar
al Cristo en su iglesia. El sistema era hacerlo entrar hundiendo previamente
la cruz en el paso con una manivela, pero la manivela se atascó
y todos allí nos quedamos atónitos viendo a ese Cristo encajado
en una puerta y sin poderse mover... esperando el milagro.
Andrés, siempre estuvimos de un lugar a otro, pero siempre solos.
Nuestra soledad. Andrés, no está en el espíritu ajeno
ni en el pensamiento de los filósofos... está en el aire
que no nos deja respirar y en los marineros echados en los muelles que
nos miran sin vernos. Ninguno de los dos, Andrés, encontraremos
lo que buscamos, dos manos que rocen tu cuerpo como se acaricia a la hierba,
dos ojos que no te miren como a una máscara sino más bien
frente a frente, sin maldad. Desde los trece años, desde aquella
tarde triste en que mi madre se fue y vi su mirada perderse sin solución,
el mundo perdió su sentido. Desde niño quise ser una simple
prolongación de ella, miraba por sus ojos, tocaba con sus manos,
andaba con sus pies y su silencio era mi silencio y su estar ahí
era el mío. Nunca pensé que conocería algo distinto
a aquello. Esa era la felicidad. Era un cubículo hermoso y cerrado
rodeado de su aroma, de la suavidad de su piel, del calor de su voz, y
de su extrañeza. Nadie entendió jamás, Andrés,
lo que ocurrió al morir ella. Y no me quedé convertido en
una realidad triste, sin entender por qué ella y las ilusiones desaparecieron
para mí. ¿A quién destinaría yo mi vida? Por
quién lucharía, a quien ofrecería mis años
y mis días. Nunca más entendí la razón de mi
estar aquí, y aún hoy no la entiendo; de ahí este
«contramimismo» que a veces me ataca y pensar que hoy que me
muero nada ha cambiado, pues desde hace muchos años, desde hace
veinte años, estoy muriéndome.
De nosotros, Andrés, nada quedará. Nosotros no tenemos
mañana. No hubo tampoco amores encendidos y noches de sudor. Nuestra
esperanza acaba ahí, donde empiezan las ciénagas sin fruto
en una oscura estancia de ruidos estridentes y llena de cadenas en que
algún insomne cambiará uno de nuestros besos por unas gotas
de sangre.
De mi infancia, de mi madre, sólo quedó mi recuerdo,
pero es tan fuerte. Recuerdo minuto a minuto cada una de las cosas que
entonces hacíamos, de los lugares que recorrimos. Recuerdo cómo
en uno de aquellos viajes, en Galicia, cómo mi madre recorría,
los pies descalzos, las rocas en las rías y en la tarde, sentados
en esa terraza del Hotel de la Toja, uno junto al otro, dejábamos
perder nuestras miradas en el horizonte y así ilusos pensábamos
que continuaríamos siempre. Como dos líneas en paralelo que
se pierden en el infinito y no necesitan mirarse para saberse contiguas.
¡Qué diferente ha sido todo, Andrés! ¡Qué
triste!
Una historia me lleva a la siguiente y así una tarde de junio,
sin saber por qué, me encontré metido en ese tren, llamado
«el Catalán», que iba de Córdoba a Barcelona,
llevando todo tipo de gente, emigrantes, estudiantes, entre ellos nosotros,
siete desafortunados, inconformes con la vida y la gente de Córdoba
que no entendía nada. Hijos de padres con pelas y de ideas de izquierdas.
Con santos en la cabeza, Marx, Lenin, pero también la nueva filosofía
francesa, Derrida, Lacan... Lévi Strauss. Sin saber mucho del todo
y casi nada de lo mismo hoy concluyo que las cosas que buscamos sólo
te llevan al vacío.
Pensamos que Barcelona era Europa; que algo allí nos haría
ver y cambiar. No nos equivocamos. Fue llegar y topar con las Ramblas y
contigo, Andrés, y callejear sin parar hasta encontrar esa oscura
pensión de la calle Escudellers. Así pasaron algunos meses.
Hoy para mí es imposible el saber cómo sobrevivíamos,
pero lo hacíamos, algo de aquí y algo de allá. Y un
día sucedía al siguiente y así pasaron meses. En una
ocasión pudimos alquilar un piso sin luz en la calle Tallers. Y
si luz no tenía, menos tuvo, dado que uno de nosotros, María
Castilla, decidió pintar techos y paredes de negro y dejar sólo
colchones en el suelo. Eran esos años, verdad, del amor compartido.
Barcelona era, Andrés, una Barcelona de euforia. De eso sí
te acuerdas, Andrés. A ti, la política nunca te interesó
demasiado, pero al menos, su espectro sí que lo viviste. Sus luces
y sus voces, sus carreras. Todos vivimos una euforia que hoy ya ha terminado,
a sabiendas que muy pronto todo volvería al orden de siempre, y
que, Franco muerto, una nueva idea del país, y de Estado, haría
todo cambiar. Pero también las ilusiones. Un país de ilusión
es siempre mejor que un país de «Realidadesî. Eran días
en la calle, discusiones interminables, hasta horas imposibles en bares
que no cerraban al calor de un café y una ensaimada, intentando
cambiar el mundo, como si eso nos compitiera. De eso nos hemos dado cuenta
luego mucho más tarde.
Barcelona era también el lumpen, el barrio chino, el recuerdo
de Jean Genet. Los chulos y los chaperos y los cines inciertos en donde,
en las últimas filas, cobrabas quinientas pesetas por chupársela
a un viejo. Pero sobrevivíamos y, a pesar de todo, nos mirábamos
con una absoluta y
enorme pureza y pensábamos que nosotros sí que sabíamos
lo que era «la poesía», que nosotros sí que sabíamos
sentir a J. V. Foix, a Salvat Papasseit, a Salvador Espriu... Tereseta
baixava les escales... Por aquellos años, y dados mis escasos recursos,
coincidí con una serie de actores y viví varios meses en
un camerino del teatro Romea, nadie lo supo. Recuerdo a Ventura Pons, que
insistía en montar obras en catalán que hablaban de la homosexualidad,
a las que no íbamos, o aquella criatura, Laura Rosillo, que se empeñaba
en llevar a cabo montajes teatrales con el Siglo de Oro español
como base. He pensado tanto en ti Laura, en estos años. En esa casa
tuya de la República Argentina, repleta de recuerdos de tu madre
actriz y de trofeos de las hazañas de cacería de tu padre.
También recuerdo tu habitación, llena de libros, y frente
a la mía, en la que yo me escondía. La mía era una
habitación pequeña en la que compartía espacio con
la plancha. Allí noche tras noche me perseguías. Cómo
yo sigilosamente me encerraba y comprendía que querías entrar
sin poder hacerlo. No era a ti a quien yo miraba. A ti siempre te quise,
pero de otra manera.
Hablaré sólo de lo bueno, lo malo queda replegado en
la oscuridad, junto a Andrés, perdimos en noches quietas y quebrándonos
las venas. Sangre que es néctar y química y olvido. Entre
lo bueno también estaba Masotta, en un piso de la calle Aribau,
creó un «Seminario». Esa ha sido quizás la experiencia
teórica más importante de mi vida. En el seminario hablaba
sin parar de Freud, de Lacan. Los que allí estábamos nos
manteníamos atónitos ante un lenguaje que no entendíamos,
ante ideas que no conocíamos, y ante una forma de enfrentarnos al
mundo, y a nosotros mismos, diferente.
Yo leía a Lacan como podía, y los demás también.
Nuestra única ilusión era conseguir una beca para poderlo
seguir en París, donde enseñaba. Oscar nos ayudó no
solamente en eso sino en muchas más cosas. Años después,
muerto Oscar, y dejando tras de sí los ensayos sobre psicoanálisis
más complejos jamás editados en España... También
allí conocí a Sebastián, alumno como yo de Masotta.
Sebastián era un isleño de ojos claros y sin decirnos nada
ambos supimos que estábamos destinados a acabar en la misma cama.
Su cama era bastante estrecha en la habitación de una pensión
de la Plaza Real de Barcelona, en la que tan solo teníamos libros,
queso de Mahón y vino tinto. Fueron noches maravillosas y días
claros. En la habitación contigua, otros amigos sobrevivían.
Cómo olvidar a Pepe Ocaña. Aquella fiesta viva, hombre y
mujer al mismo tiempo. Con él aprendí que se podía
vivir la homosexualidad en cada momento y en cualquier lugar, allá
donde estuvieres, y así admiré cómo, con cuatro colorines,
reorganizaba la Semana Santa en las calles del barrio chino. Una Semana
Santa mariquita. Cómo se vestía de oropeles para irse a las
Ramblas en esas noches de primavera. Ocaña era un ángel,
un ángel de «La Habana», colibrí y papagallo
encendido al mismo tiempo y así murió, ardiendo. Contento
de sí mismo. Recuerdo cómo, cuando uno de los críticos
más viejos y sesudos de Barcelona, Cirici Pellicer, vino a verlo
a su estudio, Ocaña, no buen pintor, apareció maquillado
y sin más, sentarse en las rodillas de Cirici y decirle... «hablemos
de otra cosa querida...».
Con Sebastián uno de nuestros grandes placeres era irnos al
Paralelo por las tardes. El Paralelo de entonces era muy diferente. Era
un lugar abandonado, con cuatro viejos teatros, una que otra sala de cine
cayéndose, en la que películas muy viejas se exhibían
y, sobre todo, un maravilloso salón de recreo en el interior de
un edificio. En él había un tiovivo, una tómbola,
y un tren de la bruja. El tren era lo nuestro. La historia consistía
en subir a sus vagones de dos en dos, e internarse así por un laberinto,
peligroso e imposible, entre brujas, escobas y calaveras. Sebastián
y yo aprovechábamos para besarnos, besarnos y besarnos. Era como
estar con Dios.
Un día Sebastián desapareció. Seguramente estará
en su isla, con su soledad, a sus viñas y a su escritura. Nunca
supe nada más. Siempre me dijo que estaba escribiendo una novela
larguísima. Me gustaría volverlo a ver y ofrecerle ésta,
no tan larga, tan mía como suya. Con Sebastián leí
en lenguas que no eran la mía, catalán, francés, alemán
y supe que la literatura era algo más que cuatro páginas
escritas... Balzac, Stendhal, Flaubert... esa es la Gran Literatura. Poco
a poco su mundo y el mío se confundieron y yo empecé a tener
las mismas obsesiones, siempre literarias; una de ellas fue Marcel Proust.
Todo vino de un pequeño relato... «Marcel Proust vol vendre
el seu de Dion Bouton». Era un cuento de un isleño. En él
se cuenta cómo Proust, ya sin dinero, enfermo y tan sólo
acompañado de aquel secretario y chófer al que siempre amó,
decidió vender el coche. Es un cuento infantil y maravilloso y toda
la filosofía de la existencia y del ser están en él.
En páginas de «A la recherche du temps perdu» ya me
vi paseando por el Boulevard Haussmann, por el Faubourg Saint Honoré,
I´Ayenue de I´Opera. Era París y decidí irme.
Fue llegar a París y residir/vivir en una habitación
de la ciudad universitaria. Frente a la habitación se veía
un parque, el de Montsouris, denso y verde. Cada tarde, tras las clases,
paseaba por sus senderos y alguna que otra vez cruzaba miradas de deseo.
Una de esas miradas fue la de Gérard. Supe que continuaría
en esa mirada. Al día siguiente, y al siguiente, nos vimos de nuevo
y en una ocasión, en tu casa, me dijiste: ¿Cuándo
te instalas aquí?
Así pasaron diez años, quizás los únicos
algo más felices de mi vida. Gérard era mayor, un hombre
entero, antiguo militar y algo de eso le había quedado. También
había tenido hasta ese momento tan sólo experiencias con
mujeres. Lo nuestro fue un aprendizaje. Gérard era limpio y abierto,
venía de una familia pobre de la Picardie y hablaba continuamente
de ese rigor y de ese frío, y de esas iglesias vacías y de
esas casas solas. De pequeño ya pensó en acostarse con otro
hombre. Me contó cómo cambiaba chocolatinas por «pajas»
a los soldados americanos que entonces liberaban a Francia. Gérard
era un animal de campo, así que nunca fue del todo feliz en París.
Decidimos comprar una casa en el sur de Francia, perdida en el bosque de
Armagnac y vivir allí. Poco a poco la reconstruimos. Había
un pozo y una chimenea y un techo de roble que cedía poco a poco.
Fue un lugar cálido y abierto a todos como los demás de por
allí. El bosque era un escondite en el que te internabas para descubrirlo
poco a poco y enumerar sus árboles, sus caminos, sus aves. Era algo
más, eran unas gentes y unas costumbres y unas fiestas en el hogar
parroquial y una música de fanfarria y un bailar hombres con hombres
y mujeres con mujeres. Todos nos conocíamos. Fueron años
felices. Recuerdo los dos grandes cedros al otro lado del camino y de cómo
por las noches al pasear veíamos las estrellas brillar a través
de sus ensortijadas ramas y de su enorme presencia. Tampoco un perro faltó.
Se llamaba «Ron», era blanco y de aquella región, una
montaña del Pirineo. Dicen que esos perros son el cruce de un oso.
Puede que sea verdad y esto explicaría como Ron atrapaba las cosas
con «las manos». Ron era extraño. De pronto desaparecía
y al volver estaba inmaculado, blanco y tranquilo. Ron murió un
día y en su recuerdo aún está unas enormes facturas
de pollos de granja, dado que él, sin darse cuenta de su fuerza,
pateaba a los pollos y los desnucaba, así sin darse cuenta.
Lo cierto es que tras un tiempo yo me aburría en Fusterouan.
Así que decidimos que él se quedaría allá y
yo volvería a trabajar a París y nos veríamos en vacaciones.
Así retomé nuestro apartamento de la Rue Pascal y la vida
de allí... La universidad, a oír a Lacan y por las noches
trabajar de camarero en un club privado cerca de l´Etoile, oscuro
y seguro, con esos viejos que noche tras noche intentaban acostarse conmigo.
Empecé a acostumbrarme a vivir así. En una ocasión,
era mi cumpleaños, decidimos quedarnos todos en el club y festejarlo.
Eran las tres de la madrugada y apareció Gérard. Me pidió
irnos y yo me negué. El cogió una botella y me la rompió
en la cabeza. Eso fue el final. Aún hoy cuando acaricio esa herida
pienso en él con ternura y una enorme nostalgia.
Otra forma de sobrevivir fue «Figura». Una revista hecha
en Sevilla y que sólo hablaba de arte. Diversos artistas enviamos
nuestras colaboraciones desde distintas ciudades del mundo. Yo enviaba
lo que recogía en París. Constituimos no sólo un grupo
editorial sino un grupo artístico y un grupo de amigos. El más
cercano a mí fue Guillermo Paneque, ese niño eterno y quien
aún hoy al verlo se despierta en mí la misma sensación
que ante el adolescente que aún no ha dado su primer beso. A partir
de ahí llevamos a cabo una exposición en una galería
que valientemente se ofreció a exhibirnos. Era La Máquina
Española y Pepe Cobo, más loco que todos nosotros. Quisimos
iluminar al mundo, una locura con un buen final.
Aún hoy todo el mundo asocia La Máquina, a la única
experiencia joven y de vanguardia en esos años en España.
A cada uno de nosotros nos ha quedado ese pasado, a pesar de que hoy todo
es diferente y que cada uno eligió un camino distinto. Vimos otras
luces brillando en otros lugares, en Colonia, París, Nueva York.
Fueron tiempos heroicos, en que todos metidos en una furgoneta, los cuadros
en ristre para exponerlos en las ferias de arte europeas... Basilea, Zurich.
Hacíamos de todo, colgábamos cuadros, tratábamos con
los clientes, cocinábamos, inclusive a veces apresuradamente y ya
vendidos los cuadros expuestos, en el almacén del «stand»
y en una tarde volvíamos a repetir una exposición. El arte
es una historia así. Algo que empieza muy rápido y luego
se estabiliza y continúa. Los cuadros de entonces eran muy complicados,
con miles de detalles y anécdotas, de historias, de influencias,
y sobre todo de vida. El arte es algo como el ir de lo complejo a lo simple.
Hoy cuando observo alguna de mis exposiciones, con su claridad y limpieza,
comprendo esto. Llegar a esto y llegar al final de mi vida ha sido una
y la misma cosa.
En algún momento volverá a ti, Andrés. Recuerdo
cuando te encontré. Era en Barcelona hace veinte años. Yo
entonces vivía en el Hotel Manila y del dinero de un concejal franquista
que me mantenía en una gran habitación. También tú
vivías en Barcelona, pero no en el Hotel Manila. Una noche paseando
Rambla arriba, Rambla abajo, oí una música extraña,
una música oriental, me acerqué. Era un cassette, era música
hindú, de Madrás. Al lado un personaje insólito bailaba
una danza extraña. Ese personaje era Andrés, vestido con
un sari, de pelo largo y rojo, piel muy blanca y tatuajes en los pies.
Yo me quedé fascinado. Día tras día sólo pensaba
en ti... de dónde venías, quién eras. Seguro que eras
hijo de un Dios oriental caído por azar en Barcelona. Un día
hablé contigo y comprendí que la realidad era muy distinta.
Bailabas por las monedas y en tu pensión te esperaba tan sólo
un cajón lleno de souvenirs y de hambre. Eras un «artista
del hambreî. Al conocerme comprendiste que también tú
podías sobrevivir a mi lado y así me llenaste la habitación
de saris esperando que los ricos amigos del concejal los compraran. Así
fue.
Tras eso, y con una beca, decidí instalarme en Nueva York. Era
un gesto banal, dado que todos los artistas de entonces tendían
a hacer lo mismo y que todos volvían desesperados y sin logros y
mucho más viejos. Luego, un año más tarde, decidí
asistir a una de esas cenas del Ministerio de Cultura en Madrid. Al sentarme
en la mesa me sorprendió la distribución de los alimentos,
sus colores orientales, la exquisitez de los aromas, y pregunté...:
¿Quién es el artista? Alguien me dijo exclamando...: es Andrés.
A Andrés no lo vi y supongo que seguiría como siempre, hirsuto
y serio, hablándote del «Gran Arte», como Marcel Duchamp.
Como si sólo le concerniera a él. Seguramente era así.
No sabiendo qué hacer, y tampoco de qué vivir, harto de mi
rostro distinto y buscando una mirada de nardo en las afiladas casas de
los que viven sin luz, decidí volver a Nueva York.
El Nueva York de entonces era muy distinto. De pronto hoy está
más triste y con menos esperanza. Es el Sida. Había aparecido
y, uno tras otro, morían los más interesantes artistas de
esa generación. Lo cierto es que sin tomar entonces posiciones militantes,
desde un principio estuve muy sensibilizado por el problema. Quizás
ver irse a mis amigos, sin saber cómo... Nueva York es un mundo
amplio y diverso y en esa diversidad quizás el aspecto más
interesante que conocí fue el mundo hispano. Una sala de fiestas
resumía lo que digo, era «La Escuelita». En ella todo
tipo y clase de hispanos se mezclaban bailando juntos. Gente de Panamá,
de Méjico, de Puerto Rico, de Guatemala y de Guatepeor... Y en una
pista enorme, como de los sesenta, todo estaba mezclado y confundido y
yo con ellos.
Decidí luego viajar a Méjico y quedarme allí y
así un día me vi en Oaxaca, en esa ciudad en que conviven
santos católicos y ángeles indios cubriendo las bóvedas
de Santo Domingo. En un pueblo cercano decidí ayudar a «Médicos
Sin Fronteras» que construían un barracón para atender
enfermos. Allí y dado mi cansancio creciente y la continua colitis
que me hacía morir deshidratado comprendí que algo iba mal.
En Nueva York me lo confirmaron... tenía el sida.
Volví a ver a Andrés en una galería de Madrid.
Yo ya era una herida y eso él no lo podía soportar. Para
Andrés el mundo era otra cosa, una fiesta continua y sin sufrimiento
y sin dolor. También en Madrid conocí a Javier. Era un hombre
grande y junto a él sentías la misma sensación que
con esos grandes molosos junto a los que te sientes seguro... un san bernardo
o un mastín. Con Javier estuve en Praga y aún hoy no entiendo
cómo pudo soportarme, yo ya tenía el virus y no lo sabía
pero esto me producía un estado continuo de nervios y de irascibilidad.
Si hoy nos vemos espero que entiendas todo esto, mi amado Javier.
Con el sida descubrí a gente única como a Luisa, ese
«personaje», el único personaje que conozco. También
reencontré a Fernando Luna, amigo de infancia y hoy unido a mí
por muchas cosas. Juan Vicente Aliaga, Clot, Brea... Casani, Sentís...
tanta gente. Y sobre todo a Santiago Eraso. Junto a él decidimos
hacer un «Carrying» en San Sebastián. Carrying es una
expresión usada por los hispano en Nueva York y que define la actividad
de cuidar, lavar y transportar a enfermos terminales de sida. El término
inglés es «caring» pero para ellos es más fácil
decir «carrying». La acción consiste en pasar a un enfermo
de sida descalzo de una pareja a la siguiente y sin tocar el suelo. Jorge,
Josu, todos mis amigos me llevaron de uno a otro. Luego lo hicimos en Madrid,
fue menos íntimo pero más intenso ya que todo tipo de gente
se sumó, médicos, actores, enfermos, políticos, etc...
Fue emocionante. Nunca me he sentido tan cerca de Dios.
Para acabar quiero decirte, Andrés, que al menos sabemos que
nadie podrá reprocharnos nada... ni la sangre del marinero que no
bebimos, ni las navajas que no usamos, ni el vuelo de colibrí que
no tuvimos, ni los labios como aristas de plata que no besamos, ni los
cuerpos bajo las sábanas que no gozamos. Nada puede reprocharnos,
ni un momento, ni una hermosura, ni la hiedra y la retama de un aliento...
No nos queda nada y acabamos pisados en calles de borrachos oyendo carcajadas
de acero y con las manos quemadas por el cansancio.
Este libro está pensado para aquellos que, como Andrés,
se han deshecho a fuerza de imaginación e inteligencia para que
artistas como yo podamos llevar a cabo nuestros sueños. |